viernes, 22 de mayo de 2020

Golondrinas entre los libros



Miraban las dos con desconfianza, a todas partes. Agarradas a la barra que cuelga del techo, cambiaban de postura, se fijaban en cada rincón, cada sombra. Observaban. Movían el cuello mucho, me miraban. Estoy convencido de que hablaban entre ellas. No entendía nada de su conversación, pero observé que era continuo su parloteo, que había matices en sus tonos -unos largos, otros cortos, altos, bajos, sonidos monosilábicos y otros dilatados como frases- y que hablaban de mí. Seguramente del temor que les producía mi presencia, posiblemente se enseñaban estrategias para evitarme, para defenderse o parar proteger lo que seguramente no querían que descubriera.




Cada mañana abría la puerta del garaje, como una costumbre, fuera o no necesario. A veces, las menos, era para coger algo o subir y bajar la calefacción, pero casi siempre se trataba de una apertura gratuita. Lo mismo que hacía cada noche, de forma mecánica: cerrar. Aquella mañana hice lo mismo que todas las que llevaba en el campo, desde el confinamiento: abrí y salieron las dos golondrinas como de estampida. Pensé que habían pasado la noche. Pero volvieron a entrar. Así que me di cuenta de que no era un encierro casual. Algo tramaban ocupando mi garaje.

Entraban y salían en vuelo rasante, haciendo tirabuzones en el aire, esquivándome, recorriendo de extremo a extremo el espacio: por encima de las cajas de libros apiladas, de las herramientas, de la motosierra, de las tablas, de la caldera de gasoil. Salían y volvían a entrar, Y se paraban en la barra paralela el techo. Me miraban y parlotean entre ellas. Me quedé inmóvil por no molestar su proyecto, ya fuera hacer un nido en mi garaje o defender a las crías ya nacidas. Permanecí en silencio, mirándolas a veces directamente o simulando que no reparaba en ellas. En mi posición inerte y atenta creí percibir unos débiles sonidos en alguna parte, como respuesta a sus cotorreos. Volaban por el garaje, se paraban en la barra, pero no me daban la oportunidad de saber qué defendían, ni ubicar su domicilio dentro de mi cochera.

Les hice una foto, las dos paradas en lo alto, una cerca de la otra, comunicándose. Me miró una de ellas, al percibir el click de la cámara del móvil. Y dijo algo, un sonido puede que irritado, que no entendí. Pensé enviar la imagen de los dos pájaros a Betty, que se la enseñaría a su hija y ésta me pediría adoptarlos. Había hablado con ella por teléfono y dudaba si abrir o no abrir el bar. Es verdad que no reúne las condiciones para respetar la distancia social, y tampoco sería fácil explicar a sus parroquianos dónde ponerse.

-Cómo le dices al taxista ensimismado que se corra medio metro para allá.- Se preguntó riendo.

No, no es fácil. Aunque los clientes de Betty se cuenten con los dedos de las manos. Me dijo también, con algo de reproche, que los tengo abandonados. Y es verdad. Hace tiempo que no me ocupo de sus historias, pero sabe que estoy. Contó que, antes de la pandemia, había empezado a ir por el local alguien que me podía interesar, de quien podía sacar juego. Le insistí y se hizo de rogar, seguro que para que me presente en el bar en cuando me diga que abre.

El garaje es un caos donde orientarse es dificil si no se tiene costumbre. Aunque por lo visto las golondrinas sí. Forrado de cajas de libros, se mezclan herramientas con bicicletas, la caldera, el depósito de gasoil, las cadenas para la nieve que nunca he puesto, tablas, cartones, mucho polvo, herramientas que ignoro su uso, barricas, una mesa de camping, cubos con pelotas de tenis, puertas, somieres, trozo de maderas por si acaso. Un desconcierto atestado en el que no es fácil aclararse. Ellas, se veía que sí. Evolucionaban en sus vuelos rasantes hacia mí y hacia la puerta, y vuelta. Quizá no estaban disimulando sus intenciones sino que me invitaban a irme.

Yo entraba y salía a veces sin motivo, como para dar un aire de normalidad a mis movimientos. En ocasiones me paraba y las observaba durante un rato. Pero una cosa y otra quizá las confundía. Se quedaban en la barra fija y parloteaban entre ellos. Sus cabezas negras, como sus alas, los pechos y la panza blancos. El macho era un poquito más grande y en el pecho tenía una pincelada medio marrón medio roja.

Supuse que había podido más mi paciencia que su disimulo. Porque en una de mis entradas sorpresivas las vi por una de las cajas, una vez a una y otra vez a otra. Era la 47. Ignoro si la habían elegido por el contenido o porque era la situada más cerca del techo, por tanto, la más inaccesible y escondida.  Enterado de donde estaba su rincón elegido para domiciliar su nido, procuré dejarles libre el espacio, no interrumpir sus parlamentos ni su quehacer.

Acudí a mi base de datos de Acces, la única manera de tener al menos ubicados los libros, y comprobé que en esa caja 47 están libros de Javier Tomeo, Luis Landero, Tereci Moix, Toni Morrison…. Y también ‘Hablemos de langostas, de  David Foster Wallace. Por esas casualidades que parecen señales, resulta que estoy leyendo ‘La broma infinita’, del mismo autor. Quedé pasmado. Esas coincidencias artísticas dan que pensar. Quise comprobar, confirmar, así que me hice con una escalera larga y trepé hasta la caja 47.

No había sido tan listo ni tan perspicaz, no había podido más que las golondrinas. Allí no había nada ni nido ni rastro. Tampoco en el altillo vecino, sobre la caldera. Ni en el que cubre el paso a la bodega.

Me volví a sentar en la hamaca, derrotado. Ellas me miraban posadas en la barra del techo, cuchicheando. Entraban y salían atareadas al garaje. Sin darme ni una pista de donde se habrían aposentado.

Seguiré indagando. Aunque tenga que mirar caja a caja. Pero, ¿lo de David Foster Wallace?

lunes, 12 de febrero de 2018

Lentejero resucitado



-Coño, Juan. Me alegro de verte.
El saludo de José Luis encierra mucho más que una fórmula social. Lo dirige a alguien a quien se encuentra después de que le aseguraran que había muerto. Lo creyó, lo asumió y le dolió. De ahí la alegría al comprobar que no era cierto.
Juan y José Luis son lentejeros, es decir, miembros de una comunidad amplia y heterogénea, aproximadamente artística, que se junta todos los martes en un bar de la calle Limón, el Río Miño. Con la disculpa de comer lentejas, piden cualquier otra cosa, se ven, conversan y pasan el rato. Así llevan muchos años, viéndose cada segundo día de la semana. En el grupo hay chicos y chicas, muchos entrados en años, actores, actrices, directores de cine, directoras, escritores, periodistas, abogados, abogadas, jubilados, técnicos, montadoras, poetas, desocupados, empresarios, empleadas, aspirantes, profesoras, médicos. Comparten un wasap que sirve para convocarse y reconocerse, aunque a veces suena en la madrugada con parrafadas muy largas y chistes viejos.
Muchos van y vienen, pero el número de los fijos es grande, tanto que en ocasiones se desborda la convocatoria y el salón del restaurante. Últimamente, casi siempre. A los postres hay estreno mundial, como dice el gran Julio Diamante. Eso significa que él improvisa un solo de trompeta, o de clarinete, o de saxo -todo entre labios y boca, con un swing increíble- o se inventa una canción o un villancico, siempre con verso republicano e intencionado. Y todo termina con una suerte de himno que todos corean. Pero además del maestro, puede haber un monólogo de Javier, o una copla de Adela, o de Carmen o de Charo. O la actuación sorpresa de un invitado. Hay tanto arte como ganas de juntarse en esa tertulia que no es tal.


Tras el menú y los chupitos, y las actuaciones programadas o espontáneas, echan cuentas a ver a cuanto tocan: siempre sale a 12 euros. La mayoría vuelve a sus quehaceres, pero hay un grupo que suele seguir. Se van una calle más allá, al Bar sin nombre. Y siguen riendo. Pero además organizan paellas republicanas, escapadas gastronómicas o van juntos a estrenos y presentaciones de lentejeros. Todo por seguir juntándose. Por continuar riendo.
En el barrio saben que los martes el Río Miño se llena de una amplia banda de artistas o algo así. Los ven llegar e irse, reconocen a algunas caras de la tele. Comentan y a lo que se ha visto, inventan. La pasada semana un vecino le dijo a uno de los camareros que se había muerto uno del grupo. Aunque no indicó cómo se había enterado, ni circunstancias, ni detalles, sí aportó algunos datos identificadores.
-Uno que es alto y se llama Juan.
Altos hay muchos, y Juanes, también. Pero en ese grupo, no. El camarero informó enseguida y se armó un revuelo importante en el colectivo. Los datos eran mínimos, pero no cabían dudas. Ahí, a la hora de confirmar, se produjo el dolor y el conflicto. Muchos tienen su teléfono y su dirección, pero nada más. Cómo comprobar, con quién comunicarse ¿llamándolo a él? ¿a su propio móvil por si un familiar contestaba?
Nadie quería encargarse, no era una llamada fácil de hacer. Pero había que hacerlo, eso o algo. Al final fue Adela la que se atrevió, la que se decidió. Marcó el número varias veces y nadie contestaba, lo que indicaba lo peor. Siguió marcando.
Finalmente contestó el propio Juan. Oír su voz inconfundible, supuso para la lentejera un susto y un alivio. Con ambas sensaciones al mismo tiempo, apenas acertó a balbucear una explicación coherente: improvisó que se había equivocado, que pretendía hablar con Juana y había marcado sin querer el número de Juan.
La noticia corrió en sentido contrario y reconfortó. Era mentira lo que anunció el cliente del bar. El consuelo que produjo la buena nueva tapó la ‘fake news’ que había dejado helados a los lentejeros.
De ahí que José Luis, entre el humor negro que suele gastar y la retranca charra, se alegrara de ver a Juan. Alguno ya está pensando que esa historia de la falsa noticia merece un cuento. O una película.


jueves, 11 de enero de 2018

Sobre periodismo y el triste cierre de Tiempo e Interviú


Esta es la bonita historia de dos semanarios que fueron protagonistas en el periodismo español de los últimos cuarenta años. Nacieron en buen momento, crecieron mucho, se llenaron de buenos periodistas, hicieron buen periodismo de investigación (a veces también lo hicieron malo), y acaban de morir porque se han ido haciendo pequeños, insignificantes ya, se llenaron de pérdidas y dejaron de ser rentables para sus dueños.
Hubo un tiempo en que sí que fueron rentables. La década de los ochenta y de los noventa se entenderán sólo leyéndolos. Las hemerotecas son testigos de sus méritos, de las historias que publicaron, de los personajes que se asomaron a sus páginas. Por ellas, por las páginas de Tiempo y de Interviú, se podrá conocer cómo era este país y qué le pasó.
Llegué a Tiempo joven, aprendí de los que estaban y disfruté del periodismo. Conté historias que pude investigar, propuse  ideas que pude desarrollar, hice, creo,  buenas entrevistas a gente increíble: Gabriel García Márquez, Felipe Alfau, Paul Bowles, Salman Rusdie, Oriana Fallaci, Juan Carlos onetti, Jose Saramago, Nadine Gordimer, Vargas Llosa, Michael Ende, Ken Follet. La lista es interminable, fueron años felices.


Pero, aparte de lo personal, hay que decir que esos dos semanarios hicieron periodismo, formaron periodistas y fueron vigilantes de la democracia. Cuarenta años dieron lugar a muchas cosas. A soñar, a mandar, a temer y a caer. Ambos medios soñaron con ser grandes. Sus referentes eran la revista tocaya, Time, pero también el New York Times, el New Yorker, y Le Monde, y La Republica.
Algunos de sus directores se atrevieron a pensarlo y muchos de sus reporteros lo creyeron. Se pusieron a ello entregados al periodismo, a la búsqueda de la verdad, a la buena escritura, empeñados en intentar caminos diferentes, en mirar más allá de la evidencia, en descubrir.
Los lectores, agradecidos, acudían cada semana a los kioscos en busca de las historias que les contaban, con pasión y honestidad, Tiempo e Interviú. El negocio parecía funcionar, había lectores, periodistas, un empresario audaz y cosas que contar. Aumentaron las tiradas, fluía la publicidad, se pagaban buenos sueldos. Trabajar allí era un honor y una envidia para los compañeros de profesión.
¿Cómo es que rompió ese bonito cuento.?Lo de Tiempo e Interviú es la crónica de una muerte anunciada. O cómo la crisis, o lo que sea, fue adelgazando hasta la anorexia a unas cabeceras saludables.
Dicen que las nuevas tecnologías cambiaron el periodismo y que los medios no encontraron el modelo de negocio que se ajustara a los nuevos tiempos. Así han cerrado cientos de periódicos y se han ido a la calle miles de periodistas. Pero, ¿todo por la crisis? ¿Por no encontrar el negocio? ¿Por el escaso dinero de la publicidad? ¿Por los grandes buscadores que se han quedado con el pastel? ¿Y el periodismo?
Esas revistas, como otras, tuvieron miedo y abandonaron el periodismo. Quedaron en manos de gestores, administradores, consejeros, gerentes, expertos en márquetin que intuyeron que venían tiempos duros.  Como visionarios males, decidieron que aquello se arreglaba dejando de lado al periodismo. Ellos decidían qué poner en las portadas, qué investigar, qué contar. Y tales decisiones iban encaminadas a no molestar, no incomodar, a quienes repartían la publicidad, fuera unos grandes almacenes, un banco o un gobierno. No incomodar.
También usaron su lógica, su única ley: si se reducen gastos, se pierde  menos. ¿Que a cambio baja la calidad, perdemos independencia, vivimos con miedo…? eso a los gestores cortoplacistas les da igual. Se encomendaron a los recortes, redujeron plantillas y prescindieron de los reporteros más caros, de los más inconformistas. Aplicaban un entendimiento aplastante: con el sueldo de uno podían tener cuatro becarios. Claro, como la crisis no escampaba, el siguiente paso fue no pagar y seguir recortando de donde ya era casi imposible.


La crisis se ha dejado por el camino muchas vidas rotas, mucho dolor, muchos derechos adquiridos, tanto en el periodismo como en la propia sociedad.
De modo que la bonita historia del Tiempo e Interviú, después de cuarenta años, se acaba porque se fueron haciendo cargo de ellos unos gestores mediocres que se dedicaron a  recortar, a querer complacer a los dueños del sistema  y a matar el periodismo. Pero también fuimos responsables los periodistas, por dejarnos, por aceptar, por no exigir.
Cuando aparecía una nube de crisis en esas revistas, recuerdo que a alguna de esas lumbreras se le ocurría cambiar el diseño, lavarle la cara. No hacerlo mejor, no arreglar lo que no funciona, no contar mejores historias, no investigar más. No: Cambio de cara. Y esos gestores incluso se pusieron a competir con la televisión: como la gente no lee, cavilaron, no le demos lectura, publiquemos fotos grandes, poco texto, y regalemos a los compradores de la revista un DVD, un disco, una película, una muestra de colonia.
Aquellos recortes, aquellas concesiones, aquel abandono del periodismo, aquellos miedos, aquella entrega al poder, aquellos intentos de regalar cosas en lugar de contar historias, trajeron estos lodos. Lloramos el cierre de Tiempo e Interviú. Como el de tantos medios que no supo defender el periodismo.

martes, 3 de octubre de 2017

No nos moverán o la historia de la radicalización de Maica


El sábado por la tarde, la víspera del referéndum, Maica estaba guardando un colegio de El Raval. Quería votar y no entendía que se lo impidieran. Por eso fue, “a defender un derecho”, eran sus palabras. Estaba dispuesta a sentarse y no moverse, si llegaban los mossos o la policía. Es colegio público donde estudian sus nietos, donde estudió su hija y donde estudió ella misma. Nunca tuvo claro lo del referéndum, en realidad, ni pensó si votaría sí o no, ni siquiera si votaría. Pero asegura que, tras las amenazas y las presiones, se fue a defender el colegio, “votar no es malo”, decía con toda la candidez de una abuela enrollada.

En el colegio del Raval estaba todo preparado, comida -“de sobra, mañana lo llevaremos a gente necesitada”- tareas de limpieza, relevos horarios, para lograr que permaneciera abierto y al día siguiente llegaran, “de algún lugar”, las urnas y pudieran votar. Se habían programado actividades docentes, juegos, cartas, y así pasarían la noche. Luego, a la cinco de la mañana, llegaría más gente, con las urnas, y votarían. Contaba Maica que los mossos iban de vez en cuando a tomar nota de la gente que estaba en el colegió. “Cumplen el requisito”. Y de manera indirecta les iban indicando qué hacer: que tendrían que intervenir en función de los que se juntaran, la hora en la que volverían, que en algún momento deberían dar el nombre de una persona responsable...


 -Pero vamos a aguantar sin dárselo, nos sentaremos en el suelo si hace falta. - Afirmaba resuelta, y contaba que la persona en cuestión ya sabe lo que tiene que hacer.
Maica sentía que su lucha merecía la pena. Se retrotraía a los tiempos del franquismo, “con los grises”, y explicaba que no pedían nada raro, “sólo queremos votar. Eso es la democracia. ¿No?”.
Eso, el sábado. El domingo Maica había pasado la noche en el colegio, votado a última hora de la mañana y, sobre todo, ya había visto las imágenes en los móviles y en la televisión, sí las de Tv3, cómo “los policías de España”, así dijo, golpeaban con saña a mujeres y niños y ancianos. “Esa violencia por votar”. Maica era tibia y tranquila el sábado y se hizo indignada y radical el domingo.
El domingo a Maica le dolían los porrazos como si se los hubieran dado a ella, no tenía ni una duda de por qué defendía su colegio y hablaba de agravios históricos, de impuestos. Afirmaba que en Cataluña las cosas cuestan más que en España, que hay copagos, que los chicos estudian una carrera y luego no tienen donde trabajar, que los salarios son miserables. Lo afirmaba empoderada, convencida de que tanta crisis tiene una víctima clara, Cataluña, y un responsable igual de claro, España. El sábado decía que los españoles deben saber “que no somos raros, solo queremos votar”. El domingo, no se sentía rara sino definitivamente agredida.

Honorio es el que le cuenta a Betty la historia de Maica. Pasó todo el fin de semana en Barcelona, invitado por Mariano, su íntimo amigo, en todo menos en el mus, a la casa de su hija. El yerno de Mariano sí es nacionalista, la hija no lo era, como Maica.
Los dos jubilados amigos, en todo menos en el mus, habían viajado a Barcelona como dos antropólogos inocentes, a ver que se cocía, a estar presentes en un día que parecía que podía ser histórico, a mirar y que no se lo contaran.
-Tú, de reportero audaz-- dice Betty pasando la spontex por el mostrador.
-Pues te digo que es muy grave lo que ha ocurrido. -O no.- afirma mirando a Mariano que asiente con la cabeza-. El pueblo está en la calle, convencido de que vive un momento histórico y que depende de ellos.
-¿Pero nadie ve que Puigdemont los utiliza?. Pregunta el zapatero.
-Mira, con la torpeza de Rajoy, han logrado simplificar los discursos: abrazan a los mossos y sólo hablan de un Estado represor que los fríe a impuestos y les manda a los antidisturbios.

Honorio, contra su habitual modo de actuar, de pontificar y de dar caña a la derecha desde el bar de Betty, igual cuando entraba Montoro, que antes con Zaplana o ahora con Hernando, intenta no especular ni siquiera señalar. Ha vuelto pensativo con la historia de Maica. Así que, para sorpresa de Betty y demás parroquianos, prefiere contar hechos.
-Mira, estuvimos el sábado en el colegio ese del Raval, la gente muy tranquila, amable, colaborativa, haciendo gala de pacifismo, acaso confundidos, pero mostramdo su pretensión que expresarse. Un aire de cuando las asambleas y las luchas de los barrios. - Ilustra.
-Ya, pero ciegos. - Interviene el zapatero.
-Espera, que te diga, luego fuimos a la Plaza Sant Jaume, donde está el Ayutamiento y la Generalitat. Allí acababan de manifestarse los españolistas.
-Ya, los fachas.
-Bueno, fachas y de todo. Lo que quiero decir es que los de las banderas españolas, sacados por todas las televisiones eran gente exaltada, con los cánticos esos de “soy español, español”, O “a por ellos” o vivas a la guardia civil,
-Claro lo catalanes más educados, con más seny.- dice Betty.
-Bueno y qué pasó.- Se impacienta el zapatero
El domingo fueron a un colegio cerca de la plaza de Cataluña, antes de volver al de Maica. En realidad, antes se dieron una vuelta por colegios de fuera, de El Masnou, de Badalona…. No paraba de llover y la gente aguantaba horas en la cola. En algunos no funcionaba el sistema electrónico porque lo había tirado abajo la Guardia Civil. ”Pero tenemos más recursos”, decían los que guardaban la cola, “Votarem”, coreaban. Muchos desde las cinco de la mañana, otros habiendo pasado la noche. “A ver si los del NO habrían aguantado tanto”, decía una muy convencida. Por los móviles se iban pasado las imágenes. Contaban en qué colegios habían actuado los antidisturbios, abrazaban a los mossos que observaban con discreción.
Y a medida que pasaba la jornada, la indignación, la emoción, el convencimiento, las noticias de heridos, iban haciendo un magma que a Honorio y a Mariano les llamó la atención. Señoras bastante más mayores que los dos jubilados metidos a antropólogos guardaban cola o mostraban con orgullo la papeleta mientras los presentes aplaudían. Porque lo que hacían todos era permanecer en los colegios después de votar, para proteger las urnas. Luego a ver TV3.

Maica no ha dudado en hacer la huelga del martes, 3. En el colegio se iban cebando unos con otros. En su cabeza están juntos todos los agravios que el argumentario independentista ha construido: ha calado el convencimiento de que la utopía es posible, de que es el momento de ser libres y felices. Y las imágenes de los antidisturbios rompiendo urnas y dando palos los cargan de razón. Honorio piensa que son muchos y que se lo creen. Escuchó, junto a Maica cómo una mujer decía convencida, “sólo faltaba que tuviéramos que dar explicaciones ante la barbarie, con una urna sería suficiente para la independencia”. Un hombre, a su lado, clamaba, iluminado: “ esto no tiene marcha atrás, ahora los españoles tendrán que ponerse a trabajar”.

Maica asentía.


jueves, 24 de agosto de 2017

De trenes y de burros


-Hemos ido a inaugurar el burrotren- Anuncia encantada la hija de Betty. Usa un tono de voz lo suficientemente alto como para que la oigan todos, es decir, su madre, Honorio, el amigo de éste en todo menos en el mus, el zapatero, el hijo, la pelirroja y el portero. No es seguro que el taxista, ensimismado sobre su vaso vacío, preste atención, diga lo que diga la joven.
Es Honorio el primero en reaccionar y preguntar qué es eso.
‘Eso’ es el proyecto de un soñador comprometido y quienes habían ido son ella y la chica de la ORA, parece que reconciliadas de sus antiguas diferencias. Vuelven del oeste de Salamanca, cerca de la raya con Portugal, donde hay gente empeñada en recuperar sabidurías perdidas, en hacer cultura, en dar vida a pueblos abandonados, en frenar que los jóvenes se vayan de esos sitios olvidados.
-Mira, este debería ir a Bogajo- Dice la chica de la ORA mientras ojea el periódico en la barra del bar de Betty. Se refiere a Sergio del Molino, que está rescatando historias de vida y de cultura en El País. ‘Resurrecciones de la España vacía’, se llama su serie, y entiende que lo que ellas vieron el lunes, 21 de agosto, justo unas horas antes del eclipse, es tema de reportaje para el escritor.
Bogajo es el sitio del oeste donde hay una vía del tren abandonada, una veintena de burros felices y un soñador. El lugar tiene una estación olvidada y derruida, entre la Fuente de San Esteban y La Fregeneda, junto Portugal. Allí se tomaba el tren hace treinta años para ir a Salamanca o al país vecino.



Hoy la vía y las estaciones están cegada por retamas, culebras, zarzas y carrascos. La maleza se ha adueñado del camino que pudo ser verde y la vía y los pueblos han sido olvidado por las corporaciones. RENFE primero y ADIF, después, la diputación de Salamanca y los gobiernos de Castilla y León, han dejado que se pudran las construcciones, que se ciegue la senda. Por desidia o por pereza arrinconaron la oportunidad de darle uso a esos caminos de hierro.
Las administraciones locales y provinciales se suelen quejar de que sus pueblos se mueren. Hacen declaraciones grandilocuentes, fariseas, del dolor que supone tal abandono, pero cuando nace una idea, si alguien propone un sueño, miran a otro lado. Y lo peor, no solo no ayudan, sino que perjudican.
Las dos amigas se enteraron de lo de Chuchi porque lo vieron bailar en una boda y alguien les contó su historia. Desde entonces lo siguen a donde quiera que vaya a bailar, a una fiesta o a una clase que imparta de baile charro. Como dos fans. Fueron sabiendo de los burros que criaba, de sus ovejas, de sus quesos, de su implicación en cuando proyecto cultural o social de la zona, de su energía, de su compromiso, de su optimismo, de la cantidad de amigos que puede juntar su manera de ser, abierta y dispuesta.
También supieron de su locura. No se resigna a ver morir aquella comarca, va a Portugal y ve que allí hacen cosas, que cuidan lo suyo, que aquí las escuelas se cierran por falta de niños, que en el verano los que llegan de vacaciones no tienen una propuesta de ocio más allá de la pantalla del móvil. Le dolía lo de la vía y pensó hacer algo. Algo para los niños, con los burros y, por qué no, paseos por la vía. Diseñó una suerte de carreta que pueda desplazarse por las vías abandonadas. Lo contó en el ayuntamiento de su pueblo, en ADIF, en la Diputación. Las respuestas circularon entre la no respuesta, el desprecio o el juicio: imposible.



Año tras año allí estaban las traviesas de madera, pudriéndose. Así que sacó el tiempo de donde no lo tenía y con sus manos, él solo, ha limpiado dos kilómetros largos de vía. Palmo a palmo, eliminado zarzas y carrascos, recomponiendo traviesas podridas, levantando piedras, partiéndose la espalda. Con paciencia ha ido enseñando a los burros a tirar del vagón, a no tener miedo del carril de hierro. Y cuando ha hecho tan titánico trabajo, ADIF, le dice que hable con la Diputación, la Diputación no contesta o afirma que tiene otro proyecto (desde hace 30 años) su ayuntamiento o no dice nada o pone mala cara. Es más, le manda un mensaje indirecto, porque celebra una semana cultural de recuperación de las tradiciones, y no cuenta con él.
-Cuanto burro suelto- Exclama Honorio.
La paradoja de tanto despropósito es que otros ayuntamientos aplauden su idea, le prometen ayuda y financiación y le piden que lleve a su tramo de vía sus carros y sus burros. Pero el soñador quiere realizar su sueño en su pueblo, quiere pasear por las vías abandonadas a los niños de su pueblo.
Así que la tarde del 21 de agosto, tres horas antes de que la luna apareciera mordiendo el globo solar, un centenar de personas, jóvenes, niños y mayores, acompañaban a Chuchi a la solemne inauguración de su burro-tren. Habían sido convocados por whatsApp y el boca oreja. Entre ellas la hija de Betty y su amiga la chica de la ORA.
-No nos lo perdíamos ni locas.



En un paisaje de zarzas disparatadas, con la ruina de la estación de fondo, sobre el pasto seco y el calor de agosto, montaron en los burros y pasearon por unas vías que revivieron durante unas horas.
-Y el alcalde ni apareció. -Da por hecho Honorio.
-Claro que no. Pero estuvo la concejala de cultura del pueblo.-Aclaran las dos al mismo tiempo.
-Gente así merece un monumento. Dice Betty mientras saca los vasos del lavaplatos.

Entonces pasa algo sorprendente: los presentes, a una, se ponen a aplaudir. Incluso el taxista ensimismado.



viernes, 7 de abril de 2017

¿De qué se ríe Aznar?


Hace tiempo el viajero hacía a todos sus entrevistados la misma pregunta: ¿De qué se ríe Aznar? Era cuestión imprevista para ellos y tiene coleccionadas las repuestas, curiosas, sabrosas, sorprendentes y sorprendidas. Era en los tiempos en que el hombre de los abdominales (entre 600 y 800, al día, ahora, antes 2000) y conferenciante internacional estaba empleado como presidente del Gobierno de España.


Los interpelados, como no esperaban una cuestión tan tonta, improvisaban respuestas a veces imprudentes, en ocasiones precipitadas, casi siempre sin pensarlo mucho. Salvo excepciones. Unos hablan del labio inmóvil, inquietante, o del bigote, inanimado; otros que precisamente se había dejado el bigote para tapar belfo tan singular; otros se referían a su sentido del humor, inexistente; o a su timidez o a su concepción del mundo, ellos y los otros, él y los demás. Había quien se refería a su estatura, a sus complejos, como si reírse así fuera una manera de conjurarlos. Claro, hubo quien contestó de manera más simple: “pues será porque está contento, o porque le va bien o porque está donde quería estar”. Alguno rizó el rizo y respondió que se reía por responsabilidad. Evidentemente era de los suyos. Fue divertido el juego sin sentido, evidentemente nada científico, hasta tal punto que no se llegó a ninguna conclusión sobre aquel modo de reírse y menos al conocimiento del objeto de aquella risa engañosa. Aunque no hubo unanimidad ni en razones ni en descripciones, todos sabían perfectamente a qué se refería la pregunta. Al menos nadie respondió por qué me preguntas eso. Todos manifestaban su parecer de modo espontáneo, unos desde la ideología, otros desde el humor. De modo que fue coleccionando, como sellos, frases, sentencias, carcajadas, reflexiones, complicidades, exabruptos ….
El viajero estuvo viendo con Betty la entrevista-masaje que le hizo el cantante metido a entrevistador de cabecera. Y se acordó de aquellas explicaciones en cuanto vio a entrevistado sobrado reírse y entrevistador-abanicador riéndose también. Betty tampoco entendía de qué coño se reían los dos. En el bar estaba Honorio, dormido, cuando llegaba cierta hora el jubilado se quedaba frito apoyado en el mostrador, aunque fuera en plena noticia de alcance; el taxista, ensimismado con lo que sea que haya en el fondo de su vaso de vino vacío; y estaba Paqui en el taburete, lo suficientemente cerca como para acompañarlo en sus silencios, pero no tanto como para estar juntos. Estos tres no seguían lo pasaba en la tele encendida.
Betty y el viajero tampoco, hasta que empezó a babosear la pantalla. A pesar de la animada charla entre ellos, no pudieron dejar de ver el almíbar que supuraba, la supuesta campechanería compartida, la autosatisfacción con la que va vestido el personaje adoptando un aire de perdonavidas, de pasmarse antes tan melindroso homenaje. Al principio nació en ellos un conato de indignación, pero como se puede…, pero pronto pasaron al humor. A la séptima vez que el preguntador dijo “joer macho”. Porque Betty se preguntó a sí misma si eso era una puya, una confirmación, una repregunta, un homenaje, un signo de admiración, una coma, un antisilencio estudiado, o qué. Acordaron que lo de “joer macho” era un tic.
En realidad, toda la entrevista fue un tic lleno de lugares comunes, de aspavientos y de buen rollismo gratuito. Una entrevista no es un diálogo, ni una conversación. Es una representación teatral en la que alguien hace preguntas a otro alguien que las contesta, nunca puede ser una charla de amiguetes. Una entrevista no tiene que ser una competición, pero tampoco debe ser una sala de masaje. Una entrevista que merezca tal nombre, antes de lo políticamente correcto, y sobre todo de la posverdad, es el encuentro entre un personaje que tiene algo que decir y otro preparado para preguntarle. El “joer macho” no indica ni preparación ni ganas de saber.
 En teoría, aquellas, las preguntas, se hacen para saber lo que no se sabe, para descubrir un aspecto nuevo, para entender una actuación poco clara del pasado o para aprovechar que el preguntado fue testigo de hecho significativos.
No hubo nada de eso, a fuer de ser amable, el tono más crítico y audaz estaba contenido en los “joer macho”. Así que la dueña del bar y el viajero empezaron a tomarse a chacota buena parte del largo masaje. Por ejemplo, cuanto el ex presidente habló de la su “contribución revolucionaria (como suena) a la historia de España”. O cuando confesó que nunca había tenido una relación especialmente intensa con Mariano Rajoy “y eso que le he nombrado todo, y es mi sucesor”, que no habían sido pareja de salir a cenar. Sí, repitió que lo hizo cinco veces ministro y que lo nombró portavoz de todo. O cuando dijo que no tenía “mejor foto que la de las Azores”. O cuando habló de Venezuela y dijo algo así como que, si mandaba no sé quien, ellos estarían en la cárcel.
Ahí se despertó Honorio. No se sabe si por estar en desacuerdo o porque ya había pasado su momento modorra. Quizá lo primero porque dijo aun entre dos sueños:
-¿Pero esto qué es? Qué saque la foto donde aparece él con Chaves.
Ahí Honorio se encendió. Como si no hubiera estado más que traspuesto, completamente en el limbo, empezó a mover los brazos, a hacer aspavientos. No siguió la retranca displicente que se traían Betty y el viajero, y empezó a increpar a la pantalla, la casa con jardín del “joer macho”.
-Pero que dice este tío con todo lo que tiene detrás. ¿Y Bárcenas y Rato y Blesa?.

Y Betty, siempre sensata, le dijo a Honorio recién despertado e indignado: “la pregunta no es qué dice este hombre con todo lo que tiene detrás. La pregunta es de qué se ríe”.