martes, 14 de agosto de 2012

Cristóbal, por dios

En agosto Betty se va al pueblo pero el bar no se cierra. Lo lleva su sobrina, una hija de su hermano, y todo el mundo sabe que es una manera de ayudarla. Dice el portero que toda la familia es orgullosa y ni pide ni da como si hiciera un favor. Así que Betty dice que se va al pueblo, que tiene que descansar, y la pequeña de su hermano se organiza, afirma que ella se encarga de que el establecimiento no eche el cierre y sabe que lo que saque es una ayuda impagable.

Con la sobrina, que se llama Bea, cambian las maneras y algunos clientes, aunque no el espíritu. El portero, por ejemplo no está habitualmente, porque igualmente se va a su pueblo en agosto. Sin enbargo la que no sale del bar es la chica de la ORA. No sólo está alli como refugio, para que no la vea su cotrolador, que también, sino porque es muy amiga de Bea. Se cayeron bien desde un principio, pero además se han ayudado mucho. De hecho, han compartido piso mucho tiempo. Así que si habitualmente la chica pasa por el bar, cuando es el tiempo de Bea no sale de él.

Y tampoco sale de él el taxista. NI del bar ni del fondo del vaso.

Y estaban Bea, la chica de la ORA y el taxista cuando llegó Montoro. Igual de trajeado, los mismos rizos en el cogote, la corbata verde, la cartera oficial colgando del brazo, fuertemente agarrada. No llega solo y pide dos Mirindas.

Como por costumbre, pero le pasa una a la mujer.

-A mi eso no me gusta.

No era rechazo pero tampoco sumisión. Era el colofón a la discusión que ya traían.

El taxista, Bea y la chica del ORA oyeron cómo él decía que las cuentas así no cuadraban.

-Lo he explicado muchas veces, Fátima.

A ella, ahora sí, ente la súplica y la insistencia.

-Cristóbal, por dios.

No adivinaron mucho más porque los ministros, aunque discutían, lo hacian en voz inaudible y encima se ponían las manos delante de los labios.

Si hubiera estado Honorio, seguro que habría sacado punta al numerito de hablar en el bar de Betty tapándose los labios con la mano.

El caso es que al día siguiente el presidente anunció que se prorrogaba la ayuda de los 400 euros.

viernes, 13 de julio de 2012

Mirinda protegida


En el bar la de Betty llaman Gollum a Montoro. El nombre se lo puso Honorio, el de las chanclas. Aunque, en realidad fue la pelirroja.
Al día siguiente de irse el ministro con el rabo entre las piernas y escalabrado por el botellazo del taxista comentaban lo sucedido. Se preguntaban cómo se le ocurrió a Paquí hacer eso al ministro y la reacción inesperada del taxista ensimismado. Elucubraban si habría ido Montoro al hospital o si volvería por allí. El portero decía que después de la agresión no volvía. Honorio dijo que si.

-Ese es como el muñeco ese, como se llama, el de la película esa del Señor de los anillos, el que decía ‘mi tesoro’. Como se llama..

A lo que la pelirroja, sin levantar la vista del libro que estaba leyendo, en el extremo de la barra dijo, Gollum.
-Eso. Gollum. No veis el tono de voz que le sale cuando se quiere hacer el amiguito amable y la maldad que se le ve en cuanto se relaja? A demás que se parece, con las orejas disparatadas y esos gestos que hace. Pero sobre todo por el tonillo que le sale. Verás como vuelve.

No todos habían visto al película, pero a todos le gustó referirse al hombre trajeado con la maleta ministerial colgándole del brazo y los rizos escasos de su alopecia asomando sobre el cuello de la rígida camisa de tonos azules o rosas, según el día, como Gollum

-Es verdad que parece que se rie de la gente. Pues después de este hachazo que han dado con el IVA, después de recortar la sanidad, ….

-Y a los parados y a los funcionarios, dijo el zapatero sin dejar de terminar la frase a Betty, que lo miró como si lo fusilara.
-Decía que no se le deja entrar, si aparece.

-Pues veras como viene. A ese le gusta decir que entiende al pueblo.
-Yo creo que te equivocas.

No se equivocaba Honorio. Esa misma tarde, a la misma hora de la anterior, cerca de las nueve, empujó la puerta del bar.
-No es usted bien recibido aquí. Dijo Betty antes de que Montoro acabara de abrir.

-Buenas tardes a todos. Dijo sin hacer caso a las palabras de rechazo que había provocado su aparición. Y llegó con su cartera hasta la barra.
-Creo que le han dicho que no es bien recibido. Dijo Honorio.
-Perdóneme usted, pero este es un lugar público y un servidor viene a tomar su refresco.

Betty salió de detrás de la barra, el taxista se movió de su taburete, Honorio se ajustó las gafas, el zapatero se ajustó el cinturón de su pantalón, el de la coca cola se puso los guantes de reparto y la pelirroja cerró su libro después de doblar la esquina de la hoja para dejar una señal de lectura. Se fueron todos hacia Montoro y lo empujaron hasta la puerta.
-No sé cómo no le da vergüenza aparecer. Vaya con el cuento a otra parte.

Fue rodear los seis al hombre del traje oscuro y aparecer de la nada cinco matones como armarios, todos con pinganillos colgándole de la oreja. Lo rodearon, apartaron sin miramientos a los habituales del bar de Betty, y colocaron al ministro en el mismo sitio donde pretendía, junto a la barra.
Como si fuera el auténtico Gollum, con voz meliflua, falsa y atiplada, como si no hubiera pasado nada, dijo:

-Me pone mi Mirinda, ¿por favor?
Betty se la puso y el tipo bebió protegido por los matones del pinganillo, también trajeados.

miércoles, 4 de julio de 2012

La hora de Paqui


Montoro se metió en un lío aquella tarde. No porque De Guindos le tuviera comida la moral y el hombre no supiera qué hacer para ganar su espacio. No porque en su intento de llegar a la España real se pusiera a prometer cosas imposibles. No porque se le pusiera la cara colorada por los comentarios que debía de escuchar en cuanto se bajaba del coche oficial a cuenta de los defraudadores.

Algo de todo eso se extendió por la atmósfera del bar de Betty en cuanto el ministro apareció. Pero es que se dieron algunas circunstancias nuevas, ciertos hechos inesperados. Puede que todo contribuyera.

Lo primero es que apareció por la tarde, pasadas las nueve y el ambiente del bar estaba más denso que de costumbre.

Lo segundo que llegó con el nudo de la corbata aflojado, como acalorado, harto o cansado.
Lo tercero que mezcló la Mirinda con un lambrusco y no está investigado lo que puede salir de esa combinación.

Lo pidió así, mi Mirinda y un lambrusco, por favor.

Betty, ni se inmutó. Estaba acostumbrada a peores combinaciones, a peticiones mucho más estrambóticas. Como tampoco le produjo extrañeza el hecho de que liquidara las dos bebidas de un trago y pidiera, lo mismo.

-Joder, y pide Lambrusco. No tenemos vinos aquí. Este es un pan pringado. Tanto traje y tanto rizo en el cogote y pide Lambrusco. No me jodas.
Lo dijo Honorio, el de las chanclas, que ya había dado muestras de que no sentía demasiada simpatía por el personaje.

Lo cuarto es que era la hora Paqui y encima estaba presente el taxista, mirando el fondo de su vaso vacío.

Aquella tarde después de las nueve estaban en el bar, la propia Betty, Honorio, el portero, Paqui y el taxista. Los testigos y los protagonistas.

Paqui tenía un cliente fijo por la mañana antes de comer y otro a la hora de la siesta. Eran ocupaciones cotidianas, pero por lo poco que se sabía eran visitas más piadosas que  rentables. El de la mañana era impedido y el de la tarde pasaba de los ochenta. Se decía que se trataba de antiguos clientes que ya no le pagaban nada, ni demandaban ningún favor, pero que por alguna razón Paqui se sentía obligada.

El caso es que el trabajo de Paqui empezaba a partir de la nueve y podía no acabar hasta cuando volvía a abrir el metro por la mañana. Las más de las veces sin ningún resultado.

Así que Montoro mezcló y la mujer debió entender que por qué no iba a ser su noche. El tipo parecía panoli pero dinero tenía que tener. De modo que se acercó a él. Y él vio la oportunidad de llegar por fin a la España real. Y se puso rumboso: pidió para él otra Mirinda y otro lambrusco y para los señores presentes, lo que estén tomando.

Nadie quiso nada. El portero, que ya se iba, que gracias. Honorio que a él no hacía falta que lo invitara por mucho ministro que fuera. El taxista ni dijo nada.

Y Paqui se acercó a la barra y dijo:

-¿Donde me vas a llevar luego?

A lo que el hombre contestó, un poco por educación, mitad por política, medio por la mezcla de bebidas:

-A donde usted quiera, señorita

 Lo que sentía el taxista por Paqui nunca lo había dicho. En principio era la causante inocente de su tragedia. Sólo se sabía que la mujer del taxista lo había dejado por creer que tenía con la prostituta lo que no tenía, cuando  lo único que había hecho era recogerla como un buen samaritano. Pero tanto agradecimiento mudo por parte de la mujer y tanta injusticia mascullada por parte del hombre habían formado un engrudo sentimental difícil de digerir.

Así que el taxista salió del su marasmo, lo que indicaba que aunque mirara obsesivamente el fondo del vaso vacío, se enteraba de cuanto ocurría a su alrededor. Y sin decir nada tomó el tercer envase vacío de Mirinda y lo estampó en la cabeza de Montoro.

domingo, 3 de junio de 2012

Que caiga España

La mujer que prueba suerte en la máquina tragaperras cada mañana ya había agotado sus existencias. Betty y el zapatero se miraron sin decir nada. Pero se comunicaron uno a otro, con los ojos, que era una pena que las personas estuvieran enganchadas al juego. Antes la señora desayunaba y con las vueltas tanteaba la fortuna. Es decir, tomaba su café y su tostada, lo pagaba, y dejaba caer el sobrante por la ranura del artilugio lleno de luces. Esperaba una música que nunca se producía, el sonido del premio, las trompetas que preceden al desbordarse de las monedas. Primero dejó la tostada.  Pedía café, dejaba inquieta un billete de cinco euros sobre el mostrador, esperaba con cierta impaciencia que Betty le cobrara e introducía las cuatro monedas, perdiéndolas. Después también dejó el café. Pedía cambiar el billete y tiraba las cinco monedas por la ranura. A veces recuperaba dos o tres, premio chico, y se le encendía el semblante. Pero también echaba en el mismo agujero la ganancia y se perdía igual.
Aquella mañana estaban solo Betty, el zapatero que el gustaba desayunar antes de abrir el taller y la mujer de la suerte esquiva que salía del bar derrotada una vez más.
Casi choca con Montoro que empujó la puerta con cierta violencia cuando ella se iba con la cabeza baja y toda la derrota en el cuerpo.
-Perdón, señora. Dijo sin soltar la cartera y sin mirarla.
Se acercó a la barra, dijo buenos días, señores, dijo aunque estuvieran únicamente en el bar Batty y el zapatero. Y pidió una Mirinda.
La vació en el vaso y sin pausa se la tragó como un sediento. Betty, acostumbrada a las sobredosis de Mirinda, ya tenía otra dispuesta. Pero el tipo, repeinado, con los rizos revoloteando sobre el cuello de su camisa,  dijo que no con la mano.
Betty se encogió de hombros y se fue al otro lado de la barra, junto al zapatero. Desde allí observaban los dos a Montoro, que se quedó atado al fondo del vaso recien vaciado con las misma mirada perdida que se le pone al taxista cuando mira el suyo. Tampoco dijeron nada, pero se miraron los dos y se preguntaron qué le pasaría esa mañana al ministro, cómo es que había ido tan pronto.
En el bar sonaba el parloteo de la televisión y la conversación de la radio tambien encendida, al mismo tiempo, a veces confundiendo las voces. Y el reclamo de la maquina tragaperras estaba programada, como sirena, para buscar incautos. Eran los únicos electrodomésticos encendidos y con capacidad de emitir sonidos y voces. Porque el frigorífico, el microondas, la plancha y el congelador tambien estaban prendidos, pero nadie hablaba a través de ellos. Bueno, la máquina de tabaco si hablaba, pero solo era para decir, su tabaco, gracias.
Bien, pues de uno de los dos aparatos posibles, es decir de la tele o de la radio, porque de la tragaperras no parece posible, salió la voz de una mujer, que se identificó como la portavoz de Coaliciòn Canaria en el Congreso. Su nombre, Ana Oramas. Se la oyó decir claramente que el actual ministro de Hacienda, Cristobal MOntoro, la presionó para que votara en contra del paquete de recortes que presentó en mayo de 2010 el entonces presidente, Rodriguez Zapatero. La mujer decía muy segura que si no se aprobaban las medidas España sería intervenida. "Que caiga España, qeu ya la levantaremos nosotros", dice que le dijo Montoro.
El hombre de la calva reluciente y la corbata roja levantó la mirada de las profundidades del vaso en las que se había perdido. Como un resorte. Betty y el zapatero lo miraron con sorpresa. Y  él  salió de estampida.
Casi atropella a Honorio, el de las chanclas, que entraba.
-Pero bueno, qué prisas. Este va a apagar un fuego o ha visto al Guindos ese.

jueves, 17 de mayo de 2012

Yo mato a alguien

Montoro pidió una Mirinda doble y Betty, que es más lista que el hambre, entendió que el hombre llegaba acalorado y le sacó el envase grande, el que tiene reservado para los cumpleaños de niños del barrio. Vamos, para el único cumpleaños que se ha celebrado en el bar, el año pasado, la nieta de Honorio. De hecho la botella de litro y medio sobró de entonces.
Así que el hombre de las corbatas de colores y los rizos en el cogote se tomó el primer vaso como si hubiera atravesado el desierto. Lo metió dentro sin pasar por la boca y sin respirar. Y pidio otro con un gesto.
-Sí venimos sedientos, si. ¿Es que los recortes no le dan ni para beber?, le dijo Honorio con su sorna habitual.
-No me venga con coñas, por favor.
La primera vez en meses, desde que conocían al político, que se ponía chulo. Hasta ese día se veía que el hombre quería agradar, seguramente con la pretensión de acercarse a la España real. Con torpeza, si, con desconocimiento, pero con buena voluntad.
Tragó el segundo vaso, de los de cubalibre, de Mirinda y pidió otro. Se aflojó el nudo de la corbata y pasó la mano de la frente a los rizos. Varias veces. Primero una y luego las dos.
-Pero que le pasa, hombre
Fue Betty, acostumbrada a tratar con borrachos, chulos, patosos pesados y gente peligrosa la que se lo preguntó. Su psicología, como con todos los demás, lo desarmo y lo hizo hablar. Su psicología y que el hombre llegaba apurado y con ganas de contarlo. Y contó que la señora se dirigió a él, nada más bajarse del coche. Que los de seguridad quisieron apartarla, pero que él les dijo que la dejasen. Y resultó ser una clienta de Bankia, muy preocupada y bastante fuera de sí. Esto es lo que dijo Motoro. Que le preguntó si debía sacar su dinero, si iban a quitarselo, qué qué hacía.
-Y qué le dijo usted. Preguntaba el portero, quien tampoco parecía tener cosa mejor que hacer en su portería.
-Pues intenté tranqujilizarla. Le dije que no se preocupara. Pero ella no escuchaba, solo quería saber si tenía que sacar el dinero del banco o no.
-Nos ha jodio, que queria que hiciera la pobre mujer.
-Entiendo, pero claro.
-¿Y?
-La señora se puso un poco nerviosa. Vamos que dijo que si le quitaban el dinero, mataba a alguien.
Y se metió otro vaso grande de Mirinda
-Este viene acojonao. Dijo Honorio al portero sin preocuparle ser oido por el ministro.
-Fue muy desagradable.
-¿Qué pasa que usted no tiene dinero en Bankia?
-Claro a él no se lo van a quitar.
-No es eso, hay que guardar la calma. Yo le aseguro..
Dejaron de escucharlo porque en la tele ponían unas imágenes de una mujer gritando al ministro, 'cómo me quiten el dinero, mato a alguien'

viernes, 11 de mayo de 2012

¿Cuanto se ha llevado Rato?

-Hombre, cuanto tiempo. Nos tenía usted olvidados.
Motoro experimentó un reflujo de satisfacción y no pudo ni quiso disimular que le aflorara en forma de rubor una sacudida de orgullo. Sentía que la España real lo escuchaba, la prueba estaba en que la media docena de personas que en aquel momento se encontraban en el bar lo estaban mirando y además lo veían, no como otras veces que apenas lo había mirado. Bueno, las seis no, que el taxista sólo miraba el fondo de su vaso vacío. Pero Betty tras la barra, Honorio con sus chanclas, el zapatero con su mono azul y su mandil de cuero, la pelirroja con su libro abierto en la esquina de la barra
-No tanto, señores. Vengo casi todos los días.
-Y una polla. Desde que se peleó usted con Rubalcaba no ha vuelto. Lo dijo el jubilado desde sus chanclas que ya hacia tiempo que no se quitaba.
-Es verdad, desde que riñeron en el Congreso no ha vuelto usted. Aclaró el zapatero como si su manera de decir fuera más clara, más diplomática y más apropiada que la de Honorio, que desde que salió en la tele piensa que debe superarse en despreocupación y arrojo.
El servidor público, desde los rizos sobre su cuello andaba dudando entre disfrutar el momento, el primero en que realmente se ocupaban de él, o aclarar las razones de su corta ausencia. Ya le pasó otras veces, que al intentar explicar le había vuelto la espalda aquel grupo de gente desconocida, ajena a él y a su cultura, que sabía que debía ganar, pero que desconfiaba que nunca lo lograría. Así que prefirió dejarlo estar.
-Yo quería preguntarle una cosa.
-Digame usted.
El zapatero demandaba información al hombre trajeado y este reaccionaba atento, dispuesto una vez más a ganarse la causa del  pueblo desde aquel bar de barrio.
-Lo que este quiere decirle es quien manda más si usted o Guindo.
-A ver, no creo que se pueda decir en esos términos. Cada uno tenemos un papel importante en el gobierno.
-No se me vaya por las ramas, el de Hacienda es el que más manda no?,
-Mandar, mandar, manda el presidente del Gobierno.
-Vale, y el que ha echado a Rato quien es, el presidente del Gobierno, el ministro de Hacienda, el de Economía. Esperanza o se ha ido el solito. Porque parece que el que lo ha largado es Guindos.
-Déjeme que le explique. El gobierno lo que ha hecho es tomar una serie de medidas...
-¿No te lo digo siempre? si es inútil preguntar, se va a ir por las ramas, va a contestar lo que le interesa y nada más. Hazme caso, mejor dicho, pasa de él, ni le preguntes.
-Si no me dejan que les explique, no van a enterarse.
-Oiga, que esto no es el Parlamente ni la tele. Esto es un bar. Y si un señor le pregunta usted contesta si quiere. Y punto. No venga con que es que no le dejan explicarse. Betty habla pocas veces, pero siempre interviene para fijar las normas básicas de convivencia en su establecimiento.
Montoro iba viendo que se esfumaba una oportunidad más de hacerse entender por la España real, de comprender a aquella gente a la que se había acercado con su mejor intención.
-Yo estoy dispuesto a contestarles a cualquier cosa que quieran saber. No creo que otros hicieran lo mismo. -Dijo pasando de la adulación a un cierto tono de reto chulesco.
-Vale, pues yo quiero saber una cosa.
-Dígame usted.
-¿Cuando se ha llevado Rato?
-Entiendame, lo que el Gobierno ha hecho.
-¿No te lo dije? si es inútil.
Dejaron de mirarlo. Se volvieron a la tele donde hablaban de una señora que había mandado a su hijo a un programa para buscar novia. Bueno, se interesaron por esa madre ilusionada todos menos el taxista y la perlirroja. Cada uno con lo suyo, aquél con el fondo de su vaso, ella con el libro.

viernes, 20 de abril de 2012

El perdón

En el momento en que salió el rey y dijo que lo sentía, que se había equivocado y que no volvería a suceder, estaban en el bar la chica de la ORA, Honorio, el taxista mirando apenado el fondo de su vaso, el portero, Betty tras la barra, la señora que entraba a probar suerte en la máquina tragaperras y dos desconocidos muy trajeados. El de la Coca cola no estaba porque justo acababa de irse.
Se hizo el silencio como si fuera a ocurrir algo importante, incluso la señora que probaba suerte se quedó con la moneda de euro en la mano.
Habló y durante un minuto de reloj pareció que se paraba el tiempo: las caras mirando la pantalla, las bocas semiabiertas, la sorpresa en los ojos.
-Hostia. Honorio el de las chanclas.
-Toma ya. El portero
-Que bonito. La chica de la ORA
-Eso a los elefantes. Betty
El taxista miró sorprendido pero no dijo nada.
Los dos del traje, igual. Miraron con asombro pero no dijeron palabra. Se ve que tampoco se lo esperaban, pero su quehacer, o personalidad o lo que fuera no incluía hacer comentarios y menos entre desconocidos. De hecho ellos mismos habían llevado la extrañeza al bar. Pidieron café y dijeron cuanto es antes de que Betty los sirviera, señal inequívoca de desconfianza. El de la Coca Cola, que sí estaba cuando ellos llegaron, dijo que eran policías. Honorio que no, que eran guardaespaldas de Montoro.
El caso es que ambos permanecieron mudos. Los otros, no. La más admirada y agradecida fue la chica de la ORA que consideró que era todo un detalle, que un error lo tiene cualquiera y que un rey saliera así pidiendo perdón, ojalá lo imitaran tantos políticos  corruptos y amigos de corruptos.
El portero hizo alarde de hombre de mundo, acostumbrado a ver cosas y casos en la vida, de modo que afirmó que no había antecedentes de una cosa semejante. Y también puso en juego sus habilidades psicológicas: y además se le veía sincero.
-Sí, sincero. Que no le ha quedado otro remedio. Le han dicho, hay que hacer algo sí o sí, que menudo escándalo has montado. Y por eso ha hecho esta pantomima.
Honorio desde sus chanclas ya no está ni en situación ni en edad de andar con paños calientes. Así que aprovecha para dar doctrino o, como él dice, cantar las verdades al lucero del alba. O sea, decir lo que piensa o lo que le da la gana.
-Con la que está cayendo y él como si estuviéramos en la Edad Media. Que hay que apretarse el cinturón y él de caza de elefantes. A ver si empapelan a Urdangarín. Y a su mujer, ¿o es que era tonta y no se enteraba? Verás como se libran los dos. Ahora dicen que también tiene que ver el rey, que hizo gestiones. Si tiraran de la manta nos íbamos a reir. Ahí si que tenía que pedir perdón. Y de sus propios negocios, y de sus gastos y de sus amigotes. Anda que.
El portero miró a los desconocidos trajeados, por testar cómo reaccionaban ante las palabras de Honorio. No logró sacar conclusión alguna: estaban parapetados tras sus gafas negras.