domingo, 13 de julio de 2014

Del brazo de García Márquez


Digamos rápidamente para evitar equívocos que el paseo es por las calles del centro de  Cartagena de Indias y quien toma al viajero del brazo, y lo guía, es Jaime García Márquez, ingeniero civil, el hermano del premio Nobel colombiano. Jaime lo llama Gabito. El recorrido empieza en la calle San Juan de Dios, donde está la sede de la FNPI, es decir, la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, donde se lleva aprendiendo, o enseñando, periodismo de calidad desde hace casi veinte años. Ahí está lo que fundó Gabriel García Márquez en 1995, un taller de buen periodismo, un lugar de encuentro de jóvenes periodistas con maestros de prestigio reconocido en el mundo. Él mismo, por ejemplo, o Tomás Eloy Martínez, o Ryszard Kapuscinski, o ahora Jon Lee Anderson, son los que han impartido las lecciones y los que han compartido sus saberes y sus experiencias.
A Jaime le gusta hablar de los azares dichosos, “Gabito decía el azar bendito”. Hay otros azares, peores, pero él prefiere referirse a esas casualidades mágicas, sin aparente explicación, pero que llenan de sentido, de magia y de felicidad cuando se producen. Azar es que esté en esa calle la Fundación, justo al lado de la antigua sede del Universal, el periódico de Cartagena donde empezó a trabajar el joven periodista de Aracataca. Exactamente hizo su primera nota el 21 de mayo de 1948.
El hermano del Nobel se le parece: tiene gestos, giros, expresiones, depende qué perfil, qué mirada. Y aporta un aire caribeño que no se despista. Viste de blanco, se emociona al recordarlo, es cálido, tocón, bienhumorado y no deja de hablar. Explica que toda la familia es así, de mucho hablar, como su padre, Gabriel Eligio García. “Gabito no hablaba tanto, era callado, le gustaba observar, salió al abuelo”. Jaime coge la hebra y no la suelta. Es capaz de pasar de los recuerdos personales a los familiares, de la importancia de la Fundación, de la que él es vicepresidente, a los personajes de ‘El amor en los tiempos del cólera’, tan pegados a Cartagena, tan reconocibles en las calles y las casas y los paisajes. Pasa de la política, de las amistades, a la manera de trabajar, tan rigurosa, tan de comprobar cada detalle, del escritor.
Pero no pierde el hilo, de modo que sus cuentos están llenos de referencias. Hay que ser oyente atento para que no se escapen los matices, los nombres, las relaciones que despliega. Puede empezar una anécdota en la plaza donde está el museo naval, la que acoge al festival de cine que tan importante fue en la vida de Gabito, luego trasladarla al París donde llegó por cuenta de la Agencia Latina, después detenerla en Cuba, para estirarla al recordar un azar familiar no tan bendito. Y lo que parece una deriva discursiva que amenaza con perderse por caminos insospechados, vuelve al punto de partida y abrocha la historia.
De su brazo y de su voz cadenciosa y costeña el viajero puede ver la pensión que hoy es el restaurante Montesacro donde llegó Gabito, sin dinero para pagarla de manera que lo echaron a la calle, a dormir en el banco del parque Bolivar, enfrente, y las calles por donde se vieron y se desencontraron Florentino Ariza y Fermina Daza, de ‘El amor en los tiempos del cólera’,  “en realidad la historia de mis papás, que Gabito trasladó de Aracataca a Cartagena”. Resulta que en el extremo del actual Portal de los Dulces, donde García Márquez puso en su novela que estaban las prostitutas, es donde están ahora. Como si la realidad viniera a confirmarle su realismo mágico. Y Jaime explica cómo era la realidad, las cosas vividas, lo que movía a su hermano a contar. Revela detalles de su cocina, su obsesión por la comprobación, por el rigor de la cita o de la descripción del sitio. De hecho el ingeniero civil podía recibir encargos del hermano escritor, que le comprobara un nombre, una dirección, un documento. No dejaba nada a la circunstancia de que alguien pudiera comprobarle un error. De modo que al viajero le da por pensar que ahí, en esa manía por la comprobación ya había mucho de buen periodista. Se echaba en manos del azar bendito, pero no descuidaba ni un dato.
La memoria es caprichosa e ilumina a cada uno de una manera diferente. Lo que importa es la esencia del hecho. Cuenta Jaime que Gabito mandó comprobar si la luna llena que puso en la biografía de Bolívar, en ‘El general en su laberinto’, estuvo aquella noche del 10 de mayo de 1830 o no. Afirma que consultó con astrónomos cubanos. Silvana Paternostro oyó contar al escritor en uno de sus talleres que consultó con la Academia de Ciencias de México. El caso es que se comprobó y había luna llena.
Pasan, el hermano y el viajero, por calles y plazas de Cartagena, sortean los coches de caballos, tan denostados estos días por el maltrato que llevan los animales, y en lo que uno escucha y el otro relata aparecen una ristra de nombres, de momentos, de señales, de confidencias, de descubrimientos, de guiños, de sorpresas, de cuentos ya oídos de otra manera. Todo lo que va enhebrando la memoria de Jaime. Esa mítica primera pensión, la calle de las putas, la casa de las ventanas, las casa de Fermina Daza en la plaza Fernández Madrid, el banco donde Florentino Ariza hacia que leía, el restaurante del amigo catalán donde comía el escritor ya consagrado, el apartado de correos por el que se comunicaban los dos hermanos…
Hace años Jaime hacía un regalo de despedida a los talleristas. Los jóvenes periodistas, privilegiados, pasaban una semana escuchando a los maestros, aprendiendo con ellos y sus experiencias a buscar la calidad en la redacción, la ética periodística, a hacer una buena investigación, concentrados en la oficina de la calle San Juan de Dios. Pues el viernes, al terminar, Jaime les daba un paseo por la ciudad. Los agarraba del brazo, más gustoso con las chicas, “preguntan más”, y les enseñaba donde llegó Gabito en 1948, la pensión donde vivió, y la casa que compró, los amigos que tuvo, y la historia de Fermina Daza y Florentino Ariza, “en realidad la historia de mis papas”.
Eso es ahora un audio guía que no hace Jaime, sino una aplicación y ofrece el recorrido por los lugares cartageneros de Gabriel García Márquez.

Se hizo de noche y Jaime seguía contando, pero tenía una cita y el viajero otra. Así que el paseo tendrá una segunda parte. O tercera. 

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