miércoles, 14 de noviembre de 2012

Está cerrado, estamos en huelga

 

Estaban todos en el bar de Betty, como si fuera la final del mundial del fútbol. Acodados en la barra, mirando la tele, conversando, indignados. Bueno, todos menos el taxista y la pelirroja. Aquel parecía ajeno a tanta concurrencia, mirando el fondo de su vaso vacío. Ella, también, enfrascada en su libro.

El cierre del bar estaba  a medio echar, mitad subido mitad bajado. Montoro llegó solo, con la gabardina blanca sobre los hombros, cubriendo el traje, la cartera de ministro colgando de la mano derecha, apurado, como si lloviera o huyera de algo.

Empujó la puerta de cristales y aterrizó dos pasos dentro.

-Está cerrado.

Se oyó tras la barra. Betty no dudo en informar de la situación, o porque tenía claro que no entraba  ni un alma más o porque conoció enseguida al recién llegado.

-Buenas tardes, ¿como están ustedes?.

Intentó ser amable, llamar al reconocimiento, por si la presencia de la gabardina hubiera llamado a engaño a sus colegas de tantas tardes en el bar. Incluso, sonriente, afirmó desear lo de siempre, como si la referencia a la Mirinda sirviera para abrir cualquier puerta.

-Estamos de huelga, ¿no lo ve?

Era la hija de Betty, también tras la barra, quien hacia la aclaración.

-Permítame que le diga-, empezó a explicarse el recién llegado.

-Usted sordo no es, ¿verdad?, preguntó de pronto Honorio.

-Pues, no, ¿por qué lo dice? Dudó, antes de aclarar Montoro.

-Porque se le ha dicho que esta cerrado el bar, que hay huelga.

-Yo no veo que esté cerrado, ironizó el hombre calvo de los rizos en el cogote y las orejas disparadas.

Nadie entendió la gracia y. como si se hubieran puesto de acuerdo, se situaron en posición de ignorarlo. La dieron la espalda como si no existiera. Nadie lo miró, nadie lo escuchó. Como si no estubiera 

El hombre intentó decir que el derecho a la huelga era sagrado, tanto como el derecho a moverse, a ir a trabajar, a entrar en un bar público o a pasar por la calle. Vana tentativa porque ni una sola de las palabras llegó a ningún sitio.

También pensó decir que cómo le podían decir que estaba cerrado si estaban en el local más personas que ningún día. Pero no lo hizo, en su proyecto sincero de acercarse a la
España real no podía cometer más errores. Seguiría aprendiendo.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Que venga con el hermano, si tiene guevos

Aquella tarde nadie servía una Mirinda pero el espíritu de quien las tomaba estaba más presente que nunca. El portero era un hombre curioso y algo meticón, como corresponde a la experiencia que desarrolla el oficio. Pero era básicamente pacífico y se sabía que más de una vez había votado al PP. Últimamente no lo decía, sobre todo desde que iba por el bar de Betty el ministro y dejaba a su marcha una ristra de  carcajadas, improperios y desplantes. No le gustaba la torpeza de algunas medidas ni esa especie de chulería con la que aparecían por al televisión.

Así que se iba enfriando su no muy encendida llama política. Rescoldo que revolvió  un día el bocazas de Honorio, que además lo puso en un compromiso. Fue cuando dijo a Montoro, pues este os vota. Minutos después se puso muy serio ante el jubilado de las chanclas y le dijo que no volviera a hacer eso. Que él votaba a quien quería y también desvotaba cuando le daba la gana.

Empezaron a respetarse, pero aunque el portero se iba apartando progresivamente de los suyos, quedaba un cierto sentido del orden, de la eficacía y de algunos estereotipos que no acababan de irse.

Sin embargo aquella tarde estaba desatado, ofendido en los más íntimo. Acababan de decir por televisión que el hermano de Cristobal Montoro había dicho en la fundación FAES que había que acabar con la “barra libre” de las pensiones, la educación y la sanidad. El portero lo tómo nada más oirlo como una traición personal, como si la gente en la que había creido de prondo se quitara la máscara. Eran de otro mundo y el se había creído que estaban en el mismo.

-Hay que ser hijodeputa para decir eso.
-Esa boca- Dijo con desgana Betty mientras sacaba brillo a un vaso ancho de los de sidra, donde últimamente todos querían que pusiera los cubatas.
-No me jodas, pero qué coño sabe ese tío de barras libres, ni de educación ni de sanidad ni de pensiones.
-Algo sabrá. Es sociólgo, o algo así ha dicho la tele. Ilustraba Betty dando más trascendencia al brillo del vaso que a la información que acababa de aportar.
-Me da igual lo que sea, seguro que no sabe ni cuando cuestan los libros ni las recetas. A ese lo quería ver yo viviendo con una pensión cualquiera de los que vienen por este bar.
-Eso diselo a su hermano cuando venga.
-A qué no tienen guevos de venir juntos.
-Eso que venga con el hermano, si tiene guevos.

Y con ese reto sellaron el portero y el jubilado una paz hasta ese momento endeble.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Pero, ¿por qué no habla claro este hombre?


Entró en el bar de Betty contento, se puede decir que sonriente, como satisfecho de algún deber cumplido. Dejó la cartera en el suelo, se repeinó los rizos del cogote con las dos manos y se acodó en la barra. No pidió nada porque enseguida le pusieron delante su consabida Mirinda. Miró a los presentes como si paseara su mirada por el tendido.

No le hicieron apenas caso. Betty ya se había hecho cargo del bar, tras regresar del pueblo, pero comparte espacio tras la barra con su hija, que duda si irse o quedarse. El taxista ni lo miró, pendiente de los mensajes que pudieran aparecer en el fondo de su vaso vacío. Honorio hablaba con la chica de la ORA y le faltaba prestancia al recién llegado como para interrumpirle. Los de la telefónica realmente no se fijaban en nada ni en nadie. Llegaban juntos intercambiando pareceres, tomaban sin mirar lo que les servían y se iban sin despedirse, como si su conversación no tuviera ni fin ni pausa ni admitiera elementos que la interrumpieran. El zapatero llegó cuando ya Montoro hizo un gesto para demandar que le pusieran otra Mirinda.

Y fue precisamente el recién llegado el que, tras desear buenas tardes a todos, reparó en el ministro sonriente.

-¿Cómo ha ido la tarea?, preguntó un poco por compromiso.

Pero Montoro tomó la pregunta como si realmente se interesara y se puso a explicar. Y habló de la clara voluntad social de estos presupuestos; dijo algo así como que auguraba haber acertado en poner las puertas que nos lleven a un crecimiento en 2013; afirmó que uno de los principales objetivos era detener el avance lamentable y excesivo de la deuda pública….

Hablaba para todos, gustándose, convencido, sonriente. No reparaba en que en el caso de que alguien escuchara sus palabras nadie le miraba.

Entonces Honorio, sin dejar de mirar a la chica de la ORA dijo:

-A ver, dígame, yo soy pensionista, voy a cobrar más o no,

El ministro se esponjó por que vio una luz, como si hubiera sentido que por fin lo escuchaban. Respiró hondo, mostró su mejor perfil y

-Entiéndame, este gobierno lo que ha hecho, de acuerdo con su clara vocación social es pensar en el crecimiento y en los cinco millones de parados que hemos heredado

-Este hombre cada vez parece más gangoso. Le dijo Honorio a la cica de la ORA, como si con la apreciación continuara la conversación previa que tenía con ella y demostrando que, evidentemente, le daba igual  lo que dijera Montoro.

Y el zapatero se unió a Honorio y a la chica controladora de los vehículos aparcados y con ellos hizo tertulia, y les preguntó sin que esperara obtener respuesta; ¿pero por qué no habla claro este hombre?

Montoro se sintió una vez más ignorado. Dudó si seguir explicándose o pedir otra Mirinda.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Ni idea, señora

-Y qué le va a decir Rajoy a Merkel?
La pregunta la hizo la mujer de Honorio, el de las chanclas. Estaba cansada de que su marido se pasara el día en el bar de Betty. A veces hasta se llegaba la hora de comer y ni se acordaba de subir. Y por las tardes, igual. Se daban las nueve, estaba la cena y el señorito, en el bar. Así que para no tener más peloteras había decidido acodarse ella también en la barra del bar. Si él se pasaba ahí las horas, ella también. Si no había comida hecha, pues se abría una lata de sardinas. Así llevaba desde que volvieron del pueblo, es decir, toda la semana. Le dijo a Honorio que no estaba dispuesta a pasarse las horas muertas y sola. Betty no había vuelto todavía y a su hija no le estrañó la presencia de la señora. Es más, pensaba que era habitual.
Montoro se encogió de hombros y dio un trago a su vaso largo de Mirinda. Al ser por la mañana, se le veía repeinado, los caracoles sobre el cogote frescos, y un poco adormilado. Como si hubiera pasado por el bar recien levantado y antes de decidir qué hacer con su vida en el día.
-Pues como no lo sepa él...
El que contestó a su mujer fue el propio Honorio, como si interpretara el sentimiento del resto de los presentes en el bar. El portero, la chica de la ORA, el taxista mirando el fondo de su vaso y los dos operarios de la telefónica que seguían con lo de la fibra óptica.
-Este qué va a saber, el que sabe es Guitos. Dijo la mujer, que poco a poco había ido asumiendo, incluso superando, la insolencia y despreocupación de Honorio.
No gustó nada el comentario al ministro, pero no lo dejó traslucir. Su educación y sus maneras le habían dado entrenamiento suficiente para no desvelar sentimientos o incomodidades, y menos las relacionadas con el orgullo. Asi que como si oyera llover dio un mordisco a la porra que tenía entre los dedos, tocó el borde del vaso y continuo leyendo el ABC.
Honorio y su mujer se miraron, no con cariño, no con animadversiòn, con complicidad, como diciendo, se está haciendo el tonto.
Justo la actitud que más podía encenderlos. El impertinente no se conforma con que no le hagan caso, si no obtiene respuesta inmediata a sus comentarios abstractos, entonces apunta con el dedo, muerde y no suelta. Y estando su mujer, Honorio  se solía callar.
-Oiga, una pregunta. Dijo la mujer llamando la atención del hombre serio y repeinado que leía con atención el periódico conservador.
-Digame usted. Contestó solícito, cerrando el diario y dispuesto a no perder oportunidad de acercarse a la España real.
-Le va a decir Merkel a Rajoy que nos baje las pensiones?
O porque no tenía respuesta, o porque le incomodaba la pregunta, o porque le entró prisa, apuró la Mirinda, apretó su cartera y enfiló la puerta. Se le oyó decir, pero casi con medio cuerpo fuera del bar:
-Ni idea, señora.

martes, 14 de agosto de 2012

Cristóbal, por dios

En agosto Betty se va al pueblo pero el bar no se cierra. Lo lleva su sobrina, una hija de su hermano, y todo el mundo sabe que es una manera de ayudarla. Dice el portero que toda la familia es orgullosa y ni pide ni da como si hiciera un favor. Así que Betty dice que se va al pueblo, que tiene que descansar, y la pequeña de su hermano se organiza, afirma que ella se encarga de que el establecimiento no eche el cierre y sabe que lo que saque es una ayuda impagable.

Con la sobrina, que se llama Bea, cambian las maneras y algunos clientes, aunque no el espíritu. El portero, por ejemplo no está habitualmente, porque igualmente se va a su pueblo en agosto. Sin enbargo la que no sale del bar es la chica de la ORA. No sólo está alli como refugio, para que no la vea su cotrolador, que también, sino porque es muy amiga de Bea. Se cayeron bien desde un principio, pero además se han ayudado mucho. De hecho, han compartido piso mucho tiempo. Así que si habitualmente la chica pasa por el bar, cuando es el tiempo de Bea no sale de él.

Y tampoco sale de él el taxista. NI del bar ni del fondo del vaso.

Y estaban Bea, la chica de la ORA y el taxista cuando llegó Montoro. Igual de trajeado, los mismos rizos en el cogote, la corbata verde, la cartera oficial colgando del brazo, fuertemente agarrada. No llega solo y pide dos Mirindas.

Como por costumbre, pero le pasa una a la mujer.

-A mi eso no me gusta.

No era rechazo pero tampoco sumisión. Era el colofón a la discusión que ya traían.

El taxista, Bea y la chica del ORA oyeron cómo él decía que las cuentas así no cuadraban.

-Lo he explicado muchas veces, Fátima.

A ella, ahora sí, ente la súplica y la insistencia.

-Cristóbal, por dios.

No adivinaron mucho más porque los ministros, aunque discutían, lo hacian en voz inaudible y encima se ponían las manos delante de los labios.

Si hubiera estado Honorio, seguro que habría sacado punta al numerito de hablar en el bar de Betty tapándose los labios con la mano.

El caso es que al día siguiente el presidente anunció que se prorrogaba la ayuda de los 400 euros.

viernes, 13 de julio de 2012

Mirinda protegida


En el bar la de Betty llaman Gollum a Montoro. El nombre se lo puso Honorio, el de las chanclas. Aunque, en realidad fue la pelirroja.
Al día siguiente de irse el ministro con el rabo entre las piernas y escalabrado por el botellazo del taxista comentaban lo sucedido. Se preguntaban cómo se le ocurrió a Paquí hacer eso al ministro y la reacción inesperada del taxista ensimismado. Elucubraban si habría ido Montoro al hospital o si volvería por allí. El portero decía que después de la agresión no volvía. Honorio dijo que si.

-Ese es como el muñeco ese, como se llama, el de la película esa del Señor de los anillos, el que decía ‘mi tesoro’. Como se llama..

A lo que la pelirroja, sin levantar la vista del libro que estaba leyendo, en el extremo de la barra dijo, Gollum.
-Eso. Gollum. No veis el tono de voz que le sale cuando se quiere hacer el amiguito amable y la maldad que se le ve en cuanto se relaja? A demás que se parece, con las orejas disparatadas y esos gestos que hace. Pero sobre todo por el tonillo que le sale. Verás como vuelve.

No todos habían visto al película, pero a todos le gustó referirse al hombre trajeado con la maleta ministerial colgándole del brazo y los rizos escasos de su alopecia asomando sobre el cuello de la rígida camisa de tonos azules o rosas, según el día, como Gollum

-Es verdad que parece que se rie de la gente. Pues después de este hachazo que han dado con el IVA, después de recortar la sanidad, ….

-Y a los parados y a los funcionarios, dijo el zapatero sin dejar de terminar la frase a Betty, que lo miró como si lo fusilara.
-Decía que no se le deja entrar, si aparece.

-Pues veras como viene. A ese le gusta decir que entiende al pueblo.
-Yo creo que te equivocas.

No se equivocaba Honorio. Esa misma tarde, a la misma hora de la anterior, cerca de las nueve, empujó la puerta del bar.
-No es usted bien recibido aquí. Dijo Betty antes de que Montoro acabara de abrir.

-Buenas tardes a todos. Dijo sin hacer caso a las palabras de rechazo que había provocado su aparición. Y llegó con su cartera hasta la barra.
-Creo que le han dicho que no es bien recibido. Dijo Honorio.
-Perdóneme usted, pero este es un lugar público y un servidor viene a tomar su refresco.

Betty salió de detrás de la barra, el taxista se movió de su taburete, Honorio se ajustó las gafas, el zapatero se ajustó el cinturón de su pantalón, el de la coca cola se puso los guantes de reparto y la pelirroja cerró su libro después de doblar la esquina de la hoja para dejar una señal de lectura. Se fueron todos hacia Montoro y lo empujaron hasta la puerta.
-No sé cómo no le da vergüenza aparecer. Vaya con el cuento a otra parte.

Fue rodear los seis al hombre del traje oscuro y aparecer de la nada cinco matones como armarios, todos con pinganillos colgándole de la oreja. Lo rodearon, apartaron sin miramientos a los habituales del bar de Betty, y colocaron al ministro en el mismo sitio donde pretendía, junto a la barra.
Como si fuera el auténtico Gollum, con voz meliflua, falsa y atiplada, como si no hubiera pasado nada, dijo:

-Me pone mi Mirinda, ¿por favor?
Betty se la puso y el tipo bebió protegido por los matones del pinganillo, también trajeados.

miércoles, 4 de julio de 2012

La hora de Paqui


Montoro se metió en un lío aquella tarde. No porque De Guindos le tuviera comida la moral y el hombre no supiera qué hacer para ganar su espacio. No porque en su intento de llegar a la España real se pusiera a prometer cosas imposibles. No porque se le pusiera la cara colorada por los comentarios que debía de escuchar en cuanto se bajaba del coche oficial a cuenta de los defraudadores.

Algo de todo eso se extendió por la atmósfera del bar de Betty en cuanto el ministro apareció. Pero es que se dieron algunas circunstancias nuevas, ciertos hechos inesperados. Puede que todo contribuyera.

Lo primero es que apareció por la tarde, pasadas las nueve y el ambiente del bar estaba más denso que de costumbre.

Lo segundo que llegó con el nudo de la corbata aflojado, como acalorado, harto o cansado.
Lo tercero que mezcló la Mirinda con un lambrusco y no está investigado lo que puede salir de esa combinación.

Lo pidió así, mi Mirinda y un lambrusco, por favor.

Betty, ni se inmutó. Estaba acostumbrada a peores combinaciones, a peticiones mucho más estrambóticas. Como tampoco le produjo extrañeza el hecho de que liquidara las dos bebidas de un trago y pidiera, lo mismo.

-Joder, y pide Lambrusco. No tenemos vinos aquí. Este es un pan pringado. Tanto traje y tanto rizo en el cogote y pide Lambrusco. No me jodas.
Lo dijo Honorio, el de las chanclas, que ya había dado muestras de que no sentía demasiada simpatía por el personaje.

Lo cuarto es que era la hora Paqui y encima estaba presente el taxista, mirando el fondo de su vaso vacío.

Aquella tarde después de las nueve estaban en el bar, la propia Betty, Honorio, el portero, Paqui y el taxista. Los testigos y los protagonistas.

Paqui tenía un cliente fijo por la mañana antes de comer y otro a la hora de la siesta. Eran ocupaciones cotidianas, pero por lo poco que se sabía eran visitas más piadosas que  rentables. El de la mañana era impedido y el de la tarde pasaba de los ochenta. Se decía que se trataba de antiguos clientes que ya no le pagaban nada, ni demandaban ningún favor, pero que por alguna razón Paqui se sentía obligada.

El caso es que el trabajo de Paqui empezaba a partir de la nueve y podía no acabar hasta cuando volvía a abrir el metro por la mañana. Las más de las veces sin ningún resultado.

Así que Montoro mezcló y la mujer debió entender que por qué no iba a ser su noche. El tipo parecía panoli pero dinero tenía que tener. De modo que se acercó a él. Y él vio la oportunidad de llegar por fin a la España real. Y se puso rumboso: pidió para él otra Mirinda y otro lambrusco y para los señores presentes, lo que estén tomando.

Nadie quiso nada. El portero, que ya se iba, que gracias. Honorio que a él no hacía falta que lo invitara por mucho ministro que fuera. El taxista ni dijo nada.

Y Paqui se acercó a la barra y dijo:

-¿Donde me vas a llevar luego?

A lo que el hombre contestó, un poco por educación, mitad por política, medio por la mezcla de bebidas:

-A donde usted quiera, señorita

 Lo que sentía el taxista por Paqui nunca lo había dicho. En principio era la causante inocente de su tragedia. Sólo se sabía que la mujer del taxista lo había dejado por creer que tenía con la prostituta lo que no tenía, cuando  lo único que había hecho era recogerla como un buen samaritano. Pero tanto agradecimiento mudo por parte de la mujer y tanta injusticia mascullada por parte del hombre habían formado un engrudo sentimental difícil de digerir.

Así que el taxista salió del su marasmo, lo que indicaba que aunque mirara obsesivamente el fondo del vaso vacío, se enteraba de cuanto ocurría a su alrededor. Y sin decir nada tomó el tercer envase vacío de Mirinda y lo estampó en la cabeza de Montoro.