Los mapas turísticos hablan todos de Evora como ciudad de patrimonio de la UNESCO y de ser declarada Capital Europea de la Cultura. Pero además le añaden otro título: la Muy Noble y Siempre Leal ciudad de Évora. Está a unos doscientos kilómetros desde Silves, hacia el norte, casi enfrente a Lisboa, solo que, en el centro de Portugal, a un paso de Badajoz. La fundaron los romanos, la ocuparon los árabes, la reconquistaron los cristianos, de nuevo la conquistaron otra vez los árabes. Eso le ha dado una historia y unos restos y unas fortalezas, fuertes, acueductos, universidad, palacios e iglesias construidos que conforman hoy el atractivo, poderío, de la capital del Alentejo.
Llegamos a un amplio aparcamiento, bastante vacío, así que con libertad para elegir una sombra o donde podríamos quedarnos en el caso de que pensáramos dormir aquí. Está fuera del casco antiguo, en realidad extramuros de lo que algún día fue una muralla que, vista desde el plano de turismo, consigue la forma de puzle de muchas piezas.
La aplicación indica un par de áreas gratuitas, cómodas, lisas, tranquilas, pero están un poco más alejadas del centro. Asi que optamos por el gran aparcamiento para todo tipo de vehículos. Dentro de la carretera de circunvalación de Evora, junto a la Horta de Figueiras. Un sitio soleado y seguro que ruidoso, pero bastante más cerca del centro histórico, para pasearlo, comer y si por la tarde decidimos dormir ya iremos a una de las dos áreas señaladas.
Caminando hacia el centro, pasamos por un cuidado jardín publico, a la izquierda queda el palacio de Dom Manuel. Y ya en la Rua da República, el cartel de la Capella dos Osos. La capilla interior, contigua a la iglesia de San Francisco, es pequeña, tiene 18,7 metros de largo por 11 de ancho. Sus paredes y sus ocho columnas están decoradas con huesos largos y cráneos cuidadosamente ordenados y pegados con cemento. Se calcula que el número aproximado de esqueletos necesarios para realizar semejante obra es de unos 5000, provenientes de los cementerios de las iglesias situadas en los alrededores. Algunos de los cráneos tienen dibujados grafitis sobre ellos. Además, hay dos cadáveres disecados colgados de unas cadenas, uno de ellos perteneciente a un niño. Es la segunda experiencia de huesos en dos iglesias de este viaje. Una sensación rara, curiosa sí, pero prescindible. No entendiendo tanto morbo alrededor de la muerte y de los restos.
En realidad, un alto en un día caluroso para seguir por la Plaza del Primero de Mayo, el mercado municipal y la Praza do Guiraldo, a donde llevan todos los caminos de Elbas y en nuestro caso desde la Rua da Republica. El centro de todo, dicen que los españoles de Badajoz, tan cerca, la llaman plaza de la República, los portugués Praza do Guiraldo. Tan larga, tan blanca como el edificio del banco a un extremo y el ayuntamiento al otro. Con una pavimentación realizada en calzada portuguesa, con un diseño geométrico en blanco y negro inolvidable.
Es el principal espacio público de la ciudad, una amplia plaza rectangular que concentra la vida social, administrativa y religiosa de Elbas, observada desde una fuente de mármol del siglo XVIII. Barroca, tiene ocho canillas, parece que cada una asociada a una calle principal de las que desembocan en la Plaza de Giraldo. En la base hay una corona, dicen que el rey Filipe III de España, en 1619, quien debió entender que la fuente era digna de ser coronada. Sigue corriendo agua por las canillas, pero no aconsejan beberla, ya que las palomas de la ciudad se apoderaron de la fuente.
Eso hoy, que a lo largo de siglos ha sido escenario de mercados, celebraciones, ejecuciones y actos ceremoniosos, tanto cívicos como religiosos. Ahí fue ejecutado el duque de Bragança, ahí quemadas las víctimas de la Inquisición y ahí discutidos los debates sobre la reforma agraria tras el 25 de abril.
En uno de sus lados se levanta la Igreja de Nossa Senhora da Assunção, junto a ella edificios administrativos y comerciales, como el antiguo Ayuntamiento y en los soportales de la plaza, con arcos y columnas, varias tiendas, cafés y restaurantes y comercios tradicionales. Desde ahí, hacia el sudeste se encuentran las estrechas callejuelas que forman la antigua judaria (Judería) al nordeste se alcanza Rua 5 de Octubro, una calle con bellas casas con balcones que llega hasta la Sé, es decir la Catedral.
La Plaza de Giraldo, aparte de icono de la ciudad, se diseñó como homenaje a Geraldo Geraldes, el Sin Pavor, pues fue quien conquistó Évora a los moros en 1167. Como agradecimiento, el rey Afonso Henriques le nombró alcaide de la ciudad. En el escudo de Évora se ve la figura de Geraldo Geraldes empuñando una espada, sobre un caballo y a sus pies las cabezas del moro y su hija que vivían en el castillo que el guerrero atacó y donde se apoderó de las llaves de la ciudad.
Saliendo de la plaza hacia el norte se alcanzan las termas romanas y por la travesía Das casas pintadas se llega al templo romano, una de las ruinas mejor conservadas de toda la península ibérica, clasificado por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad. También es conocido como templo de Diana, aunque no parece que haya mucha base histórica para considerar que esa construcción fuera dedicada a esa diosa. Parece tratarse más de una leyendo que de un dato comprobado.
Pero antes de mirar esas piedras magníficas vamos a comer al mercado, así que volvemos a la Plaza 1º de Maio. Hay casas de comidas dentro, con buena pinta. Nos decidimos por la terracita de la casa Luis, fuera, en la calle, en realidad en la acera. Comida rica regada por un vino excelente, Tiago Cabaco. A nuestro lado, en otra mesita una pareja come con apetito. El abre una botella de vino, la escancia en las dos copas, la prueban y piden otra. La encargada, simpática, manda retirar la botella recién abierta y las copas y traer otras. El hombre, mientras comen, repite la operación: saca el tapón de corcho, lo huele, mira su color al trasluz, sirve y bebe degustando. Siguen comiendo y siguen probando vinos. En el rato que duró la comida, menos de una hora por la eficiencia sonriente de la encargada, probaron diez botellas. No lo pregunté pero colegía que sería el dueño o somelier del restaurante quien se aplicaba tanto en abrir y degustar. Tomamos café rico, pagamos y él hombre seguía abriendo botellas y degustando. Y me pregunto de nuevo por qué es tan bueno el café en Portugal, que en cualquiera bar, tasca o restaurante es excelente. En Madrid y muchas ciudades de España es imposible que den buen café.
Y volvemos a la plaza para buscar el castillo, la muralla y la catedral, recargada, la más grande de Portugal, según indican los folletos de turismo. Aquí se puede subir hasta el tejado, una plataforma amplia entre las torres y almenas, que permite vistas espectaculares de la llanura del Alentejo donde emerge el núcleo urbano de Évora. Subiendo y bajando por los techos, con hallazgos sorprendentes, aparte de las vistas, como una higuera de medio metro agarrada en las junturas de una de las crestas de las almenas. No tiene ni tierra ni espacio y ahí nace y crece la semilla que quizá trasporto el viento o el pico o la deposición de un pájaro.
Mirar el Templo Romano de Évora, también conocido como Templo de Diana, es como regresar a un pasado esplendoroso. Es uno de los más importantes marcos históricos de Évora y el símbolo más visible de la ocupación romana en la ciudad. En el Largo Conde Vila Flor. Desde el jardín de Diana, a su lado, se ve el perfil del templo, de columnas corintias, con dos lados perfectamente conservadas y otro casi completo. Mantiene su plano original, un radiante monumento de forma rectangular. La base (el podio), hecha de grandes bloques de granito y las columnas con cerca de 3,5m de altura, está casi intacta. Aún están 14 de sus columnas originales. Muchas de ellas conservan sus capiteles, hechos de mármol blanco de Estremoz. El pavimento, que se cree haber sido revestido por mosaicos, desapareció por completo. Como guiño a la historia, una mirada desde el jardín unifica ese perfil en primer plano y la cúpula de la catedral al fondo.
En la plaza de Diana, entre los arboles y sentadas en bancos de piedra o sobre el césped, un grupo numeroso de chicos y chicas están pintando. Pertenecen a una escuela de arte de Serbia. Van logrando magníficos cuadros, llenos de fuerza y color, unos de detalles de la ciudad, otros perfiles del templo o la catedral. Pateamos las calles estrechas, empinadas, que enlazan las puertas de la ciudad antigua o el Acueducto de Agua de Plata, uno de los monumentos mas impresionantes de la ciudad. El ingenio y la técnica unidos para dar de beber a los vecinos de la ciudad desde 1532.
Évora tiene mucho que ver y la tarde se va echando encima. Dudamos si acudir al área a dormir o hacemos unos cuantos kilómetros para acercarnos más a Badajoz y emprender la vuelta. Park4night indica un sitio pocos kilómetros más adelante, un pueblo llamado Borba. Doce parcelas junto a una piscina cubierta y polideportivo con todos los servicios de recogida y suelta de agua e integrante de la red de Rutas al Aire Libre. Así que compramos queso y vino en el intermarche que estaba abierto y salimos. Había que tomar la salida 8 de la autopista. Pero es noche cerrada y dudé en la desviación. De modo que había que seguir unos treinta kilómetros para dar la vuelta.
Quizá fuera preferible continuar a Elvas, la siguiente ciudad grande y ya a un tiro de Badajoz. Aquí la aplicación no tiene ubicada ningún área, solo algunos posibles aparcamientos, más o menos aislados y convenientes. El que elegimos, porque esta en el camino de vuelta a España, no tiene más indicaciones que “amplio aparcamiento al pie del acueducto y cerca del pueblo”. Apenas añade y no lo tuvimos en cuenta “ideal para aparcar durante el día”. Pero dadas las horas de la noche, bien entrada, lo damos por bueno. En realidad, se trata del aparcamiento, amplio de una comunidad de vecinos en un barrio. Hay bastantes plazas y pocos coches, así que miro a ponerme lejos de los contenedores de basura, en una esquina que no moleste salidas ni entradas de otros vehículos. También aparco de culo como manía o costumbre por si en la noche o por un percance he de salir rápido, no voy a entretenerme en hacer maniobras para ello.
Mis maniobras de búsqueda del lugar ideal y de aparcamiento las contempla una familia que cenan en la terraza de su casa, un balcón del tercer piso, justo encima. Así que asisten, curiosos, a nuestro acomodo. Cenamos algo rico de la nevera, como siempre que no encontramos por cerrado o por inexistente un restaurante o un bar. Y me voy a dar una vuelta en la noche, más un paseo de reconocimiento, de relajo, de descanso de la conducción, que una indagación concreta.