sábado, 21 de marzo de 2015

Viene por la Mirinda

Cada vez entienden menos los parroquianos las visitas de Montoro al bar de Betty. Comprendieron al principio que quisiera acercarse así, departiendo, a la España real. Pero coinciden en que ya se habrá percatado de que no son de su cuerda, que hay quien se va cuando él aparece, que alguno ya no se corta en afear su presencia tanto como sus hechos.  A veces pensaron que aparecía por escaparse de sus protocolos, que en el fondo de su apariencia arratonada, mezcla de Gollum y chulapo de zarzuela, había un aventurero que al no poder ir a Africa por sus múltiples trabajos se perdía en el microcosmos del bar de Betty, como el fin del mundo a donde no iría a buscarlo ni un presidente ni un subsecretario ni una prima asesora. Pero cuando llegaba, como había llegado, con sus guardaespaldas esa teoría se venía abajo.
A veces Honorio y el zapatero, ociosos, se enzarzaban en esas especulaciones. El segundo, aparte de salir escopetado del bar en cuando aparecía el ministro, no como huida sino como re reafirmación de que no estaría en el mismo ambiente de semejante tipo, solía juntar y mezclar argumentos: porque no le admiten en otros sitio, porque no tiene amigos, porque es un rata y sabe que aquí todo es barato, porque es el único lugar donde no hay prensa, porque no aguanta a su mujer. El portero, acostumbrado a lidiar con diferentes sensibilidades, suele mediar para dar la razón a los dos, en realidad para afirmar que todo es posible.
Zanja Honorio con seguridad, aportando que por la Mirinda
Y entra Montoro. Solo. Los guardaespaldas se han quedado a la puerta, como si fueran a revisar si el próximo que llegue al bar de Betty lleva zapatillas de deporte o calcetines blancos. Serios, encorbatados, con caras de malos.
Vacía la Mirinda que ya había puesto Betty sobre la barra en cuanto lo vio entrar y pide otra con un gesto.
Honorio mira al portero, el zapatero ya ha salido al entrar Montoro, como diciendo, qué te dije. Junto a ellos está otro jubilado de la banca. Y levantando la voz, sin dirigirse al ministro pero asegurándose que lo oye bien, pregunta si el Equipo Económico podría asesorarle a él para pagar menos a hacienda.
Montoro suelta la segunda Mirinda y empieza a explicarse como si fuera una rueda de prensa. Cada vez que Honorio logra que el ministro entre al trapo sin haberse dirigido directamente a él, lo considera un triunfo de los de su clase.
-Ya sé por dónde va usted. Pero le tengo que decir lo que ya he dicho, y no es la primera vez. Lo dije en el mismo parlamento ya hace dos años, en 2013: ¿como quiere que explique algo de una empresa donde no estoy?. Esa empresa no es mía.
Honorio habla para el tendido, el ministro para el jubilado. Como en dos mundos aparte, en un diálogo imposible pero que incluye réplica.
-Claro, no es suya, es de su hermano. Y los que buscan asesoría en esa empresa, como los de la Comunidad de Madrid, lo hacen por enemigos. Los contratos que firma esa empresa son por casualidad.
El hombre de las gafas de pasta cuadradas, los rizos en el cogote y la corbata amarilla levanta los brazos hacia su interlocutor esquivo. No se sabe muy bien si para persuadirlo o para reconvenirlo. A última hora opta, sin cambiar el gesto, por imitarlo y explicarse sin dirigirse a él.
-Muchos hablan por hablar. Ahora resulta que fundar una empresa es pecado. Sí yo firmé una empresa y luego la dejé para ser diputado.
-Claro, claro. Y aquí nos chupamos el dedo. Y los amigos a los que asesora pasaban por allí. Estos deben pensar que somos gilipollas. Honorio habl sin dirigirse al ministro pero asegurándose de ser oído, por él y por todos los clientes del bar en ese momento.
-No te pases. Interviene conciliadora Betty.
Honorio se enfada con Betty porque siempre lo está censurando, porque parece que defiende a estos estos tíos, porque es demasiado buena y no se da cuenta de que a estos tipos hay que decirles las cosas, que se creen que la gente es tonta y se lo llevan crudo. Y mirando al ministro:
-Más vale que no amenace tanto y se mire lo suyo.
El amigo también jubilado de la banca asiente con la cabeza. Se llama Matías y aparece por el bar en ocasiones, para ver a Honorio, para buscarlo. Están de acuerdo en todo, en la política, en lo de las jubilaciones, en los hijos con dificultados a los que hay que ayudar, en el aprecio que tienen por Montoro.. En todo salvo en el mus. Ahí son enemigos aunque jueguen siempre como pareja
El interpelado, Montoro, al comprobar que no es el día de la persuasión, que la opinión de Honorio parece unánime, opta por una salida cínica:
-Le ruedo que me deje tomar mi consumición.
Y Honorio ve confirmada su teoría, le dice al colega del banco.
-Te lo dije, viene por la Mirinda
Pero Matias no lo escucha. Está diciendo al ministro que le parece un poco demasiado que comparen al PP con Cáritas o con la Cruz Roja.
-Se lo explico

-Mejor no que no te explique nada. Honorio se lleva a su pareja de mus al otro lado de la barra. Y agranda el espacio entre el ministro del refresco y la realidad social.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Algo de Cervantes


Todos los del bar vieron en la tele al hijo del zapatero y lo avisaron. Que fuera corriendo. Se encontraba fumando en la calle, en compañía de los que colocan la fibra óptica en el barrio, los empleados de Telefónica. Claro, cuando el hombre llegó ya había pasado la imagen y aunque todos esperaron por si la repetían, no ocurrió.
-Era él. Dijo Paqui ante la cara de decepción del zapatero, imposible decidir si por no haber llegado a tiempo o por no haberse ahorrado el cigarro de esa hora. Por un instante pareció que le taxista ensimismado asentía con un movimiento apenas perceptible de la cabeza. Pero esto último no lo puede atestiguar ni la propia Paqui. Menos el resto.
-Coño, claro que era-  Corroboró Betty.
-Es que lleva ya tiempo en eso. Cerca de un año- Informó el hombre que acudió en cuanto lo llamaron aunque no llegara tiempo de ver nada.
No pudo ver nada porque todo ocurrió en un instante. Aunque la noticia abrió el telediario, la imagen de los operarios embutidos en buzos y guantes blancos solo se vio unos momentos, y aunque todos reconocieron claramente la cara del hijo del zapatero, la visión no duró en la pantalla más que un suspiro. Habría que congelar fotograma a fotograma para ubicarlo. Salía en un grupo de gente. El tercer hijo del hombre que dejó de remendar sandalias porque no le llegaba para pagar a autónomos formaba parte de la brigada de trabajadores temporales que han estado hurgando en el suelo del convento de la Iglesia de las Trinitarias buscando los restos de Miguel de Cervantes.



-Han dicho que han encontrado los huesos del escritor y los de su mujer. Perece que se conservan enteritos y perfectamente reconocibles.
-Pero que dices, si lo que se ha visto es un revoltijo de trocitos de hueso, que pueden ser de cualquiera.
-De cualquiera no, del más grande de los escritores españoles.
-Pero si esa iglesia la han removido un montón de veces, han trasladado el cementerio de un lado a otro.. Que se va a conservar
-Si ha salido hasta una tabla con la inscripción, MC
-¿Eso qué es?
-Coño. MC, está bien claro, pues Miguel Cervantes
-Me suena a tongo: escarban y lo primero que encuentran es la etiqueta. Amovenga.
-Hombre es importante si se encuentran de verdad
-¿Y cuando cuesta remover esos  huesos. No seria mejor usar esos dineros en otra cosa?
-¿Y qué dice tu hijo de todo eso?
-Él no dice nada. El hace lo que le mandan.
Es cuando el zapatero se puso a contar lo poco que sabía de las andanzas de su hijo. Acabó la carrera, hizo un master y como no encontró nada de lo suyo, se puso a trabajar, poco, en lo que iba saliendo. Dio clases de inglés a niños del barrio, montó escenarios para conciertos...
Sin embargo los parroquianos del bar de Betty ese día no querían conocer, que ya se tenían hecha una idea, el curriculum del hijo del zapatero, Querían saber de primera mano lo de los huesos de Cervantes. Y el zapatero dijo que su hijo era muy discreto, que no contaba nada, solo que su trabajo consistía más o menos en limpiar el polvo, quitar las baldosas, arrimar las piedras.
-Lo que le mandan.
Lo único que ha contado, dijo su padre, así en plan curioso, que es que a las monjas, como son de clausura, no se las puede ver. De manera que los obreros no podían entrar en la iglesia hasta que las monjas se hubieran guardado.
El telediario habla de fecha histórica y afirma que las televisiones del mundo se han ocupado del caso. Lo cierto es que lo que se ha encontrado son esquirlas de huesos mezcladas con los sedimentos, pertenecientes a 17 personas; que la investigación ha costado 114.000 euros financiados por el Ayuntamiento de Madrid; que su alcaldesa, Ana Botella, se ha felicitado por el hallazgo y ha asegurado que era "un día muy importante para España y para nuestra cultura"; que una treintena de investigadores han entrado a la cripta, de unos setenta metros cuadrados, que está ubicada a cinco metros bajo el nivel del suelo; que no se pueden realizar pruebas de ADN; que el director del proyecto, el antropólogo forense Francisco Etxeberría, ha dicho: "Nosotros estamos convencidos de que tenemos en estos fragmentos algo de Cervantes, pero no puedo ofrecer una certeza absoluta".

-Los periódicos dicen que es un hallazgo, que se ha encontrado el cuerpo de Cervantes
-¿Que periódico?
-El ABC,
-Acabáramos
En el bar de Betty, a la espera de que llegue Montoro para preguntarle por su oficina y los trabajos que ésta realizó de asesoría para la Gürtel, se comentó mucho lo de los huesos de Cervantes. Quizá fuera porque el hijo de uno de ellos había salido en la tele, acaso porque daba juego para la tertulia. Honorio suele ser el más crítico, aseguró que se trataba de una investigación electoralista,  que si Cervantes levantara la cabeza los mandaba todos a tomar por culo.
-No te digo que no, pero también es bueno para el turismo. ¿No?

lunes, 9 de marzo de 2015

El chip


A las nueve de la mañana el viajero sale de su casa, toma el ascensor y piensa tirarse a la calle por comprobar qué va a deparar el nuevo día. El descenso del artefacto se ve interrumpido en el piso diez y entra una señora que desea buenos días. Sin tiempo a ser contestada se extraña de lo que ve:
-Es raro ver a alguien con un libro en la mano.
Empieza a hablar y el viajero ignora que no va a callar en la próxima media hora. Al principio sobre cultura en general, su importancia, y la conveniencia de leer como actividad saludable. Es bajita, morena, de una edad incalculable, entre los cuarenta y los cincuenta y muchos cualquier número es posible. Habla mucho, sin comas y sin mirar a su interlocutor. Podría parecer que no lo necesita, solo saber que alguien tiene al lado. Así que sigue diciendo, sin inflexiones en el tono de  voz, sin introitos, sin encadenamientos, que pronto ya nadie va a necesitar leer. Te ponen un chip en el antebrazo y ahí está todo. Ya lo están haciendo. En el hospital de Alcorcón lo hacen. El problema es encontrar al médico que se niegue porque lo despiden.
Se señala su propio antebrazo, en el interior, para señalar donde dice que colocan el chip. Tu te puedes negar a ponértelo,  pero entonces estás fuera. Vas al hospital, si no tienes el chip no te atienden. Vas al banco, si no tienes el chip no te dejan sacar el dinero. Vas a comprar al hiper, si no tienes el chip no puede llenar el carro. Pero eso es sabido, no es que yo lo diga, puedes mirar las noticias, está en Internet. Hay que estar informado, mucha gente no tiene idea de lo que pasa. Pero claro, si te lo pones entonces saben lo que comprar, lo que te gusta, a donde vas, con quien. Estás controlado. Que es lo que quieren.
Segura en su parlamento, enhebra casuísticas, convicciones, descripciones y temores. No es un discurso, no busca confirmaciones y tampoco parece admitir debate. Lo que dice parece un tutorial de cómo están las cosas y cómo es el mundo. Esas coincidencias inexplicables hacen que viajero y mujer caminen hacia la misma boca de metro, tomen la misma dirección, se vean obligados a realizar el mismo cambio de línea en la misma estación, y, para más inri, tomen la misma dirección.  Casualidad que no parece extrañar a la mujer que habla, al contrario, es como si formara parte de su plan del día. Sin alterar el tono, sin extrañarse, sigue explicando donde, cómo y para qué se pone el chip. Pero sobre todo insiste en que es perverso porque sirve para tenernos controlados pero si no quieres ser controlado no puedes vivir. Y que afecta igual a mujeres que hombres, ricos que pobres, gobernados y gobernantes. Porque son los grandes bancos quienes controlan todo, los que mandan poner el chip y los que dicen qué hay que hacer y qué no. El mismo Obama tuvo que claudicar. Está en las noticias. El uno de julio de 2012, si no entraba el país en bancarrota. No queda claro, a pesar del  arrojo y su seguridad en el decir si lo del presidente americano es el chip que se tuvo que poner o la reforma sanitaria a la que tuvo que renunciar. Porque el discurso es rotundo aunque confuso.
El viajero, en su tendencia a escuchar, a cambiar de postura, a aceptar compañeros de viaje variopintos, a dejarse asombrar, no acierta a interpretar ni intenciones ni equilibrio emocional o sentimental de su compañera de ruta. Atiende como puede el granizo de palabrería que le va cayendo e intenta ponerlo en un contexto de queja, reivindicación o muestra sociológica. Entonces explica la mujer que el chip no es que contenga toda la información sobre nosotros, que se imponga como imprescindible y sea inútil que un médico bien intencionado y comprometido se niegue a implantarlo. Es que lo tendremos puesto todos antes o después. ¿Pero qué pasa si se te estropea el teléfono móvil?
La pregunta no es retórica, de modo que quizá debería tener una respuesta, pero la aporta ella misma: por ejemplo si el móvil te cuesta 30 euros y la reparación son 29 pues no lo arreglas. Lo tiras y compras otro. Eso va a pasar en los hospitales. El chip dice la enfermedad que tienes y cuánto cuesta repararte. Si no eres rentable, fuera. Y lanza otra pregunta que a esas alturas del viaje en metro ya no se sabe bien si es retórica o tipo test: ¿Cual es el eslabón más débil de la sociedad? No espera contestación: los niños y los ancianos, o sea, la salud y la educación. Ahí tienes la prueba.
Y en medio de prevenciones, entre lo inevitable  y lo predestinado, siempre con el chip implantado en el antebrazo como idea fuerza de su discurso circular, va introduciendo datos e imágenes, como pinceladas abstractas a su biografía: no quiere que sus dos hijos  se eduquen ante el ordenador ni el televisor; la señora marroquí que trabajó en su casa no es de fiar;  hay mucha incultura entre los vecinos, la gente no se da cuenta de lo que pasa en el mundo, el chip está más implantado de lo que parece, hay que fijarse…
-Adiós, ya seguiremos hablando.

Se despide con el mismo tono que ha hablado. Solo se apura y sale a escape del tren porque se cierran las puertas del vagón y a punto están de atraparla. Pero ni mira ni se despide con la mano. El viajero la ve andar de prisa por el andén, como si llegara tarde a una cita o a una hora de entrada. Hablar, hablar solo lo ha hecho ella, sin parar, casi sin respirar, por lo que extraña esa primera persona del plural. La media hora transcurrida desde el ascensor hasta su parada, le ha servido para pintar un paisaje apocalíptico, donde todos los seres humanos tienen incrustado el chip bajo su piel, en el antebrazo. Pero como ha ido mezclando datos con informaciones, con realidades, con fechas, con noticias verdaderas, al viajero le queda la duda de si está a favor o en contra del chip. Si lo detesta, lo comprende o lo teme.

sábado, 28 de febrero de 2015

Perdidas en ARCO


Beatriz y Jeny volvieron al bar de Betty mareadas sin saber por qué. Hasta que no comieron y bebieron no se les pasó y cuando eso ocurrió tampoco acertaron a explicárselo. Lo acacharon al cansancio y puede que fuera cosa del arte: probablemente habían sufrido el síndrome de Stendhal sin tomarlo ni beberlo.
Todo empezó, como tanta cosas para las dos amigas en los últimos meses, con Podemos. Concretamente con la manifestación de la marcha por el cambio. Como ya se dijo aquí, la hija de Betty acogió en su casa a unos manifestantes que llegaron de fuera y con ellos recorrió la calle Alcalá, hasta Sol, aquel domingo festivo de enero. Bien, pues sus invitados correspondieron, además de con su agradecimiento y amistad para siempre, con unas entradas para ARCO. Las mujeres las agradecieron y fueron. Nunca habían ido a una cosa así y son dispuestas a probar. Se alegraron todavía más de la extraña invitación cuando en la Feria comprobaron el precio: 40 euros cada una.



-¿Cuarenta euroco por ver cuadros?. Preguntó Honorio cuando las oyó contarlo
-Bueno, cuadros y esculturas y fotografías y videos y montajes.. empezó a explicar Jeny.
-Y ovejas- Dijo entre carcajadas Beatriz.
Honorio y el zapatero, de ascendencia rural, se interesaron mucho por eso de las ovejas. Y fue como las dos amigas explicaron que se trataba de un video colgado en la pared de la Feria de Arte Contemporáneo, que en él se veía un cercado y dentro un montón de ovejas. Y entre las ovejas, una chica desnuda, a cuatro patas. La verdad es que llamaba mucho la atención.
-Seguro que una película porno.- Se adelantó a interpretar la mujer que entraba cada día al bar a meter lo suelto en la tragaperras. Nunca tomaba nada pero siempre se mostraba desconfiada y no perdía ocasión de hacer un comentario.
-Que no, señora, que es arte.- Cortó Honorio con picardía, mirando con intención a su amigo zapatero. Con lo que ni a la señora ni a las amigas y a ninguno del bar le quedó claro si el jubilado aclaraba, contextualizaba, explicaba o confundía más el asunto de las ovejas.
 Beatriz es la hija de Betty y Jeny en realidad se llama Jenifer Maria Clara, es la chica de la ORA. Ésta en el barrio no tiene ninguna simpatía, sobre todo cuando se la ve mirando los coches aparcados y tomando notas, pero desde que las dos se supieron de Podemos, se hicieron uña y carne. Juntas esperaron pacientes y expectantes para entrar en ARCO; del brazo recorrieron los pasillos; a la vez entraron y salieron de los stands; ambas disfrutaron y se dijeron sentir el arte; las dos se confesaron no entender muchas cosas; una y otra descubrieron que les gustaba lo que veían y que tenían más cosas en común que la política y la edad.
Coincidieron en observar que en las galerías, es decir, la gente que anda alrededor, quizá artistas, acaso dueños, o clientes o representantes o amigos, era gente elegante.
-Elegante y guapa.- Corroboró Jeny.
También observaron que en los pasillos, mirando, admirándose o exhibiéndose había muchos tipos con barba. Barba larga y cuidada, pelo corto bien rapado, también elegantes.
-Son hípsters.
-¿Eso qué es?.
A Beatriz le gustaron sobre todo las fotografías, igual las urbanas que las de paisajes. A Jeny lo que más le impactó fueron los cuadros grandes. Su atractivo parecía estar siempre en relación a las dimensiones de su propia casa. Y por esa regla de tres solo le podrían caber los pequeños y de estos, pocos. Hubo más coincidencias: colores, formas, acabados, provocaciones, en las que coincidieron, en las que se pararon. Y como ambas se confesaron enseguida que no entendían y por tanto no se atrevían a decir qué era bueno y qué no, eso sirvió para profundizar en su amistad y para disfrutar la visita. Rieron, admiraron, se asombraron, dijeron “qué tontería”, o, “vaya mierda”, o “alucinante”.
-Vamos a ver las bragas- Oyeron de pronto decir a alguien.


Y se pusieron a buscar. Les daba corte preguntar, así que recorrieron pasillos, entraron en galerías que ya habían visto, y se las encontraron cuando estaban a punto de irse. Un cuadro grande, rojo, armado con un centenar de bragas en círculo, de todos los estilos, tamaños y formas. Jeny leyó el nombre de la autora, Pilar Albarracín, y Beatriz no entendía por qué la gente se hacía fotos delante del cuadro. La chica de la ORA quedó decepcionada con la obra, le gustó mucho más, como para llevárselo a casa, dijo, un cuadro que estaba próximo, grande, de la cara de una mujer con sombrero rojo, de Alex Katz. A la hija de Betty lo que más la impresionó fue una escena compuesta por un hombre y varias mujeres desnudos y como amenazantes, con cuchillos largos, de  Enrique Marty.


Ellas volvieron al bar con una sobredosis de arte y los parroquianos quisieron saber qué habían visto. Pero ninguna supo explicarlo y se atropellaron cuando lo intentaron. Que había cosas que se veía que estaban curradas, es decir que se notaba detrás un esfuerzo; también cosas que molaban mucho; y gilipolleces, o sea que no las pondría en mi casa ni loca; pero muy interesante todo; y cantidad de gente a pesar de los 40 euros dela entrada.
-Lo que no entiendo del todo es lo de las ovejas. Razonó Honorio

martes, 24 de febrero de 2015

Blázquez


-Vengo de despedir a Blázquez. Dice el viajero a Betty
La mujer deja los vasos, se seca las manos, se aparta el pelo de la cara, se acoda en la barra y escucha.
Blázquez era el más fuerte, el más grande, el más veloz. Ganaba las carreras de atletismo y metía goles como jugador de balonmano. Formaba parte de un casual grupo de niños inocentes, asustados, listos y pueblerinos que se juntaron con once años y convivieron en el internado hasta los dieciséis. Unos becarios, otros no, todos se fueron descubrieron dentro de aquellas paredes encaladas al lado del río. Crecieron sin darse cuenta, aprendieron, espabilaron.
Luego pasaron casi cuarenta años y apenas llegaron noticias aisladas de qué fue de los componentes de aquel grupo. Quien siguió, quien se perdió. Y de pronto alguien tuvo la idea de reencontrarse. Los teléfonos, correos electrónicos y WhatsApp ayudaron y quedó organizada una comida en el pasado mes de septiembre. Un encuentro de reconocimiento, entre la expectación y la duda, entre el para qué y el quizá: todos habían cambiado. Ni se reconocieron al principio. Aunque a medida que transcurrieron los primeros apretones de manos, los asombros, el aperitivo, el menú compartido, los breves discursos en los que cada uno resumía qué había sido de su vida, se podía ir comprobando que no habían cambiado tanto. Eran los mismos chicos inocentes y listos, tal vez menos asustados, quizá no tan pueblerinos. Se habían convertido en médicos, profesores, funcionarios, empresarios del campo, periodistas, comerciantes o regentaban restaurantes o eran músicos. Y cada uno era lo que de alguna manera se tenía que haber visto entonces. Como si una cierta lógica demostrara que cada cual había acabado siendo lo que apuntaba por más que todos parecieran igual de perdidos. Además, fijándose bien, más allá de los evidentes cambios físicos, cada uno se reía igual, o era igual de avispado o miraba igual o era igual de torpe que en aquel tiempo
Blázquez había vuelto al pueblo y parece que se organizó bien. Estaba contento con la vida, con el trabajo, con la familia, y no tenía motivos para quejarse si no fuera por la maldita quimioterapia. Llevaba un tiempo y le quedaban algunas sesiones más. Hablaba sereno, tranquilo, cachazudo, sin miedo. Y enseguida preguntaba detalles de la vida de los otros. Curioso, solidario, encantado de saber qué hizo cada uno. Si estaba bien. En la foto del grupo de diecisiete aparece a la izquierda, en la segunda fila, sonriente, camisa de cuadros blancos y azules, las manos en los bolsillos.
El 16 de febrero el grupo de WhatsApp dio la voz de alarma: Perdemos a Blázquez. Oncología, planta 4ª, habitación 488. Pasó una semana escasa. Cada día estaba un poco peor a pesar de su fortaleza, de aquella fortaleza del más grande. Sedado y sin dolores, le reconfortaban las llamadas de aquellos chicos que se habían hecho grandes después de cuarenta años. Decía su mujer que se acordaba de todos, que reconocía a todos. Cogía el teléfono y contaba cómo fue su Nochebuena, en el hospital, y su Nochevieja, en casa. Repetía que estaba bien, que no tenía dolores. Y todos se iban alegrando de que no sufriera
La iglesia del pueblo estaba atestada, el camino hasta el cementerio fue una procesión multitudinaria, se trataba de acompañar en su último paseo a un buen tipo que se ha ido demasiado pronto. Una de las coronas de flores rezaba: “Tus compañeros del Fabrés”
Blázquez tiene hoy una mujer apenada y dos hijos llorosos, uno de ellos clavado a él. Idénticos. Lo miras y aunque triste ves la cara de aquel chico grande, bueno, y un poco menos asustado que el resto.

Los chicos del Fabrés abrazaron a los tres, los tres agradecieron las atenciones, el haberlos acompañado. No, ha sido Blázquez quien los ha acercado, quien los ha unido, quien ha sacado sensaciones y sentimientos que no sabían que estaban.

jueves, 12 de febrero de 2015

Filtrador profesional


Entra agitado, con prisa, con la corbata naranja, el abrigo sobre los hombros del traje azul, las orejas disparadas -más si cabe- las gafas de pasta cuadradas, un rizo rebelde sobre el cuello, un gorrito para el agua cuando no va a llover, quizá para pasar desapercibido, y lo que parece ser una sed infinita. Antes de contar los tres pasos que separan la puerta de la barra, Betty ya ha dispuesto un vaso con un hielo y una Mirinda.
Él toma la botella y la vacía casi de un trago, mientras con un gesto de la mano pide otra a la mujer tras la barra. Esa segunda Mirinda es la que escancia en el vaso con un hielo dispuesto en la superficie de aluminio.
Los dos guardaespaldas con su pinganillo se quedan a la puerta, custodiándola. De hecho la franquean para que el zapatero salga de estampida, como hace cada vez que aparece el ministro por el bar. En el televisor sale la imagen de Montoro, de modo que resulta una cierta perversión que la misma figura, la misma corbata y el mismo personaje se encuentre en la pantalla y al mismo tiempo apoyado la barra del bar de Betty. Como un truco de un prestigiador caprichoso.
-Hay que joderse.
Honorio da un codazo al aire, porque el zapatero, su par, hace treinta segundos escasos que ha salido a escape, como cada vez que entra el Gollum del gobierno. Acaso no se da cuenta de que se ha marchado o no quiere dársela, por despiste o por interés, el caso es que se pone a hablar en voz alta. Muy alta. También puede ser que tenga apagado el sonotone, o puesto el volumen la mínimo, cosa que hace con ostentación cuando algo no le interesa. La cuestión es que el jubilado de las chanclas y los calcetines de colores intercambiados habla como si diera un mitin, declamando en una suerte de imitación de Fernando Fernán Gómez en el Viaje a ninguna parte. Señoritoooo.
-Menuda semana que lleva este.
Hace aspavientos y podría parecer que no se sabe a quién se refiere si a la imagen de la tele o al hombre de la barra que toma su refresco. Pero acaso se trate de una ambigüedad calculada por parte del viejo, puesto que habla de éste y no de ése. El negocio es  hablar de Montoro pero sin dirigirse a él, castigándolo con el látigo de la indiferencia.
-Los del cine, que baje el IVA y él contesta que no ha ido contra el IVA de la cultura. Con el Monedero, ese no veas, filtrando que si tiene que si no. Con los inspectores de Hacienda, cabreados. Si es que no para de hacer amigos
-Cumplo con mi deber señor mío- Dice el ministro sin mirar a Honorio, como si fuera una reflexión en voz alta, como si le devolviera el feo..
-Sera el deber de su partido. No te jode. El deber del IVA, los de la lista esa del banco suizo. Aqui solo pagan los de siempre. Los amigos de estos, ni uno.
Lo de Honorio es provocador. Acciona con los brazos, engola la voz, la eleva como si anduviera irritado. Se dirige a la imagen de plasma con alarde, ignorando ex profeso al de la barra, como si fueran cosa distinta.
Montero quiere explicarse e intenta organizar su discurso. Debe pensar que el bar de Betty es el parlamento y que le han dado el turno de palabra
-Escúcheme usted.
-Cuidadito que aquí no manda ¿eh? No oigo nada, ¿alguien oye algo?
Betty sospecha que Honorio está un poco sobre actuado y le avisa
-No te pases
-Escúcheme usted. Si me va a entender.
Pero Honorio, como un sordo loco, agita los brazos y exagera, dando a entender que ni oye ni piensa escuchar. Quien escucha atentamente es la chica de la ORA, que quiere decir al ministro a ver qué demonios tiene con Podemos. Que los deje en paz, que mire a los verdaderos defraudadores.
Ya se ha dicho que a ella no le cae especialmente bien Monedero, o sea que ella es de Pablo, pero no puede consentir la inquina de un ministro de Hacienda que filtra el nombre de un ciudadano y le amenaza con tomar represalias. Piensa decírselo y sabe que si no lo hace se arrepentirá, que lo tiene delante. Pero no lo dice porque no tiene regularizada su situación personal, ni la nacionalidad ni la residencia. La propia hija de Betty le hace un gesto, al llevarse el dedo a los labios. Así que no dice nada y no se lo va perdonar.
Tampoco dice el portero que, al contrario que el zapatero, él en realidad no tiene nada contra ese señor de los rizos en el cogote que aparece por el par de Betty a conocer la España real, como dijo un día. Así que oye a Honorio, por el siente simpatía, aunque cree que es un exagerado, pero ni corrobora nada ni dice nada al ministro. Tampoco lo mira, no vaya a dirigirle a él el discurso.
La pelirroja no dice nada porque sigue enfrascada en su lectura, así que ni sigue la perorata de Honorio ni las explicaciones del ministro.
El taxista por su parte mira el vaso vacío, puede que busque en su fondo el sentido de la vida. Paqui está en silencio, sentada en un taburete, las uñas un poco descascarilladas, el pelo rubio con falta de una visita a la peluquera, el bolso colgado de su codo, el rímel bien perfilado. A prudente distancia del taxista.
Betty los mira. Esta mañana no le interesa el discurso de Honorio, mucho menos el del ministro. Solo está atenta a que el jubilado no se pase porque ha de velar por la filosofía del bar. Un bar debe estar abierto, acoger a quien pase para beber o para decir o para hacer tiempo. Un bar no tiene que ser un sitio acogedor, que todo el que entra esté a gusto. Eso lo sabe porque es una profesional. A todo cliente, un respeto, tanto los de confianza como los que no. Así que está pendiente de que Honorio no se pase. Pero lo que ella mira es el espacio que hay y no hay entre el taxista y Paqui. No va a preguntar, pero sabe que cuando la cadena se rompió en la Marcha del Cambio, la rubia y el taxista siguieron juntos. Ese eslabón no se soltó, aunque ahora, mientras el ministro y su imagen televisiva parlotean, parezca que hay una distancia insalvable.
-Permítame usted- Intenta decir el ministro.
-Qué coño voy a permitir yo. Dice Honorio
Y como un resorte, como si hubieran sido llamados, aparecen los dos guardaespaldas que se colocan en posición de combate –defensa o ataque- al lado del ministro.
-Tranquilos, señores.
En la pantalla del televisor un diputado a la salida del Parlamento dice a un micrófono que el ministro es un filtrador profesional. Que filtra a conveniencia de sus intereses. 

domingo, 1 de febrero de 2015

Veinte y los de Podemos


 A Betty le hizo gracia un cartel que decía “Nos enterraron sin saber que éramos semillas”. A la hija de Betty le gustó todo: “Está hoy en Madrid media España”, dijo. El zapatero se pone malo cada vez que oye lo de: “PSOE, PP, la misma mierda es”, y le volvió a pasar; Honorio miraba encantado y sonriente desde sus gafas de culo de vaso: “Como todos sean de Podemos, arrasan”. A la pelirroja, el libro guardado en el bolso y un gorro de lana tapando rizos y orejas, se la oyó gritar con fuerza: “Si se puede”. El taxista miraba con curiosidad, aunque sin decir nada. Se sumó al grupo sin dudarlo y caminaba como si buscara a alguien en la masa que se movía en los alrededores de Cibeles y subía por Alcalá.
Había sido la hija de Betty quien informó de la Marcha del Cambio. “Eso qué es”, preguntó el portero, dispuesto siempre a completar la información. La chica de la ORA lo explico desde fuera de la barra, porque también está en Podemos. De hecho, desde que descubrieron las dos militancias y pertenencias, se han vuelto íntimas. Las dos fueron aportando detalles y se puede decir que los habituales del bar fueron los mejor informados, tanto de la organización de la marcha como de las intenciones. La camarera no hablaba de otra cosa y cada vez que aparecía una noticia o una imagen subía el volumen del televisor con su mando a distancia. Y la colombiana aportaba lo que se le olvidaba a su correligionaria. Las dos jóvenes se han hecho muy amigas y ambas parecen estar igual de entregadas a la causa. Aunque a la vigilante le guste más Errejón y a la bodeguera mucho más Pablo Iglesias. Coinciden ambas también en que Monedero no cae bien y en que hace o dice cosas que perjudican. También convienen en que Alegre es blando y Bescansa tiene algo de antipático.   
Y así llevan un tiempo midiendo atractivos, y mensajes, y estrategias y puestas en escena e importancias. Uno de los de la Telefónica les dijo un día que se estaban liando, que el que valía realmente, el de mejor cabeza de todos, era el de la silla de ruedas, “pero lo han dejado de lado”. Pero ellas hacen caso omiso a otras preferencias que no sean las que las unen y así han ido asentando su amistad y su militancia política. De hecho la chica de la ORA a veces se queda a dormir en casa de la hija de Betty, o sea justo encima del bar, que es donde vive Betty.
Cuando las dos hablan de los líderes de su partido, Honorio les dice que lo hacen como si fueran clientas de la peluquería de Loli. “Los vais a sacar en las revistas del corazón”,  porque se centran mucho en estéticas, en maneras de hablar, en atractivos. Incluso suelen comentar las relaciones sentimentales de cada uno. "No le pega Tania". La señora que prueba suerte en la tragaperras sin hablar con nadie dijo un día ”son todos iguales”. La pelirroja suele sonreír mientras lee, no se sabe si por lo que está leyendo o por los comentarios de Honorio antes las preferencias de las dos de Podemos.





Fue Honorio quien propuso ir todos juntos a la Marcha del Cambio. Es verdad que Betty últimamente se anima mucho a salir y manifestarse, así que cuando ella dijo, vamos, todos se  apuntaron. Por el tirón de la propia Betty, por apetencia, por novedad, por indignación, por militancia, por rabia... Y porque el sábado 31 de enero, “por descanso del personal”, el bar estaría cerrado. “Si el bar se cierra, qué vamos a hacer”, dijo el zapatero. Durante la semana estuvieron preparando la cita. La hija de Betty decía que tenía que atender a sus alojados. Así dijo: “a mis alojados”, porque había ofrecido la casa de su madre, o sea la suya, para que se alojaran algunos de los que llegarían a Madrid en autobuses. “Como venga Montoro, lo llevamos”, avisó el jubilado Honorio. Pero justo esa semana el ministro no apareció por el bar.
Del bar de Betty salió hacia el metro un grupo compacto y ruidoso, liderado por la propia Betty y Honorio. Junto a ellos la hija de Betty y la chica de la ORA, sus tres alojados, el zapatero, el portero, los de la Telefónica, el de la Cocacola, la pelirroja, el de la Caja, ahora Bankia, dos chicas de la peluquería de Loli, el taxista, Paqui, la mujer del portero y el Chispas, este hablando con las peluqueras y sin cambiar palabra con sus padres. Antes de ponerse en marcha el grupo, Honorio le dijo al bancario que se quitara la corbata, “donde crees que vas”. Y el de Bankia la guardó en el bolsillo del abrigo.


Los veinte manifestantes llegaron a La Cibeles cuando la multitud ya había ocupado calle, aceras y parterres. Se quedaron mirando la masa de cabezas que se movía lentamente, las pancartas, las músicas, las voces, los dibujos de tijeras recortadoras: “Si se puede”, “2015 empieza el cambio”, “Políticos, el pueblo está despertando”, “Esta marcha empieza en Cibeles y acaba en Moncloa”,  “El pueblo unido jamás será vencido”, “Luego diréis que somos cinco o seis”, “Esto  no hay quien lo pare”, “Sí se puede”, “Es ahora”, “No nos representan”, “La casta, enemiga del pueblo”, “Unidos sí podemos”, “Somos más”, “Hay que echarlos”, “Pablo presidente”, “El viento del cambio”, “Hay que soñar”. El grupo de Betty dudó si entrar en la marea, si seguir mirando, si aplaudir. Como si llegar allí hubiera necesitado un consenso, y luego una decisión. “Y ahora qué”.
 “Aquí nos vamos a perder”, apuntó el portero. Y Honorio habló de agarrarse del brazo para ir todos juntos. A todos les pareció bien y se anillaron. La casualidad hizo que Paqui tomara del brazo al taxista, lo que provocó que Betty y Honorio y el portero se miraran con intención. Marcharon apenas veinte pasos y la cadena que formaron los veinte quedó hecha añicos. Intentaron recomponerla, pero fue imposible. “Nos vemos en Sol”, acertó a decir Honorio, junto a Betty. La masa se tragó a los eslabones que quedaron rotos. Algunos consiguieron seguir juntos: La hija de Betty y la chica de la ORA con sus hospedados. La pelirroja con el Chispas y las peluqueras... Dicen que Paqui no soltó el brazo del taxista en todo el recorrido, y que este no hizo nada por soltarse; que llegaron a Sol juntos y que sin oír a los líderes se fueron juntos.

El domingo por la mañana sí abrió Betty el bar. Bajaron a desayunar Honorio en chanclas, el portero y el zapatero. Los cuatro se fijaron en el lugar donde el taxista suele mirar ensimismado el fondo de su vaso, vacío.
En la tele del bar de Betyy hablaban de lo que cobra Monedero y de la beca de Errejón.