viernes, 16 de enero de 2015

Examen


Hay mil maneras de ponerse ante un examen, muchas más que alumnos. Serán los nervios, la expectativa, la tensión, la falta de estudio, el miedo, el riesgo, haberse fiado... el caso es que ni los ojos ni las manos ni los pies se pueden estar quietos. Adquieren vida, toman protagonismo o se paralizan.
Una profesora amiga tenía que hacer un examen en la universidad a más de cien alumnos, así que me pidió ayuda para cuidarlos. Esa fue la expresión, cuidarlos. Dije que sí y no me puse exactamente a vigilar sino a observar. No por evitar el rol de policía, que también, sino por curiosidad. No era la primera vez que lo hacía, lo de cuidar, pero en otras ocasiones me había dedicado a ojear el periódico en papel que porto, leer un libro, mirar en el ordenador la actualidad de los digitales, o deambular por Twitter o Facebook. Esta vez los miré a ellos. Reparé en sus gestos, sus movimientos, sus lenguajes no verbales, sus tics.
La del fondo a la derecha, pelo largo, morena, cinta blanca en la frente, hace estiramientos: cuello, hombros, brazos, muñecas, manos. Mira el folio en blanco, escribe algo, quizás una línea, y renueva el proceso cada vez que debe decidir una respuesta.
Uno con capucha negra se aplasta el pelo como si quisiera exprimir hasta la última gota de memoria. Pone las dos manos en la cabeza y aprieta hacia abajo, con fuerza. No debe sacar mucho jugo porque repite constantemente la operación.
La chica del pelo largo y claro tiene las uñas rojas y su mano parece pegada al mentón. Así se pasa la hora, pensando, es de suponer que intentando recordar. Bien podría haberse inspirado en ella Rodin. Tiene una compañera que mira las uñas, las propias, en esta ocasión de morado. Y otra que se retira constantemente el pelo de la cara, como si esa cortina rizada le impidiera escribir.
Una alumna de la primera fila, pendientes de perla, piercing en lo alto de la oreja, jersey ancho de lana, bufanda gris, también se ha obsesionado con las uñas. Parecen bien pintadas de blando pero ella debe haber descubierto alguna imperfección. Así que guarda las manos en las mangas del jersey, las vuelve a sacar, repara de nuevo en el fallo de las uñas. Se suela la coleta y cae sobre los hombros una cascada lisa, clara y densa. Mira el folio, ora las uñas, comprueba que el bolso sigue en su sitio. Pero lo que más parece preocuparle es el estado de sus uñas.
A su derecha, con un asiento libre de por medio como les indicó su profesora y mi amiga, hay un alumno de pelo corto, cazadora y reloj grande en la muñeca. Se estira, mira a los lados como ubicándose, como buscando algo, se rasca la cabeza, mira al infinito, se concentra y aprieta el boli. Pero no escribe. Y repite la operación de estirarse, mirar a los lados…
El zurdo de la barba hace una letra minúscula. Concentrado, escribe sin parar, como si prescindiera de las preguntas. La chica pelirroja de su misma fila no deja de beber agua, a chupitos.
Uno que lleva un jersey gris levanta la mano. Acudo y era para pedir un permiso un tanto grotesco: que si podía apagar el móvil, que le estaba vibrando.
Detrás de él una compañera tiene un piercing en la boaca y un moño muy alto en el pelo: apoya su mejilla en la mano y piensa. De vez en cuando chupa el boli. Está como en una fotografía fija, inmóvil, capturada.
Casi todos usan bolígrafo Bic, algunos de colores y unos cuantos borradores. Pero se descubren al menos cien maneras, el doble que alumnos, de estirarse, de tocarse el pelo, de quitárselo de la cara, de morderse el labio, de rascarse, de buscar la inspiración en espacios inusuales como la pared de enfrente, el techo, la ventana o la puerta entreabierta.
La rubia del pelo largo levanta la mano y es para pedir permiso para cambiar de bolígrafo. Este cronista no entiende bien esas peticiones pero le hace un gesto como de tu misma. Así que abre y cierra el plumier, le da la vuelta a la hoja, bebe agua. 
Observo que muchos de los alumnos que se examinan beben agua, aunque sean las nueve de la mañana. Cada uno ha dispuesto su botellita al alcance de la mano y de los nervios.
El de la sudadera con capucha gris mete literalmente la nariz en el folio para escribir cada vez que se le ocurre una respuesta a lo que se le pide. El resto del tiempo mira al cuidador.
Tres puestos detrás hay un alumno con perilla, camisa grande de cuadros y gorra visera que mira hacia atrás. La visera, no él. Él mira a los lados sin buscar. Lo hace  como controlando el espacio, con displicencia a veces y en ocasiones reto. Podría pensarse que perdona la vida a todo aquel que está fuera de su círculo y que ose o no entrar en él. En el círculo.
El de la cazadora y el reloj grande decide levantarse con movimientos lentos, como si quisiera darse tiempo a que llegara a alguna idea de última hora. Parece que llega y se vuelve a sentar. Y escribe.
Al principio de la fila, junto a la ventana, el de la camiseta gris tiene las muñecas llenas de pulseras. Por encima del reloj, por debajo, de cuero, de lana, de colores, delgadas, gruesas.. Las repasa una a una como si las contara con el dedo de la mano contraria, también se toca el cuello y mira por la ventana. Y tras realizar con meticulosidad esas tareas, hace verdaderos malabarismo con el bolígrafo entre los dedos. Nada fáciles. Lo hace girar, consigue que se quede un instante en equilibrio imposible. Eso sí, los folios se ven en blanco.
Una chica zurda con las uñas pintadas de rojo se muerde el labio con dureza, parece repasar las preguntas, luego recorre con su mirada el paisaje del aula, quita y pone el capuchón del bolígrafo. Tras ella hay una alumno con gafas de pasta y un jersey de lana de colores que chupa el boli. A veces se rasca. Lleva un rato mirando al techo, como buscando una grieta. Pero de pronto arranca a escribir, como si allí hubiera encontrado la inspiración o el dato que le faltaba.
El del móvil que vibraba ademas está constipado y sigue mirando por la ventana, El de las pulseras por un momento parece haber encontrado algo que escribir. La chica rubia recoloca sus bolígrafos. La del pelo largo y negro lo ahueca y la cambia a un lado y a otro de los hombros. El de la capucha con la nariz junto a la mano que mueve el bolígrafo sigue inspirado y no oyen que la profesora dice que vayan terminando.
El aviso de la profesora, cinco minutos, no ha inmutado a nadie. El que escribe, sigue escribiendo, el que mira la nada continua con ello, quien mira por la ventana, quien duda, igual.

Es la chica de los estiramientos la primera que entrega su examen. Y salen todos después ,transcurridos quince minutos tras el aviso de los cinco. Todos menos el de la nariz metida en el papel, que sigue escribiendo y parece que no puede parar salvo que se le arranque directamente el folio.

sábado, 10 de enero de 2015

Diálogos con policías

Honorio, la propia Betty y el zapatero decidieron ir juntos a la manifestación. Los dos primeros no lo dudaron, aunque en realidad quien lo propuso el sábado por la noche fue el tercero. Conoce muy bien el asunto porque su cuñado es enfermo de hepatitis C y le ha explicado cómo si dispensan el fármaco Sovaldi se curarían, pero que la farmacéutica que lo comercializa cobra un dineral y el gobierno no avanza ni en convencer a la farmacéutica ni en solucionarlo. De manera que los tres se integran en la marcha hacia la Moncloa que ha convocado la Plataforma de Afectados por la Hepatitis C (PLASFH)
Betty dice que abrirá el bar cuando vuelva, Honorio que se apunta a cualquier manifestación que vaya contra “este gobierno que va contra el pueblo” y el zapatero por su cuñado. Los tres se incorporan a la marcha cuando la marea roja pasa por Moncloa. Entre los tres van contando los eslóganes y los colectivos. No se ponen de acuerdo, Betty que poca gente, Honorio que mucha y el zapatero que así no se consigue nada. ‘Los recortes matan’, ‘Provida nuestra’, ‘Recortan salud y vida’. ‘Hepatitis, tratad a todos ya’, ‘Menos corrupción más medicación’, ‘Recortar en Sanidad, corrupción mortal’, ‘No se trafica con al vida’, ‘PP, vergüenza de España’, ‘No son muertes, son asesinatos’, ‘Nada, nada, nada para las privadas’



Los tres van alegres, sintiendo el sol tibio de enero, coreando ‘Si se puede’ o ‘Vergüenza’, avanzando hacia el túnel que lleva a la ciudad universitaria, comentando con compañeros de marcha cómo no se levanta todo el mundo ante semejante muestra de privatización de la sanidad.
-Hoy son los de la hepatitis, mañana serán los del cáncer, pasado  quien sabe. Tenía que estar toda la gente en la calle, dice el zapatero.
-Diga usted que si”,  afirma  una señora de sudadera roja. Para añadir, “Si se puede”
Betty da con el codo a Honorio para señalarle los policías que acompañan la marcha, como acordonándola.
-Como si fuéramos terroristas.
Durante todo el camino han circulado en paralelo, con cierta discreción, como acompañando. Cuando la marcha encara la avenida Complutense, su presencia es mayor, más descarada, y pasada la Facultad de Ciencias de la Información los tranquilos manifestantes observan carreras de policías y presencia de lecheras. Se colocan al final de la avenida para impedir que la marea roja llegue al Palacio de la Moncloa torciendo a la izquierda por la calle Profesor Aranguren y luego otra vez a la izquierda por la calle Eduardo Saavedra.
Vuelan helicópteros, llegan más lecheras, se agrupan los policías, el lado oeste de la ciudad universitaria esta acordonada. Han ido constriyendo un embudo que cierran dos lecheras de la policía nacional. Allí han decidido que termina la marcha, al principio de la calle Eduardo Saavedra, a quinientos metros largos del palacio de la Moncloa. A ese portillo va llegando el rio de la marea, imposible desembocar por tan estrecho pasillo de un metro. “Estas son nuestras armas”, corean levantando las manos lo que llegan y los que se agolpan ante los vehículos, junto a la fila que forman fornidos policías.



Honorio, con Betty pegada a él y el zapatero a unos metros, se acerca a un policía serio bajo su casco, alto como armario, de barba rubia. El jubilado con sus eternas chanclas y los calcetines desparejados quiere saber por qué no los dejan pasar. El policía se encoje de hombros como si no tuviera información, aunque explica que son 200 el cupo establecido, que ya han pasado y que no puede pasar nadie más.
-Establecido por quien. Pregunta, Betty
-Eso no lo sé, señora. Solo cumplo mi trabajo.
-Vaya un trabajo.
-Es lo que hay. Dice el policía con cierta displicencia.
-Anda que no hay sitios donde meterse. Sin pensarlo mucho le decía ahora una docena de trabajos, antes que policía. Asegura Honorio
Una señora se anima a participar en la tertulia, aprovechando que el policía parece aproximadamente dialogante.
-Es una vergüenza, defienden a los que nos recortar hasta las medicinas.
Pero al policía aparentemente conversador le sale una vena poco diplomática
-Señora, yo no tengo la culpa de sus problemas. Ni yo le cuento a usted los míos.
Ahí Honorio se enfrenta con el policía sin importarle ni la diferencia de envergadura ni la situación.
-Parece mentira. Estáis defendiendo un sistema corrupto y encima se pone chulo. Señor mío que esta señora y yo, y esta, somos los que le pagamos el sueldo.
-Pues cuando venga otro sistema tendremos que defenderlo igual. Es nuestro trabajo.
A la charla se une entonces otro espontáneo, más joven que Honorio y la señora pero menos que el policía.
-Pues vaya trabajo de mierda que tienes, majete.
Ante lo que se observa la reacción de otro policía que aparta a Honorio
-Cuidado, sin tocar.
-Caballero le digo por las buenas que se aparte.
-Cómo que por las buenas. Y por qué me tocas. Y por qué me tengo que apartar.
El policía primero, el que ya había parlamentado algo, hace un gesto a su colega, como diciendo, yo me encargo, y vuelve a explicar que es cosa de la organización, que son 200 los que ya han entrado y por eso el compañero le invita a que se vaya. Cosa que no convence a Honorio, que dice que tiene derecho a protestar por lo que está haciendo este gobierno con la sanidad en general y con los enfermos de hepatitis C en particular y que tenía que darle vergüenza a su compañero venir encima empujando.
Llega la sábana blanca y los que la portan cantan, “oee oee, oe oa, al señor presidente le queremos preguntar, cuantos Sovaldi se podrán comprar con los recortes de la Sanidad”. Son del comité organizador y afirman que no hay ningún acuerdo de 200, que es una manifestación pacífica. A lo que el policía más cercano responde: “estoy haciendo mi trabajo, me dicen que no pase nadie y no pasa nadie”.
Las dos lecheras están paradas y en marcha, sus tubos de escape además de impedir el paso están atufando la cabecera de la manifestación. Así que Betty pregunta si no pueden apagar esos coches.
Un policía contesta con un lacónico, “no”. Y otro añade que si lo apaga tendrá que comparar una nueva batería.
-Pero si la pagamos nosotros, gilipollas, todos los que estamos aquí manifestándonos. Se oye decir a otro manifestante.

El espontaneo asiste a los diálogos con policías y no deja pasar ocasión de participar. Observa que el cronista los está apuntando y que el policía preocupado por la batería, está mirando lo que escribe. Así que lo avisa
-Te está leyendo.
-¿Está leyendo lo que escribo? Es privado
-No, no lo estoy leyendo. ¿Qué pasa? ¿tiene algún problema?.
-No. ¿Y usted?
El espontáneo ha tomado claro partido y le dice al policía
-Ves, él te habla con educación y tú ya estas contestando agresivo.
Honorio también apoya:
-Este hace lo que le mandan, pero le gusta lo que le mandan: putear a los trabajadores.
El policía resopla. El cronista sigue tomando notas. Pero se coloca de manera que aquél no pueda leer lo que escribe.

martes, 23 de diciembre de 2014

Cuento de Navidad

En el bar de Betty están contentos porque ha tocado el reintegro. El zapatero había entrado riendo, dando palmas y con el décimo en la mano.
-Lo que yo dije, el siete.
Se miraron todos asombrados y entre dudas, como si desconocieran algo importante, como si les faltara alguna clave. Betty, la hija, Honorio, el taxista, Paqui, la Pelirroja, el portero y la chica de la ORA.
Cuando comprobaron que la felicidad del zapatero jubilado era medio de broma medio porque su número favorito es el siete, compartieron la alegría. Lo que no falta nunca en ese bar son las ganas de alegrarse.
Y fue como a Honorio se le ocurrió que podían montar una fiesta y hacer creer a las televisiones que eran ricos y felices.
-Como vengan las televisiones, también vienen los bancos. Dijo el portero precavido.
-A esos quería ver yo.
Fue como la chica de la ORA contó entonces lo que le había pasado a un amigo con el banco. El amigo es un novio peruano que se ha echado, pero esa historia romántica no viene a cuento de esta crónica postátil. El peruano pretendía mandar dinero a su familia en Lima y quiso preguntar en la  sucursal cuanto le costaba la operación. Le dijeron que un 0,35 por ciento de lo que enviara, con un mínimo de 35 euros. O sea, que dependía de la cantidad. Y que en todo caso le convenía enviar una suma importante, que...
-Lo que mi amigo iba a mandar son 100 euros y le cobraban 35.
-Cabrones.
Y la expresión de Honorio fue suscrita por los clientes de Betty. Los presentes y los ausentes.
Así fue como la denuncia de la chica dela ORA y la broma del zapatero pusieron en marcha la comedia. Betty sacó cava maluco y medio caducado que hicieron estallar en cuanto apareció la primera reportera de una TDT. Entre paréntesis hay que decir que se apiadaron de ella porque llegó con la cámara a cuestas, y el blog de notas, y el android, y un micrófono. Y pudieron oír cómo le echaba la bronca de su jefe, injusta, insensible, machista y acosadora, sólo  porque no había logrado una imagen con el número premiado.
Los del bar de Betty consiguieron un jolgorio considerable, al que acudieron vecinos, mirones, curiosos y televisiones. Entre el gentío se pudo ver a un tipo sonriente con corbata que Liliana, la chica de la ORA, reconoció como el director de la sucursal bancaria donde su amigo había pedido información para enviar unos euros a Perú.
-Ese es. Dijo a Honorio.
Y el jubilado de las chanclas y los calcetines desparejados se encargó de la gestión.
Nadie sabe qué artes desplegó, si su simpatía, si su arrojo, pero lo cierto es que se presentó como portavoz del grupo agraciado. Al hombre trajeado tomó por banda y le puso una condición para poder negociar en exclusiva. Sí, sólo una. Un día antes un cliente de su banco pretendió enviar a Lima cien euros.
El bancario aseguró que se interesaría por ese caso.
-No me ha entendido. La condición única es que lo resuelva ahora.
Liliana llamó a su amigo, éste se presentó en el bar de Betty y los cien euros cruzaron el Atlántico para llegar a su destino sin dejarse en el camino comisión alguna. El director de la sucursal no dudó en abrir la oficina para hacerlo posible.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Una barra de cafetería donde no se ve el fin de la crisis


Lo de Betty es una cafetería con barra. En ella, en esa barra, o en una como esa, según Rajoy, es donde se empieza a ver el fin de la crisis. Arrimados a ese mostrador de aluminio están Honorio y el zapatero conversando, la chica de la ORA desayunando, el taxista mirando el fondo de su vaso vacío y la pelirroja leyendo sentada en el taburete. Al otro lado, la hija de Betty repasando con una bayeta los alrededores del vaso que mira obsesivamente en taxista. Luego con el mismo paño seca los aledaños del vino de Honorio y de la caña del zapatero.
-Por los cojones, se ve aquí el final de la crisis.
Honorio repasa entonces para el zapatero los síntomas nada verdes. La hija de Betty terminó hace varios años la carrera, bióloga. Ha hecho dos másteres, ha sido becaria en lo suyo y en publicidad y trabajado en el Corte Inglés los sábados y domingos. Ha decidido que con la precariedad y miseria que obtiene en todos esos trabajos, mejor echarle una mano a su madre en el bar.
El novio de la hija de Betty también es biólogo y terminó la carrera cuando ella. Él no hizo master pero tampoco tiene trabajo ni en lo suyo ni en el Corte Ingles. Hace macramé, pulseras, cinturones y collares, que intenta vender en los mercadillos, pero atento a la policía porque no tiene licencia ni piensa sacársela. Los dos viven en la casa de Betty.
-Los tuyos, ya ves. Y los míos ni te cuento.
Los tuyos son los hijos del zapatero: el Chispas, con el que no se habla desde que suegra y nuera discutieron, y la hija. Ésta ha sido cajera y reponedora de supermercado. La despidieron cuando se quedó embarazada de su segundo hijo. Firmó la conformidad porque acordaron volverla a contratar cuanto diera a luz y pudiera dejarlo en la guardería. Pero no cumplieron. El marido tampoco encuentra y eso que tiene fama de ser un pintor cuidadoso. Así que los cuatro, la pareja y las dos niñas, comen muchos días en casa del zapatero.
Lo de Honorio es que se jubiló con una buena pensión dentro de lo que cabe. Era funcionario del cuerpo A y no quedó mal. Dice muchas veces que él y su mujer serian capitanes generales si no tuvieran que hacerse cargo de los hijos. Estos son tres, dos casados y uno soltero. A los dos primeros los colocó bien, uno aparejador y otro agente de seguros. Se casaron los dos, compraron piso y los pilló el vendaval de la crisis. El primero negoció con el banco, el segundo fue desahuciado. Los dos viven con sus parejas y sendos niños pequeños en casa de Honorio. El soltero, también, solo que nunca se fue y nunca pudo trabajar. Acabó arquitectura, le costó, pero no logró poner en práctica sus conocimientos. Ahora está pensando irse fuera de España, porque aquí no hay futuro, dice, y porque no se cabe en la casa de Honorio
La chica de la ORA es colombiana, vive realquilada en casa de una compatriota. En realidad lo suyo es doble realquiler: su amiga tiene alquilada una habitación a una pareja de colombianos y a ella le alquila la mitad de la cama. Es decir que viven y duermen juntas. El problema es cuando viene el novio de su amiga, también colombiano. Entonces la chica de la ORA busca donde dormir, o no duerme y pasea por la ciudad, que el novio de su amiga nunca se queda mucho. El sueldo tiene que ir a Colombia, donde tiene dos hijos al cargo de la abuela.
La pelirroja se cree que está en el bar de Betty de incognito, leyendo tranquilamente sin que nadie sepa de su vida y sin tener que dar explicaciones. Pero Honorio sabe que es periodista aunque trabaja desde hace tiempo como teleoperadora. Ocho horas con veinte minutos para tomar café, ir al baño, fumar un cigarro o mirar por la ventana. A elegir. No hay hora para comer, porque al no llegar el horario de trabajo a las ocho horas, son 7,45, no hay descanso más que esos veinte minutos. Si se pasa uno, o empieza a atender llamadas uno más tarde, los debe. Si se demora en aclarar algo a un cliente fuera de las 7,45, no cuenta. Así que, dependiendo del turno, hace tiempo para entrar en el taburete del bar, leyendo.
-Y ese, ya ves
Ese es el taxista ensimismado y triste. Que mira el fondo de un vaso de vino vacío con obsesión y se levanta, se va sin despedirse, y hace como que va a dar una vuelta con el taxi. La mayoría de las veces ni lo mueve. Honorio lo ha seguido y ha llegado a ver cómo abre el coche, se sienta al volante y ni enciende la llave de contacto. Está un rato mirando, también ensimismado a través del cristal, se baja de nuevo, vuelve al bar de Betty y allí sigue absorto ante el mismo vaso
-Asi que a ver si viene Montoro y también dice que la crisis está olvidada.
-Pues ahí lo tienes

Dice la hija de Betty cuando ve entrar al ministro por la puerta.

viernes, 28 de noviembre de 2014

Monólogo de Montoro en lo de Betty


Llegó en vaqueros cuidadosamente gastados, solo, sin escolta, las solapas de la gabardina subidas, camuflado o protegido de la lluvia con un gorro de plástico. Las gafas empañadas y los rizos del cogote empapados. Serían las ocho de la tarde. Tal vez algo más. Honorio dio un codazo al taxista que no levantó la vista del fondo de su vaso vacío ni por el empellón ni por la aparición del ministro
-Este, o tiene mucha moral o no sabe dónde ir o es masoca.
Al principio entendieron los parroquianos el plan de Montoro de palpar el sentir de la España real. Pero después lo que pensaba la gente de donde Betty quedó claro, y más después de pasar por el bar tantas veces.
-O es el único sitio que tiene Mirinda.
Dijo Betty con visión comercial, poniendo el vaso y la botella frente al recien llegado antes de que este pidiera nada.
-Buenas tardes, señores.
El saludo protocolario no obtuvo respuesta. Como casi siempre en los últimos tiempos.
Pero el ministro ya había demostrado que tales reacciones no le arredraban. Iba al bar de Betty como si tuviera una misión. Así que dijo, sin preocuparse de quien lo oía:
"Que no nos confundan con las noticias, que estamos sacando a España de la crisis económica más profunda". Redundó en que lo de la corrupción era "circunstancia menor".  Lo que les digo señores, se oyó, es que este gobierno "no va a fallar a España".
Y una voz pronunció el nombre de Rato y de Ana Mato. Y el hombre de los rizos en el cogote se puso a explicar que el PP no  es "una persona o unas personas", que "es otra cosa" 
Quedó solo Montoro aislado en el centro del bar, pegado a la barra, junto a su segunda Mirinda. Se fueron apartando todos de él, haciendo un vacío a su alrededor. Como si la ola lo hubiera dejado solo en mitad de la arena. El que permaneció  más cerca fue el taxista porque no se movió y siguió a lo suyo, sin apartar los ojos del fondo del vaso vacío. Hubo quien observó una tensión mayor en la cara y en las manos del taxista. Como si apretara los músculos, y en su ensimismamiento fuera esa la máxima expresividad permitida. Un momento hubo en que también quedó cerca Paqui, por el intento que hizo durante un instante de no dejar solo al taxista, pero se arrepintió enseguida. O no se lo permitió así misma. De modo que se creó un cerco mudo alrededor del ministro, apenas roto por el taburete del taxista.
Un escenario anómalo: el ministro hablando como si diera una rueda de prensa sin preguntas, un monólogo para nadie, explicando lo que no le preguntaban, argumentando sin interlocutor. Y los parroquianos, que oían mientras aparentaban no escuchar, hablaban entre ellos de lo que decía Montoro pero despreciando su presencia
“Estos se creen que somos gilipollas”; “Se les está acabando el chollo”; “pero qué cara más dura”; ”¿a que llamamos a Podemos?”; “Otro que tampoco ve el Jaguar en el  garaje”…. Cosas así.  
Como ni tuvo eco ni se sintió entendido, terminó su segunda Mirinda, se tocó el gorrito para la lluvia y salió.
-Buenas noches, señores.
Fue salir el ministro y el círculo se volvió a cerrar como si fuera un fenómeno meteorológico. Llegó él y se abrió y se fue y se cerró abarcando al taxista ensimismado.
Honorio igual que dio un codazo al taxista cuando apareció Montoro, le tocó el hombro cuando se fue.
No solo Honorio, también Betty, todos, tenían deferencias con el taxista. Ya no le hablaban, ni le preguntaban, respetaban su abstracción, pero si lo tocaban: una palmada suave, un roce solidario, un toque en el hombro.
Y en voz baja, o mientras se iba de pronto, supuestamente a dar una vuelta con el taxi, aunque estaba comprobado que no lo movía, decían que necesitaba ayuda, que iba a acabar mal.
Y todos miraban a Paqui que se encogía de hombros y a veces se echaba a llorar. Porque era su ayuda y su perdición. Procuraba estar cerca, como vigilándolo, pero ella no se atrevía a tocarlo, ni por calor ni por piedad.
Si se especula con que el taxista quizá duerma en la pensión donde vive Paqui es por lo que ella mismo dijo un día. Que la noche en que la mujer lo echó de casa al final fue a la pensión. Y todos entendieron sin que lo explicara que fue a la casa de huéspedes donde tiene el alojamiento, no donde ejerce. 

Y todos, aunque no pregunten, tienen ganas de saber qué paso exactamente aquella noche y cómo acabó. 

martes, 25 de noviembre de 2014

Como Las Grecas


Al Chispas no le gusta que lo llamen Chispas. Suele repetir que él es técnico superior en electrónica y electricidad, y que como mucho responde si lo llaman electricista. En confianza dice que lo otro es poco profesional y que se pone de mala hostia cada vez que le dicen Chispas.
Es el hijo del portero y aparece por el bar de Betty solo de vez en cuando y si no está su padre. Antes iba mucho. Luego desapareció, estuvo un tiempo sin volver, parece que se casó y ahora va de vez en cuando. Honorio le dice a Betty que para buscar alguna chapuza, que él mismo lo llama cuando tiene alguna avería eléctrica.
-Ha cambiado mucho. Ahora está más centrado
Betty asiente. Ni confirma ni desmiente. Sabe todo, lo mira todo, pero nunca dice.
Honorio también sabe porque es el más viejo del lugar, pero teoriza más. A veces habla para que Betty le confirme. Y la dueña del bar confirma o no. Es propietaria de sus silencios y sabe que un bar funciona si se entera de todo lo que pasa pero siendo leal con cada cliente. Y ella al portero le tiene ley. Lo que no quita para que el jubilado siga especulando.
-Lo que peor lleva el portero es que no le deje ver a las nietas.- Dice mirando a Betty. Y como quiera que ella ni ratifica ni desmiente, el viejo se contesta a sí mismo
-Pero parece que la culpa es de la mujer del Chispas, que no quiere que su suegra vea a las nietas. La tuvieron gorda y no han vuelto a hablarse.
Honorio ha bajado pronto con sus calcetines de colores, cada uno distinto, en sus chanclas como si el bar el Betty fuera la playa. Pidió el colacao y los churros y se puso a hablar del Chispas. Desde que se jubiló afirma que pasó a otra dimensión en la que dice lo que le parece, va a donde le da la gana, viste como quiere y habla con quien sea, venga o no a cuento. Dicharachero, sobrado, deslenguado.
-Hay que joderse. No le gusta nada que lo llamen así. Ayer estaba hablador. Lo que no entendí fue lo de las Grecas que dijo.
A media mañana de este martes la pelirroja sigue enfrascada en su libro, el culo acomodado en lo alto del taburete de la esquina, el taxista continua mirando de manera obsesiva el fondo de su vaso vacío, los de la telefónica ya han pagado lo suyo y salido, de Montoro no se tienen noticias, ni de él ni de sus rizos en el cogote, ni de sus escoltas ni de su Mirinda, y Betty repasa con su bayeta la barra de aluminio del bar.
-Creo que llegó a jugar en el Atletico de Madrid, ¿no?
-Lo probaron para los juveniles. Pero no lo cogieron.
Ahí sí aclara Betty. Si Honorio habla tanto del hijo del portero es porque está de actualidad en el bar: el día anterior por la tarde apareció, invitó a todo el mundo y contó.
El Chispas dijo estar contento porque al menos tenía trabajo. Como autónomo, pero trabajo. En una de las más importantes compañías de seguros. Tras invitar a todos, pidió otra ronda más, rumboso, y contó que su compañía estaba tirando los precios. Porque la competencia está siendo atroz con la crisis y otras aseguradoras están haciendo lo que sea por pillar mercado. Así lo dijo. Que le han bajado las horas a la mitad y ya no le pagan la gasolina, de modo que puede haber un aviso a varios kilómetros que no le merece la pena.
-Pero hay que hacerlo.- Afirma, profesional.
Así que por un lado pone en todos los partes que es siniestro, o cortocircuito, o subida de tensión, para que cubra los gastos el seguro. Así va él haciendo clientes agradecidos, para que le encarguen chapucillas fuera del trabajo. Añade el Chispas que lo que pasa es que a veces no se cobran esas chapuzas porque la gente no tiene dinero.
-Y te pagan en especias.
Como Honorio quiso saber qué era eso, el técnico superior en electrónica y electricidad explicó que por ejemplo una fisio que tiene una clínica le dijo que ella no le podía pagar, que si quería le miraba las cervicales; o que en algunos restaurantes le daban como vales para que fueran a comer él y las niñas; o que el coche se lo arregla un taller y él le controla la luz. Y ahí se puso a contar una historia que casi ninguno de los parroquianos entendió del todo. Ni Betty.
Parece que la madre de un abogado lo llamó para que le hiciera un presupuesto de la consulta de su hijo. Pero que era una sorpresa que le quería dar, así que el trabajo debería hacerlo en el fin de semana. Siguió diciendo que a él no le importaba trabajar cuando fuera y que la señora, agradecida, lo invitó a cenar al mejor restaurante de Madrid y que él se puso como Las Grecas. No acertó a decir el nombre del sitio, solo vagamente que tenía no sabía cuántas estrellas Michelin.

A los del bar de Betty no les quedó muy claro lo que significaba eso de las estrellas, pero entendieron menos qué quiso decir el Chispas con eso de que se puso como las Grecas. 

sábado, 15 de noviembre de 2014

Sin antena parabólica


-No te jode. Que no tiene antena parabólica. Yo nunca la he tenido.
Y se hizo el silencio en el bar de Betty. No es que hubiera pasado un ángel, ni que ocurriera de pronto un apagón, ni que  tocara el gordo de la lotería con el décimo reservado por el camarero, ni que volviera a entrar Montoro, con las ganas que le tenían, no solo el zapatero.
Es que quien habló fue el taxista. Y todos se quedaron pasmados, Betty, su hija, Honorio, el zapatero, el portero, la chica de la ORA, los de la telefónica, incluso la pelirroja  levantó los ojos del libro que estaba leyendo. A Paqui se le soltaron las lágrimas. No dijo nada, pero sus mejillas se inundaron y al intentar secarlas con el dorso de la mano el rimel las convirtió en un barrizal.
El taxista llevaba tres meses sin decir palabra, mirando obsesivamente su vaso vacío. Llegaba al bar en cuanto abría Betty, a las siete de la mañana. Tomaba de un trago el chato de vino tinto que le servían, ya sin pedirlo, y se concentraba en aquel fondo de cristal, como si allí estuviera la explicación de sus desgracias. A veces se iba a comer, nadie sabía dónde, o aparentaba tomar el taxi. Y volvía al mismo taburete como un náufrago. A mirar el fondo del vaso.
Aquella mañana de noviembre todos miraban la tele, más o menos atentos a las explicaciones de Morago. “Vaya morro”, decía Honorio tocándose con insistencia su propio rostro con la mano abierta, como si el presidente de Extremadura pudiera entenderle que lo acusaba de tener mucha cara. El mismo gesto en cada justificación de los viajes a Canarias desde Mérida, en todo el repaso a su curriculum, a su papel de víctima perjudicada.
Pero cuando dijo que no tenía antena parabólica en su domicilio fue cuando el taxista saltó. Lo que no habían conseguido ni Betty ni los demás, unas veces compadeciéndolo, otras animándolo, incluso en ocasiones provocándolo, lo consiguió la queja de Monago. Y repitió:
-No te jode.
Noventa días sin decir una palabra, sin escuchar las de quienes le hablaban, concentrado en el fondo de un vaso vacío.
Antes no era así. Betty cuenta que el taxista era un hombre campechano y hablador, pero se ensimismó cuando lo de Paqui.
Lo de Paqui es una historia que se sabe a medias, porque el taxista, al no hablar, no la ha contado. Paqui ha explicado algo pero de manera queda e incoherente, el portero afirma que conoce bien al taxista y a su mujer, y también ha aportado. La propia especulación de la barra del bar ha contribuido, de manera que lo que se sabe de cierto es poco. Comprobado está que Paqui tuvo un problema gordo con un cliente y que, desesperada y asustada, llamó al taxista. También que este acudió, recogió a la mujer maltratada, semidesnuda y aterrorizada, la montó en su taxi y la llevó a su casa. La casa del taxista. Las diferentes versiones coinciden en estos extremos y salvo matices y redondeos así ocurrió. A partir de aquí es cuando no queda claro casi nada. Parece que a la mujer del taxista le pareció mal que su marido llevara a Paqui a su casa, o que vio lo que parecía pero no era, o que no creyó, o ni escuchó, la historia del héroe salvador desinteresado.
El caso es que puso de patitas en la calle, primero a Paqui y luego a su marido. Betty dice que el orgullo del taxista le impidió explicarse bien y que entró en un bucle raro que lo llevó a mirar obsesivamente el fondo del vaso. Y que, claro, cuanto menos decía peor se ponían las cosas. Su esposa tampoco ha consentido que Paqui se lo explique, parece que llegó a decir que no quería ver a la rubia de bote ni en pintura. Aunque esto último tampoco está comprobado. Lo que sí está visto es que el hombre no ha aceptado nunca los acercamientos y consuelos de la rubia, por más que esta lo ha intentado con toda la paciencia del mundo.
Nadie sabe exactamente, por ejemplo, donde duerme el taxista. Algunos aseguran que en el taxi, que en casa de una hermana que no vive lejos. Se ha llegado a decir que, en realidad, de extranjis en la pensión donde vive Paqui.

Tres meses sin abrir la boca, sin dejar de mirar el vaso vacío. Y quien sacó por un momento al taxista de su bucle fue una queja de Jose Antonio Morago.