martes, 26 de marzo de 2013

Cerrado por descanso del personal


Redada en el bar de Betty
Desde el 25 de enero está cerrado el bar de Betty. Desde ese día un cartel manuscrito, en un folio, con rotulador y letras mayúsculas, reza: “cerrado por descanso del personal”. Nadie sabe por qué o todos los conocen pero no son más que especulaciones. El portero las recoge, las oculta, las fomenta o las distribuye. Dicen que por la crisis, que Betty ya no pudo pegar a los proveedores y que tuvo que cerrar. También que cerró por el lío en que la metió el novio de su hija. O por la que montó el taxista. Mejor dicho, la mujer del taxita. Y que en realidad fue Montoro.
Esta versión es la que más adeptos tiene.

viernes, 25 de enero de 2013

El refugio del ministro


El ministro llegó al bar de Betty más Golum que nunca. La corbata amarilla y figuras geométricas marrones le colgaba del bolsillo derecho de la americana, los rizos más encrespados que otras veces y la gomina gastada; las orejas más disparadas y afiladas, el cuello de la camisa desacompasados, uno por fuera y otro por dentro.

Aparece y Honorio con sus chanclas se frota las manos: tiene ganas de decirle cuatro cosas

Como si hubiera leído el pensamiento del jubilado y quisiera desactivarlo, se le oye decir a Betty que está agotado, que considera que ha llegado a su refugio y que quiere estar tranquilo tomando una copa, que no quiere ver a nadie, ni de los suyos ni de los otros. Y la primera se la toma de un trago, sin respirar, como si viniera del desierto, la segunda de dos y le hace un gesto a Betty para que le ponga la tercera Mirinda.

-Pero de qué tiene que descansar si no ha hecho nada. Si estuvo tres horas que no aclaró nada

-Ese es el esfuerzo, pasar tres horas sin decir nada, cansa.

-Sí dijo,  que Bárcenas no figura.

-No, que no sabe si figura o no figura.

-Claro que lo sabe. Lo saben todos.

-Lo que yo me pregunto es a qué coño viene este tío aquí

-A qué va a venir, a ponerse hasta el culo de Mirinda. ¿No ves que es el único sitio donde hay?

Montoro se desabrocha un botón más de la camisa sin oír lo que dicen en la barra del bar, como quien oye llover, como quien está fuera del mundo. Saborea su bebida naranja con una rara deleitación.

 Ni oye lo que dicen ni  lo que no le dicen.

No es el mejor día para entender la España real

Como si no le importara

domingo, 30 de diciembre de 2012

De incógnito


El penúltimo día del año el bar de Betty estaba de bote en bote. O sea, hasta arriba. No había tocado la lotería, ni hubo convocatoria por parte de la propiedad ni se celebraba nada especial. El caso es que su aforo estaba al completo. No quedaban libres ni mesas, ni sillas ni taburetes. Casi ni baldosas. Los clientes habituales se habían multiplicado por diez o por doce, de modo que se daba una circunstancia inusual: tanto el narrador omnisciente como el narrador observador debía buscar, casi con lupa entre los presentes, las caras de los protagonistas cotidianos del bar de Betty. Tarea no sencilla entre tanta presencia que llenaba el local de voces, murmullos, cáscaras de gamba, huesos de aceitunas y servilletas de papel arrugadas

Una cámara cenital sin embargo habría descubierto un hecho curioso, salvo excepciones, los clientes de Betty se habían agrupado de manera natural, como defendiéndose de tanto desconocido. Ni el portero, ni la chica de la ORA, ni los empleados de la telefónica ni el hombre de la Cocola habían aparecido aquella mañana probablemente por ser domingo. Así que estaban Betty y su hija tras la barra, el taxista mirando el fondo de su vaso vacía, Paqui observándolo con un poco de lástima sin atreverse a acercarse, el zapatero sin su mandil y su traje de los domingos, Honorio con sus eternas chanclas a pesar del frío, la rubia del estanco, la mujer que prueba suerte con la tragaperras, la pelirroja metida en las páginas de su libro y Bernardo de nuevo aparecido. Sólo la pelirroja enfrascada en la lectura y la señora con las monedas, y Paqui por mantener las distancias, no se habían hecho lógica piña agrupándose en un extremo de la barra, como  amparando al taxista. El resto eran voces desconocidas atestando el bar y pidiendo otra.

Y en esto llegó Montoro. Tardaron en reconocerlo porque iba sin cartera, sin corbata, sin traje y casi sin rizos. Una gorra de marinero se los tapaba, lo que con cazadora y vaqueros suponía una aparición de verdadero incógnito. Se dio cuenta Honorio.

-Coño, si es el ministro.

No iba solo. Lo acompañaba una mujer alta, más que él, atildada con un gorro blanco de lana y un abrigo largo, casi hasta los tacones de aguja.

Se les acercó la hija de Betty y miró a los recién llegados que entendieron enseguida que estaba esperando que le dijeran qué iban a tomar.

-Un café con leche y una Mirinda, por favor.

-Con la leche muy caliente, por favor.

Y mientras los clientes de aquel último domingo del año seguían a lo suyo, los habituales empezaron a especular con la personalidad de la mujer alta que pedía la leche tan caliente.

viernes, 21 de diciembre de 2012

La España real


 

Estaban aquella tarde casi todos. Como cada día, pero además querían felicitarse las fiestas y desearse suerte con la lotería, así que era una reunión multitudinaria y especial. Y el ambiente era festivo, alegre, no en vano Betty había abierto un par de botellas de sidra. Brindaron todos. Menos el taxista, que aunque le llenaron el vaso de sidra él lo siguió mirando como si estuviera vacío.

Incluso la pelirroja cerró su libro para participar de la alegría y buen humor reinante. Honorio incluso ensayó unos torpes pasos flamencos en mitad del bar, que fueron aplaudidos por todos.

Así que la llegada del ministro los cogió por sorpresa, por inesperada y porque cortó el buen rollo.

-Buenas tardes, señores. Me gustaría desearles felices fiestas.

Además no llegaba solo. Lo acompañaba el guardaespaldas de la cara cortada que no dijo ni el saludo. Era una máquina  perfecta en lo suyo, seguro que no le quedaba entendimiento para ninguna otra cosa.

Así que entre que no les hizo gracia la aparición y lo mal encarado que sabían que era el de seguridad, pues optaron, como si se hubieran puesto de acuerdo, por no contestar.

El silencio no arredró al ministro, que ya llevaba tiempo en su empeño de conseguir llegar a la España real.

Así que le dijo a Betty:

-Ponga usted a estos señores lo que quieran

Betty avisó por si había dudas

-Os invita el ministro

Todos se quedaron mirándolo como si fuera un marciano con orejas salidas, de soplillo, y él hizo además de brindar con su vaso mediado de Mirinda.

Casi todos dijeron, muchas gracias. Pero ninguna era de aceptación, porque extendieron la mano ante Betty para que ella entendiera que no pusiera nada.

 -No me hace falta.- Dijo el portero. -Que no venga a dar limosna ni a hacer alarde. Le explicó a Betty y a los demás, con esa manera directa que tiene la España real de mostrar su orgullo. Decir las cosas, que las oiga quien interesa pero sin mirarlo ni concederle la categoría de interlocutor.

Y siguió diciendo, a Betty y a los parroquianos, incluso al taxista que seguía buscando razones en el fondo del vaso y la pelirroja que había vuelto a las páginas de su libro, que no recorte tanto. De qué va, no tiene  vergüenza, hace los recortes y deja en paz a los que defraudan. A qué coño viene aquí con esa sonrisita. Que se dedique a encontrar trabajo para los españoles, no a perseguir a los pobres y a despedirlos.

El portero solía ser más condescendiente, actitud que ha aprendido en el oficio, pero desde que despidieron a su hermano, no han renovado la beca a su hija, su hijo no logra encontrar trabajo, y a su mujer le han quitado la ayuda por cuidar a su madre, se ha ido haciendo más radical. Sobre todo en el bar de Betty.

El ministro tuvo un ataque de autoridad, la propia de su rango y de su educación, así que decidió que no era el  momento de hablar de eso. Pero al carecer de la sabiduría innata de la España real, se dirigió directamente al portero, evidentemente sin saber si era portero o no.

-Como comprenderá no es el sitio ni el lugar. Yo solo quería desearle felices fiestas.

Y el portero no perdió los papeles porque estaba en su sitio y en su ambiente. Siguió hablando a Montoro y de Montoro y del gobierno sin concederle el detalle de considerarlo interlocutor.

-Las felices fiestas las tendrá él, que le pregunte a los parados, o a los desahuciados, o los discapacitados.

El guardaespaldas abstemio notó la tensión de su jefe y, acostumbrado a actuar sin pensar, dio un paso adelante y se puso entre el ministro y el portero. Es decir, entre el gobierno y el pueblo

Y en ese instante  Monoro entendió que no había sido buena idea presentarse en el bar de Betty el día antes de la lotería. Y peor llegar acompañado. Y quiso arreglarlo.

-Espéreme fuera, por favor.

Y el que reaccionó fue Honorio, que se había olvidado ya de sus pasos flamencos

-Así son, los empleados a la puta calle. Espéreme ahí fuera que ahora iré yo.

Y el ministro ve que no sabe cómo acertar. Empieza a convencerse de  que haga lo que haga no le entienden

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Entre corbatas


El director de la caja y el ministro tienen en común varias circunstancias básicamente físicas, aunque algunas también son síquicas: el traje oscuro, la corbata roja, la camisa blanca, los gemelos, los rizos en el cogote, la gomina, el afeitado apurado, una cierta manera de mirar contradictoria, el envaramiento del cuerpo y la propensión diplomática a la sonrisa. Luego hay matices que los diferencian, muchos igualmente físicos y otros síquicos: uno tiene pelo y otro no, la calidad y procedencia de los gemelos es distinta, la edad..

Pero en el bar de Betty ambos parecen estar en una parte del mundo, justo en la otra orilla que el resto de los parroquianos. Comparten aproximadamente un metro de la barra, uno ante su consabida Mirinda, el otro ante lo que dice ser el quinto café de la mañana.

El zapatero, los dos trabajadores de la telefónica, la rubia del estanco, Paqui y la mujer que prueba suerte en la tragaperras también toman un tentempié mañanero pero forman parte del paisaje, ni destacan ni suponen presencias extrañas. Comparten café con leche y curiosidad por la pareja encorbatada. Los miran como si esperaran que pasara algo. La mujer que mete monedas en la ranura de la máquina ni ha tocado su café que hace rato que se enfrió.

-Se lo caliento. Pregunta Betty.

La mujer dice que vale, que gracias.

Montoro saborea su Mirinda ensimismado, sin prestar atención ni al lugar ni a los presentes. El de la caja, a su lado, se estira las mangas de la chaqueta, se ajusta la corbata, mira al ministro. Betty, y cualquiera, nota que busca entablar conversación

Se lanza

-Ha estado muy bien en su contestación.  Lo felicito

-¿Perdón?

No esperaba ser interpelado en el bar. Apenas ha logrado que un jubilado en chanclas le lance una andanada, las más de las veces de forma indirecta. Sus intentos de mezclarse, y entender, la  España real no da frutos de momento. Aunque se considera un hombre con tesón y confía que un día va a lograrlo. Así que se ve sorprendido. Menos espera todavía la amabilidad.

-Cuando ha dicho que le hacían una pregunta impertinente e inconveniente, que era un despropósito preguntarlea usted por la corrupción de Baleares.

-Hombre, por dios, es que no sé cómo se atreven a darnos lecciones cuando han dejado el país como lo han dejado

Y antes de entrar a compartir visiones y filosofías el director de la caja se presenta

-Manuel Martin Morales, director de sucursal de Caja Madrid, ahora Bankia.

-Encantado. El político lo dice de modo automático, sin enterarse muy bien de quien le da la mano.

-Este busca algo. Dice el zapatero sin dirigirse a nadie en particular y sin dejar claro a quien se refiere.

Pero Betty entiende perfectamente que el zapatero habla del director, que puede que lo despidan y que lleva días preguntando cuando suele pasarse por el bar el ministro.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Que se vaya con los suyos


El hombre de la Cocacola con su uniforma color café con leche largo de leche está montando un lío considerable. Tiene plantadas en el medio del bar dos dobles torres, unas con cascos vacíos y otras con botellas llenas.

-Pero que tienes montado aquí

Dice Honorio que está a punto de dejarse el dedo gordo del pie derecho, protegido apenas por el calcetín sobre las chanclas, en la esquina de una de las torres.

La pelirroja ha ensayado una postura de bailarina para deslizarse entre las atalayas y llegar a su esquina y abrir su libro.

Betty mira a su hija y se encoge de hombros.

El hombre de la coca cola empieza a explicar que intenta ser práctico, o sea para adelantar más. Se para entre las torres y empieza a explicar a los presentes su plan estratégico, es decir, poner las cajas nuevas en mitad del bar, sacar las consumidas y en un momento reponerlas

-Pues de un momento, nada. Vaya cisco que has montado.

Dice la hija de Betty

Y el hombre de la cocacola cambia de tema para no entrar en explicaciones engorrosas

-¿El ministro ya no viene? Hace tiempo que no lo veo

-Ese se fue con el rabo entre las piernas el día de la huelga. Fue la explicación de la hija de Betty que barría alrededor de las torres

-¿Y eso? ¿que pasó? Pregunta el operario mientras apila y descarga cajas como si estuviera construyendo un mecano imposible y contradictorio.

-Pues que no lo dejamos entrar, estábamos de huelga. Explica Betty con una sonrisa

-Normal.

El repartidor  no entiende la explicación o porque no atiende o porque no entiende la paradoja que le explica con más detalle la hija de la dueña. Sólo cuando le ilustran cómo estando el bar lleno de gente fue el ministro  el que no fue admitido.

-Bien hecho. Que se vaya con los suyos

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Está cerrado, estamos en huelga

 

Estaban todos en el bar de Betty, como si fuera la final del mundial del fútbol. Acodados en la barra, mirando la tele, conversando, indignados. Bueno, todos menos el taxista y la pelirroja. Aquel parecía ajeno a tanta concurrencia, mirando el fondo de su vaso vacío. Ella, también, enfrascada en su libro.

El cierre del bar estaba  a medio echar, mitad subido mitad bajado. Montoro llegó solo, con la gabardina blanca sobre los hombros, cubriendo el traje, la cartera de ministro colgando de la mano derecha, apurado, como si lloviera o huyera de algo.

Empujó la puerta de cristales y aterrizó dos pasos dentro.

-Está cerrado.

Se oyó tras la barra. Betty no dudo en informar de la situación, o porque tenía claro que no entraba  ni un alma más o porque conoció enseguida al recién llegado.

-Buenas tardes, ¿como están ustedes?.

Intentó ser amable, llamar al reconocimiento, por si la presencia de la gabardina hubiera llamado a engaño a sus colegas de tantas tardes en el bar. Incluso, sonriente, afirmó desear lo de siempre, como si la referencia a la Mirinda sirviera para abrir cualquier puerta.

-Estamos de huelga, ¿no lo ve?

Era la hija de Betty, también tras la barra, quien hacia la aclaración.

-Permítame que le diga-, empezó a explicarse el recién llegado.

-Usted sordo no es, ¿verdad?, preguntó de pronto Honorio.

-Pues, no, ¿por qué lo dice? Dudó, antes de aclarar Montoro.

-Porque se le ha dicho que esta cerrado el bar, que hay huelga.

-Yo no veo que esté cerrado, ironizó el hombre calvo de los rizos en el cogote y las orejas disparadas.

Nadie entendió la gracia y. como si se hubieran puesto de acuerdo, se situaron en posición de ignorarlo. La dieron la espalda como si no existiera. Nadie lo miró, nadie lo escuchó. Como si no estubiera 

El hombre intentó decir que el derecho a la huelga era sagrado, tanto como el derecho a moverse, a ir a trabajar, a entrar en un bar público o a pasar por la calle. Vana tentativa porque ni una sola de las palabras llegó a ningún sitio.

También pensó decir que cómo le podían decir que estaba cerrado si estaban en el local más personas que ningún día. Pero no lo hizo, en su proyecto sincero de acercarse a la
España real no podía cometer más errores. Seguiría aprendiendo.