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sábado, 19 de julio de 2014

Apariencias


Fue en el viaje a Medellin. Los pasajeros ya acomodados en sus asientos, los cinturones abrochados. Y sin previo aviso una azafata se puso a abrir todos los compartimentos de las maletas de mano. Tras ella un policía iba revisando y preguntando de quien era cada maleta, cada mochila, cada bulto sospechoso o no. Parece que alguien entró por la puerta de atrás de avión y salió por la de adelante. De manera que pudo dejar alguna cosa en algún sitio.
El policía suda literalmente la gota gorda por el cuello de su uniforme. Una a una: esta maleta de quien es. Y esta, ¿y esto? ¿El bolso de quién? Suda el funcionario porque mueve cada maleta, la levanta, la saca y la vuelve a poner en su sitio. Claro, no tiene mucho cuidado y de alguna se caen cosas. Una mochila deja una lluvia de pilas
El tipo del asiento de al lado tiene aspecto de sicario o como mínimo de guardaespaldas. El hecho de que el viaje sea a Medellín, la de cártel, y los avisos que ha recibido el viajero, desbordan una cierta paranoia. Zapatilas verdes con listas amarillas, cantosas, vaqueros, camiseta, tripa, brazos musculosos, tatuados y quemados a la altura de los codos. Un accidente o una  tortura o una señal. Corte de pelo a medio camino entre el lolaylo y matón. Peinado hacia atrás, flequillo corto, patilla ajustada a la linea superior de las orejas, largo el resto, hasta el cuello. Nariz aplastada. Tópica imagen, antiguo boxeador, actual gánster.
Traía un balón en la mano que le han requisado. La azafata ha intentado sacar el aire de la pelota, pero como no ha podido lo lleva a la bodega por si acaso. Dice al matón que lo reclame al llegar a Medellín. Él asiente sin decir nada, en apariencia contrariado.
Y el policía se tira al piso, gateando, mira debajo de los asientos. Sigue sudando, ahora a chorros. De pronto empieza a caer agua de arriba. De quien esto. Todo el compartimento empapado. Se ha roto algo y empapa a los pasajeros de debajo. “Algo se ha regado”. El dueño de la mochila empalada dice que es agua, pero la mujer elegante que ha resultado calada no lo cree del todo y se huele con aprensión.
El viajero sigue pensando, y el vecino de asiento le parece ahora que puede ser un sicario o quizás un cantante de rock. Ha observado que  tiene la cara fiera y las uñas esmaltadas. ¿Puede tener esa manicura alguien que mata?
Falsa alarma. El policía lleno de sudor desaparece. El avión recorre la pista, toma impulso y despega.
El vecino que parece matón pregunta al viajero, que tiene asiento de ventanilla, si por favor le importa hacer una foto. “Para que vea mi hijo lo que se ve desde el aire”. Y pasa al viajero su pequeña y ya antigua cámara digital. Éste dispara al aire.

El balón que requisó la azafata también era para su hijo. Y se le enciende al tipo, en una sonrisa apocada, la cara de malo.

viernes, 4 de julio de 2014

Comuna 13


El viajero había oído decir a una pareja de chilenos que por San Javier existía una escalera mecánica, muy empinada, que permitía ver Medellín desde lo alto. Eso era todo. Así que tomó el metro en Estadio y quiso asegurarse con una información más certera. Vaya hasta allí y allí le informan, le dijo el guardia. A ver, le pregunto a usted para evitar ir hasta allí. Allí le informan. Diálogo de sordos. Así que fue hasta allí. Salió del metro y el guarda de allí le dijo que el metro cable estaba en revisión, o sea fuera de servicio. Así que mejor dar la vuelta, pero como ya había salido del metro y no lo esperaba nadie, pues decidió merodear.
¿Y no había por aquí una escalera mecánica? Se referirá a una escala. Pues eso. Tiene que tomar un bus azul que lo lleva. Así que tomó el bus azul y ahí le entró cierta paranoia, un conato de inquietud, en forma de preguntas para sí mismo. Solo en un extremo de Medellín, la del cártel, en un autobús destartalado que tomaba las curvas como si fuera Fernando Alonso, con dos pelaos que lo miran desconfiados y una señora que intenta arreglarse la chancla con las llaves de la casa. No se preocupe que yo le indico, dijo la mujer sin dejar de manipular la zapatilla. Y tras veinte minutos sorteando motos que bajaban tan descontroladas como ascendía el autobús: suba esa calle y al final está la escala. Al principio  el viajero anda mirando a los lados, sin atreverse a disparar la cámara, sintiéndose mirado.

La escala está cortando de arriba abajo el barrio Independencia 1, en la Comuna 13. Lleva construida cuatro años y ha cambiado la vida al barrio. Antes los viejos no salían de las casas, no había entre estas sino un pasillo por el que solo cabía una moto, los peldaños ni siquiera eran de concreto, se llenaban de barro si llovía. Ahora está todo limpio y es seguro, dice Leidy. Se llama así porque fue el nombre que su madre leyó en una novela que le gustó mucho, así que se lo puso, y trabaja como gestor pedagógico, es decir, auxiliar operativo del sistema Escaleras eléctricas comuna 13, “un referente del urbanismo social, de carácter público y gratuito”, como reza el folleto de la alcaldía de Medellín.
Leidy acompaña un tramo al viajero y le va explicando que tardaron dos años en construir las escaleras y pasaron otros dos años enseñando a la gente a usarlas, haciendo funciones para los niños, con juegos para que se dieran cuenta de que no eran para jugar. Trabaja en las escalas de lunes a viernes y el sábado estudia Recursos Humanos, una tecnología tras terminar el bachillerato. Le muestra el dibujo de un tucán, que ha pintado otro auxiliar que además es grafitero y firma como Chota. O el mural de los enamorados. Porque cada recodo, cada descanso de los seis tramos que conforman la construcción empinada, tiene una actuación artística que casa con los muros de las casas pintadas de colores vivos, construidas unas sobre otras en la ladera del cerro, en un equilibrio imposible.
Asegura Leidy que antes había mucha violencia en el barrio, peleas y balaceras. Entre bandas. Mucha violencia, dice pensativa. Pero ninguna como la que ella misma vivió en octubre de 2002, cuando tenía 15 años, la Operación  Orión. Y le cuenta al viajero que antes de eso el barrio había sido invadido por la guerrilla, ella misma tuvo que cambiar de colegio, se llevaron a un primo del que no han vuelto a saber, que andaban con sus botas y sus correajes mandando en la Comuna 13. Y entonces llegó el ejército con tanquetas y fusiles y cañones, y durante tres días seguidos, dia y noche, bombardearon el barrio, casa a casa. Ella se escondía con su hermano debajo de las camas, cada rato sonando balas y cañonazos. Un primo suyo murió de una bala perdida, a otro lo detuvieron y se lo llevaron y nada tenía que ver con las FARC. No salíamos de casa, todo el rato sonando tiros. Ilustra que hay videos y fotos de eso en youtube.

La Operación Orión acabó con la guerrilla en Comuna 13, se quedó el ejército un tiempo y luego cuando se fue entraron los paramilitares. Esto no lo cuenta Leidy, lo dicen amigos periodistas de Medellín, quienes afirman que no es tan seguro el barrio y que el paseo por él fue una temeridad. Según ellos allí siguen las pandillas, la oscura historia de las mafias, las familias enfrentadas por mantener el poder. Dicen que habría hasta treinta pandillas censadas que viven en una frágil tregua que podría romperse en cualquier momento a pesar de las escaleras y la inversión hecha en zona tan marginal y violenta.

Así que el viajero,  inocentemente, sin saber nada de la dura historia del barrio fue disparando su pequeña cámara de fotos. Tras dejar atrás las escalas pasea por la Comuna 13, caminaba despreocupado, alucinado con cada rincón, con cada encuadre, con cada esquina. Tomando imágenes sin parar de esas construcciones tan expuestas, tan livianas, tan coloristas, tan vulnerables asomadas al aire, sin otra sujeción que otra casa debajo o encima, con idéntica fragilidad y vulnerabilidad. Por lo que supo después, y tras recordar las miradas silenciosas detrás de las puertas, puede que la presencia de la gestora pedagógica fuera una suerte de escudo. Leidy como ángel de la guarda.

lunes, 30 de junio de 2014

Volando sobre la selva


Tras visitar El Colombiano y hablar de periodismo durante dos horas, el viajero probó el metro de Medellín. Una experiencia casi tan intensa como la aventura de conseguir un taxi en el centro de la ciudad un viernes a media tarde, a la puerta de un puente y víspera del partido de Colombia con Uruguay. En ambos casos se lo tomó con calma, ni había prisa ni había de qué preocuparse. Le queda la duda: ¿semejante tranquilidad la da el viaje, el tiempo que lleva en Colombia o ya la traía consigo?
Avisó de su viaje a Medellin y unos lo animaron, que ciudad más bella, te va a gustar; y otros lo pusieron en alerta, ten cuidado. Así que sacó el billete en Avianca y reservó hotel. Desembarcó con dudas, pero solo operativas. Y eso se resuelve con información. Así que la buscó en el aeropuerto en una oficina un poco escondida con un servidor encantador. Salió de allí sabiendo qué debía ver en Medellín y cómo moverse.
El aeropuerto está a casi cuarenta kilómetros de la ciudad, lo que supone unos cincuenta minutos. Un taxi cobra treinta dólares o sesenta mil pesos. Se puede ir en autobús, pero hay otra fórmula intermedia, el colectivo. Por 8.900 pesos lo arreglas, luego desde el centro se toma un taxi hasta el hotel, por otros 6.000 más o menos, así que la operación supone un ahorro importante que da para la cena.
Con lo que no contaba el viajero era con desembarcar a las cuatro de la tarde de un viernes en el centro caótico de Medellín. Cada taxi ocupado, una marabunta de autobuses y vehículos sin fin impedía cualquier movimiento. Las aceras tomadas por los vendedores ambulantes, y el tráfico humano en cuando se abrían los semáforos era tan infernal como el de los coches. Materialmente imposible. Un laberinto agobiante de ruidos, bocinazos, calor y estruendos. Pero lo peor, la desorientación: hacia ¿donde ir, cómo salir de allí, abría un salida de semejante locura?
En su ayuda acudió una encantadora agente de movilidad, que empezó a hacer señas más enérgicas que las del viajero para llamar la atención de los taxis. Pero aunque tampoco resolvió nada su compañía aportaba calma. Hizo uso de su walki y apareció otro agente con la intención de lograr lo que ni ella ni el viajero habían conseguido. Solo pasado un rato, tras alejarse, volvió con un taxi que contó su vida en el recorrido hacia el hotel. Era de Bucaramanga, pero ya llevaba dos años en Medellin. Y consideraba una suerte tener un carro “y que con él te puedas ganar la vida”. Él tenía esa suerte, el carro le había costado cuatro millones de pesos. El precio, vivir solo en Medellín, que su familia sigue en Bucaramanga.
Así que probó el metro en Envigado, en dirección a Niquía, al otro lado de la línea. Llegaba bastante lleno, pero a medida que iba avanzando estaciones se llenó hasta atestarse. No había forma de moverse y empezó a sentir roces, apretones, conversaciones y alguna paranoia. Atestado como en dos horas punta juntas. Hasta Acevedo, donde tomó el metro cable. Ahí estaba la vista espectacular sobre Medellín que seguramente merecía todo el viaje. Las fotos. Todo el follón era por ser sábado y porque estaba a punto de empezar el partido de Colombia con Uruguay. Nadie quería perdérselo.
Fue un alivio liberarse y tomar el metro cable hasta Santo Domingo. Luego el teleférico en compañía de dos parejas que querían llegar al parque Arví. El viajero volvió solo volando sobre la selva. A veinte metros sobre árboles desconocidos, enmarañados, frondosos. Y el silencio del vuelo. La ensoñación de la soledad en el leve bamboleo de la cabina. Luego tras diez minutos, los campos de cultivo, las haciendas. Después los cerros, las casuchas agarradas a las faldas de la montaña. La elucubración pionera se rompió con el primer gol de James. Incluso en la cabina insonorizada del teleférico llegó el grito de una Colombia enloquecida por su triunfo.

También una periodista, profesora y ya amiga, se rio mucho con la idea de volar la selva. “No sabes lo que es selva”