sábado, 30 de agosto de 2014

Comediantes


Noche de teatro, el mejor remate para las fiestas. Desde Bogajo a Peralejos, poco más de veinte kilómetros, una propuesta irrechazable. Lo dijo Tere, esta noche vamos a Peralejos, hay teatro, ¿te vienes?
A cualquier cosa que hubiera propuesto Tere el viajero hubiera dicho que si. De modo que a las nueve salieron para llegar a Peralejos con tiempo, que la función daba comienzo a las diez. El local, amplio y en pleno griterío, estaba atestado pero por alguna razón había unas sillas reservadas en las primeras filas. No fue misterio, una de las que actuaba era prima de Tere. Ambiente festivo de cierta resaca dichosa. Acababan las fiestas del lugar pero habían tenido como estrellas a las Azúcar Moreno. Palabras mayores, dijo un señor mayor con la boina en la coronilla cuando contaba la novedad. Un cartel que se tardará en olvidar.
El alcalde también forma parte del grupo de teatro, es el impulsor, el sostenedor, el animador y uno de los miembros más entusiastas. Tomó la palabra en el escenario, para presentar a sus compañeros presentes; los de la compañía a un lado y los de la alcaldía al otro. Es decir, los actores aficionados y los concejales. Pidió un aplauso para los comediantes y dio las gracias al pueblo por el apoyo a cuanta iniciativa festiva se había producido. Y por las Azucar Moreno, dijo otro señor con la boina también en la coronilla, un poco más ladeada que la del anterior.
Hizo también uso de la palabra antes de empezar la función el miembro más veterano del grupo. Un hombre de edad avanzada, de voz potente que recordaba al Fernando Fernán Gómez cuando declamaba aquello de “Señoriítooo” en El viaje a ninguna parte. La misma postura, parecida entonación: Idéntico entusiasmo por las tablas. El veterano actor de Peralejos, que luego resultó ser guardia civil retirado y familia de alfareros, improvisó un discurso que posiblemente llevaba bien preparado. En él cantó al arte de Talía para aplaudir la comedia como el mas noble arte del teatro. Se dio un paseo por los griegos, pasó por el minotauro de Creta y llegó a los infiernos de Dante. Todo para demostrar la importancia, trascendencia y antigüedad de la comedia. Perdió un poco el hilo de su discurso, seguramente porque quiso acortarlo, pero nadie se enteró. Fue muy aplaudido, sobre todo porque el salón de actos atestado, achicharrado por el calor humano y el del ambiente de agosto, quería que empezara la función.
La función comenzó y los seis miembros que forman la compañía se defendieron con dignidad. Todos recordaban a Fernán Gómez porque han aprendido a impostar la voz  para elevarla y que se oiga en las últimas filas. A todos se les oyó, se les entendió y se les aplaudió. Todos arrancaron carcajadas entre un público entregado, dispuesto a que alguien les hiciera reír. La compañía estrenaba obra, como hace cada año en las fiestas desde hace catorce años. Durante el curso, en teoría el invierno, aunque las ocupaciones de unos y de otros retrasan ensayos y decisiones, van preparando la función del día de las fiestas. Luego, tras el estreno, hacen una cierta tourneé por los pueblos de alrededor, no muchos, que no es fácil disponer de fechas libres y cada uno de los comediantes tiene otras obligaciones.
Suelen elegir una obra fácil, digerible, de no demasiada duración y sobre todo cómica. Tienen comprobado que su público lo que más agradece es la comedia. De modo que la acción se desarrollaba en la sala de espera de un médico dentista: la enfermera que va mandando pasar, el señor que acude sin cita previa, el parlanchín que a todos cuenta su vida y dos consuegros que se detestan y coinciden en lugar tan disparatado. Situaciones reconocibles, juegos de palabras, chistes un poco gruesos, el temor al sacamuelas...Parecían la ecuación ideal. Golpes de efecto bien medidos y si no bien impostados por los actores aficionados que ya demuestran tablas en el escenario. Niños, jóvenes, adultos y viejos disfrutaron. El descanso apenas dura cinco minutos para improvisar otra pieza distinta que, como transcurre en la consulta de un médico, papel representado por el alcalde, parece la continuación de la anterior.
No lo es pero tiene perecidos efectos: risas, situaciones de malentendidos y contento de los espectadores. Una de las actrices, la prima de Tere, explicaría que en realidad su papel no debería ser de vieja, pero bueno, que se empeñó el alcalde.
Lo que hacen en Peralejos lo hacían en muchos pueblos de Castilla hace años: comedias. El ocio y la diversión pasando por el teatro. Las largas noches de invierno dedicadas a preparar la función del verano. Entusiasmo y mérito y afición por parte de un grupo de escogidos: tres amas de casas, un alcalde, un jubilado y un agricultor que fueron pioneros y ahora son  reserva cultural.
Una reserva también presente en muchos barrios de las ciudades, donde quedan grupos de aficionados que se empeñan en hacer teatro. Se trata de un circuito de ocio que merece la pena descubrir y apoyar

miércoles, 27 de agosto de 2014

Premio García Márquez, un atracón


Como colofón a su periplo colombiano, el viajero recibe un inesperado recado-propuesta-encargo: ser jurado de segunda ronda del premio García Márquez de periodismo. Tras moverse por Cartagena de Indias y algo por el país, luego de observar, de mirar, de escuchar, de intentar entender, de hacer amigos, le llega semejante honor. Es como el cierre perfecto, inesperado, a tres meses de aventura vital.
No puede decir que no porque en la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) lo han tratado muy bien. Ahí ha aprendido, ahí ha entendido. Así que no duda en decir que sí. Al mismo tiempo piensa que esa operación de evaluar los trabajos que se han presentado a tan alto premio le a va dar la oportunidad de leer lo que se escribe en el mundo de habla hispana, conocer lo que importa, ver qué se publica, qué interesa. En suma, comprobar en qué se ocupan los periodistas y escritores.
La FNPI es lo que se inventó García Márquez para fomentar el periodismo de calidad, un proyecto educativo internacional enfocado a la reflexión, los debates, la experimentación y la investigación. Tuvo el Nobel colombiano una preocupación y un sueño. La inquietud tenía que ver con la deriva que iba tomando el periodismo, alejado del rigor, de la comprobación, de la buena escritura, preocupados los medios solo por las prisas, por llegar primero, por la tecnología. Le dolía que el mejor oficio del mundo se estuviera desmoronando. Y la visión fue elegir a los mejores periodistas, los más vocacionales, los más prometedores, y prepararlos con la ayuda de maestros de prestigio. Es decir, soñó: ¿y si seleccionamos a un grupo pequeño de buenos periodistas jóvenes, los reunimos en un taller y los juntamos con un maestro reputado que les enseña lo que sabe? Esa fantasía se puso en marcha en 1995, hace casi veinte años, y por la Fundación han pasado ya cientos de periodistas y decenas de maestros. Los primeros son hoy la vanguardia del periodismo, hay incluso pulitzers, los segundos siguen siendo los más grandes. Los nombres de los que estamos hablando, mezclados, son el propio García Márquez,  Tomas Eloy Martinez, Ryszard Kapuscinski, Jean Francois Fogel, Jon Lee Anderson, Alberto Salcedo, Cristian Alarcón, Carol Pires, Laia Guerriero, Juanita León, Patricia Nieto, Álvaro Sierra, Miguel Ángel Bastenier, Martin Caparrón, Alejandra Xanic von Bertrab, Juan Villoro, Marcela Turati, Silvana Paternostro.. por no hacer la lista más larga.
La fantasía de Gabo lleva dos décadas enseñando calidad, revelando nombres de impacto e impulsando redes entre los periodistas. Hoy la FNPI es un referente mundial en los estudios y la investigación sobre periodismo. Sus talleres, basados en la investigación, en la tertulia creativa, en la ética y en la buena narración, son deseados y buscados. Es el mejor master para un periodista iberoamericano, un excelente escaparate, la más grande experiencia. Pero el sueño se hizo realidad y creció. Hoy, además de los talleres, la FNPI organiza seminarios y encuentros, y tiene publicaciones, y convoca el premio García Márquez para elegir los mejores trabajos de cada año. El más importante galardón para incentivar la búsqueda de la excelencia, la innovación, la coherencia y la ética por parte de periodistas y medios que publiquen en las lenguas española y portuguesa en América y la península Ibérica
De manera que no es que no pueda negarse, es que es un honor contribuir a seleccionar los mejores trabajos, ayudar a decidir quien se lleva los treinta millones de pesos colombianos, como 15.000 dólares, y el prestigio que supone el galardón que lleva el nombre de Gabriel García Márquez. El viajero ha tenido la suerte de pasar tres meses completos en la sede de la FNPI, en la calle San Juan de Dios, en el centro de Cartagena de Indias. Le han prestado un despachito, han puesto a su disposición los archivos, su magnífica biblioteca de más de dos mil títulos de periodismo; han dejado que sea su sombra, que husmee lo que hacen, que acuda a algunas de sus reuniones, que asista a sus talleres. Le han abierto las puertas de par en par y lo han acogido.
Lo recibió con los brazos abiertos Jaime Abello Banfi, el director general, el alma de la FNPI, el jefe de la orquesta, el hombre que eligió Gabo para hacer posible su sueño. Jaime Abello tiene la Fundación, los talleres, los alumnos, los maestros y los aliados en la cabeza. Es parte de la historia. Vive entre Barranquilla, Cartagena y la sala de espera de los aeropuertos del mundo. Practica lo que dijo Gabo: "no basta con ser el mejor, sino que se sepa". Así que se encarga de que se sepa en todos los sitios del mundo, igual en la ONU que en Medellín, en Cartagena que en Paris, en México que en Madrid. Puede negociar un patrocinio para uno de los talleres o el premio, pensar en un nuevo maestro, atender una propuesta de colaboración con el Banco Mundial y al  mismo tiempo interesarse por si el viajero esta cómodo. Y la 'cheveridad' de Jaime Abello se contagia a su segundo, Ricardo Corredor, que también viaja por el mundo, organiza, y se ocupa del invitado,  y a todos los demás. Carlos, Cesar, Jesica, Paola, Natalia, Estefany, Teresita, Ana Teresa, Melisa, Delsy, el hermano del Nobel, Jaime, el otro Jaime,  Yameli, Nilson, Alex:  El equipo amable y eficaz.  (Alguno de ellos en la foto)

Lo acogieron, se dejaron estudiar, soportaron que alguien fuera su sombra durante tres meses, contestaron a las preguntas, siempre cordiales... Cómo no iba a aceptar ser jurado del Premio García Márquez. No obstante el viajero tuvo un momento de vértigo, cuando supo que tendría que leer, no unos cien trabajos, como le dijeron en un principio, sino casi 140. Exactamente 139.
Y sí, se ha enterado de lo que se publica hoy, de las historias que se repiten, de los asuntos que importan. Ha leído trabajos sobresalientes, impresionantes. Los hay de gran nivel. Y los hay que son buenos como temática, o como investigación, o como literatura, u originales de enfoque,  pero les falta alguna cualidad para llegar a la excelencia. Pero todos muestran lo que interesa, de lo que se habla: violencia, sobre todo violencia, en todas sus versiones: la de la calle, de las pandillas, de los narcotraficantes; la de la ciudad o la de las zonas rurales: pobreza, marginación, desplazados, emigración; violencia contra la mujer, o contra los niños, la prostitución. También se escribe sobre el cambio climático, explotaciones mineras, el mal reparto de la tierra; sobre personajes de la cultura, de la noche, de la ciencia. Entre todos los trabajos hay crónicas, reportajes, perfiles, entrevistas.
Todo se lo leyó el viajero. Primero a ratos, luego a tragos, después a toda prisa, ya que se cumplía el plazo. Hubo momentos de verdadero deleite, otros de sufrimiento y los hubo de mareo. Sobre todo las postulaciones de peor calidad, o las menos reporteadas, o en las que había excesiva literatura, es decir más preocupado el autor por el estilo que por el contenido, o las que resultaban innecesariamente largas.
Leyó en el Bellavista, en el despachito de FNPI, incluso durante algún taller. Continuó en Madrid y terminó en el Cuadrón, en el valle de Lozoya. Descubrió estilos, miradas originales, percepciones inesperadas, voces potentes, ecos sugerentes. Pero antes de terminar, el verdadero empujón lector lo dio en el ayuntamiento de Bogajo. No viene a cuento encontrar la razón por la que solo hay cobertura de red en la casa consistorial, pero lo cierto es que alguno de los mejores textos fueron leídos, casualidades, en el salón de plenos de un pequeño pueblo de Salamanca.
El periodismo y la literatura asociaron así a Bogajo con Cartagena de Indias. Una circunstancia accidental e imprevista, pero no la única. Existe un territorio mágico, Valjondo, en una novela inédita titulada Memoria de febrero, con indisimulables ecos de Macondo. Esa es otra historia, pero si al viajero alguien le hubieran dicho hace tiempo que estaría evaluando trabajos del premio García Márquez de periodismo en la sala de juntas donde ocurrieron algunos hechos que se describen en ese libro, justo encima de la cárcel donde se cuenta que vivió el protagonista, habría creído que era impensable. Pero el realismo mágico tiene esas providencias.

domingo, 17 de agosto de 2014

Insomnio


D. tiene los ojos verdes, acuosos, el pelo cano enredado. Es una copia caribeña, desmejorada, de Chico Buarque. Se le traban las palabras y gesticula con las manos para ordenarlas, para que fluyan, pero no siempre lo consigue.
Por su aspecto, anda entre príncipe y mendigo, aunque parezca más lo último. Parece deambular por el Bellavista y es que vive ahí. Se le ve por el comedor, por los patios, por los pasillos, sonriente y saludando. También se le encuentra por la avenida Santander, pero no en la acera del mar, la de la playa, sino en la otra, la de los estancos, los bares y los colmados enrejados.
Al viajero se lo han presentado varias veces, diferentes huéspedes, y D. empieza a pararse y conversar a pesar de su timidez. Antes saludaba con sus aparatosos gestos de manos y brazos, como aspas de molino, siguiendo su camino. Porque es muy flaco y los movimientos de las extremidades parece que lo van a llevar volando.
Los huéspedes del Bellavista cambian mucho, van y vienen. Responden a un canon heterogéneo, que ni es turista ni gente de negocios exactamente, que pasan por Cartagena por alguna otra razón que tiene que ver más con lo artístico, o lo laboral. Aunque hay una categoría de fijos, de gente que tiene el Bellavista como domicilio más o menos habitual. Gente que lleva años viviendo allí. En esa esta D. Pero unos y otros, fijos y ambulantes, se miran, se saludan, se conocen, hacen tertulia, y a veces coinciden en fiestas que surgen, organizadas o espontáneas. Silvia mueve mucho, es una de esas relaciones públicas innatas, capaces de poner en contacto a personalidades imposibles. Invitó al viajero a una barbacoa que resultó que no era suya, sino del profesor francés. El viajero fue a comprar unas cosas que hacían falta para las ensaladas y aportó lo que tenía a mano. Allí fue donde habló más con D., mientras el francés no se entendía con la socióloga a la hora de mantener el fuego, ni de colocar los pescados en el mismo, ni alentar las brasas, la diseñadora de interiores fumaba, el marido de Silvia miraba y un escritor tímido, amigo de D. callaba, sonreía y abría la botella de aguardiente de Antioquía sin azúcar.
D. había bebido antes, de manera que llevaba ventaja a todos,  y seguía agitando los brazos, cada vez más, para explicarse. Resultó ser profesor de latín y hermenéutica. Habló mucho de su mamá y de su ex pareja. Las dos lo habían dejado unos cuantos meses atrás. La primera se fue de este mundo, la segunda de su lado. Así que D. liquidó lo que tenía en su apartamento, muebles y enseres, y se trasladó al Bellavista. Entre los vapores del alcohol el viajero le oyó decir que tenía pena por su mamá y por su pareja. A aquella la cuidó todos los últimos años de vida, impedida. Al final se dejó morir, no tomó las medicinas, dice D. que porque no quería ser carga. De su ex no tenia sino palabras de agradecimiento, es mucho mérito lo que hizo, podía estar por ahí de rumba con gente de su edad, “y prefirió quedarse conmigo y atender a mi mamá”. Agradecido se le veía, antes de terminarse la botella de aguardiente.

Se le ve a menudo en su deambular con una botella en la mano, accionando con los brazos para decir algo. Otro día estaba el viajero en el patio, con su ordenador, escribiendo una historia del Bellavista. Pasó D. y saludó con sus largos brazos. Se paró a conversar, confiado. Volvió a hablar de su mamá, que decidió irse de la vida. De su ex también volvió a decir, pero ya no con más dolor. Encogiendo los hombros, accionado con sus brazos.
 Acertó a decir que no dormía bien, que había probado todos los métodos sin resultados. En realidad padecía insomnio desde que se fue su mamá y lo dejó su ex pareja. Que se ayudaba con el alcohol para dormir pero que no lograba dormir más que unas tres horas. Tras ese corto tiempo de descanso, de nuevo debía buscar el alcohol. Eso es un círculo vicioso. 
Comprende D. que tiene un problema de adicción. Dice que está con el propósito de hacer algo para desintoxicarse. Incluso pedir ayuda a un especialista.

sábado, 16 de agosto de 2014

Copago


En urgencias del hospital de Bocagrande. Una ventanilla estrecha sirve igual para administración, admisión, asociación, cobro y consulta. Tres mujeres jóvenes al otro lado, enterradas en papeles, aturdidas por los teléfonos que no dejan de sonar y los pacientes y visitantes, que no cesan de llegar. Una hace cobros, otra, fotocopias, otra, atiende al público. Las tres desbordadas, asfixiadas, ineficientes de tantos frentes al mismo tiempo. Porque además el teléfono no para de sonar y se lo pasan unas a otras.
La sala de espera, llena. Enfermos, familiares, reclamantes y acompañantes. Es un nuevo hospital privado-público. El viajero ya estaba avisado, vaya por urgencias, si no nunca lo van atender, le había dicho la dueña del Bellavista. Hay dos hombres de piel oscura, junto a una de las tres chicas aturdidas. Quieren saber de su familiar pero también desean ver la posibilidad de llevárselo. No obtienen respuesta satisfactoria. Por un lado, aún no hay diagnóstico, ya que deben hacerle más pruebas. Pero antes deben reunir 200.000 pesos. Ellos no tienen ese dinero, entonces no se pueden hacer las pruebas. Y los hombres dicen que prefieren llevárselo porque cada día que pasa sube la deuda. Sin embargo quien decide cuando se va el enfermo es el médico. Y mientras no se hagan esas pruebas que faltan no dejará que se vaya. Círculo vicioso. Perverso. Los hombres se miran desesperados.
Hay una mujer joven. Está con sus padres enfadados. Cada uno de los dos hace una reclamación, contradictoria, y no avanzan, así que se pelean entre ellos y reprochan al otro que no se entera. La señorita de la ventanilla agradece la bronca conyugal, se evita la suya. Lo que dice el hospital, sus normas, es que deben pagar el 10 por 100 de los servicios prestados. La chica cuyos progenitores no se entienden y parece que tienen instaladas las disputas en sus personalidades, es decir que no se aguantan, se defiende diciendo que tiene la categoría plus en su seguro y que no le toca pagar nada. El padre afirma al respecto una cosa y su madre la contraria. En la discusión a banda múltiple se une otra mujer, tiene a su marido mareado, febril, con los ojos perdidos, lleva más de una hora esperando y nadie los atiende. La auxiliar recepcionista para todo explica que tienen demora, y al tiempo mueve papeles que se le caen. Al tiempo dice a la pareja que se tranquilicen, y a la hija que han entrado por urgencias, y que esa es la razón de tener que pagar el 10 por ciento y a los dos hombres que lo primero es reunir los 200.000. Y al viajero le pide el pasaporte.
La chica de los padres que no se aguantan habla por teléfono con su compañía. De la conversación se colige que le dicen que es mejor que pague y luego reclamar. Así que decide pagar, para que termine esta pesadilla, dice. El padre está de acuerdo con la decisión. La madre, no. Se abre la puerta de urgencias de pronto y entra el tipo de seguridad que ha preguntado antes al viajero donde iba. Tras él, una camilla, encima de ella una señora visiblemente enferma, diferentes cables la tienen conectada a otros tantos elementos que la mantienen penosamente en la vida. Paso, paso. Y los enfermeros conducen a la señora con los goteros la dirigen a un ascensor. Pasado el instante del revuelo se acercan a la ventanilla la mujer del marido mareado, los hombres del familiar de las pruebas, la pareja que no se soporta, una madre que espera con el hijo en brazos, alguien que necesita un justificante de pago, una anciana que necesita atención…
La ventanilla de nuevo se colapsa y las tres chicas que la sirven se aturden. En su intento de echarse una mano se atropellan y no resuelven. Es como si lo complicaran más. Las instalaciones son nuevas. Una madre llega asustada, en un taxi, con su hijo. Se ha caído. Espere, por favor. Se abre la puerta tras el tipo de seguridad, otra camilla con gotero, que pase. Las tres empleadas cambian papeles de sitio, triplican tareas, contestan al teléfono. Parecen desbordadas, la cola no disminuye, la sala de espera no se vacía, el teléfono no deja de sonar. Los hombres tristes, la familia mal avenida, la mujer con el marido mareado, el viajero, la madre del hijo roto.

Cuando pasa hora y media, una médica joven recibe al viajero. Tiene apuntado que se llama Miguel Bravo. Su madre lo agradecería.

lunes, 11 de agosto de 2014

Club Europa

Un taxi hasta la India Catalina, 5.300 pesos, lo que se supone que marca al tarifa mínima aunque eso depende siempre de la voluntad y picardía del taxista. El viaje entre Marbella y esa plaza donde pasa buena parte del caos de los autobuses urbanos de Cartagena de Indias dura dos minutos. Tras pagar, sólo cruzar la calle, sortear el tráfico, ignorar los olores agrios mitad a mierda de caballo mitad a aguas estancadas, entrar en la Avenida Daniel Lemaitre y llegar a la altura de las luces rojas de algo que se llama Club Europa. Discretamente se anuncia como club de billar y también disco bar. El tipo de la puerta da la mano, que estrecha, y luego cachea. Permíteme revisar. Pasa sus manos por los costados, los baja por el exterior, muslos, rodillas y tobillos y regresa por el interior hasta la entrepierna. Adelante.
Fue en el patio del Bellavista donde el francés preguntó al viajero si jugaba al billar. Dijo que sí sin dudar y el primero informó que conocía un sitio. Así se pusieron a buscar un día para quedar y echar unas partidas. El francés es profesor de su lengua materna en una universidad de Cartagena y también vive en el hotel de Marbella. Es agradable, educado, tímido y, por lo que se pudo observar en la barbacoa de pescado que organizó, meticuloso.  Lo único, avisó, que se trata de un burdel. Bueno, estaban hablando de billar, no importaba donde se encontrara la mesa. Además, todo son oportunidades de conocer el país real.
Así que un largo pasillo introduce a los recién cacheados hasta el fondo incierto del local. Una barra oscura con espejos, cortinajes pesados que probablemente comunican con rincones aún más oscuros.
Junto a la barra unos taburetes están ocupados por los culos apretaros de una media docena de señoritas que miran sin mucho interés a los recién llegados, atareadas con las pantallas de sus celulares inteligentes. Cruzan francés y viajero el salón oscuro y por la rendija de otras cortinas pesadas, puede que aterciopeladas, acceden a un salón más amplio y apenas un poco más iluminado. Seis mesas de billar americano bien alineadas, una de ellas ocupada por dos jugadores, y un mesero que se acerca con la mano extendida, que choca y que explica las condiciones. Pueden invitar a las chicas a beber, o se pueden ir con ellas a un reservado. Las partidas de billar son gratis. Las cervezas, colombiana, nacional, 7.000 pesos. De momento dos cervezas nacionales. Las paredes en sus cuatro lados tienen colgadas pantallas de plasma como cuadros, en todas salen imágenes de las películas porno que están emitiendo. Explícitas y mudas.
Choca de nuevo la mano el camarero, o lo que sea, y se va. Y sólo tras desaparecer viene otro que también da la mano con mucho protocolo y pregunta qué han pedido. Y repite lo de las chicas. El francés pregunta al viajero que si quiere invitar a alguna chica. El viajero responde que no, que al billar. Pregunta a su vez al francés pero no entiende bien su respuesta: entre que de momento no o no todavía. Y aun llega otro tipo que parece mandar más, que da la mano con más protocolo y pregunta si todo bien.
El francés es seguro en el juego, no arriesga nada, se concentra en ir acercando las bolas a los agujeros. El viajero intenta carambolas poco posibles y tiene algún acierto sonoro, pero se dan más rebotes errados que mandan las bolas lejos. La táctica conservadora, a pasitos, del francés,  gana.
Durante la segunda partida entran en el salón siete tipos con cierto estruendo. Tocan las mesas, rien, se agarran la entrepierna, señalan las imágenes de las paredes. Y preguntan al francés, rodeándolo. Son marines americanos, han llegado a Cartagena y andan conociendo la ciudad. Tras ellos las mujeres de la barra trasladan sus culos apretados a otros taburetes situados junto a las mesas de billar. El francés pide una segunda cerveza y el viajero otra.
El tipo que parece mandar más vuelve a dar la mano, a preguntar si todo está bien y a hacer una advertencia: el precio de la cerveza ha subido, cuando vayan a pagar digan que acordaron con William, que les atendió William, que soy yo. Y choca la mano de nuevo.

El francés sigue pasito a pasito acercando sus bolas, no perdona una penalización, y no se corta para cobrársela colocando con la mano la bola blanca enfrente de la que le toca colar, a dos centímetros del agujero. Gana.
Las sirenas olvidan por unos instantes las pantallas táctiles y se interesan por los marines. El francés sigue ganado.

jueves, 31 de julio de 2014

Periodismo con sindéresis


La cita era en un salón del tercer piso del hotel Almirante, en Boca Grande, Cartagena de Indias. Dos docenas de periodistas estaban dispuestos a ver, oír y ser discretos con lo que allí se dijera sobre lo que está pasando en La Habana entre el gobierno de Colombia y la guerrilla de las FARC. Quienes comparecían eran expertos, asesores y negociadores del Alto Comisionado para el proceso de paz. De qué se habla, quién habla, qué se ha avanzado, que se espera que pase o qué consecuencias tendrá lo que pase. Eran las preguntas que flotaban en el ambiente.
Organizaba la Fundación García Márquez para Nuevo Periodismo Iberoamericano en su apuesta por el periodismo de calidad, por la ética y por el compromiso con los procesos democráticos. A su director general,  Jaime Abello, le gusta decir que lo que hace la FNPI es crear espacios, y efectivamente ese seminario taller era un espacio donde se iba a hablar de algo tan periodístico como lo que está pasando en Cuba en una mesa donde se sienta un grupo guerrillero que sigue en armas y el gobierno que lo combate porque se está hablando sin que haya un cese del fuego. De algo tan sabroso como los pormenores de una negociación dura y lenta, la cocina de unos encuentros delicados.
Dado el interés se dispusieron algunas reglas, ya que siendo asunto tan delicado convenía tratarlo con esa misma delicadeza. Lo que en salón se dijera tendría una consideración de off de record. Se adquiría el compromiso de que los nombres, y sobre todos las declaraciones, no serían utilizados. Así que no lo serán en esta crónica posttátil, que mantendrá la discreción, pero contará lo que supo de La Habana y de quien se reúne allí.

Los periodistas aceptaron ser discretos pero se mostraban expectantes. Los expertos y negociadores fueron también discretos pero se revelaron ilusionados por conseguir la paz: querían transmitir que se trataban de un momento muy importante y muy especial. Parecieron gente tranquila acostumbrada a evaluar cada detalle, cada palabra. Han tenido que medir con regla y cartabón desde la ubicación de la mesa de negociación hasta los horarios, los turnos de cada parte, los protocolos, las palabras que se ponen en cada comunicado, los nombres de los observadores, la manera de sentarse, las formas de entrar cada mañana, el número de intervinientes. Ellos participaron desde el inicio en la mesa de negociación, y ahí está el acuerdo del que partieron.
En el curso del seminario quedó descrito el escenario habanero: un salón discreto, una mesa, cinco miembros de cada lado, plenipotenciarios, y los observadores, en silencio, dos cubanos y dos noruegos; quienes son los jefes, quien corre con los gastos y sobre todo el exquisito cuidado que se tiene en cada palabra, en cada gesto. Los jefes de las delegaciones son Humberto de la Calle, por parte del Gobierno colombiano, e Iván Marques, por parte de las FARC. Junto a ellos, el alto comisario Sergio Jaramillo, Frank Peal y los generales Oscar Naranjo y Jorge Mora. Por los guerrilleros, conocidos por sus alias, Ricardo Tellez, Pablo Catatumbo, Marcos Calerca, Andrés Paris y Jesús Santrich. Quienes pagan la estancia, la manutención y la casa del Laguito, son Cuba y Noruega.
Los nombres y algunos hechos son sabidos, pero el relato de esas relaciones diarias, cotidianas, es apetitoso desde el punto de vista periodístico: cómo se tratan, cómo se miran, cómo se aguantan. Lo que transmitieron negociadores, asesores y comunicadores era un cierto aire de normalidad diplomática, si bien el estiramiento de los primeros tiempos había dado pasado a un aire, si no de cordialidad, sí de alguna afabilidad. Aunque insistían en que se trata de un momento histórico, una ocasión única. Y eso había que explicarlo bien.
Es verdad que la nación anda polarizada, habiendo como hay partidarios y detractores acérrimos al dialogo con la guerrilla sin que haya un cese del fuego. Por eso es tan complejo y todos quieren saber qué se cuece exactamente en la Habana. La población recibe mensajes contradictorios, mezclados e intercambiables: guerrilla, narcotráfico, violencia, paramilitares es cóctel explosivo. Y ahí hay derivan de asuntos tan candentes como la reconciliación o las biografías estigmatizadas De manera que unos están ilusionados por construir la paz y otros creen que se les está entregando el país a la guerrilla.
Por eso a los dos lados de la mesa van con pies de plomo avanzando, negociando coma a coma. Primero hubo conversaciones exploratorias y confidenciales, luego ya sesiones de trabajo reservadas. Ambos bandos quieren una paz estable y duradera, ese es el punto de partida. Y los periodistas del taller entendieron que debían hacer más que nunca periodismo para que no quepa la especulación, ni la información sesgada o interesada. Ya hubo muchos otros intentos de paz y todos fracasaron.
Desde el discurso de Oslo, en octubre de 2012, se acordaron seis puntos. Se ha llegado a tres, ahora están con el cuarto, el de las víctimas, uno de los más delicados. El comunicado conjunto número 39, del 17 de julio último, rezaba en su primera línea: “Criterios de elección: Equilibrio, pluralismo y sindéresis”. De lo último dice la RAE: “Discreción, capacidad natural para juzgar rectamente”.
Como se ve, no es que se la cojan con papel de fumar, es que hacen ejercicios malabares con el lenguaje porque ambas partes buscan que no se joda lo hecho hasta hoy, que lleguen a buen puerto todos los intentos, todos los acercamientos. Aún quedan los elenos, los del ELN, con quien también ha empezado el gobierno conversaciones exploratorias. Pero esa es otra historia.

El taller del hotel de Cartagena de Indias enseñó, con toda la confidencialidad, que a los periodistas les incumbía leer entre líneas, comparar los textos, atisbar posturas, observar tendencias y variantes; no suponer, no especular: sólo interpretar a la luz de los hechos y los datos. O sea, periodismo. Con sindéresis, pues también.

viernes, 25 de julio de 2014

Periodismo de base


El maestro anuncia que no quiere contar batallitas pero no puede evitarlo, tiene mucha experiencia y muchas historias. Comunica con palabras gruesas, en ocasiones calificadoras de un pueblo, de una nación, de un género, de una raza. No pretende ofender, pero su castellano viejo le sale como disparos, como pedradas. Los talleristas no se asustan, vienen avisados. Incluso alguno llega a decir que no es tan fiero como se lo habían pintado. Así que sonríen, celebran algún chiste y se miran con gestos de complicidad. Es en las pausas y en el hotel donde comentan los detalles.
El taller de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano se titula ‘Cómo se escribe un periódico impreso o digital’ y se celebra en una cómoda y acondicionada mansión del barrio del Cabrero, en Cartagena de Indias, fuera de la murallas, junto al mar. El que enseña es Miguel Ángel Bastenier, como cada año casi de manera ininterrumpida, y quienes aprenden en esta edición son periodistas de Argentina, México, Venezuela, Colombia, Nicaragua, Perú, Ecuador y Chile. Se trata de uno de los talleres más esperados, buscados y seguidos de la FNPI, esa fábrica de periodismo de calidad que busca la buena narración y el compromiso ético.
Lo que enseña Bastenier es periodismo de base y los periodistas crecerás a partir de este curso. Habrá cientos de cursos y miles de talleristas, pero si hay uno por el que empezar en la fundación es éste.
En lo que dice el maestro, en sus comentarios de sal gorda, incluso entre sus aseveraciones discutibles, hay mucha sabiduría periodística: concretas maneras de hacer, qué expresiones no usar en un texto, qué rigor, qué no puede aceptar nunca un periodista, qué verbos debe utilizar, qué adjetivos. “En el periodismo no hay sinónimos, hay una palabra para cada cosa”, dice. A veces hay que buscar con lupa, escuchar entre su cháchara, tamizar. El periodista veterano hace sentencias entre lecciones, junta soluciones estilísticas con ironías, trae a cuento amistades propias, da rodeos o se acuerda de chascarrillos. Asevera cosas que dejan sorprendidos a los alumnos. “A veces da miedo el castellano, de la potencia que tiene”, afirma de pronto. Y en expresión tan aparatosa, debajo de ella, lo que quiere reflejar es su gusto por el castellano bien usado. O cuando en un ejercicio práctico alguien escribe, “Las autoridades presumen que le grupo terrorista es el autor…”, salta: “presumen es un verbo agilipollado”. Y aporta otro verbo más apropiado: Temen, sospechan, apuntan.
Corrige cada texto sentado en una silla al extremo de la mesa en forma de U, aguantándose las ganas de fumar. Es rápido en ver fallos, en detectar incorrecciones gramaticales, en descubrir  carencias. Lo da la experiencia, el haber repasado miles de textos en talleres y en redacciones. Así queda dicho que no se cuentan las cosas que se mantienen sino las que cambian, que las siglas no van en los títulos, que una crónica sin protagonista es una naturaleza muerta. O señala el artículo que falta en un título: “Presidente chino busca invertir en Cuba”. No, siempre hay que poner el presidente porque las cosas son de una manera, no de tres. Entonces pregunta Alejandro, mexicano, ¿qué pasa cuando el título empieza con el verbo? Y la respuesta es: “una mexicanada”. Pero añade, suavizando, habrá veces, pero lo habitual es que no. No olvida incorporar la interpretación de viejo periodista de internacional: “que China visite Cuba es decirle a Obama que hace lo que le da la gana, lo que se sale de la punta de los cojones”.
Habla del “chip colonial”, para referirse a errores gramaticales o fórmulas locales. Tras el exabrupto, como un punto y seguido que tanto la gusta, empuja “tenéis que releer, se obtiene la información metiéndose en las cosas y se escribe saliéndose”. Les dice que han de buscar la perspectiva del lector y para lograrlo “tenéis que ser vuestros primeros lectores”. Habla de cultura general, “cómo vas a escribir de Inglaterra sin haber leído a Dickens”, de ideas, de citas, de nombres. Trae a colación a la nobleza bogotana, que según él sí entiende el castellano porque le son familiares expresiones como las cuentas del Gran Capitán o Zamora no se tomó en una hora.
Hace preguntas inesperadas y con un punto de brusquedad, “¿qué paso en 1939? algo muy importante”. La mexicana duda. “Piensa. Hija mía”. No le sale nada porque no tiene referencias. “Lázaro Cárdenas, que dio la nacionalidad a todos los españoles exiliados y eso cambió la faz de México”
Entre requiebros, anécdotas y sentencias van quedando claros los conceptos de lo que el maestro llama nota seca, es decir, la noticia pura y dura, la crónica, el reportaje. Los tres géneros básicos, las tres maneras de contar en el periodismo. Pone ejemplos que lee en la pantalla si Jessica se la ajusta y administra el ratón del ordenador. Encarga ejercicios para casa, como un maestro entre gruñón, salvo con el argentino,  y paternalista, que al día siguiente corrige línea a línea. “Esto es más largo que un día sin pan”. Lo que no anima a la autora, nicaragüense. “Haced lo que os dé la gana, pero en el mundo entero hasta diez se escribe en letras, luego del segundo dígito se escribe en números”.
Felipe De La Hoz

El maestro tiene algo de ogro come periodistas, “No lo hacéis peor que otros años. Lo hacéis igual de mal”. Los talleristas sonríen, unos más divertidos que otros, pero casi todos siguen pensando que no es tan duro como les habían dicho. Bastenier va fijándose, sobre todo en las chicas, le gusta repetir, y les regala comentarios, ideas preconcebidas, o les cambia el nombre. A Julia se empeña en llamarla Bárbara; a Edy, le dice la niña consternada; Martín con ser argentino, lo tiene todo hecho, aunque le dice “¿se entiende lo que digo? ¿Seguro? Me miras tan serio que no sé si lo sabes todo”.
Preguntan poco, dudan poco, y el viejo periodista no lo entiende. Se animan algo cuando discuten entre ellos, cuando aportan soluciones y opciones en lo digital. Bastenier ahí entra poco, pero lo que dice vale para cualquier entorno: “Cada párrafo de una información debería entenderse por sí mismo”. Son periodistas jóvenes, listos y atentos. Toman nota y el ejercicio del segundo día es mejor que el del primero. Aprendieron de las correcciones. De Argentina a México, son simpáticos y bullangueros los venezolanos y barranquilleros, aparentemente serios argentinos y peruanos, tranquilos los mexicanos, tatuada la chilena, cordial la española, avispada la ecuatoriana, enterada la nicaragüense, risueña la mexicana.
¿Se entiende lo que estoy diciendo?, insiste.. Viven todos en Getsemani, en el hotel One Day, de la calle de las Chanclas, compartiendo unas cuantas habitaciones. Si la intención de la FNPI con estos talleres es crear una red de buenos periodistas, este curso va a salir más enredado que ninguno. Encargan comida a 6.000 pesos en un chiringuito de El Cabrero y van y vienen andando desde Getsemani. La convivencia, el buen rollo, la disposición, la oportunidad, parecen asegurados.
Felipe mira y toma fotos y notas, Sheyla apunta lo que enseña el maestro. De lo que oyen en la sala salen seleccionadas frases para llevar a Facebook o a Twitter. Daniel el venezolano y Martín se presentaron al tercer dia uno con la camiseta del Atletico de Madrid y otro con la del Barza. Era una apuesta, un todo o nada a ver qué decía el maestro. Pero ni se fijó. Por la tarde las cambiaron, y tampoco. Querían ganárselo o ponérselo en contra, el argentino ya lo tenía hecho con la camiseta de cualquiera.
Bastenier cada vez se aguanta menos las ganas de fumar, se cansa, y corrige cada texto, verbo a verbo, porque replicar no es lo mismo que refutar, y se para en cada adjetivo. Repite mucho su preferencia por Argentina, su cultura, su manera de escribir en los periódicos, y sigue entre bromas más o menos pesadas, entre provocaciones, sembrando lecciones de viejo editor que mira. “Ya me he cansado de ser bueno. Vuelvo a ser yo mismo”. Pero los alumnos ya están avisados. “Y espérate Martin que ya vendrás tú. No pienses que por ser argentino te vas a librar”. Si fija en los nombres, o los confunde. Casi peor que se fije: “Eel Maria. No le pongo yo ese nombre a una hija mía ni loco. Priscila, bueno, la mujer de Elvis Presley”.
Es presumido, le gusta epatar, tiene fijación con su periódico, Argentina y el uso del castellano. Y va de la anécdota personal a la categoría. Pero tras dar una vuelta por los Cerros de Úbeda vuelve siempre a la lección: “Nadie habla en voz pasiva, eso lo hacen los periódicos de mierda”. Explica que el periodista es un tipo como un caracol, con un motón de conocimientos inútiles en la casa que lleva a cuestas. Conocimientos que no sirven para nada, “hasta el día que sirven”.