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jueves, 8 de septiembre de 2016

Monólogo de Rafahernando

En el bar de Betty los parroquianos están tan golpeados por la ola de calor como en el resto del país. La hija vaporiza el ambiente cada rato, pero no consigue sino aumentar el sudor y que Honorio le diga con sorna que no lo moje más. Los ventiladores que han colocado en las cuatro esquinas apenas mantienen una barrera que se derriba en cuando alguien abre la puerta metálica de la calle.
En esto que quien entra es Rafahernando. Los presentes bastante tienen con el calor de ese septiembre como para alterarse por el recién llegado. Además, no son gente fácilmente impresionable. Llega realmente acalorado, pide un sol y sombra con hielo, lo engulle sin que apenas haya hecho efecto el hielo, se limpia la boca con el dorso de la mano y se encara con el portero.
Los brazos de la camisa arremangados como un chulo de barrio rico, o como el comercial aguerrido que sale cada mañana a la jungla de las calles. Cerca del codo, perfectamente dobladas las mangas, la corbata suelta como uno que vuelve de juerga, sudando la gota gorda de esta calorina de septiembre. Sorprendido del poco efecto causado, grandes manchas en los sobacos, le apunta con el dedo.
Le habla directamente, salpicándolo con una lluvia de saliva como esputos. Y habla el portavoz, con tono de mitin, aunque en realidad esté ensayando un monologo, de que Podemos  “tiene las manos manchadas de dólares de regímenes tiranicidas y liberticidas". Y sin apenas pausa, añade que Pedro Sánchez está haciendo el ridículo, ”vaya uno al país que vaya de la UE no entienden lo que está haciendo el PSOE”. Y le digo una cosa, “cada vez estamos más cerca de que se rompa definitivamente España”.
-Que es lo que quieren algunos. Un sol y sombra con hielo, por favor.
Si no fuera porque apunta de manera agresiva con el dedo y salpica con su boca con espuma en las comisuras, pudiera parecer que está ensayando un discurso, un argumentario o un mantra.
La chaqueta al hombro, los brazos remangados, la corbata descorbatada, un palillo en la mano que pone entre los dientes cuando quiere liberar el dedo que apunta al portero. Es como si quisiera adaptarse a un paisaje que por otro lado demuestra desconocer por completo. Quizá hace tiempo que no pisa la calle, desde luego en el bar de Betty es como un extraterrestre, con y sin palillo, arremangado y sin arremangar.
El viajero observa en silencio, en la esquina, junto a la pelirroja que ha cerrado su lectura pero tampoco escucha a Rafahernando. El amigo de Honorio se mete la cara y el pecho, no siempre en ese orden, en el ventilador colocado en el centro de la barra. Dos que trabajan en la línea 1 del Metro, miraron un segundo de reojo al recién llegado, pero siguen a los suyo. El zapatero lleva ya rato con la tarea inútil de abanicarse a sí mismo con la mano. Los del bar de Betty no dejan deslumbrar fácilmente, y menos con Rafahernando. Bastante tienen con pedir que suban el aire.
-¡Que está a tope¡ pesado.
El taxista no pide nada, sigue mirando al fondo del vaso vacío. Mucho menos le interesa lo que haga o diga el político faltón. Paqui está a su lado, en silencio. De acuerdo con él también en esto. La hija de Betty está en la cocina. Se asomó un segundo a la puerta, vaporizó una vez más, pero no ha vuelto a salir.
Rafahernando pide otro sol y sombra con hielo, que también engulle antes de que hielo empiece a hacer su efecto. Se echa la chaqueta al hombro, como si fuera a marchar tras la cabra de la legión. Y habla de Venezuela, esta vez también salpicando e igualmente señalando con el dedo, como si fuera una pistola, al pecho del portero.
Éste, acostumbrado a adoptar una actitud de cierta docilidad, como darle la razón a todos los vecinos, defiendan lo que defienda, acusen a quien acusen, se encoje de hombros. No es que se achante, pero dado el brío del portavoz, podría parecerlo. El que toma partido y la palabra, es Honorio, no se sabe si por echar una mano solidaria al portero o porque le tiene ganas al portavoz del partido, el guardaespaldas del presidente del Gobierno en funciones.
-¡Pero a él qué le dice¡.
No le falta razón al jubilado de las chanclas, hoy sin calcetines dada la ola de calor. Y le hace ver que no entiende cómo se dirige, con semejantes de maneras de matón, como si estuviera advirtiendo a Rivera en el Congreso, al pobre portero.
-Perdóneme usted.
Eso dice, y sigue apuntando con el dedo, no se sabe bien ahora si a Honorio o al portero. Lo que viene a explicar Rafahernando, más o menos, que sigue pareciendo un chulo de barrio venido a más, es que no tiene nada contra el portero, que es su manera de señalar, de expresarse, quizá algo vehemente; que con quien sí tiene es con los bolivarianos de Podemos y con los irresponsables del PSOE.
Betty sirve en silencio los sol y sombras con hielo que va pidiendo y mira con sonrisa cómplice a la pelirroja, al viajero, a Honorio, al taxista, que le devuelven el entendimiento. Bueno, el taxista, no devuelve.
Honorio entonces da la espalda ostentosamente al portavoz-guardaespaldas y le hace a la dueña del bar, en voz alta, una pregunta retórica.
-Y el exministro Soria, bien, y el PP, también ¿No?
Rafahernando se cree que es su turno, y se lanza, que ese señor “ha tenido una carrera amplia en la Administración y reunía todos los requisitos para el puesto". Nadie le presta atención, pero el sigue diciendo que “les pediría a algunas personas más respeto".
-Parece un vendedor cabreado, porque no le compran sus productos de mala calidad. Dice el zapatero, a quien cae igual Rafahernado que Montoro.
-Joder, por lo menos Floriano dudaba.  

La pelirroja se ríe con la comparación de Honorio.

sábado, 30 de mayo de 2015

A Montoro le llega el efecto Carmena


La segunda Mirinda la toma en vaso largo como si fuera la penúltima en un club nocturno. Agarra el paso con los cinco dedos por el borde, dejando que cuelgue, los codos apoyados en la barra, con corbata pero en mangas de camisa, arremangado. Tras la barra, la hija de Betty seca los vasos, Betty repasa la encimera.
Frente al ministro, Honorio, su amigo y enemigo del mus, el portero, el zapatero que por una vez no se ha ido y se ha quedado como en un duelo a primer disparo, Paqui, la chica de la ORA y un no habitual que va por la quinta copa de coñac. Magno.
-Otra de Magno. Dijo. Y a los señores lo que tomen.
Betty está ducha en tratar con habituales y no habituales de mucho beber, así que sabe cuándo tiene que tomarse su tiempo y no responder inmediatamente al servicio.
Estaban comentando los resultados electorales elucubrando los pactos posibles y los imposibles, como si fueran ellos los que hubieran de firmarlos. En la tertulia había bastantes coincidencias, han ganado todos, un par de ideas encontradas y mucho quórum para pintar las últimas derivas de la ex condesa de Murillo y actual condesa de Bornos.
Que es mala persona, que se le ha ido la olla, que no puede aguantar que no mangonee ella, que ha quedado como el culo, que está rabiando por las esquinas, que quiere montar otro tamayazo, que está salpicada de mierda… eran las premisas que los presentes iban dejando posarse en el suelo fregado del bar de Betty, sin aderezar demasiado ni matizar, con lo que sin desarrollo alguno pasaban a ser conclusiones.
A veces la nota discordante era la del no habitual, el del Magno, que ni conocía los tiempos de exposición y de discusión del bar ni tenía muy elaborado su discurso, ya que pasaba de considerar que la susodicha era muy lista a asegurar, casi al mismo tiempo, que era lo peor: tonta e hija de puta.
No era tenido en cuenta en un ambiente tan festivo y optimista. La hija de Betty y su ya íntima amiga la chica de la ORA llevaban cuatro días de celebración. El zapatero insistía que no había ganado Podemos, sino Manuel Carmena. Y todos le veían su conformismo socialista. A Honorio le dolía lo de Izquierda Unida, y a su amigo no estando el mus por medio, lo que dijera Honorio. El portero, dado su trabajo, tenía claro que su aspiración era la equidistancia, así que ni siquiera en el bar se pronunciaba. Y cuando el sentir general  disparaba sus salvas contra la lideresa que se desquició en sus últimas elecciones, se limitó a asegurar: a saber. Paqui no se quería meter en líos pero dejó muy claro desde el principio que a ella la señora Carmena le parecía una señora.
A todos les extrañó, y no dejaron de manifestarlo entre tanto comentario político, de pactos y de ofensas, que el taxista no hubiera aparecido. Miraron a Paqui sin decir nada, pero ella no aclaró: se encogió de hombros.
En esas estaban cuando llegó Montoro. En mangas de camisa como si fuera verano, solo, los rizos pegados al cogote y sonriente.
-Pues no sé de qué se ríe, con la que le ha caído. Lo dijo el zapatero sin dirigirse al él, pero con ganas de ser contestado.
La primera Mirinda la tomó a morro, como si llegara sediento, sin respirar. La segunda ya la vació sobre los hielos del vaso de tubo. Fue cuando se acodó en la barra, satisfecho y displicente.
Fue la chica de la ORA, exultante por la amistad de la hija de Betty o por el resultado electoral, la que se dirigió a él para decirle que le parecía haber oído que ahora estaba a favor del cine.
-En efecto, señorita. Pero es que yo siempre he estado a favor del cine español. Nadie duda de que el cine ayuda a impulsar la Marca España.
-¿Pero qué dice este hombre ahora?
-Lo que oye. La industria cinematográfica española es un sector que tiene un gran relieve a nivel internacional.
-Por eso la han perseguido ustedes.
-¿Como que perseguido?. Aquí nadie ha perseguido a nadie. Al contrario.
Fue cuando la hija de Batty dijo que eso era el efecto Carmena, que ya se empezaba a notar. Todos, en su ánimo optimista, rieron la ocurrencia. Su amiga corroboró: afirmó que el ministro teme a Manuela y por eso se pone la piel de cordero y empieza a hablar bien del cine.

Montoso no oye la reflexión.  Apoyado en la barra sobre los dos codos y en una pierna doblada, guarda equilibrio de flamenco, balancea su trago largo de Mirinta y mira a lo lejos, a través de la puerta abierta del bar, como vislumbrando un tiempo nuevo.

miércoles, 13 de mayo de 2015

PROHIBIDO HACER CAMPAÑA

Betty decidió declarar a su bar ZONA LIBRE DE CAMPAÑA. Es decir, que nadie fuera allí ni a repartir papelitos, ni prospectos, ni programas, ni banderitas ni chapas.
-¿Ni a debatir? -Preguntó Honorio
-Ni a debatir. Después de lo visto, ni a debatir ¿O te crees tú que debaten?
Y explicó que iba a poner un letrero grande: en lugar de decir, como se decía antes, Prohibido blasfemar, pondrá Prohibido hacer campaña. Ni para elecciones municipales y autonómicas ni para las generales cuando vengan. 
Y lo puso. En la pizarra que está junto a la máquina tragaperras escribió en letras mayúsculas: PROHIBIDO HACER CAMPAÑA
Lo decidió tras asistir, pasmada desde detrás de la barra, a la pelea, física, del de Podemos y el de Ciudadanos, tras los insultos entre el del PSOE y el del PP y de la bronca entre dos de Izquierda Unida que llegaron juntos y se fueron separados. Todo la misma mañana.
A las 9 de la mañana del lunes entraba por la puerta del bar un chico joven cargado con un taco grande de folletos y una mochila que lo derrengaba. Sobre la barra, los churros dispuestos, algunos cafés humeantes; junto a ella, los parroquianos, los habituales y otro no habituales. De los primeros, Honorio, su amigo del mus, el zapatero, la chica de la ORA, el taxista mirando su vaso ya vacío, Paqui jugando en La tragaperras, los dos de la Telefónica que aunque ya hacía tiempo que terminaron con el cableado del barrio se habían querenciado con lo de Betty y el de la cocacola. De los segundos, además de un barrendero, el del banco, dos tipos trajeados, se supone que representantes o comerciales de algo, un hombre con gafas leyendo un periódico, dos peluqueras y una señora con carrito esperando que Paqui dejara la máquina libre
El chico de la mochila llevaba coleta y las mangas de la camisa blanca cuidadosamente dobladas hasta el codo. Entró deseando un buen día a cada uno de los presentes y les ofreció un folleto con la imagen de Manuel Carmena.
En eso estaba cuando llegó el de Ciudadanos. También joven, éste bien peinado y lavado, el pelo corto, cuidadosamente descamisado. Es decir, chaqueta entallada, camisa blanca y con la corbata en el bolsillo. También llevaba carga de folletos y de tarjetas postales,  en este caso en un maletín, y la intención de repartirlos entre los presentes. La foto de las tarjetas era de Albert Rivera
-¿Puedes esperar por favor?
-¿Por qué voy a esperar?
 Y se lio. No se sabe muy bien qué paso exactamente, el caso es que en segundos estaban enzarzados. Uno le decía al otro que les dictaban los tweets desde Venezuela, el otro que era un yogurin pepero y relamido. Lo que no entendió nadie es que se liaran a hostias y el maletín y la mochila quedaron rasgados y por los suelos. Ellos salieron del bar y éste quedé sembrado, y sucio, de medidas impresas de regeneración democrática.
A las 10 el que entró, con traje y corbata, engominado hasta el cogote, fue el del PP. No iba solo. Una azafata como de líneas aéreas del Este lo acompañaba. El daba la mano y ella daba el folleto, sonriendo. Con la cara impresa de Esperanza Aguirre y Mariano Rajoy, que también sonreían. Y llegó el del PSOE, también con traje pero sin corbata. Y se puso a saludar a los parroquianos habituales y no habituales, o por conocerlos a todos o por no saber quienes eran unos y otros. Lo que éste repartía eran chapas con la imagen de Carmona. Cosa que no gustó nada al primero porque dijo:
-¿También aquí vas a venir a tocar los cojones?
Contaba luego Honorio que no quedó claro si lo que molestó al del PP fue la chapa, la invasión de un lugar donde estaba él o la animadversión personal. Porque por los términos que emplearon uno y otro no era la primera vez que tenían diferencias. Uno a otro se llamaron corruptos y miserables.
A última hora fueron dos de Izquierda Unida, conocidos de Honorio, que los llamó pensando que si los otros habían pasado por el bar de Betty por qué no sus amigos. Uno quería hablar con todos los presentes y el otro dijo que era preferible comunicarse de uno en uno. El caso es que llegaron juntos y se fueron separados.
-Se acabó, aquí no entra ni uno que venga de campaña
Fue la sentencia de Betty.
Al zapatero no le gustó la medida de Betty porque considera que no son todos iguales, por lo que no fue justa, pero no dijo nada. Explicaría luego a Honorio que el del PSOE tenía toda la razón en decir lo que dijo. Quiso explicar que su argumento no tenía que ver con que se tratara de su partido y  fuera su sobrino el interpelado por el engominado que se hacía acompañar por la azafata de falda corta.
-Han robado, se han repartido sueldos y empresas. Han desmantelado la Sanidad, han distribuido empresas entre sus amigos. Entienden lo público como un pastel suyo. Y encima le dan la vuelta a la tortilla y dice que es mi sobrino el corrupto. No me jodas, Honorio, que tu sabes que mi sobrino es legar, que no ha hecho otra cosa que trabajar por el barrio.
Honorio apena oía al zapatero y no estaba dispuesto a desautorizar a Betty. Fueron los trabajadores de Telefónica los que hicieron de servicio de orden y sacaron del bar, sin empujones pero de manera firme, a los de los insultos, el del PP y el del PSOE y a los que llegaron a las manos, el de Ciudadanos y el de Podemos. Los de IU se irían solos. No faltó luego debate, que además del zapatero con el PSOE, también la chica de la ORA y la hija de Betty defendieron la causa del representante de Podemos.
-Los únicos que lo tienen claro.
-Sí, como en Andalucía.
-Pero si Podemos no se presenta, que no os enteráis
-Que lo sé de sobra, pero yo me entiendo.
-Me dan ganas de no votar a ninguno.
-Otro apolítico. Así seguirá ganando la corrupción. Hay que echarlos
-Pues yo voy a votar a Izquierda Unida, no puede desaparecer.
-Pues esos sí que están peleados.

Betty se quedó pensando, ante la discusión y la tertulia entabladas, si no debería quitar el Prohibido.



jueves, 12 de febrero de 2015

Filtrador profesional


Entra agitado, con prisa, con la corbata naranja, el abrigo sobre los hombros del traje azul, las orejas disparadas -más si cabe- las gafas de pasta cuadradas, un rizo rebelde sobre el cuello, un gorrito para el agua cuando no va a llover, quizá para pasar desapercibido, y lo que parece ser una sed infinita. Antes de contar los tres pasos que separan la puerta de la barra, Betty ya ha dispuesto un vaso con un hielo y una Mirinda.
Él toma la botella y la vacía casi de un trago, mientras con un gesto de la mano pide otra a la mujer tras la barra. Esa segunda Mirinda es la que escancia en el vaso con un hielo dispuesto en la superficie de aluminio.
Los dos guardaespaldas con su pinganillo se quedan a la puerta, custodiándola. De hecho la franquean para que el zapatero salga de estampida, como hace cada vez que aparece el ministro por el bar. En el televisor sale la imagen de Montoro, de modo que resulta una cierta perversión que la misma figura, la misma corbata y el mismo personaje se encuentre en la pantalla y al mismo tiempo apoyado la barra del bar de Betty. Como un truco de un prestigiador caprichoso.
-Hay que joderse.
Honorio da un codazo al aire, porque el zapatero, su par, hace treinta segundos escasos que ha salido a escape, como cada vez que entra el Gollum del gobierno. Acaso no se da cuenta de que se ha marchado o no quiere dársela, por despiste o por interés, el caso es que se pone a hablar en voz alta. Muy alta. También puede ser que tenga apagado el sonotone, o puesto el volumen la mínimo, cosa que hace con ostentación cuando algo no le interesa. La cuestión es que el jubilado de las chanclas y los calcetines de colores intercambiados habla como si diera un mitin, declamando en una suerte de imitación de Fernando Fernán Gómez en el Viaje a ninguna parte. Señoritoooo.
-Menuda semana que lleva este.
Hace aspavientos y podría parecer que no se sabe a quién se refiere si a la imagen de la tele o al hombre de la barra que toma su refresco. Pero acaso se trate de una ambigüedad calculada por parte del viejo, puesto que habla de éste y no de ése. El negocio es  hablar de Montoro pero sin dirigirse a él, castigándolo con el látigo de la indiferencia.
-Los del cine, que baje el IVA y él contesta que no ha ido contra el IVA de la cultura. Con el Monedero, ese no veas, filtrando que si tiene que si no. Con los inspectores de Hacienda, cabreados. Si es que no para de hacer amigos
-Cumplo con mi deber señor mío- Dice el ministro sin mirar a Honorio, como si fuera una reflexión en voz alta, como si le devolviera el feo..
-Sera el deber de su partido. No te jode. El deber del IVA, los de la lista esa del banco suizo. Aqui solo pagan los de siempre. Los amigos de estos, ni uno.
Lo de Honorio es provocador. Acciona con los brazos, engola la voz, la eleva como si anduviera irritado. Se dirige a la imagen de plasma con alarde, ignorando ex profeso al de la barra, como si fueran cosa distinta.
Montero quiere explicarse e intenta organizar su discurso. Debe pensar que el bar de Betty es el parlamento y que le han dado el turno de palabra
-Escúcheme usted.
-Cuidadito que aquí no manda ¿eh? No oigo nada, ¿alguien oye algo?
Betty sospecha que Honorio está un poco sobre actuado y le avisa
-No te pases
-Escúcheme usted. Si me va a entender.
Pero Honorio, como un sordo loco, agita los brazos y exagera, dando a entender que ni oye ni piensa escuchar. Quien escucha atentamente es la chica de la ORA, que quiere decir al ministro a ver qué demonios tiene con Podemos. Que los deje en paz, que mire a los verdaderos defraudadores.
Ya se ha dicho que a ella no le cae especialmente bien Monedero, o sea que ella es de Pablo, pero no puede consentir la inquina de un ministro de Hacienda que filtra el nombre de un ciudadano y le amenaza con tomar represalias. Piensa decírselo y sabe que si no lo hace se arrepentirá, que lo tiene delante. Pero no lo dice porque no tiene regularizada su situación personal, ni la nacionalidad ni la residencia. La propia hija de Betty le hace un gesto, al llevarse el dedo a los labios. Así que no dice nada y no se lo va perdonar.
Tampoco dice el portero que, al contrario que el zapatero, él en realidad no tiene nada contra ese señor de los rizos en el cogote que aparece por el par de Betty a conocer la España real, como dijo un día. Así que oye a Honorio, por el siente simpatía, aunque cree que es un exagerado, pero ni corrobora nada ni dice nada al ministro. Tampoco lo mira, no vaya a dirigirle a él el discurso.
La pelirroja no dice nada porque sigue enfrascada en su lectura, así que ni sigue la perorata de Honorio ni las explicaciones del ministro.
El taxista por su parte mira el vaso vacío, puede que busque en su fondo el sentido de la vida. Paqui está en silencio, sentada en un taburete, las uñas un poco descascarilladas, el pelo rubio con falta de una visita a la peluquera, el bolso colgado de su codo, el rímel bien perfilado. A prudente distancia del taxista.
Betty los mira. Esta mañana no le interesa el discurso de Honorio, mucho menos el del ministro. Solo está atenta a que el jubilado no se pase porque ha de velar por la filosofía del bar. Un bar debe estar abierto, acoger a quien pase para beber o para decir o para hacer tiempo. Un bar no tiene que ser un sitio acogedor, que todo el que entra esté a gusto. Eso lo sabe porque es una profesional. A todo cliente, un respeto, tanto los de confianza como los que no. Así que está pendiente de que Honorio no se pase. Pero lo que ella mira es el espacio que hay y no hay entre el taxista y Paqui. No va a preguntar, pero sabe que cuando la cadena se rompió en la Marcha del Cambio, la rubia y el taxista siguieron juntos. Ese eslabón no se soltó, aunque ahora, mientras el ministro y su imagen televisiva parlotean, parezca que hay una distancia insalvable.
-Permítame usted- Intenta decir el ministro.
-Qué coño voy a permitir yo. Dice Honorio
Y como un resorte, como si hubieran sido llamados, aparecen los dos guardaespaldas que se colocan en posición de combate –defensa o ataque- al lado del ministro.
-Tranquilos, señores.
En la pantalla del televisor un diputado a la salida del Parlamento dice a un micrófono que el ministro es un filtrador profesional. Que filtra a conveniencia de sus intereses. 

domingo, 1 de febrero de 2015

Veinte y los de Podemos


 A Betty le hizo gracia un cartel que decía “Nos enterraron sin saber que éramos semillas”. A la hija de Betty le gustó todo: “Está hoy en Madrid media España”, dijo. El zapatero se pone malo cada vez que oye lo de: “PSOE, PP, la misma mierda es”, y le volvió a pasar; Honorio miraba encantado y sonriente desde sus gafas de culo de vaso: “Como todos sean de Podemos, arrasan”. A la pelirroja, el libro guardado en el bolso y un gorro de lana tapando rizos y orejas, se la oyó gritar con fuerza: “Si se puede”. El taxista miraba con curiosidad, aunque sin decir nada. Se sumó al grupo sin dudarlo y caminaba como si buscara a alguien en la masa que se movía en los alrededores de Cibeles y subía por Alcalá.
Había sido la hija de Betty quien informó de la Marcha del Cambio. “Eso qué es”, preguntó el portero, dispuesto siempre a completar la información. La chica de la ORA lo explico desde fuera de la barra, porque también está en Podemos. De hecho, desde que descubrieron las dos militancias y pertenencias, se han vuelto íntimas. Las dos fueron aportando detalles y se puede decir que los habituales del bar fueron los mejor informados, tanto de la organización de la marcha como de las intenciones. La camarera no hablaba de otra cosa y cada vez que aparecía una noticia o una imagen subía el volumen del televisor con su mando a distancia. Y la colombiana aportaba lo que se le olvidaba a su correligionaria. Las dos jóvenes se han hecho muy amigas y ambas parecen estar igual de entregadas a la causa. Aunque a la vigilante le guste más Errejón y a la bodeguera mucho más Pablo Iglesias. Coinciden ambas también en que Monedero no cae bien y en que hace o dice cosas que perjudican. También convienen en que Alegre es blando y Bescansa tiene algo de antipático.   
Y así llevan un tiempo midiendo atractivos, y mensajes, y estrategias y puestas en escena e importancias. Uno de los de la Telefónica les dijo un día que se estaban liando, que el que valía realmente, el de mejor cabeza de todos, era el de la silla de ruedas, “pero lo han dejado de lado”. Pero ellas hacen caso omiso a otras preferencias que no sean las que las unen y así han ido asentando su amistad y su militancia política. De hecho la chica de la ORA a veces se queda a dormir en casa de la hija de Betty, o sea justo encima del bar, que es donde vive Betty.
Cuando las dos hablan de los líderes de su partido, Honorio les dice que lo hacen como si fueran clientas de la peluquería de Loli. “Los vais a sacar en las revistas del corazón”,  porque se centran mucho en estéticas, en maneras de hablar, en atractivos. Incluso suelen comentar las relaciones sentimentales de cada uno. "No le pega Tania". La señora que prueba suerte en la tragaperras sin hablar con nadie dijo un día ”son todos iguales”. La pelirroja suele sonreír mientras lee, no se sabe si por lo que está leyendo o por los comentarios de Honorio antes las preferencias de las dos de Podemos.





Fue Honorio quien propuso ir todos juntos a la Marcha del Cambio. Es verdad que Betty últimamente se anima mucho a salir y manifestarse, así que cuando ella dijo, vamos, todos se  apuntaron. Por el tirón de la propia Betty, por apetencia, por novedad, por indignación, por militancia, por rabia... Y porque el sábado 31 de enero, “por descanso del personal”, el bar estaría cerrado. “Si el bar se cierra, qué vamos a hacer”, dijo el zapatero. Durante la semana estuvieron preparando la cita. La hija de Betty decía que tenía que atender a sus alojados. Así dijo: “a mis alojados”, porque había ofrecido la casa de su madre, o sea la suya, para que se alojaran algunos de los que llegarían a Madrid en autobuses. “Como venga Montoro, lo llevamos”, avisó el jubilado Honorio. Pero justo esa semana el ministro no apareció por el bar.
Del bar de Betty salió hacia el metro un grupo compacto y ruidoso, liderado por la propia Betty y Honorio. Junto a ellos la hija de Betty y la chica de la ORA, sus tres alojados, el zapatero, el portero, los de la Telefónica, el de la Cocacola, la pelirroja, el de la Caja, ahora Bankia, dos chicas de la peluquería de Loli, el taxista, Paqui, la mujer del portero y el Chispas, este hablando con las peluqueras y sin cambiar palabra con sus padres. Antes de ponerse en marcha el grupo, Honorio le dijo al bancario que se quitara la corbata, “donde crees que vas”. Y el de Bankia la guardó en el bolsillo del abrigo.


Los veinte manifestantes llegaron a La Cibeles cuando la multitud ya había ocupado calle, aceras y parterres. Se quedaron mirando la masa de cabezas que se movía lentamente, las pancartas, las músicas, las voces, los dibujos de tijeras recortadoras: “Si se puede”, “2015 empieza el cambio”, “Políticos, el pueblo está despertando”, “Esta marcha empieza en Cibeles y acaba en Moncloa”,  “El pueblo unido jamás será vencido”, “Luego diréis que somos cinco o seis”, “Esto  no hay quien lo pare”, “Sí se puede”, “Es ahora”, “No nos representan”, “La casta, enemiga del pueblo”, “Unidos sí podemos”, “Somos más”, “Hay que echarlos”, “Pablo presidente”, “El viento del cambio”, “Hay que soñar”. El grupo de Betty dudó si entrar en la marea, si seguir mirando, si aplaudir. Como si llegar allí hubiera necesitado un consenso, y luego una decisión. “Y ahora qué”.
 “Aquí nos vamos a perder”, apuntó el portero. Y Honorio habló de agarrarse del brazo para ir todos juntos. A todos les pareció bien y se anillaron. La casualidad hizo que Paqui tomara del brazo al taxista, lo que provocó que Betty y Honorio y el portero se miraran con intención. Marcharon apenas veinte pasos y la cadena que formaron los veinte quedó hecha añicos. Intentaron recomponerla, pero fue imposible. “Nos vemos en Sol”, acertó a decir Honorio, junto a Betty. La masa se tragó a los eslabones que quedaron rotos. Algunos consiguieron seguir juntos: La hija de Betty y la chica de la ORA con sus hospedados. La pelirroja con el Chispas y las peluqueras... Dicen que Paqui no soltó el brazo del taxista en todo el recorrido, y que este no hizo nada por soltarse; que llegaron a Sol juntos y que sin oír a los líderes se fueron juntos.

El domingo por la mañana sí abrió Betty el bar. Bajaron a desayunar Honorio en chanclas, el portero y el zapatero. Los cuatro se fijaron en el lugar donde el taxista suele mirar ensimismado el fondo de su vaso, vacío.
En la tele del bar de Betyy hablaban de lo que cobra Monedero y de la beca de Errejón.