Una mirada panorámica, entendiendo los contextos y huyendo de la equidistancia, para entender lo que pasa. -Crónica de los sitios para mostrar una manera de viajar. -Política ficción para mirar lo que hay desde el escenario de un bar de barrio.
viernes, 24 de febrero de 2017
miércoles, 28 de diciembre de 2016
Cuento de Navidad
El bar de Betty estaba atestado. Se encontraban
todos los habituales más los que éstos habían arrastrado: no cabía un alfiler. Todos
apiñados como en un fin de fiesta, como si hubiera tocado la lotería. Los de
siempre y los de algunas veces, y con ellos los familiares, amigos, conocidos y
espontáneos que habían recogido por el camino.
No era el mejor momento para hermanarse,
pero en cuanto Betty contó lo del hijo de Paqui se olvidaron todos los
resquemores y se juntaron todos frente a la barra. El buen ambiente del bar,
con sus bromas, el magisterio de Honorio vigilado por la dueña, las críticas y
las miradas de entendimiento en cuanto aparecía Montoro, se había ido
diluyendo. De hecho se produjo una visita que en otro tiempo habría provocado
hilaridad y condena y sin embargo concitó resquemores tapados.
Entraron juntos los dos Hernando, Pili
y Mili, dijo Honorio. El bar se quedé en silencio y los dos se acercaron a la
barra como dos pistoleros. El del Gobierno con la chaqueta al hombro, la mano
derecha sujetándola como si fuera una percha. Y pidió un Pipermín. El otro, el
de no es no pero luego si, llevaba la corbata suelta, colgando sobre la camisa
blanca como un fular. Pidió una cerveza Sin.
-Eso. Sin chicha. Sin salsa. Sin
huevos. Sin vergüenza.
Es cierto que los parroquianos miraron
en silencio, y atónitos, cómo la pareja pedía, tomaba y pagaba sus
consumiciones -pagó el primero- y se despedía con un, buenas tardes, señores. Y
que apenas se sacó punta a la aparición. Pero la primera consecuencia de la inesperada
visita fue que el zapatero se encaró con Honorio. No le gustó nada el comentario
y le espetó que últimamente le daba mucha caña a los socialistas y ninguna al
PP, que parecía mentira.
Es verdad que, desde la gestora y la
abstención, en el bar de Betty el PSOE tiene mala prensa, y no solo por parte
de Honorio. Aunque eso no era la causa única de las relaciones enfriadas. La
hija de Betty y la chica de la ORA, por ejemplo, ya no viven juntas, hay quien
dice que la primera es pablista y la segunda errejonista. Antes de su distanciamiento
ambas reprochaban al zapatero que los suyos fueran unos vendidos. A lo que el
aludido solía repetir, que sí, pero que si los de ellas se hubieran abstenido
en su momento, hoy no gobernaría Rajoy. Instante en el que solía intervenir
Honorio para indicarle que no fuera iluso, que para los barones eso nunca fue
una posibilidad.
Unos casos y otros habían llevado al
bar unas considerables dosis de mal rollo, que no se resolvía por más que Betty
los pusiera ante un espejo.
-Seguir así. Como siempre. Luego os extrañáis
de que gane Rajoy.
Pero el 28 de diciembre Betty logró que
se olvidaron casi todos los desencuentros y enfriamientos. Dijo que fueran
todos al bar y que llevaran a cuantos pudieran. Al hijo de Paqui le iban a
cortar la luz porque llevaba siete meses sin pagar la factura y ella, Betty,
había decidido que toda la recaudación que se hiciera durante la mañana iría para
esa causa. Así que fueron todos y atiborraron el local. Honorio tomó un vermú y
dijo que le cobraran tres. La pelirroja hizo lo mismo con las cocacolas. El
portero pidió un gin tonic a las diez de la mañana, qué pagó y no tomó. El
zapatero, igual con el vino. Visto el gentío desde fuera y el ritmo de la caja,
pudría parecer que había caído el gordo. Casi nadie sabía ni quien era el hijo de
Paqui -pocos lo habían visto- ni a qué se dedicaba ni cuál fue su desgracia.
Pero sabían de Paqui y de su rubio platino y de sus labios primorosamente
pintados de rojo cada mañana, antes del trabajo.
Mas el milagro del 28 no ha sido la
solidaridad de tanta gente, ni la recaudación lograda, ni siquiera que la
convocatoria y el motivo sirvieran para que se abrazaran los desencontrados, ni
que alguien pidiera Pipermin. El prodigio de este cuento fue el taxista. Los
lectores de este blog saben que permanece en la barra del bar de Betty, cada día,
ensimismado, mirando obsesivamente el fondo del vaso de vino que ha vaciado de
un trago nada más llegar. Que nadie ha logrado sacarlo de ahí. También que algo injusto le pasó con su mujer
a cuenta de Paqui. Que ésta respeta su abstracción y que a lo más que llega es
a ponerse a su lado, no demasiado cerca, sin decir nada. Tanto clientes como
lectores sospechan que lo del taxista es grave y no tiene remedio. Y lo
respetan.
El portento fue que salió de donde estuviera absorto dos veces. Él
fue quien contó a Betty lo que le pasaba al hijo de Paqui y provocó tal cadena
de ayudas. Y cuando la dueña del bar le dijo a Paqui lo que había recaudado
para su hijo, ésta se hizo un mar de lágrimas. Lloraba de manera incontenible
sin saber a quién mirar, a quien agradecer, dando pasos sin compás, alrededor
de sí misma, a punto de caer. Entonces el taxista la abrazó. El bar rompió en
un aplauso cerrado.
sábado, 26 de noviembre de 2016
Marcos Ana, en la memoria de la gente
Fueron todos. Lo propuso Betty y a
nadie se le ocurrió dudar. Echó el cierre y se pusieron en marcha todos juntos,
como cuando las manifestaciones. Del brazo y en silencio bajo la lluvia.
Calándose por las calles de Madrid un sábado, chapoteando por el Barrio de las
Letras, hasta el número 40 de la calle Lope de Vega.
Honorio, desolado junto a su amigo
menos para el mus, fue quien se lo dijo a Betty y ya la dueña del bar se
encargó de ir informando a todos, tanto a los que estaban junto a la barra
como a los que iban llegando.
-Ha muerto Marcos Ana.
-No jodas.
Así se fueron enterando el portero, el
zapatero y su hijo, la hija de Betty y la chica de la ORA, la pelirroja, la
señora que siempre prueba suerte en la máquina tragaperras, Paqui, el taxista
que pareció salir de su ensimismamiento, la rubia del estanco, incluso los dos
de la fibra óptica que al ser sábado en principio no tendrían que estar allí.
Betty le puso un whatsApp al viajero.
Todos conocían a Marcos Ana. O estaban
al corriente de quién era. Lo habían visto alguna vez en el bar en compañía de
otro amigo de Honorio, a quien conocía del Partido, y también sabían de él por lo
que contó el viajero, que lo había tratado o hablado con él. Lo admiraban por
lo que tenía pasado y lo querían por lo que representaba. Su elegancia, la paz
que irradiaba a pesar de la vida que había llevado, su ausencia de rencor, su
esperanza de cambiar un mundo injusto. Se dice pronto, 23 años en la cárcel
franquista, entre los 19 y los 42. Dos condenas a muerte. El preso político que
estuvo en prisión más tiempo y salió, gracias a la ayuda de Amnistia
Internacional, sin odio. Y con 96 años seguía paseando, haciendo gimnasia, acudiendo
a manifestaciones.
Respetaban al poeta y se pasmaban con
lo que les contaba el viajero que había dicho: Agradecía los homenajes y los premios “que están por ahí colgados en
algún sitio, pero para mí era suficiente porque yo he vivido la vida que he
querido vivir y no tengo que sufrir por eso. Desgraciadamente otros compañeros
pasaron también por la cárcel, dejaron allí lo mejor de su vida y luego se han
hundido en un abismo, en el anonimato y nadie se ha preocupado de ellos. Y sin
embargo yo sigo vivo y en la memoria de
la gente”.
Los
parroquianos del bar de Betty lo tenían por hombre íntegro y admirable. Muchos no
sabían que en realidad se llamaba Fernando Macarro Castillo y que lo de Marcos Ana
era seudónimo para escribir sus poemas clandestinos y que tal nombre que le
quedó para siempre lo sacó de su padre, Marcos, y de su madre, Ana. Tampoco sabían
que, tras salir de la cárcel, con tantos años de vida perdida, recorrió el
mundo contando su peripecia y buscando la solidaridad internacional con
los presos del franquismo, que dirigió desde París el Centro de Información y
Solidaridad (CISE) con Pablo Picasso de Presidente de Honor. Sí, que escribió
sus memorias en 2007, que las tituló como uno de sus poemas, ‘Decidme cómo es
un árbol’.
Honorio supo, por la nota que repartió
el PCE que había sido ingresado en el
hospital Gregorio Marañón de Madrid, con pronóstico grave. Y por lo que le contó Diego,
el amigo que cuidaba de Marcos, que se cayó, que se hizo mucho daño en la
espalda y ya en el hospital le encontraron de todo. Ya no salió.
Los dieciséis echaron a andar juntos desde el
mismo bar, agarrados del brazo. Llamaban la atención porque parecía manifestación. Ocuparon casi media
fila del auditorio Marcelino Camacho de la sede
de CCOO de Madrid, donde estaba instalado el velatorio. Se colocaron en
silencio mirando el cuerpo tapado con la bandera republicana, viendo la cara
serena, como dormida. Agradecieron haber llegado con tiempo, porque el
anfiteatro se fue llenando hasta los topes. Llegó un momento en que no podía
entrar más gente. Los del bar de Betty vieron caras conocidas de la política,
el sindicalismo y la cultura honrando la memoria del poeta. Alguien les señaló a Marcos
Macarro, el hijo, que no pudo contener la emoción y recitó Mi casa y mi corazón, uno de
los poemas más conocidos de su padre. Y vieron a la actriz Tina Sainz
que llegó con un ramo de rosas. Y al también actor Juan Diego Botto, que recitó el poema Decidme como es un árbol y hizo que saltaran
las lágrimas de Honorio, cuando dijo de Marcos Ana: “Él es lo que este
país debería haber sido”.
Los del bar de Betty, confundidos entre el gentío, también levantaron
el puño y cantaron La internacional,
mientras veían las fotografías que se iban proyectando de la vida Marcos Ana:
de la cárcel, de sus recitales, de sus manifestaciones.
Volvieron a desandar el Barrio de las Letras bajo la lluvia,
en silencio, cabizbajos. Honorio les levantó algo el ánimo cuando les contó lo que había dicho en una
entrevista: “yo me acuerdo del director de una prisión que era bastante bestia.
Un día me cogió por las solapas, me dijo, pero tú por qué cojones luchas. Y le
respondí, pues, mire usted, yo lucho por una sociedad donde no le puedan hacer
a usted lo que usted me está haciendo a mí”.
jueves, 8 de septiembre de 2016
Monólogo de Rafahernando
En el bar de Betty los parroquianos están
tan golpeados por la ola de calor como en el resto del país. La hija vaporiza el
ambiente cada rato, pero no consigue sino aumentar el sudor y que Honorio le
diga con sorna que no lo moje más. Los ventiladores que han colocado en las
cuatro esquinas apenas mantienen una barrera que se derriba en cuando alguien
abre la puerta metálica de la calle.
En esto que quien entra es Rafahernando.
Los presentes bastante tienen con el calor de ese septiembre como para alterarse por el recién llegado. Además, no son gente fácilmente impresionable. Llega realmente
acalorado, pide un sol y sombra con hielo, lo engulle sin que apenas haya hecho
efecto el hielo, se limpia la boca con el dorso de la mano y se encara con el
portero.
Los brazos de la camisa arremangados como un chulo de barrio rico, o como el
comercial aguerrido que sale cada mañana a la jungla de las calles. Cerca del
codo, perfectamente dobladas las mangas, la corbata suelta como uno que vuelve
de juerga, sudando la gota gorda de esta calorina de septiembre. Sorprendido del poco efecto causado, grandes manchas en los sobacos, le apunta con el dedo.
Le habla directamente,
salpicándolo con una lluvia de saliva como esputos. Y habla el portavoz, con
tono de mitin, aunque en realidad esté ensayando un monologo, de que Podemos “tiene las manos
manchadas de dólares de regímenes tiranicidas y liberticidas". Y sin
apenas pausa, añade que Pedro Sánchez está haciendo el ridículo, ”vaya uno al país que vaya de la
UE no entienden lo que está haciendo el PSOE”. Y le digo una cosa, “cada vez estamos
más cerca de que se rompa definitivamente España”.
-Que es lo que quieren algunos. Un sol
y sombra con hielo, por favor.
Si no fuera porque apunta de manera agresiva
con el dedo y salpica con su boca con espuma en las comisuras, pudiera parecer
que está ensayando un discurso, un argumentario o un mantra.
La chaqueta al hombro, los brazos
remangados, la corbata descorbatada, un palillo en la mano que pone entre los
dientes cuando quiere liberar el dedo que apunta al portero. Es como si
quisiera adaptarse a un paisaje que por otro lado demuestra desconocer por
completo. Quizá hace tiempo que no pisa la calle, desde luego en el bar de
Betty es como un extraterrestre, con y sin palillo, arremangado y sin
arremangar.
El viajero observa en silencio, en la
esquina, junto a la pelirroja que ha cerrado su lectura pero tampoco escucha a
Rafahernando. El amigo de Honorio se mete la cara y el pecho, no siempre en
ese orden, en el ventilador colocado en el centro de la barra. Dos que trabajan
en la línea 1 del Metro, miraron un segundo de reojo al recién llegado, pero
siguen a los suyo. El zapatero lleva ya rato con la tarea inútil de abanicarse
a sí mismo con la mano. Los del bar de Betty no dejan deslumbrar fácilmente, y
menos con Rafahernando. Bastante tienen con pedir que suban el aire.
-¡Que está a tope¡ pesado.
El taxista no pide nada, sigue mirando
al fondo del vaso vacío. Mucho menos le interesa lo que haga o diga el político
faltón. Paqui está a su lado, en silencio. De acuerdo con él también en esto. La
hija de Betty está en la cocina. Se asomó un segundo a la puerta, vaporizó una vez más, pero no ha vuelto a salir.
Rafahernando pide otro sol y sombra
con hielo, que también engulle antes de que hielo empiece a hacer su efecto. Se
echa la chaqueta al hombro, como si fuera a marchar tras la cabra de la legión.
Y habla de Venezuela, esta vez también salpicando e igualmente señalando con el
dedo, como si fuera una pistola, al pecho del portero.
Éste, acostumbrado a adoptar una
actitud de cierta docilidad, como darle la razón a todos los vecinos, defiendan
lo que defienda, acusen a quien acusen, se encoje de hombros. No es que se achante,
pero dado el brío del portavoz, podría parecerlo. El que toma partido y la
palabra, es Honorio, no se sabe si por echar una mano solidaria al portero o
porque le tiene ganas al portavoz del partido, el guardaespaldas del presidente
del Gobierno en funciones.
-¡Pero a él qué le dice¡.
No le falta razón al jubilado de las
chanclas, hoy sin calcetines dada la ola de calor. Y le hace ver que no
entiende cómo se dirige, con semejantes de maneras de matón, como si estuviera
advirtiendo a Rivera en el Congreso, al pobre portero.
-Perdóneme usted.
Eso dice, y sigue apuntando con el
dedo, no se sabe bien ahora si a Honorio o al portero. Lo que viene a explicar Rafahernando,
más o menos, que sigue pareciendo un chulo de barrio venido a más, es que no
tiene nada contra el portero, que es su manera de señalar, de expresarse, quizá
algo vehemente; que con quien sí tiene es con los bolivarianos de Podemos y con
los irresponsables del PSOE.
Betty sirve en silencio los sol y
sombras con hielo que va pidiendo y mira con sonrisa cómplice a la pelirroja,
al viajero, a Honorio, al taxista, que le devuelven el entendimiento. Bueno, el
taxista, no devuelve.
Honorio entonces da la espalda
ostentosamente al portavoz-guardaespaldas y le hace a la dueña del bar, en voz
alta, una pregunta retórica.
-Y el exministro Soria, bien, y el PP, también ¿No?
Rafahernando se cree que es su turno,
y se lanza, que ese señor “ha tenido una carrera
amplia en la Administración y reunía todos los requisitos para el puesto".
Nadie le presta atención, pero el sigue diciendo que “les pediría a algunas
personas más respeto".
-Parece
un vendedor cabreado, porque no le compran sus productos de mala calidad.
Dice el zapatero, a quien cae igual Rafahernado que Montoro.
-Joder, por lo menos Floriano dudaba.
La pelirroja se ríe con la comparación
de Honorio.
miércoles, 27 de julio de 2016
Grándola
El viajero le cuenta a veces y Betty, después
en el bar, comparte con los que medio escuchan o medio parlotean. Luego Honorio
o el portero, o el zapatero o el amigo de Honorio repiten lo oído, y la
historia, y los hechos, se van deshilando, transformando, de manera que puede ocurrir
que se mejore el relato o se acabe tergiversando los hechos.
Lo que entendió Betty fue que el
Alentejo portugués es un paraíso por descubrir y encima tan cerca, al lado; que
tiene playas interminables de arena fina y limpia, que también tiene
acantilados impresionantes que guardan playas recoletas. Y que la gente es
encantadora. Luego también aseguró haber oído algo de unos palafitos como fantasmas
en el barro, de unos lagos separados del mar por una duna respetada, de las
espectaculares puestas de sol, del compromiso cívico de los gobernantes
portugueses para con sus costas, y que todo eso pasa en unos kilómetros al sur
de Lisboa, a la altura de Grandola, la vila morena que cantó José Afonso,
aunque ahora tiene poco que ver como ciudad.
El zapatero, a quien nunca gustaron los
portugueses hasta que llegó el que para él es el mejor futbolista que ha visto
en los campos de hierba, mezcló lo que
le oyó a Betty con su cosecha, ésta sacada de sus convencimientos estéticos y morales y de
la reciente Eurocopa, siempre alrededor del fútbol. Así que aclaró que el mejor
futbolista que había visto es portugués, pero no se llama Ronaldo, sino Joao
Alves y jugaba en la UD Salamanca con guantes negros. Proclamó que los
portugueses son melosos por naturaleza, aunque al ganar la Eurocopa se han
vuelto locos y que Grandola, el pueblo de la canción, se ha muerto. Y añadió por
su cuenta que si a él no le gustaban los portugueses es porque los conocía
bien, aunque era conocedor de su importancia en la historia, el mismo Magallanes
nació en el Alentejo portugués.
Nadie corrigió al zapatero ni le aclaró
que Magallanes era portugués, pero no del Alentejo, que era del norte. Quien sí nació en Sines fue Núñez de Balboa.
Así se entera la gente de las cosas. Lo
que contó el viajero fue lo de la chica simpática que trabaja en la oficina de
turismo de Alcacer do Sal, una de las ciudades más antiguas de Europa, cruzada
por el estuario del rio Sado. La chica portuguesa llenó al viajero de mapas y
de direcciones y le confesó que vivía en Grandola. No lo dijo con entusiasmo, pero
eso no evitó que al viajero le parecía algo mágico y de presumir. Pues no, no
solo no le decía nada a la muchacha, ni la historia ni el paisaje, sino que por
ella no volvería.
-Allí no hay vida ni nada que hacer.
El viajero buscaba una foto tanto como
pisar una tierra de leyenda, la vila morena que inmortalizó José Afonso con su
canción, la segunda señal de que la Revolución del 25 de abril iba adelante.
Hizo la foto, la de un lugar que hoy sestea olvidado. Hay un muro conmemorativo
en el centro del pueblo, en el que está escrita la letra de la canción: una
pared que nadie lee, conquistada por los jóvenes del monopatín.
Los clientes del bar de Betty tampoco
tienen en la cabeza ninguna magia con Grámdola. Solo Honorio se acordó de que
la canción fue prohibida porque el régimen de Salazar decía que era una música
del partido comunista de Moscú y se
convirtió luego en símbolo no solo de la revolución de los claveles sino de la
democracia en Portugal.
Y el viajero no habló nada de la Eurocopa,
tan solo que se veía a los portugueses agolpados en los bares y terrazas. Pero
si dijo de la playa de Comporta, o la de Santo Andres, o de la península de
Troia; o de los palafitos fantasmas de Carrasqueira, esos paseos de madera a
punto de caerse, sujetos por palos y postes en imposible equilibrio, sobre un
barrizal donde quedan varadas las barcas: hasta que sube la marea y los
pescadores salen de faena al estuario de Setúbal. Y contó del payaso de Porto Covo y de la playa
dulce y salada de Vila Nova das Mil Fontes; del efecto imponente que consiguen
las catedrales de piedra, en Zambujeira, o de la puesta de sol en la praia
Fonte del Cortizo. Acercamientos imprescindibles.
Lo que entendió Betty, y lo que más le
interesó, fue oír hablar del paraíso alentejano, de su descubrimiento. Con
Honorio compartió el aplauso por el cuidado de las playas, lo cívico, por la
idea de no explotar los recursos; los aparcamientos suficientes y fuera ellas.
Y la limpieza.
-Vamos, como las del Mediterráneo.
La dueña del bar sabía de lo que hablaba
por había estado allí. No de vacaciones, no. Y dijo que tuvo un novio portugués,
justo de Grándola, anda que, y del que no quiso decir más. Pero aprovechó para
señalar que los españoles tenían que aprender mucho de los portugueses en
muchas cosas. Ahí introdujo el zapatero el nombre de Joao Alves.
Honorio no reparó, ni en el novio ni en
el futbolista: estaba haciendo un discurso que solo escuchaba Betty.
-Los portugueses son más trabajadores
que los españoles y tienen más visión de futuro. Señor mío: si haces una
autovía, pues incluye área de descanso, unos servicios; si tienes una playa
pues cuídala, no mates la gallina de los huevos de oro. Hay que aprender de los
portugueses.
El zapatero preguntó si los portugueses
se acordaban de Joao Alves, y también si Cristiano Ronaldo es un héroe y si Portugal
se paralizó el día de la final de la Eurocopa.
El viajero quiso saber en qué tiempo
estuvo Betty con el novio de Grandola, si le cantó la canción, si estuvo cerca
de la alegría de los claveles.
Pero Betty desapareció por la puerta de
la cocina. Dejó a Honorio con la palabra en la boca y al viajero sin cuento.
lunes, 6 de junio de 2016
Feria del Libro: El youtuber, el niño filósofo y Vaquerizo
Y se fueron en grupo al Retiro, a la Feria del Libro, como a una
escapada cultural, empática y solidaria. La excursión la planteó la hija de
Betty y cuando ésta puso cara de a qué viene eso, la hija le recordó qué ella
había organizado algo parecido cinco años atrás y arrastró a todo el mundo (véase
la referencia pasada en este blog o en
algún antecedente perdido en las nebulosa de la red) Ante lo cual la dueña del
bar no sólo dejó de poner objeciones sino que contribuyó a animar.
Honorio y su amigo íntimo excepto a la hora de jugar al mus se
pusieron zapatillas de deporte, gorra y mochila con botellita de agua. Betty,
con ellos. La hija de Betty y la chica de la ORA amanecieron juntas, también con
calzado deportivo. El zapatero había
pasado a recoger al portero, ambos aparecieron dispuestos y con las manos en
los bolsillos. Los de telefónica, al ser domingo, no aparecieron por el bar. El
taxista, tampoco. Ni Paqui. Nadie especuló si estaría con él o con otro, en
función de lo que hubiera exigido el oficio.
Ahí estaban todos con Betty, cuando decía:
-Eso, allá ellos.
La pelirroja, que había vuelto a leer en silencio sobre el taburete en
la esquina de siempre a pesar de la reforma, se apuntó al oír la convocatoria.
Se presentó con los patines al hombro. Que así aprovechaba, dijo sin que nadie
le preguntara nada, pero por si las miradas de sorpresa.
Fueron todos en grupo, pero pronto se separaron. Cada uno se paraba
ante una caseta, cada cual ojeaba una
portada, cada quien volvía la cabeza ante un famoso, o seguía de largo. Así no
habían avanzado ni veinte metros por el Paseo de Coches y el grupo
se había disgregado. Ni el amigo de Honorio lo seguía. El gentío, el calor sofocante,
la falta de agua salvo los previsores, las terrazas, los puestos de refrescos….
Nada contribuyó a que el grupo permaneciera unido. No fue una desbandada, se fue
deshaciendo como un azucarillo en la aglomeración de la Feria una mañana de
domingo. Como no habían previsto tal fuga, tampoco quedaron para reunirse al
final, ni para tomar un aperitivo ni para volver al barrio.
Aparecieron todos en el bar a la mañana siguiente para reprocharse no
haberse organizado mejor. Y cada uno contó su aventura, consistente básicamente
en deambular sin objetivo y sediento por entre las casetas y entre el masa de
curiosos. La pelirroja, la hija de Betty y Honorio, habían comprado un libro
cada uno, el resto, no. Todos habían visto a quien firmaba. Una misión en teoría imposible si se tiene en cuenta, que
esa mañana de domingo, entre las 12,30 y
las tres, había 277 autores firmando.
Se ve que a la mayoría les llamo la atención
las mismas caras mediáticas convertidas en autores firmando libros. Cada
cola suponía un reclamo, así que veían una y se acercaban: Un famoso
poniendo la firma, un editor embobado con su descubrimiento. Aglomeración que veía
la banda desbanda del bar de Betty, allá que iban, a ver quién era. Apenas repararon
en los escritores que esperaban, pacientes y solitarios, a que alguien se apiadara
de ellos.
En el bar de Betty se resumió la inmersión cultural de la Feria del Libro en apenas cuatro nombres, los más buscas del domingo, los que concentraron
ante su caseta las colas más nutridas bajo el sol de justicia: un
yotuber, un niño filósofo y Mario Vaquerizo.
-También estaba Risto Mejide, Mónica Carrillo, Miguel Ángel Revilla, Maxim
Huerta, Nieves Herrero, Irene Villa....- Repasó la chica de la ORA
-Sí, también la vi yo. Dijo el cartero.
-Yo no- Aportó el portero.
-También había escritores. -Apuntó con intención la pelirroja.
-Pero esos no son famosos- Aclaró con no menos intención Honorio.
‘Ser inteligente no es un delito. Aventuras y desventuras de un joven
pensador’, es la obra que firmaba Álvaro Caba Ciudad, en la caseta 196, el
talaverano de 13 años que lleva ya tres escribiendo un blog y colabora en
diferentes medios. Los paseantes volvían asombrados y dudaban si pedirle una dedicatoria
o invitarlo a un refresco.
Algunos años más tiene el barcelonés Raúl Álvarez
Genes, 27, más conocido como AuronPlay, youtuber deslenguado y torrencial, parece que con millones
de seguidores, que ha escrito un libro sobre su vida. Se titula ‘Auronplay, el
libro’, y se explica en capítulos como: El nacimiento de La Bestia, La forja del héroe, Mis amigas, las hormonas, Te ganarás el pan con el sudor de tus coj…, Celebridad descerebrada, 10 años
después. Es decir, desde la
vida sin Internet, su primer troleo a un profe, su primera borrachera, su
primera novia, las primeras pajillas, los
colegas... Y cómo, de repente, todo cambió el
día que colgó su primer vídeo y descubrió que a la gente le gustaba.
No lo conocía nadie
del grupo del Bar de Betty, pero todos vieron que era el que más gente tenía
esperando, que firmaba sin parar bajo sus gafas negras. “Por favor, abrid el
libro por la página que queréis que os firme y tened preparados los teléfonos
para hacer fotos”, decía uno de los los
responsables de la caseta intentando organizar el tumulto, como había hecho el día anterior.
-“¡Papa graba, papa graba!”, oyó la hija de Betty que gritaba una fan emocionada cuando llegaba su turno.
Parecido poder de
convocatoria, el de Mario Vaquerizo, que en la caseta 296 firmaba ejemplares de
su libro, 'Vaquerizismos', parece que sobre pensamientos y dichos suyos.
La pelirroja apuntó que ella compró un
libro de Martín Caparrós y se fue a patinar.
-¿Ese quién es?
viernes, 15 de abril de 2016
Hacienda offshore
Honorio llegó indignado al bar de Betty. Se le notó nada más entrar
porque lo hizo empujando con estrépito la puerta y prepinando además un portazo para
cerrarla.
-Eh, que la puerta no tiene la culpa-. Reprendió la hija de Betty
El jubilado pidió un café para recuperar el aliento y la
tranquilidad
-¿Qué te pasa?- Preguntó Mariano, su amigo íntimo, salvo para el
mus.
-Calla, no me hables.
El amigo calló, sabía cuándo no debía decir nada y conocía bien que sería el propio Honorio quien hablara en cuanto tomara aliento. Y Honorio inició su monólogo, apenas interrumpido para dar sorbos
cortos a su café que se iba quedando frío con la pasión del hombre indignado.
Se puso a contar lo que le había pasado en la delegación de Hacienda
del barrio. Y se vio pronto que llegaba irritado por lo que le había ocurrido y
por la coincidencia: era el mismo día en que se supo que Aznar hizo trampas con
Hacienda.
Antes dijo, y fue aplaudido por el zapatero, que le parecía
alucinante que ningún periódico, ni El País, ni El Mundo, ni el ABC, ni La Razón
se hubiera hecho eco en la portada de la noticia.
-Son todos iguales, ya no se distinguen-. Aseguró la hija de Betty.
Y su amiga, la chica de la ORA, aprovechó para hacer
comparaciones:
-O sea que si es Monedero lo crucifican todos y en los
telediarios, igual. ¿Y lo de Aznar no es noticia?, qué vergüenza.
-Qué vergüenza de Aznar y del periodismo-. Añadió el zapatero.
El taxista ensimismado no parecía enterarse de lo que se hablaba y
Honorio se limitó a asentir con la cabeza porque ya estaba con su propia peripecia.
Que fue a entregar un papel al registro: una cosa que consiste en que
te pongan un sello para que conste que lo has entregado. Punto. Pues sacó
número... Bueno, no lo sacó él, que hay un funcionario junto a la máquina de
los números y pulsa él, para qué coño sirve la maquina si tiene que tener a un
tío al lado. Pues para esa gestión del registro le tocó el número 25, iban por
el 12 y esperó a que le tocara una hora.
Y a Honorio le dio tiempo a observar a la gente, en la sala de
espera atestada. Como no había llevado nada para leer y no le apetecía darle
conversación a la señora que se empeñaba en hablarle a su lado, se estuvo fijando
y cabreando.
El tipo de la máquina de dar los números no estaba
solo, había otra mujer a su lado, ésta sentada en una mesa que traducía a los
usuarios lo que decía el de la maquina o lo que indicaba otra funcionaria que
estaba tras un mostrador, a unos metros, la cual había dicho a un hombre
latinoamericano, que llegaba con su cita previa, que no obstante pasara a sacar
número. Ahí se liaron un poco el hombre de la máquina y la mujer sentada a su
lado, pero si ya viene con el número.
El hombre sudamericano, tranquilo, colaborador y algo sumiso,
se acercó a la máquina. El funcionario se encogió de hombros y su compañera,
sentada en la mesa, las piernas cruzadas, se erigió en intérprete: miró a su
compañero de los hombros encogidos y a su compañera del mostrador. y le dijo por su cuenta al hombre paciente que ya tenía número de la cita previa, que sí pero que se lo han dado para otra cosa.
-Y que tenía que pedirlo de nuevo.
Y el sudamericano paciente se
atreva musitar lentamente, pero si lo saqué hace una semana, ¿debo esperar otra?
-Y los tres funcionarios se encogieron de hombros.
La sala amplia estaba atiborrada de gente mirando a la pantalla, P1,
19, mesa 1, C43, mesa 2.
Y llegó la chica de seguridad, con sus cartucheras y su porra y sus esposas
colgando, que los que tengan número para la planta 2 suban a la planta dos,
aquí solo los de la planta 1.
La señora sentada junto a Honorio le volvió a sonreír, le intentó
contar que a ella, otro día le pasó lo mismo, que estaba esperando en la planta
uno y era en la dos.
Y de pronto la pantalla se quedó parada
Así que ni C2 ni N2, ni P4. Desde los mostradores iban cantando
los números, pero sin que nadie se aclarase, por el griterío, por la cantidad de
gente, porque unos eran de cita previa y otros del hombre que custodiaba la
máquina expendedora de números.
Una funcionaria salió del
mostrador a encararse con la sala, a decir que si no guardaban silencio nadie
se iba a enterar, y como viera el murmullos de hartazgo se defendió asegurando
que a ella no le hacía ninguna gracia salir a decir los nombres, que ella no
tenía la culpa de que se hubiera caído el sistema.
-La tenderemos nosotros-, parece que dijo Honorio, que
recibió inmediatamente el apoyo de la señora que intentaba entablar
conversación.
Al otro lado de la señora había tres miembros de una misma familia:
la madre y la pareja, a
Honorio no le quedó claro de quien era la madre si de la una o si
del otro, solo oyó lo que decía:
“A esta te juro que la voy a tirar de los pelos. Me ha hecho venir
tres veces la hija puta. Mira que cara de mal follá tienes. Ya el otro día me
quedé con ganas de mandarla a tomar por culo. Hoy como no me acepte el papel le
meto”. Los hijos la intentaban tranquilizar.
A Honorio no le sorprendió ni el lenguaje ni las intenciones
violentas de la mujer ni los valoró, porque iba
cargando su propia indignación y gastando su despensa de paciencia; tanto
por la espera exagerada como por la señora que insistía en conversar.
Desde la 9,15 que llegó hasta las 10. 30 que salió de la
oficina, acumuló todo el cabreo que llevó puesto al bar de Betty. Eso para
entregar en registro un papel.
Bueno pues tenía el número 25, en el 20 volvió a funcionar la megafonía
y la pantalla que mantenía atentos a todos los usuarios cargados de paciencia y
perdiendo su tiempo. Así que puesta en marcha, se puso a llamar al 14, al 15…hasta que se reconpuso.
Cuando se fue el 24 y Honorio pensaba que llegaba por fin, se puso a
hablar la funcionaria con quien parecía ser su jefe. Le planteó un problema
interno de organización, de horario, de otra compañera que se puso mala. El
jefecillo no tenía prisa y la auxiliar, su peloteo fue como lo definió Honorio, tampoco.
Y esos cinco minutos fueron los que hicieron estallar a Honorio. Pero como se
contuvo y esperó, apretada la mandíbula
sin mover un músculo, a que pusieran el sello a su papel, lo pagó con la puerta
del bar de Betty.
Cuando acabó de contarlo, el café se la había quedado frio. Pero parecía calmado, aunque se volvió a indignar con lo de Aznar, y lo del ministro Soria, y lo de Bertín Osborne.
-A esos no le da número el de la maquinita de la oficina, ni sacan
cita previa-. Se solidarizó el zapatero
-El día que vuelva Montoro le preguntas, por qué- apuntó Betty.
-A ver si tiene cojones de volver por aquí.
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