lunes, 10 de junio de 2024

2. Pico de Urbión. un hilo de agua


1.   El desayuno es copioso, rico, y compensa de alguna manera la elemental habitación del Torreblanca. Acopio de fuerzas necesario porque la subida al Pico de Urbión con la intención de pisar el nacimiento del Duero se las trae. Se debe seguir el mismo camino utilizado para subir al mirador de Castroviejo, esa pista asfaltada entre pinos, solo que, al llegar a la desviación, en lugar de dirigirse al roquedal se tira a la derecha, ya sin asfalto, con piedras sueltas y baches, lo que supone un considerable sufrimiento para los bajos del Insignia. Conduciendo con todo el cuidado posible y sobre todo muy lentamente se llega hasta el abrigo Fuente del Berro, y luego el refugio llamado Bunker o Peñas Blancas. Los pinos albares se juntas, se elevan, se retuercen. Unos van hacia las nubes, como si compitieran unos con otros en llegar más alto, otros se enroscan formando figuras imposibles, sus raíces aguantan agarradas a las rocas, como con una existencia inverosímil. Sin apenas tierra, al aire, sin sujeción, aguantando las inclemencias de los vientos y de las lluvias, así sobreviven los árboles de esa sierra. Es fácil seguir el sendero ascendente buscando las pinturas rojas y blancas que ayudan a no perdernos, pero sobre todo a no despeñarnos.



El bastón ayuda a subir y cada tramo, cada trecho ganado a la subida, por entre las ramas del bosque tan denso se ve el mar de pinos abajo y a lo lejos. Termina el bosque y el sendero, con las señales rojas, se mete entre helechos y retamas y piedras rodadas. Atrás el bosque tupido, de pinos de muchas decenas de años, delante un sendero de fácil pérdida que desciende hacia una profunda vaguada, enfrente una montaña coronada por grandes rocas como si formaran una muralla rocosa. Por esa cañada cruza un riachuelo que a veces desaparece y en ocasiones se despeña formando una cascada de juguete, un hilo entre la hierba, a veces un chorro asomando entre piedras rodadas. Pero nunca torrente verdadero. Es el Duero recién nacido, serpenteando entre riscos para buscar al fondo de la ladera de pinos, para descubrir el primer pueblo, Duruelo. Las señales pintadas en los árboles han desaparecido, pero a cambio hay montoncitos de piedras que indican por donde hacer la difícil subida, sendero de cabras, ascendiendo por piedras desprendidas, por pequeñas praderas. A un lado y a otro del costoso camino hay montañas coronadas por gigantes de granito como vigilantes. Al frente, al fondo, se sabe que aparecerá el pico de Urbión. Las nubes se juntan arriba, corren veloces y amenazan con juntarse y provocar una descarga. A ratos el sol brilla, pero por segundos desaparece por el nublado.

A medida que se va ascendiendo por un camino cada vez más estrecho, endeble, y empinado aumentan las praderas, las piedras rodadas, el hilo del Duero se hace más estrecho, o desaparece, para encontrarlo un poco más arriba como en un brote.

Las nubes tapan de pronto tapan el Urbión con un movimiento no por esperado menos sorprendentes. Y empieza a llover con fuerza. En pocos segundos se desata el diluvio, sin posible refugio, golpeando con fuerza, entre el granizo, hostigando. No cabe arrimarse a los huecos de las rocas, a su brigada, porque chorrea. De modo que se empapan las botas, los chubasqueros, el pantalón, los calcetines y evidentemente las gafas. Entre la cortina de agua, como si el cielo se hubiera desbordado, hay que caminar casi a tientas. Eso o quedarse parado, que tampoco es opción porque los hilos de agua se han vuelto torrentes que arrastran tierra y piedras. Como si se hubiera encabritado la montaña y dijera que no admite intrusos.



Con dificultad hemos llegado hasta el cartel que indica las fuentes del Duero, hasta el pico, hasta la cumbre que lleva, al otro lado, hacia la Laguna Negra. Dos horas de subida y empapados en dos minutos. Tras la cortina de agua furiosa se vislumbra, a los pies del pico un refugio natural, una oquedad de la roca, como un puente, pero ya no merece la pena refugiarse si estamos calados hasta los huesos. Ahí se guareció otra pareja viajera, las únicas dos personas que encontramos en la subida al Urbión. El aguacero hace que mil riachuelos se pongan en marcha montaña abajo y aneguen caminos y peñas y riscos. Hasta un minuto antes la fuente donde nace el Duero era un reclamo, una foto que igual podría estar ahí que diez metros arribo o abajo, tras el aguacero todas las laderas confluían y mostraron cómo se forma un torrente desatado en un instante. Las vistas desde lo alto de la cuerda de montes deben ser espectacular, en la esquina de tres provincias y dos comunidades autónomas, pero con el diluvio rabioso de lluvia y granizo el entendimiento apenas da para aguantar la vertical en una ladera empinada, encharcada y peligrosa. Solo queda volver, pensando en cambiar la ropa.



Y a los diez minutos, bajando, huyendo del aguacero, para retomar el bosque de pinos, sale el sol, como si la furia de las montañas hubiera desatado la tormenta con la intención de expulsar a los intrusos. Abajo, en Duruelo, el Torreblanca se muestra salvador para quitar la ropa mojada. Los riachuelos de arriba, insignificantes, se han convertidos en rio que atraviesa el pueblo, sosegado. Sigue sin haber nadie a quien preguntar. Los mozalbetes ya dieron ayer por concluido su partido de futbol a pelotazos y el resto de los vecinos y visitantes no aparecen por las calles vacías.

viernes, 7 de junio de 2024

1. Duruelo de la sierra, el primer pueblo del Duero

 

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Estaba reservada una noche en el Torreblanca por tener un sitio al que llegar. Y el establecimiento resulta una metáfora de la tierra vacía: está en la carretera principal, hay un cartel grande que lo anuncia, pero nadie recibe. El restaurante solo lo abren sábados y domingos, y es lunes. Un código enviado por correo electrónico abre la puerta del edificio, amplio y blanco, la de la escalera de acceso al alojamiento, estrecha, y la de la habitación correspondiente. Un espacio justito, funcional, con un baño aún más justo y media bañera peligrosa. Nada distinto, esperable, a lo contratado desde la web.

A Duruelo se llega desde Covaleda por la Avenida del Duero, que cambia su nombre por calle Nicolas Asenjo, justo donde está el hostal, y es la vía principal que atraviesa el pueblo y conduce a la plaza Alejandra Soria, donde está la oficina de turismo. Pero está cerrada. Ni en la delegación ni fuera de ella hay a quien preguntar.  Tampoco en el ayuntamiento. Delante de él, en la plaza la Cuarta Puebla, cuatro adolescentes dan patadas a un balón. No se pasan la pelota, aparentemente no hay reglas ni plan. Sí hay una pelota medio inflada a la que golpean con fuerza. Así que quizá el procedimiento sea ver quien la manda más lejos o más alto. Pasa un hombre con un mono azul empujando un carretillo. Trabaja de manera indirecta para el municipio, explica que está en obras el Ayuntamiento y por eso está todo cerrado y nos habla con entusiasmo del mirador de Castroviejo y de la Cueva Serena.   Se encarga con amabilidad de indicar cómo se llega.

Una pista, que bordea el pueblo tras pasar un aserradero y las piscinas municipales, lleva al paraje de rocas imposibles, como gigantes caprichosos reunidos, ensimismados, del mirador Castroviejo. Unos siete kilómetros de subida hasta llegar, por medio del bosque frondoso, hasta un aparcamiento de tierra. Una esplanada grande aparece entre los pinos, se trata de la entrada a una floresta de pedruscos impresionantes. Una pradera verde sembrada de piedras colosales, como sarpullidos enormes que le han salido a la tierra para formar una ciudad rara, encantada, fantástica. Hay mesas para los turistas y viajeros y un mirador de madera que se encarama por encima del bosque rocoso, sobre la ciudad encantada. Muy empinado hasta el vértigo, construido sobre las crestas de los gigantes de granito. Desde ahí arriba se ofrece una panorámica espectacular: por debajo de ese mirador de madera y metal se ve toda la Comarca de Pinares, una sucesión de pinos, praderas y pueblos. Duruelo, Covaleda, Regumiel, Quintanar, Canicosa, Navaleno. Hasta donde alcanza la vista una panorámica rica de pinos y pastizales. Abajo, entre los pedruscos, trascurren pasadizos, riachuelos, cuevas y abismos. Un lugar para mirar, para oír el silencio, para detener el tiempo.





Hay carteles en cada cruce de caminos, que este enclave soriano está bien señalizado, así que empezamos a caminar por una pista de tierra, empinada, frente al aparcamiento de Castroviejo, al otro lado de la carretera que se ensancha para permitir un amplio aparcamiento. La idea de llegar a ver lo que muestra esa curva terminada en cuesta, que no hace más que alejar y llevar a una nueva rampa. emboba. Una rampa lleva con esfuerzo a otra porque estamos en el Sistema Ibérico, entre sierras y repechos. La pista nos lleva al Raso de la Cespedilla. Allí un cruce de sendas indica la opción de volver hacia Castroviejo y otra, menos transitable, a la cueva Serena. Hay pintadas amarillas que van guiando. La bajada es abrupta y no hay camino claro, se cruzan arroyuelos y árboles podridos pero la búsqueda del brochazo amarillo ayuda y cautiva. Y buscando la cueva tropezamos con una cuerda larga que se va elevando desde el suelo hasta la cima de otro gigante de granito. Una suerte de tirolina que forma parte de la Via Ferrata, una propuesta deportiva de este rincón soriano.

Las pinceladas gualdas dejadas en las cortezas de los pinos conducen, no sin esfuerzo en la pronunciada bajada, a la cueva Serena que es más un abrigo profundo que una gruta. Una suave cortina de agua la cierra y tiene magia mirar el bosque desde dentro a través de la cascada, tanto como adivinar el misterio que oculta ese tapiz líquido. El espacio que invita a quedarse y dejarse arrullar por el murmullo de ese chorro tranquilo. La pista asfaltada que lleva al aparcamiento o a Duruelo ya está cerca tras esa bajada pronunciada. La noche se ha ido echando encima con el embrujo de la cueva y los gigantes de piedra. Regresando, se comprueba que por las calles del pueblo hay tanta gente como por el día: nadie. Un par de bares vacíos, el mercado cerrado, un bazar chino abierto como única oportunidad comercial, y el Duero recién nacido como testigo de tanta soledad.



Duruelo no es un pueblo pequeño, tiene unos 1300 habitantes, pero no salen o están fuera trabajando. Se reservan para la fiesta y no falta nadie la mañana de Pingar el Mayo.

martes, 26 de septiembre de 2023

El Duero en dieciocho dias

 Desde el pico de Urbión, un hilo apenas visible, hasta volverse mar en Oporto. Paso a paso, piedra a piedra. 


El plan es recorrer el Duero en 18 días, y 18 noches. Pero pueden ser más, o menos, porque no hay plan. Solo está el Insignia, un pueblo donde empezar, Duruelo de la Sierra, un pico, el Urbión, y la disposición a escuchar, observar y entender lo que trae o lleva o aporta o significa ese río en esa España Vaciada. No hay método ni cálculo ni proyecto, quizá desmentir a Gerardo Diego e indicarle que sí que alguien acompaña y baja con el Duero. Solo por ver qué pasa. Se sabe dónde va, a Oporto, pero no a quien encuentra mientras avanza o qué se deja por el camino. Así que habrá donde comer y en qué sitio dormir con ayuda de internet. El resto será improvisación, seguir al río.


domingo, 21 de noviembre de 2021

El olivar de los muertos

 


La ARMH exhuma los cuerpos de siete personas asesinadas por los franquistas

Se llaman Florentino Recio Fernández, Jerónimo Cedillo Zurita, Gabriel Zurita Garillete, Juan Zurita Martín, Domingo Díaz, Pedro Díaz y José María Seseña. Una noche de noviembre de 1936 fueron sacados de sus casas en el pueblo toledano de Recas. Tras caminar dos kilómetros los asesinaron y sus cuerpos quedaron abandonados junto al camino que iba a Villaluenga de la Sagra. Una planicie de olivos.



Unos camineros los encontraron a la mañana siguiente, avisaron de lo que había pasado y pusieron tierra sobre los cuerpos fusilados. Los conocían y por eso reunieron los cuerpos de Gabriel y de Juan, padre e hijo, para que estuvieran juntos. Desde entonces, hace 85 años, se sabía que los siete muertos estaban allí y allí iban sus familias cada noviembre a poner flores.

En el bar de Betty siguen atentos los datos que aporta el viajero, que toma un café recién llegado de Recas. Completa los detalles de la crónica la pelirroja, que ha puesto su coche para viajar a donde el grupo de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) ha exhumado los restos de los siete.

Desde la carretera que va a Recas, a la izquierda, se ve el toldo verde, al grupo de la ARMH, observados por familiares y curiosos, afanados en un cuadrado de poco más de medio metro de profundidad. Raspan la tierra como cirujanos, con cuidado, con seguridad, hasta que aparece un resto que resulta ser un botón o una hebilla o un zapato o un hueso. Después, identifican un cuerpo que puede estar confundido, apilado con otros, y le asignan un número. Lo ponen en bolsas perfectamente etiquetadas. Así irán a las pruebas de ADN.

Sentada en una silla de plástico, resguardada por los coches aparcados del viento frio de noviembre en una mañana soleada, espera atenta Agustina Recio Martin. Es la hija de Florentino Recio. Junto a ella, cuidándola, interpretándola, presentándola, está su hijo Benedicto Sánchez Recio. Han llegado desde Bilbao, para estar en la exhumación. Es ciega, “la pena que tengo es que no puedo veros las caras y a lo mejor mañana os encuentro por la calle y no os digo ni adiós”, pero quiere estar tanto en el descampado que fue olivar como cuando el ADN diga cuál de los cuerpos es su padre. Iba con su madre, Ricarda, a poner las flores o mirar el sitio donde estaban los cuerpos.

-Me decía que no llorara, que no me vieran llorar.

La pelirroja cuenta lo que le paso a las mujeres de los asesinados. No las dejaban acercarse a sus muertos. Por hacerlo las mandaron llamar al ayuntamiento de Recas y allí les cortaron el pelo al cero y les pusieron en la cabeza la bandera nacional.

-Por traer flores. ¿Se puede hacer eso? ¿Son personas?- Pregunta Agustina limpiándose una lágrima del ojo.

La perversión, el odio, la banalidad del mal no tuvo límites. Y Agustina habla de todas las lágrimas que ha derramado durante 85 años, de sus cuatro hermanas que murieron con la pena de no haber sacado a su padre, de las penalidades de su madre trabajando sin cobrar, “solo por la comida” para sacar a su familia adelante.

La noche que sacaron de casa a Florentino para matarlo, Ricarda se encaró con uno de los victimarios: “ya le podías pagar lo que le debes”. Porque el padre de Agustina era tejero y el que se lo llevaba nunca pagó sus deudas. La mujer quedó viuda, con cinco hijos y el pelo rapado. Además, la echaron de su casa y nunca pudo reclamar nada.

Su nieto, Bene, recurrió a la ARMH para que sacaran a su abuelo de la cuneta. Está agradecido, lleva y trae a su madre de Bilbao a Rejas, y anda feliz: “es como si me quitara un peso de encima”. Pero no se le acaban las preguntas. No sabe si la casa donde vivía su abuelo era suya o no, ni por qué el alcalde de Recas pone tantas pegas a quienes quieren conocer la verdad.

-A muchos los mataron para quitarles las tierras y las casas. -Apunta Betty,

-Hay que mirar hacia adelante. Olvidar esas cosas- Dice la señora que mete monedas en la tragaperras.

-Eso es lo que llevan haciendo más de ochenta años, que olvidemos. Tenemos que saber qué pasó y además, quién lo hizo. -Contesta el hijo del zapatero que se ha vuelto habitual del bar de Betty.

 Pide detalles de lo que han visto a la pelirroja y al viajero, y propone visitar el próximo levantamiento de los cadáveres de las zanjas. Quiere saber qué familiares acuden a las exhumaciones, qué clase de gente son los voluntarios de la ARMH.

A la explanada que fue olivar ha llegado la familia de Jerónimo Cedillo. Han llevado a su tataranieta, de apenas unos días: una prueba de homenaje, de fortaleza, de homenaje, del cultivo de la memoria. También está Juan José Zurita del Cerro que honra a su abuelo y a su tío. Y cuenta de los trabajos de la mujer del primero, Dámasa Martín Nieto.

Los voluntarios duermen en un hotel de Illescas y comen unos bocadillos en el suelo, a la vera de la excavación. Entrenados, no los retrasa ni un testimonio, ni el frío ni una pregunta de los parientes, de los periodistas o de los curiosos. Son antropólogos, sociólogos, historiadores, empeñados en una misión justa, digna y necesaria. A todos tienen encantados. Serxio, David, Marco, León, Oscar, Nuria: rascan la tierra, la criban, cepillan un fémur antes de desprenderlo y ponerlo en una bolsa de plástico transparente y cuidadosamente rotulada con el número al que pertenece. Descubren aristas óseas, con una escobilla limpian el polvo aplastado hasta que abren una expresión de espanto, hasta mostrar la postura imposible de unos muertos amontonados, abandonados en una cuneta durante 85 años.

 

martes, 5 de octubre de 2021

Memoria

Betty ha abierto el bar, con mucho miedo. Y con dolor porque ni el zapatero ni el amigo de Honorio van a volver, Se los llevó el Covid. Por ella no habría vuelto, porque el establecimiento no tiene posibilidad de terraza ni ella ganas de que la tenga. Pero su hija la empujó y los parroquianos se lo agradecen.

Fue el hijo del zapatero el que contó lo de su padre, que no lo habían dejado despedirse de él y que pasó justo cuando estaba calculando dejar de trabajar.

-Una putada.

Casi le producía más rabia eso, dijo apurando un botellín, que la puta pandemia. Y Honorio refirió lo de su amigo, a quien tampoco pudo decirle adiós.

La pelirroja lee sentada en el taburete de la esquina, el taxista mira ensimismado su vaso vacío, la señora prueba suerte como cada día con la tragaperras, los de la fibra óptica hace tiempo que terminaron su trabajo pero siguen acudiendo a desayunar a lo de Betty, la chica de la ORA parece que ha vuelto, el portero se asoma como para comprobar que están los que deben estar, Paqui se repinta los labios mirando de reojo al taxista.

La chica de la ORA ya no lleva ese uniforme, está en ERTE y a lo que parece que ha regresado es a la hija de Betty. Se las ve contentas y entrando y saliendo sonrientes por detrás de la barra. Cuenta que viene de Guadalajara, del cementerio.

-Y eso?




Le explica al portero que ha ido a ver como buscan a 26 fusilados del franquismo; que lo hace la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica y que vuelve emocionada. Por el hecho de saber que fueron personas asesinadas ante la tapia del cementerio una vez terminada la guerra: los detuvieron, les hicieron un consejo de guerra y los condenaron por “adhesión a la rebelión”.

-Es alucinante, los golpistas juzgan y condenan por “adhesión a la rebelión”.

Pero lo que más ha emocionado a la chica es el grupo que se ha encontrado en el cementerio. Gente voluntaria que se afana por escarbar la tierra y dar con los huesos de esa veintena de ejecutados. Exactamente una docena de entusiastas que atienden a las familias y a los curiosos, que están atentos a los movimientos de la excavadora, con sus chalecos fluorescentes, que responde las preguntas de quien mira su trabajo.

La que más pregunta en el bar de Betty es la pelirroja, los otros escuchan, salvo la señora que mete monedas en la tragaperras. Se enteran de que, al fondo del cementerio, entrando por la puerta principal, a la izquierda, se ve un grupo atareado, mirando la tapia, atentos a las evoluciones de la máquina, preparados para hacerla parar en cuanto aparezca un rastro. Un cubo abierto, de tres por tres por tres metros, de tierra oscura, removida, húmeda. Ahí estaban las fosas números 2 y 3 y desde ese boquete, tras colocar unos andamios se va retirando poco a poco, con cuidado, cada grano, cada cascote, cada resto. Hasta llegar a lo que quede de esos 26 hombres que fueron ajusticiados entre el 16 de marzo y el 3 de mayo de 1940. Es la cuarta acción del grupo, tras sacar los cuerpos de las tres fosas anteriores. Una intervención que han solicitado diez familias de otros tantos  de los fusilados.

Y la amiga de la hija de Betty, tras explicar los pormenores de la actuación del grupo, su presencia dispuesta en el cementerio se pone a nombrarlos, encantada, empática, como si hubiera descubierto a un grupo de amigos. Habla de Malena, la historiadora que indica a los descendientes qué pruebas sencillas pueden determinan el ADN o apunta teléfonos de quien se acerca a echar una mano o anota en una hoja el bocadillo que cada uno va a tomar como comida o va descubriendo con paciencia un esqueleto apenas usando una lima y un cepillo.

-Porque llegan a las nueve de la mañana y están hasta las seis de la tarde y paran una hora para tomar juntos el bocadillo. Sábados y domingos incluidos.

Cuenta que si llueve ponen un plástico azul sobre la excavación y siguen arañando la tierra, descubriendo los cuerpos; que a los tres días aparecen los tres primeros y los meten en pequeñas bolsas, cada uno en su caja de cartón. Y se los llevan al laboratorio improvisado en la capilla del cementerio, donde se hacen cargo de ellos dos jóvenes antropólogos portugueses, Gonzalo y Flavia. Limpian cada hueso y por ellos conocen el sexo, la altura, su complexión, la causa de la muerte.

Habla la que fue chica de la ORA de Marco, el encargado del grupo que indica a los operarios de la excavadora donde ahondar o se mete en el espacio descubierto a quitar tierra con una pala y un pico o apunta los datos que aportan los familiares. Nombra a Emilio Silva, el presidente de la asociación, que se acerca y no para de hablar por teléfono, y entre llamada y llamada describe que había invitado a los embajadores de Alemania y de Italia, que el primero no ha contestado y el segundo ha dicho que tiene una agenda muy apretada. Cuenta de Oscar, con su cámara al cuello fijando cada movimiento, cada hallazgo, presentando a todos los que llegan, explicando las intenciones y afanes de la asociación. Relata de David, enfrascado con su pincel limpiando la tierra entre dos calaveras que asoman. Recuerda a Serxio, el arqueólogo e historiador que se ha ganado la vida como repartidor de Amazon. Nombra a León, a Eugenio, a Jesús, a Julia.

Son sociólogos, historiadores, arqueólogos, antropólogos, profesores, que se juntan en sus días libres, alrededor de un proyecto como el de la exhumación de la fosa 4. Lo hacen de manera altruista, convencidos de que su trabajo es necesario, por la dignidad de los enterrados, por el descanso de sus familias. Han investigado, husmeado en archivos, recogido testimonios, ubicado el lugar. Todos arriman el hombro, retiran la tierra, acarrean carretillos. Y entre ellos, mezclados, andan curiosos y familiares. Todos con idea de aportar, de ayudar. María Ángeles que ya ha encontrado a un tío y busca a un abuelo y se pasea con su foto colgada del pecho, como un collar reivindicativo. May Borraz que ha viajado a Guadalajara aprovechando que presenta en Madrid su libro 'El último cuento. De abuelos y cunetas'. Ahí relata la historia de su propio abuelo, Sebastián Blasco Aznar: lo mataron junto a las tapias de un cementerio el 17 de abril de 1939. A su abuela, Manuela, le dijeron que su marido se había suicidado pero ella nunca lo creyó. May cuenta la verdad en su novela y agradece a la asociación su labor. Tanto que destina a ella los derechos del libro.

La señora de la tragaperras parece no escuchar la historia apasionada de la chica de la ORA, pero se va enterando porque dice:

-No hay que desenterrar los rencores, mejor dejar las cosas como están.

Le contesta la hija de Betty

-En las cunetas o en las tapias de los cementerios no hay rencores, hay personas.

-Mejor no removerlo.

El grupo que tiene encantado a curiosos, deudos, periodistas y visitantes del rincón del cementerio de Guadalajara sí remueven, pero transmiten paz, buen rollo, están convencidos de la necesidad del trabajo que hacen, de la dignidad de sacar a esos restos de una fosa común, de la justicia que supone que dejen de ser olvidados. Jesús va cada día que puede a ayudar, a estorbar, dice. Lo hace empujando el cochecito de su niña que no ha cumplido un año. Lo aparca junto a una tumba, pide al grupo que bajen la voz y toma un carretillo o un andamio o un cubo de tierra o una criba. Así le explica a su otra hija los trabajos de exhumación.

-Los sacamos para que tengan un sitio al que se le pueda llevar flores.