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viernes, 17 de abril de 2015

Un año con García Márquez

Hacía algún tiempo que estaba fuera del mundo, que no recordaba, que no conocía, pero el 17 de abril del año pasado, Jueves Santo, se fue definitivamente entre un chaparrón de mariposas amarillas. Y desde esa partida se desbocó la Gabomanía. Si en vida era mediático, pasó a ser mito. Posters, posavasos, imanes de nevera, marcapáginas, tazas, pegatinas, fotos y autógrafos llenaron los mercadillos colombianos y del mundo casi al instante. Lectores ya tenía, y se multiplicaron. No debe existir persona en el mundo que no lo tratara, que no coincidiera con él, que no tenga una historia que contar.
Quien suscribe, también: Lo conocí y seguí sus pasos. El encuentro se produjo en 1989 de la manera más casual y periodística. Era un tiempo en el que el periodismo era posible: un reportero, éste, propone a su director en la revista Tiempo, Pepe Oneto, un sueño: le gustaría hacer una entrevista a García Márquez. El director da su visto bueno, “inténtalo”, el periodista llama por teléfono a México y el premio Nobel dice que sí. La historia de la entrevista y cómo Gabo llamó tímido al periodista está contada hace justo un año. Me temo que hoy no sería tan fácil: ni un medio está dispuesto a esos gastos ni un director contempla semejante oportunidad ni a un joven periodista se le ocurre plantearlo porque sabe que le dirán que no.
Luego seguí sus huellas en la fundación que él mismo pensó y creó para defender y hacer mejor al periodismo, la FNPI. Llegué a su sede, en la calle San Juan de Dios de Cartagena de Indias, apenas diez días después. Encontré a su gente en pleno duelo creativo: habían transformado la página web en un homenaje de continuo agradecimiento, se habían puesto a reunir todos los periódicos del mundo que hablaban de él y con ellos hicieron un libro gordo amarillo.
Para preparar el libro en tiempo récord empapelaron el amplio rellano del segundo piso del edificio colonial. Un periódico mural en el suelo, en todos los idiomas del mundo, con todas las fotografías posibles y todos los cumplidos imposibles del autor de ‘Cien años de soledad’. La imagen del suelo empapelado resultó una metáfora reveladora: el oficio que tanto amó, el mejor del mundo según proclamó, es posible.
En los tres meses que pasé con su gente aprendí muchas cosas pero sobre todo comprobé su mejor legado: el del periodismo. Toda su vida lo practicó, con él aprendió a escribir, pronto se dio cuenta de que se ponía en peligro y entonces se puso a inventar una escuela para protegerlo, para mejorarlo, justo hace ahora veinte años. Así que pude observar que por su escuela pasan los mejores periodistas del mundo que se juntan con los periodistas jóvenes más prometedores. Sigue siendo la fórmula. De esa interacción salen historias brillantes que buscan una mirada diferente, no evidente, no trillada, bien investigadas y excelentemente escritas.
Las enseñanzas, los deseos, los sueños periodísticos de García Márquez están presentes en el piso de la calle San Juan de Dios. En forma de talleres, de carteles con sus frases, de libros. Confesó que “el periodismo me ha proporcionado un contacto con la realidad, una capacidad de interpretación que no hubiera tenido si no me hubiera dedicado al periodismo”. Y dijo cosas tan necesarias como esta: “uno de los fallos más grandes que encuentro en el periodismo actual es que le falta una base cultural; los periodistas no tiene tiempo para leer, ni siquiera de leer el periódico. Tampoco tienen tiempo para hacer su trabajo; hay trabajos que necesitan tres días y no se les da más que uno, como mucho”.
Su colaborador principal y director general de la FNPI, Jaime Abello, me entregó nada más llegar, junto con su abrazo, un libro: ‘Gabo periodista’, que se convirtió en libro cartagenero de cabecera. Ahí están sus peripecias pero también sus lecciones.  Enseñanzas y exigencias imprescindibles para una profesión que necesita un tratamiento de choque para recuperarla, para demostrar que es posible, para denunciar que demasiadas prácticas que vemos en medios escritos y audiovisuales no son periodismo.
De modo que fui a Cartagena de Indias a seguir los pasos de García Márquez y esos pasos llevaban al periodismo. Lo que ocurre es que la ciudad amurallada está llena de huellas del escritor. Si la recorres del brazo de su hermano, Jaime García Márquez, te lleva por los escenarios de ‘El amor en los tiempos del cólera’, al Portal de los Dulces, al banco del parque Bolívar donde se encontraron y desencontraron Florentino Ariza y Fermina Daza, al de la plaza Fernández de Madrid, donde Florentino hacía que leía.
Cada rastro lleva a un hecho reporteable, periodístico. Los cocheros de Cartagena no tienen bien cuidados a sus caballos, muchos se caen, enfermos, mal alimentados. Todos pasan cada día cientos de veces por la puerta de la casa del escritor, en la calle del Curato, junto a la muralla; y van a Bocagrande, donde Gabo escuchaba vallenatos; o al hotel las Américas, donde jugaba a tenis. Todos aseguran haberlo llevado. Si fuera cierto lo que dicen el escritor no habría hecho otra cosa. Habría que preguntar a los caballos. Igual que los meseros de Cartagena, todos lo atendieron.
Pero ya dijo Gabo que la vida  no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo recuerda para contarla. Pocas personas habrá en el mundo sin una vivencia, aunque sea lectora, con él. En Cartagena y el Caribe, ninguna.

Esta crónica postátil se habría titulado ‘Un año sin García Márquez’ si pretendiera recordar una pérdida. Como es aniversario de hallazgo, de descubrimiento, de muestra de un legado, parece más apropiado hablar de un año con él.

martes, 23 de diciembre de 2014

Cuento de Navidad

En el bar de Betty están contentos porque ha tocado el reintegro. El zapatero había entrado riendo, dando palmas y con el décimo en la mano.
-Lo que yo dije, el siete.
Se miraron todos asombrados y entre dudas, como si desconocieran algo importante, como si les faltara alguna clave. Betty, la hija, Honorio, el taxista, Paqui, la Pelirroja, el portero y la chica de la ORA.
Cuando comprobaron que la felicidad del zapatero jubilado era medio de broma medio porque su número favorito es el siete, compartieron la alegría. Lo que no falta nunca en ese bar son las ganas de alegrarse.
Y fue como a Honorio se le ocurrió que podían montar una fiesta y hacer creer a las televisiones que eran ricos y felices.
-Como vengan las televisiones, también vienen los bancos. Dijo el portero precavido.
-A esos quería ver yo.
Fue como la chica de la ORA contó entonces lo que le había pasado a un amigo con el banco. El amigo es un novio peruano que se ha echado, pero esa historia romántica no viene a cuento de esta crónica postátil. El peruano pretendía mandar dinero a su familia en Lima y quiso preguntar en la  sucursal cuanto le costaba la operación. Le dijeron que un 0,35 por ciento de lo que enviara, con un mínimo de 35 euros. O sea, que dependía de la cantidad. Y que en todo caso le convenía enviar una suma importante, que...
-Lo que mi amigo iba a mandar son 100 euros y le cobraban 35.
-Cabrones.
Y la expresión de Honorio fue suscrita por los clientes de Betty. Los presentes y los ausentes.
Así fue como la denuncia de la chica dela ORA y la broma del zapatero pusieron en marcha la comedia. Betty sacó cava maluco y medio caducado que hicieron estallar en cuanto apareció la primera reportera de una TDT. Entre paréntesis hay que decir que se apiadaron de ella porque llegó con la cámara a cuestas, y el blog de notas, y el android, y un micrófono. Y pudieron oír cómo le echaba la bronca de su jefe, injusta, insensible, machista y acosadora, sólo  porque no había logrado una imagen con el número premiado.
Los del bar de Betty consiguieron un jolgorio considerable, al que acudieron vecinos, mirones, curiosos y televisiones. Entre el gentío se pudo ver a un tipo sonriente con corbata que Liliana, la chica de la ORA, reconoció como el director de la sucursal bancaria donde su amigo había pedido información para enviar unos euros a Perú.
-Ese es. Dijo a Honorio.
Y el jubilado de las chanclas y los calcetines desparejados se encargó de la gestión.
Nadie sabe qué artes desplegó, si su simpatía, si su arrojo, pero lo cierto es que se presentó como portavoz del grupo agraciado. Al hombre trajeado tomó por banda y le puso una condición para poder negociar en exclusiva. Sí, sólo una. Un día antes un cliente de su banco pretendió enviar a Lima cien euros.
El bancario aseguró que se interesaría por ese caso.
-No me ha entendido. La condición única es que lo resuelva ahora.
Liliana llamó a su amigo, éste se presentó en el bar de Betty y los cien euros cruzaron el Atlántico para llegar a su destino sin dejarse en el camino comisión alguna. El director de la sucursal no dudó en abrir la oficina para hacerlo posible.