domingo, 28 de diciembre de 2025

2. Isla Cristina

A las nueve de la mañana los vecinos pernoctadores ya se han puesto en marcha. Efectivamente, aunque llegar en noche tan cerrada puede confundir es el área recomendada por la aplicación. No tiene las mejores vistas, pero es limpia, tranquila y cómoda. Además, es espaciosa, incluso si hubiera muchos vehículos concentrados, aún habría sitio. El pueblo es grande y blanco, en los bordes de Sierra Morena, entre Extremadura y Andalucía, puerta de ambas. El museo del jamón aparece en las guías como su mayor atractivo, la iglesia de ladrillo restaurada resulta una mole que imponte, con dos torres ocupadas por nidos de cigüeñas y las casas bajas que la rodean conforman un barrio de calles estrechas y casas encaladas de pueblo tranquilo.

El mercado municipal tiene muchos puestos abandonados, cerrados. y otros abiertos a medias, en los que están, o no, sus administradores. El problema de la España vaciada son los servicios, que desaparecen o se pierden o no se tienen en cuenta o no se cuidan por encima de la rentabilidad. Monesterio es un poblachón de más de 4.000 habitantes. Una ubicación estratégica que ofrece parada reponedora y aspira a ser referente no solo de paso. El disponer de espacio hace que las casas bajas abunden, que el término municipal se extienda y que puedan tener un área cómoda y acogedora. Espacio y voluntad de acogimiento. Cada pueblo que propone un área para reposo y toma de aguas de las autocaravanas muestran voluntad solidaria y rentable. Es el caso de Monesterio. Ahora los viajeros consumen en el pueblo y deben colaborar en la limpieza del lugar.

Antes de partir en dirección a Isla Cristina gestiono con Easy toll el asunto de las autopistas portuguesas. Así no tendré problema de atasco y de dudas en los pagos de los peajes.

En manos del navegador, nos ponemos en marcha, pero este decide no llevarnos por Sevilla sino por el interior, cruzando la sierra de Aracena. Viajar sin tiempo y sin planes propone la sorpresa de que el azar te lleve por carreteras estrechas y empinadas, se crucen bosques de alcornoques, se asome uno a precipicios y descubra paisajes imponentes. Así que en Santa Olaya la casualidad nos lleva a Zufre, Higuera de la Sierra, Campofrío y a las Minas de Riotinto. Bordeando el espectacular agujero a cielo abierto, en el fondo del cual siguen pululando camiones afanados. Luego Zalamea la Real, Valverde del Camino y bordear Huelva para llegar a la siguiente etapa, ya pasadas las tres de la tarde,

En Isla Cristina no hay áreas, la aplicación park4night propone algunas posibilidades de aparcamiento no muy seguras ni por espacio ni por lugar. Una de ellas nos lleva a un descampado polvoriento y lleno de basuras. Hay coches destartalados aparcados, y camiones y mucho espacio tras las dos entradas, una por el muelle y otra por la calle Castillo, sin que quede claro cuál es la entra y cual la salida. Nada apetecible el lugar. La clave de quedarse en un sitio es el filin, el aspecto, la seguridad intuida. Y ahí nada anima. Sin embargo, saliendo al Muelle Martínez Catena, al otro lado de la pared que delimita el solar abandonado, aparece un sitio ideal. Está al lado, pero parece otra cosa distinta. Al final son sensaciones. En línea del muelle, a un lado la pared, al otro el agua del puerto y los barcos y los pescadores con sus cañas.



Tras comer, un largo paseo alrededor de la isla, la longa, el muelle marino, el puerto, la avenida Ria Carreras, a la vera de las barcas amarradas. Manuel es un pescador jubilado que tiene la suya propia, pero no la ata a la orilla, deja que flote a cien metros al final de un cabo largo, no se fía si queda demasiado cerca de la orilla, del paseo. No sería la primera que desvalijan, dice. Sale cada día, al pulpo, al camarón, y vuelve cargado, sus hijos no lo acompañan, no tienen la afición, pero sí que van a su nevera a ver que pescado hay. Y cuenta de las trampas de las compañías y de los cupos de pesca, cómo llevaban otro barco para descargar en el mar las capturas y que la comisaria en el puerto midiera otra cosa. Pero que tampoco era tonta y se percataba de lo que pasaba, luego ponía multa o no. Vive tranquilo, con mucho que contar de su vida marinera y con mucha afición por salir con su barca cada día.



Luego por la Ronda Norte, mirando las marismas, hasta el camping Giralda Isla Cristina, un espacio amplio que supone otra solución estacional para la zona. Miramos las parcelas por si acaso, son amplias y en octubre no hay tantas vacías. Una usuaria simpática hace de cicerones y las muestra y va contando algo de todas las caravanas que están permanentes, algunas a punto de cumplir el máximo permitido de acampada, seis meses. El siguiente alto seria la playa Casita Azul y más allí Islantilla, pero vamos hacia la playa inmensa para volver al centro del pueblo. 

Por la arena y por las pasarelas de madera supone un muy largo paseo que merece un  descanso para saborear unos pescaditos fritos reponedores, unas puntillitas abundantes en una terraza de la Gran Via atestada de familias que hacen lo mismo. Las nubes parecen haber pasado y la gota fría que amenazaba descargar no lo ha hecho. Ya dice el pescador jubilado al que miro como lanza la caña en busca de pulpo, que aquí nunca descarga, que las nubes siempre pasan de largo. El pueblo es grande, está en un lugar privilegiado, con el mar, las marismas y los pinares como paisaje. Un paraje natural, una playa interminable, merecía un cuidado mayor. No solo el solar destartalado que nos da inseguridad, las calles, las orillas están descuidadas. Un afán serio de limpieza sería suficiente para, por un lado, hacer justicia con lugar tan mimado por la naturaleza y, por otro, hacer la visita agradable a tanto turista como pasa por Isla Cristina. Efectivamente la acera del muelle es segura, no hay demasiado tráfico, quizá por ser octubre, y proporciona una noche plácida en la furgo. No despiertan los gritos de las gaviotas peleando por un pescado.

sábado, 27 de diciembre de 2025

1.Trujillo y Monesterio. Algarve desde la furgo en catorce días

 

La idea es andar por Portugal, descubriendo o confirmando sensaciones, intuiciones y lecturas. Con dirección, pero sin rumbo. Hacerlo desde la furgo te da la oportunidad de parar, mirar, volver, quedarse o marchar sin otro compromiso que el de la propia real gana. Una intuición, una cara, una calle, un paisaje, un valle, un acantilado pueden ser motivos suficientes para pararse, seguir adelante o para permanecer un poco más en el lugar

No hay plan ni tiempo ni prisa. Solo gasoil y dirección al sur, para entrar en Portugal por abajo. Va la cama, el baño, la ducha, la cocina y la mínima nevera como soporte suficiente para no depender de ayudas ajenas para solventar necesidades básicas o apremiantes. Así que en marcha por la carretera de Extremadura. Pero antes hay que pasar por la comisaría de policía porque alguien ha entrado en el trastero. No se sabe cuándo ha sido, puesto que en todo el verano nadie de la casa accedió a él. El caso es que han entrado y revuelto todo. Básicamente hay cajas de libros amén de documentos, papeles, cartas, sillas de piscina, ventiladores, tablas... colocado todo en estanterías de aluminio que rodean por los tres lados, menos el de la puerta, las paredes del habitáculo. Pues esta todo mezclado y pisoteado. Las cajas de libros rasgadas y despreciado su contenido, las carpetas y legajos revueltos, revisados con saña, como si buscaran algo de valor que evidentemente no hay en ese desván. Pero no se le puede indicar al policía ante el que se hace la denuncia el cálculo del valor de las pérdidas ni siquiera  indicarle lo que se echa en falta, puesto que habrá que entrar en ese revoltijo e ir mirando papel a papel, objeto a objeto. El policía firma la copia de la denuncia que entrega.

Así que el plan de salir pronto en dirección suroeste no se cumple. Y pasado Navalmoral de la Mata hay que ir pensando donde parar a comer.  Tras Almaraz ya no hay que cavilar mucho más, la necesidad aprieta. El día ha salido lluvioso y desapacible, tampoco era lo previsto. Así que un luminoso en una curva de la autovía que lleva a un pequeño desvío como vía de servicio nos puede servir. Restaurante Ventilla del Camionero. El aparcamiento es amplio en esa especie de Siberia extremeña así que se come en la furgo, que la nevera va llena de preparados ricos. El café, bajo el paraguas, si se toma en la cafetería del restaurante. Las comidas están cumplidas y los camareros están desocupados, deseando quizá tomar un descanso. El café descafeinado en vaso en la tarde destemplada y los expositores de la barra llenos de guisos fríos y tristes. No es mejor que hemos tomado.

De nuevo a la carretera tras dejar el desvío y van pasando ante los atareados limpiaparabrisas dehesas y hondonadas. No queda mucha tarde para llegar al sitio que he señalado para pernoctar, pero lo bueno de moverse en la furgo es que se puede improvisar y tomar decisiones sobre la marcha. Pensando que quizá merecía la pena parar, después de tantos años, en Trujillo, o Mérida. Así que a la altura de Belén nos desviamos por la antigua nacional V para acceder al primero. Una norma que cumplimos, cierto que a veces se olvida, es aparcar fuera del centro histórico de los sitios, evitar las calles estrechas y empinadas que pueden dar un susto a la furgo. Así que no encontramos con el monolito bien conservado con una cruz en lo alto. Como una señal de aviso, como si el monumento dijera mejor empezar a ver la ciudad desde aquí. Un rollo judicial como el que se ve en algunos pueblos de Castilla. Una columna de piedra erigida en localidades que tenían capacidad de administrar justicia, un símbolo de la jurisdicción local, que además marcaba los límites territoriales y servía como monumento conmemorativo de la concesión del villazgo. Monumentos que incluso tuvieron funciones de ajusticiamiento.

El monolito alargado que hay a la entrada de Trujillo está muy bien conservado y está construido con singularidad. Está a la entrada de la ciudad, luego sabríamos que en la plaza del Campillo, como vigía que da la bienvenida a quienes llegan y avisa que mejor aparcar en su derredor, llano y ancho. Así que vamos subiendo por la Ronda de la Piedad, congratulados de haber dejado la furgo atrás e intentando reconocer pasa a paso las casas y calles y escudos y soportales que visitamos treinta o cuarenta años atrás. La Plaza Mayor, la Torre del Alfiler, La Iglesia de Santa María, el Castillo, todos los palacios, los escudos, las piedras indican un aroma medieval, como escenario de película. Llovizna y es domingo por la tarde, así que las terrazas están medio vacías y los bares andan en un semicierre de siesta y se pregunta uno cómo se vive en un escenario así, como es la cotidianeidad. La visita de hace tanto tiempo no concuerda en sensaciones con esta. Aquella imagen tiene los mismos edificios, parecidos empedrados gastados, similar aire de belleza parada en el tiempo. Pero las iglesias entonces no tenían una taquilla en la puerta. La mayor, tiene incluso una suerte de tablones verticales que impiden ver nada del interior y conducen a la venta de tiques. Parece como una vuelta de tuerca de la administración de ese patrimonio.

A pesar de esas paradojas turísticas el paseo reconforta, y eso que no hay mucho tiempo en este alto en el camino. En la explanada del castillo, un  guía local pastorea una treintena de turistas a quienes recuenta las series y películas que se ha rodado, tante en exteriores como en interiores en calles y plazas y edificios de Trujillo, desde Juego de Tronos a la Marrana, desde la Lozana Andaluza a la Familia de Pascual Duarte. Títulos y protagonistas que proporcionan quizá tanto orgullo a los moradores de hoy como la historia que guardan sus edificios. Y al volver hacia la furgo, nos percatamos de que habíamos cometido otro error, no apuntar la ubicación. Así que empezamos a caminar hacia el lado contrario y al preguntar no sabíamos qué referencias dar. Lo que nos guio fue el Rollo. Cuando al vecino que paseaba le referimos el monolito, nos pudo guiar.

El tiempo, insuficiente, empleado en Trujillo, acorta el que disponemos para llegar a Monesterio, el lugar elegido para dormir. La lluvia y la noche se van echando encima, pero el tener la referencia de la aplicación no importa mucho, y la disposición a reaccionar y variar el plan también ayuda. No obstante, ya con noche cerrada, un desvío de la Autovía de la Plata nos lleva al pueblo pacense. Una planicie bien asfaltada y llana, a la trasera de un supermercado parece la propuesta del navegador que se acaba de perder. Por las dudas seguimos conduciendo hasta lo que podría ser el centro del pueblo, pero ni hay un alma para preguntar ni se ve otro lugar que pueda indicar que sería el Area de Autocaravanas. De modo que volvemos al descampado asfaltado y nos alineamos junto a tres autocaravanas, una furgoneta y un invento de habitáculo montado sobre la caja de un Pick up.

sábado, 13 de diciembre de 2025

El Algarve desde la furgo

 La idea es andar por Portugal, descubriendo o confirmando sensaciones, intuiciones y lecturas. Con dirección, recorrer la orilla sur, pero sin rumbo. 

Hacerlo desde la furgo te da la oportunidad de parar, mirar, volver, quedarse o marchar sin otro compromiso que el de la propia real gana. 

Una intuición, una cara, una calle, un paisaje, un valle, un acantilado pueden ser motivos suficientes para pararse, seguir adelante o para permanecer un poco más en el lugar

No hay plan ni tiempo ni prisa. Solo gasoil y el empeño de entrar en Portugal por abajo, por el Algarve