sábado, 28 de febrero de 2015

Perdidas en ARCO


Beatriz y Jeny volvieron al bar de Betty mareadas sin saber por qué. Hasta que no comieron y bebieron no se les pasó y cuando eso ocurrió tampoco acertaron a explicárselo. Lo acacharon al cansancio y puede que fuera cosa del arte: probablemente habían sufrido el síndrome de Stendhal sin tomarlo ni beberlo.
Todo empezó, como tanta cosas para las dos amigas en los últimos meses, con Podemos. Concretamente con la manifestación de la marcha por el cambio. Como ya se dijo aquí, la hija de Betty acogió en su casa a unos manifestantes que llegaron de fuera y con ellos recorrió la calle Alcalá, hasta Sol, aquel domingo festivo de enero. Bien, pues sus invitados correspondieron, además de con su agradecimiento y amistad para siempre, con unas entradas para ARCO. Las mujeres las agradecieron y fueron. Nunca habían ido a una cosa así y son dispuestas a probar. Se alegraron todavía más de la extraña invitación cuando en la Feria comprobaron el precio: 40 euros cada una.



-¿Cuarenta euroco por ver cuadros?. Preguntó Honorio cuando las oyó contarlo
-Bueno, cuadros y esculturas y fotografías y videos y montajes.. empezó a explicar Jeny.
-Y ovejas- Dijo entre carcajadas Beatriz.
Honorio y el zapatero, de ascendencia rural, se interesaron mucho por eso de las ovejas. Y fue como las dos amigas explicaron que se trataba de un video colgado en la pared de la Feria de Arte Contemporáneo, que en él se veía un cercado y dentro un montón de ovejas. Y entre las ovejas, una chica desnuda, a cuatro patas. La verdad es que llamaba mucho la atención.
-Seguro que una película porno.- Se adelantó a interpretar la mujer que entraba cada día al bar a meter lo suelto en la tragaperras. Nunca tomaba nada pero siempre se mostraba desconfiada y no perdía ocasión de hacer un comentario.
-Que no, señora, que es arte.- Cortó Honorio con picardía, mirando con intención a su amigo zapatero. Con lo que ni a la señora ni a las amigas y a ninguno del bar le quedó claro si el jubilado aclaraba, contextualizaba, explicaba o confundía más el asunto de las ovejas.
 Beatriz es la hija de Betty y Jeny en realidad se llama Jenifer Maria Clara, es la chica de la ORA. Ésta en el barrio no tiene ninguna simpatía, sobre todo cuando se la ve mirando los coches aparcados y tomando notas, pero desde que las dos se supieron de Podemos, se hicieron uña y carne. Juntas esperaron pacientes y expectantes para entrar en ARCO; del brazo recorrieron los pasillos; a la vez entraron y salieron de los stands; ambas disfrutaron y se dijeron sentir el arte; las dos se confesaron no entender muchas cosas; una y otra descubrieron que les gustaba lo que veían y que tenían más cosas en común que la política y la edad.
Coincidieron en observar que en las galerías, es decir, la gente que anda alrededor, quizá artistas, acaso dueños, o clientes o representantes o amigos, era gente elegante.
-Elegante y guapa.- Corroboró Jeny.
También observaron que en los pasillos, mirando, admirándose o exhibiéndose había muchos tipos con barba. Barba larga y cuidada, pelo corto bien rapado, también elegantes.
-Son hípsters.
-¿Eso qué es?.
A Beatriz le gustaron sobre todo las fotografías, igual las urbanas que las de paisajes. A Jeny lo que más le impactó fueron los cuadros grandes. Su atractivo parecía estar siempre en relación a las dimensiones de su propia casa. Y por esa regla de tres solo le podrían caber los pequeños y de estos, pocos. Hubo más coincidencias: colores, formas, acabados, provocaciones, en las que coincidieron, en las que se pararon. Y como ambas se confesaron enseguida que no entendían y por tanto no se atrevían a decir qué era bueno y qué no, eso sirvió para profundizar en su amistad y para disfrutar la visita. Rieron, admiraron, se asombraron, dijeron “qué tontería”, o, “vaya mierda”, o “alucinante”.
-Vamos a ver las bragas- Oyeron de pronto decir a alguien.


Y se pusieron a buscar. Les daba corte preguntar, así que recorrieron pasillos, entraron en galerías que ya habían visto, y se las encontraron cuando estaban a punto de irse. Un cuadro grande, rojo, armado con un centenar de bragas en círculo, de todos los estilos, tamaños y formas. Jeny leyó el nombre de la autora, Pilar Albarracín, y Beatriz no entendía por qué la gente se hacía fotos delante del cuadro. La chica de la ORA quedó decepcionada con la obra, le gustó mucho más, como para llevárselo a casa, dijo, un cuadro que estaba próximo, grande, de la cara de una mujer con sombrero rojo, de Alex Katz. A la hija de Betty lo que más la impresionó fue una escena compuesta por un hombre y varias mujeres desnudos y como amenazantes, con cuchillos largos, de  Enrique Marty.


Ellas volvieron al bar con una sobredosis de arte y los parroquianos quisieron saber qué habían visto. Pero ninguna supo explicarlo y se atropellaron cuando lo intentaron. Que había cosas que se veía que estaban curradas, es decir que se notaba detrás un esfuerzo; también cosas que molaban mucho; y gilipolleces, o sea que no las pondría en mi casa ni loca; pero muy interesante todo; y cantidad de gente a pesar de los 40 euros dela entrada.
-Lo que no entiendo del todo es lo de las ovejas. Razonó Honorio

martes, 24 de febrero de 2015

Blázquez


-Vengo de despedir a Blázquez. Dice el viajero a Betty
La mujer deja los vasos, se seca las manos, se aparta el pelo de la cara, se acoda en la barra y escucha.
Blázquez era el más fuerte, el más grande, el más veloz. Ganaba las carreras de atletismo y metía goles como jugador de balonmano. Formaba parte de un casual grupo de niños inocentes, asustados, listos y pueblerinos que se juntaron con once años y convivieron en el internado hasta los dieciséis. Unos becarios, otros no, todos se fueron descubrieron dentro de aquellas paredes encaladas al lado del río. Crecieron sin darse cuenta, aprendieron, espabilaron.
Luego pasaron casi cuarenta años y apenas llegaron noticias aisladas de qué fue de los componentes de aquel grupo. Quien siguió, quien se perdió. Y de pronto alguien tuvo la idea de reencontrarse. Los teléfonos, correos electrónicos y WhatsApp ayudaron y quedó organizada una comida en el pasado mes de septiembre. Un encuentro de reconocimiento, entre la expectación y la duda, entre el para qué y el quizá: todos habían cambiado. Ni se reconocieron al principio. Aunque a medida que transcurrieron los primeros apretones de manos, los asombros, el aperitivo, el menú compartido, los breves discursos en los que cada uno resumía qué había sido de su vida, se podía ir comprobando que no habían cambiado tanto. Eran los mismos chicos inocentes y listos, tal vez menos asustados, quizá no tan pueblerinos. Se habían convertido en médicos, profesores, funcionarios, empresarios del campo, periodistas, comerciantes o regentaban restaurantes o eran músicos. Y cada uno era lo que de alguna manera se tenía que haber visto entonces. Como si una cierta lógica demostrara que cada cual había acabado siendo lo que apuntaba por más que todos parecieran igual de perdidos. Además, fijándose bien, más allá de los evidentes cambios físicos, cada uno se reía igual, o era igual de avispado o miraba igual o era igual de torpe que en aquel tiempo
Blázquez había vuelto al pueblo y parece que se organizó bien. Estaba contento con la vida, con el trabajo, con la familia, y no tenía motivos para quejarse si no fuera por la maldita quimioterapia. Llevaba un tiempo y le quedaban algunas sesiones más. Hablaba sereno, tranquilo, cachazudo, sin miedo. Y enseguida preguntaba detalles de la vida de los otros. Curioso, solidario, encantado de saber qué hizo cada uno. Si estaba bien. En la foto del grupo de diecisiete aparece a la izquierda, en la segunda fila, sonriente, camisa de cuadros blancos y azules, las manos en los bolsillos.
El 16 de febrero el grupo de WhatsApp dio la voz de alarma: Perdemos a Blázquez. Oncología, planta 4ª, habitación 488. Pasó una semana escasa. Cada día estaba un poco peor a pesar de su fortaleza, de aquella fortaleza del más grande. Sedado y sin dolores, le reconfortaban las llamadas de aquellos chicos que se habían hecho grandes después de cuarenta años. Decía su mujer que se acordaba de todos, que reconocía a todos. Cogía el teléfono y contaba cómo fue su Nochebuena, en el hospital, y su Nochevieja, en casa. Repetía que estaba bien, que no tenía dolores. Y todos se iban alegrando de que no sufriera
La iglesia del pueblo estaba atestada, el camino hasta el cementerio fue una procesión multitudinaria, se trataba de acompañar en su último paseo a un buen tipo que se ha ido demasiado pronto. Una de las coronas de flores rezaba: “Tus compañeros del Fabrés”
Blázquez tiene hoy una mujer apenada y dos hijos llorosos, uno de ellos clavado a él. Idénticos. Lo miras y aunque triste ves la cara de aquel chico grande, bueno, y un poco menos asustado que el resto.

Los chicos del Fabrés abrazaron a los tres, los tres agradecieron las atenciones, el haberlos acompañado. No, ha sido Blázquez quien los ha acercado, quien los ha unido, quien ha sacado sensaciones y sentimientos que no sabían que estaban.

jueves, 12 de febrero de 2015

Filtrador profesional


Entra agitado, con prisa, con la corbata naranja, el abrigo sobre los hombros del traje azul, las orejas disparadas -más si cabe- las gafas de pasta cuadradas, un rizo rebelde sobre el cuello, un gorrito para el agua cuando no va a llover, quizá para pasar desapercibido, y lo que parece ser una sed infinita. Antes de contar los tres pasos que separan la puerta de la barra, Betty ya ha dispuesto un vaso con un hielo y una Mirinda.
Él toma la botella y la vacía casi de un trago, mientras con un gesto de la mano pide otra a la mujer tras la barra. Esa segunda Mirinda es la que escancia en el vaso con un hielo dispuesto en la superficie de aluminio.
Los dos guardaespaldas con su pinganillo se quedan a la puerta, custodiándola. De hecho la franquean para que el zapatero salga de estampida, como hace cada vez que aparece el ministro por el bar. En el televisor sale la imagen de Montoro, de modo que resulta una cierta perversión que la misma figura, la misma corbata y el mismo personaje se encuentre en la pantalla y al mismo tiempo apoyado la barra del bar de Betty. Como un truco de un prestigiador caprichoso.
-Hay que joderse.
Honorio da un codazo al aire, porque el zapatero, su par, hace treinta segundos escasos que ha salido a escape, como cada vez que entra el Gollum del gobierno. Acaso no se da cuenta de que se ha marchado o no quiere dársela, por despiste o por interés, el caso es que se pone a hablar en voz alta. Muy alta. También puede ser que tenga apagado el sonotone, o puesto el volumen la mínimo, cosa que hace con ostentación cuando algo no le interesa. La cuestión es que el jubilado de las chanclas y los calcetines de colores intercambiados habla como si diera un mitin, declamando en una suerte de imitación de Fernando Fernán Gómez en el Viaje a ninguna parte. Señoritoooo.
-Menuda semana que lleva este.
Hace aspavientos y podría parecer que no se sabe a quién se refiere si a la imagen de la tele o al hombre de la barra que toma su refresco. Pero acaso se trate de una ambigüedad calculada por parte del viejo, puesto que habla de éste y no de ése. El negocio es  hablar de Montoro pero sin dirigirse a él, castigándolo con el látigo de la indiferencia.
-Los del cine, que baje el IVA y él contesta que no ha ido contra el IVA de la cultura. Con el Monedero, ese no veas, filtrando que si tiene que si no. Con los inspectores de Hacienda, cabreados. Si es que no para de hacer amigos
-Cumplo con mi deber señor mío- Dice el ministro sin mirar a Honorio, como si fuera una reflexión en voz alta, como si le devolviera el feo..
-Sera el deber de su partido. No te jode. El deber del IVA, los de la lista esa del banco suizo. Aqui solo pagan los de siempre. Los amigos de estos, ni uno.
Lo de Honorio es provocador. Acciona con los brazos, engola la voz, la eleva como si anduviera irritado. Se dirige a la imagen de plasma con alarde, ignorando ex profeso al de la barra, como si fueran cosa distinta.
Montero quiere explicarse e intenta organizar su discurso. Debe pensar que el bar de Betty es el parlamento y que le han dado el turno de palabra
-Escúcheme usted.
-Cuidadito que aquí no manda ¿eh? No oigo nada, ¿alguien oye algo?
Betty sospecha que Honorio está un poco sobre actuado y le avisa
-No te pases
-Escúcheme usted. Si me va a entender.
Pero Honorio, como un sordo loco, agita los brazos y exagera, dando a entender que ni oye ni piensa escuchar. Quien escucha atentamente es la chica de la ORA, que quiere decir al ministro a ver qué demonios tiene con Podemos. Que los deje en paz, que mire a los verdaderos defraudadores.
Ya se ha dicho que a ella no le cae especialmente bien Monedero, o sea que ella es de Pablo, pero no puede consentir la inquina de un ministro de Hacienda que filtra el nombre de un ciudadano y le amenaza con tomar represalias. Piensa decírselo y sabe que si no lo hace se arrepentirá, que lo tiene delante. Pero no lo dice porque no tiene regularizada su situación personal, ni la nacionalidad ni la residencia. La propia hija de Betty le hace un gesto, al llevarse el dedo a los labios. Así que no dice nada y no se lo va perdonar.
Tampoco dice el portero que, al contrario que el zapatero, él en realidad no tiene nada contra ese señor de los rizos en el cogote que aparece por el par de Betty a conocer la España real, como dijo un día. Así que oye a Honorio, por el siente simpatía, aunque cree que es un exagerado, pero ni corrobora nada ni dice nada al ministro. Tampoco lo mira, no vaya a dirigirle a él el discurso.
La pelirroja no dice nada porque sigue enfrascada en su lectura, así que ni sigue la perorata de Honorio ni las explicaciones del ministro.
El taxista por su parte mira el vaso vacío, puede que busque en su fondo el sentido de la vida. Paqui está en silencio, sentada en un taburete, las uñas un poco descascarilladas, el pelo rubio con falta de una visita a la peluquera, el bolso colgado de su codo, el rímel bien perfilado. A prudente distancia del taxista.
Betty los mira. Esta mañana no le interesa el discurso de Honorio, mucho menos el del ministro. Solo está atenta a que el jubilado no se pase porque ha de velar por la filosofía del bar. Un bar debe estar abierto, acoger a quien pase para beber o para decir o para hacer tiempo. Un bar no tiene que ser un sitio acogedor, que todo el que entra esté a gusto. Eso lo sabe porque es una profesional. A todo cliente, un respeto, tanto los de confianza como los que no. Así que está pendiente de que Honorio no se pase. Pero lo que ella mira es el espacio que hay y no hay entre el taxista y Paqui. No va a preguntar, pero sabe que cuando la cadena se rompió en la Marcha del Cambio, la rubia y el taxista siguieron juntos. Ese eslabón no se soltó, aunque ahora, mientras el ministro y su imagen televisiva parlotean, parezca que hay una distancia insalvable.
-Permítame usted- Intenta decir el ministro.
-Qué coño voy a permitir yo. Dice Honorio
Y como un resorte, como si hubieran sido llamados, aparecen los dos guardaespaldas que se colocan en posición de combate –defensa o ataque- al lado del ministro.
-Tranquilos, señores.
En la pantalla del televisor un diputado a la salida del Parlamento dice a un micrófono que el ministro es un filtrador profesional. Que filtra a conveniencia de sus intereses. 

domingo, 1 de febrero de 2015

Veinte y los de Podemos


 A Betty le hizo gracia un cartel que decía “Nos enterraron sin saber que éramos semillas”. A la hija de Betty le gustó todo: “Está hoy en Madrid media España”, dijo. El zapatero se pone malo cada vez que oye lo de: “PSOE, PP, la misma mierda es”, y le volvió a pasar; Honorio miraba encantado y sonriente desde sus gafas de culo de vaso: “Como todos sean de Podemos, arrasan”. A la pelirroja, el libro guardado en el bolso y un gorro de lana tapando rizos y orejas, se la oyó gritar con fuerza: “Si se puede”. El taxista miraba con curiosidad, aunque sin decir nada. Se sumó al grupo sin dudarlo y caminaba como si buscara a alguien en la masa que se movía en los alrededores de Cibeles y subía por Alcalá.
Había sido la hija de Betty quien informó de la Marcha del Cambio. “Eso qué es”, preguntó el portero, dispuesto siempre a completar la información. La chica de la ORA lo explico desde fuera de la barra, porque también está en Podemos. De hecho, desde que descubrieron las dos militancias y pertenencias, se han vuelto íntimas. Las dos fueron aportando detalles y se puede decir que los habituales del bar fueron los mejor informados, tanto de la organización de la marcha como de las intenciones. La camarera no hablaba de otra cosa y cada vez que aparecía una noticia o una imagen subía el volumen del televisor con su mando a distancia. Y la colombiana aportaba lo que se le olvidaba a su correligionaria. Las dos jóvenes se han hecho muy amigas y ambas parecen estar igual de entregadas a la causa. Aunque a la vigilante le guste más Errejón y a la bodeguera mucho más Pablo Iglesias. Coinciden ambas también en que Monedero no cae bien y en que hace o dice cosas que perjudican. También convienen en que Alegre es blando y Bescansa tiene algo de antipático.   
Y así llevan un tiempo midiendo atractivos, y mensajes, y estrategias y puestas en escena e importancias. Uno de los de la Telefónica les dijo un día que se estaban liando, que el que valía realmente, el de mejor cabeza de todos, era el de la silla de ruedas, “pero lo han dejado de lado”. Pero ellas hacen caso omiso a otras preferencias que no sean las que las unen y así han ido asentando su amistad y su militancia política. De hecho la chica de la ORA a veces se queda a dormir en casa de la hija de Betty, o sea justo encima del bar, que es donde vive Betty.
Cuando las dos hablan de los líderes de su partido, Honorio les dice que lo hacen como si fueran clientas de la peluquería de Loli. “Los vais a sacar en las revistas del corazón”,  porque se centran mucho en estéticas, en maneras de hablar, en atractivos. Incluso suelen comentar las relaciones sentimentales de cada uno. "No le pega Tania". La señora que prueba suerte en la tragaperras sin hablar con nadie dijo un día ”son todos iguales”. La pelirroja suele sonreír mientras lee, no se sabe si por lo que está leyendo o por los comentarios de Honorio antes las preferencias de las dos de Podemos.





Fue Honorio quien propuso ir todos juntos a la Marcha del Cambio. Es verdad que Betty últimamente se anima mucho a salir y manifestarse, así que cuando ella dijo, vamos, todos se  apuntaron. Por el tirón de la propia Betty, por apetencia, por novedad, por indignación, por militancia, por rabia... Y porque el sábado 31 de enero, “por descanso del personal”, el bar estaría cerrado. “Si el bar se cierra, qué vamos a hacer”, dijo el zapatero. Durante la semana estuvieron preparando la cita. La hija de Betty decía que tenía que atender a sus alojados. Así dijo: “a mis alojados”, porque había ofrecido la casa de su madre, o sea la suya, para que se alojaran algunos de los que llegarían a Madrid en autobuses. “Como venga Montoro, lo llevamos”, avisó el jubilado Honorio. Pero justo esa semana el ministro no apareció por el bar.
Del bar de Betty salió hacia el metro un grupo compacto y ruidoso, liderado por la propia Betty y Honorio. Junto a ellos la hija de Betty y la chica de la ORA, sus tres alojados, el zapatero, el portero, los de la Telefónica, el de la Cocacola, la pelirroja, el de la Caja, ahora Bankia, dos chicas de la peluquería de Loli, el taxista, Paqui, la mujer del portero y el Chispas, este hablando con las peluqueras y sin cambiar palabra con sus padres. Antes de ponerse en marcha el grupo, Honorio le dijo al bancario que se quitara la corbata, “donde crees que vas”. Y el de Bankia la guardó en el bolsillo del abrigo.


Los veinte manifestantes llegaron a La Cibeles cuando la multitud ya había ocupado calle, aceras y parterres. Se quedaron mirando la masa de cabezas que se movía lentamente, las pancartas, las músicas, las voces, los dibujos de tijeras recortadoras: “Si se puede”, “2015 empieza el cambio”, “Políticos, el pueblo está despertando”, “Esta marcha empieza en Cibeles y acaba en Moncloa”,  “El pueblo unido jamás será vencido”, “Luego diréis que somos cinco o seis”, “Esto  no hay quien lo pare”, “Sí se puede”, “Es ahora”, “No nos representan”, “La casta, enemiga del pueblo”, “Unidos sí podemos”, “Somos más”, “Hay que echarlos”, “Pablo presidente”, “El viento del cambio”, “Hay que soñar”. El grupo de Betty dudó si entrar en la marea, si seguir mirando, si aplaudir. Como si llegar allí hubiera necesitado un consenso, y luego una decisión. “Y ahora qué”.
 “Aquí nos vamos a perder”, apuntó el portero. Y Honorio habló de agarrarse del brazo para ir todos juntos. A todos les pareció bien y se anillaron. La casualidad hizo que Paqui tomara del brazo al taxista, lo que provocó que Betty y Honorio y el portero se miraran con intención. Marcharon apenas veinte pasos y la cadena que formaron los veinte quedó hecha añicos. Intentaron recomponerla, pero fue imposible. “Nos vemos en Sol”, acertó a decir Honorio, junto a Betty. La masa se tragó a los eslabones que quedaron rotos. Algunos consiguieron seguir juntos: La hija de Betty y la chica de la ORA con sus hospedados. La pelirroja con el Chispas y las peluqueras... Dicen que Paqui no soltó el brazo del taxista en todo el recorrido, y que este no hizo nada por soltarse; que llegaron a Sol juntos y que sin oír a los líderes se fueron juntos.

El domingo por la mañana sí abrió Betty el bar. Bajaron a desayunar Honorio en chanclas, el portero y el zapatero. Los cuatro se fijaron en el lugar donde el taxista suele mirar ensimismado el fondo de su vaso, vacío.
En la tele del bar de Betyy hablaban de lo que cobra Monedero y de la beca de Errejón.

viernes, 16 de enero de 2015

Examen


Hay mil maneras de ponerse ante un examen, muchas más que alumnos. Serán los nervios, la expectativa, la tensión, la falta de estudio, el miedo, el riesgo, haberse fiado... el caso es que ni los ojos ni las manos ni los pies se pueden estar quietos. Adquieren vida, toman protagonismo o se paralizan.
Una profesora amiga tenía que hacer un examen en la universidad a más de cien alumnos, así que me pidió ayuda para cuidarlos. Esa fue la expresión, cuidarlos. Dije que sí y no me puse exactamente a vigilar sino a observar. No por evitar el rol de policía, que también, sino por curiosidad. No era la primera vez que lo hacía, lo de cuidar, pero en otras ocasiones me había dedicado a ojear el periódico en papel que porto, leer un libro, mirar en el ordenador la actualidad de los digitales, o deambular por Twitter o Facebook. Esta vez los miré a ellos. Reparé en sus gestos, sus movimientos, sus lenguajes no verbales, sus tics.
La del fondo a la derecha, pelo largo, morena, cinta blanca en la frente, hace estiramientos: cuello, hombros, brazos, muñecas, manos. Mira el folio en blanco, escribe algo, quizás una línea, y renueva el proceso cada vez que debe decidir una respuesta.
Uno con capucha negra se aplasta el pelo como si quisiera exprimir hasta la última gota de memoria. Pone las dos manos en la cabeza y aprieta hacia abajo, con fuerza. No debe sacar mucho jugo porque repite constantemente la operación.
La chica del pelo largo y claro tiene las uñas rojas y su mano parece pegada al mentón. Así se pasa la hora, pensando, es de suponer que intentando recordar. Bien podría haberse inspirado en ella Rodin. Tiene una compañera que mira las uñas, las propias, en esta ocasión de morado. Y otra que se retira constantemente el pelo de la cara, como si esa cortina rizada le impidiera escribir.
Una alumna de la primera fila, pendientes de perla, piercing en lo alto de la oreja, jersey ancho de lana, bufanda gris, también se ha obsesionado con las uñas. Parecen bien pintadas de blando pero ella debe haber descubierto alguna imperfección. Así que guarda las manos en las mangas del jersey, las vuelve a sacar, repara de nuevo en el fallo de las uñas. Se suela la coleta y cae sobre los hombros una cascada lisa, clara y densa. Mira el folio, ora las uñas, comprueba que el bolso sigue en su sitio. Pero lo que más parece preocuparle es el estado de sus uñas.
A su derecha, con un asiento libre de por medio como les indicó su profesora y mi amiga, hay un alumno de pelo corto, cazadora y reloj grande en la muñeca. Se estira, mira a los lados como ubicándose, como buscando algo, se rasca la cabeza, mira al infinito, se concentra y aprieta el boli. Pero no escribe. Y repite la operación de estirarse, mirar a los lados…
El zurdo de la barba hace una letra minúscula. Concentrado, escribe sin parar, como si prescindiera de las preguntas. La chica pelirroja de su misma fila no deja de beber agua, a chupitos.
Uno que lleva un jersey gris levanta la mano. Acudo y era para pedir un permiso un tanto grotesco: que si podía apagar el móvil, que le estaba vibrando.
Detrás de él una compañera tiene un piercing en la boaca y un moño muy alto en el pelo: apoya su mejilla en la mano y piensa. De vez en cuando chupa el boli. Está como en una fotografía fija, inmóvil, capturada.
Casi todos usan bolígrafo Bic, algunos de colores y unos cuantos borradores. Pero se descubren al menos cien maneras, el doble que alumnos, de estirarse, de tocarse el pelo, de quitárselo de la cara, de morderse el labio, de rascarse, de buscar la inspiración en espacios inusuales como la pared de enfrente, el techo, la ventana o la puerta entreabierta.
La rubia del pelo largo levanta la mano y es para pedir permiso para cambiar de bolígrafo. Este cronista no entiende bien esas peticiones pero le hace un gesto como de tu misma. Así que abre y cierra el plumier, le da la vuelta a la hoja, bebe agua. 
Observo que muchos de los alumnos que se examinan beben agua, aunque sean las nueve de la mañana. Cada uno ha dispuesto su botellita al alcance de la mano y de los nervios.
El de la sudadera con capucha gris mete literalmente la nariz en el folio para escribir cada vez que se le ocurre una respuesta a lo que se le pide. El resto del tiempo mira al cuidador.
Tres puestos detrás hay un alumno con perilla, camisa grande de cuadros y gorra visera que mira hacia atrás. La visera, no él. Él mira a los lados sin buscar. Lo hace  como controlando el espacio, con displicencia a veces y en ocasiones reto. Podría pensarse que perdona la vida a todo aquel que está fuera de su círculo y que ose o no entrar en él. En el círculo.
El de la cazadora y el reloj grande decide levantarse con movimientos lentos, como si quisiera darse tiempo a que llegara a alguna idea de última hora. Parece que llega y se vuelve a sentar. Y escribe.
Al principio de la fila, junto a la ventana, el de la camiseta gris tiene las muñecas llenas de pulseras. Por encima del reloj, por debajo, de cuero, de lana, de colores, delgadas, gruesas.. Las repasa una a una como si las contara con el dedo de la mano contraria, también se toca el cuello y mira por la ventana. Y tras realizar con meticulosidad esas tareas, hace verdaderos malabarismo con el bolígrafo entre los dedos. Nada fáciles. Lo hace girar, consigue que se quede un instante en equilibrio imposible. Eso sí, los folios se ven en blanco.
Una chica zurda con las uñas pintadas de rojo se muerde el labio con dureza, parece repasar las preguntas, luego recorre con su mirada el paisaje del aula, quita y pone el capuchón del bolígrafo. Tras ella hay una alumno con gafas de pasta y un jersey de lana de colores que chupa el boli. A veces se rasca. Lleva un rato mirando al techo, como buscando una grieta. Pero de pronto arranca a escribir, como si allí hubiera encontrado la inspiración o el dato que le faltaba.
El del móvil que vibraba ademas está constipado y sigue mirando por la ventana, El de las pulseras por un momento parece haber encontrado algo que escribir. La chica rubia recoloca sus bolígrafos. La del pelo largo y negro lo ahueca y la cambia a un lado y a otro de los hombros. El de la capucha con la nariz junto a la mano que mueve el bolígrafo sigue inspirado y no oyen que la profesora dice que vayan terminando.
El aviso de la profesora, cinco minutos, no ha inmutado a nadie. El que escribe, sigue escribiendo, el que mira la nada continua con ello, quien mira por la ventana, quien duda, igual.

Es la chica de los estiramientos la primera que entrega su examen. Y salen todos después ,transcurridos quince minutos tras el aviso de los cinco. Todos menos el de la nariz metida en el papel, que sigue escribiendo y parece que no puede parar salvo que se le arranque directamente el folio.

sábado, 10 de enero de 2015

Diálogos con policías

Honorio, la propia Betty y el zapatero decidieron ir juntos a la manifestación. Los dos primeros no lo dudaron, aunque en realidad quien lo propuso el sábado por la noche fue el tercero. Conoce muy bien el asunto porque su cuñado es enfermo de hepatitis C y le ha explicado cómo si dispensan el fármaco Sovaldi se curarían, pero que la farmacéutica que lo comercializa cobra un dineral y el gobierno no avanza ni en convencer a la farmacéutica ni en solucionarlo. De manera que los tres se integran en la marcha hacia la Moncloa que ha convocado la Plataforma de Afectados por la Hepatitis C (PLASFH)
Betty dice que abrirá el bar cuando vuelva, Honorio que se apunta a cualquier manifestación que vaya contra “este gobierno que va contra el pueblo” y el zapatero por su cuñado. Los tres se incorporan a la marcha cuando la marea roja pasa por Moncloa. Entre los tres van contando los eslóganes y los colectivos. No se ponen de acuerdo, Betty que poca gente, Honorio que mucha y el zapatero que así no se consigue nada. ‘Los recortes matan’, ‘Provida nuestra’, ‘Recortan salud y vida’. ‘Hepatitis, tratad a todos ya’, ‘Menos corrupción más medicación’, ‘Recortar en Sanidad, corrupción mortal’, ‘No se trafica con al vida’, ‘PP, vergüenza de España’, ‘No son muertes, son asesinatos’, ‘Nada, nada, nada para las privadas’



Los tres van alegres, sintiendo el sol tibio de enero, coreando ‘Si se puede’ o ‘Vergüenza’, avanzando hacia el túnel que lleva a la ciudad universitaria, comentando con compañeros de marcha cómo no se levanta todo el mundo ante semejante muestra de privatización de la sanidad.
-Hoy son los de la hepatitis, mañana serán los del cáncer, pasado  quien sabe. Tenía que estar toda la gente en la calle, dice el zapatero.
-Diga usted que si”,  afirma  una señora de sudadera roja. Para añadir, “Si se puede”
Betty da con el codo a Honorio para señalarle los policías que acompañan la marcha, como acordonándola.
-Como si fuéramos terroristas.
Durante todo el camino han circulado en paralelo, con cierta discreción, como acompañando. Cuando la marcha encara la avenida Complutense, su presencia es mayor, más descarada, y pasada la Facultad de Ciencias de la Información los tranquilos manifestantes observan carreras de policías y presencia de lecheras. Se colocan al final de la avenida para impedir que la marea roja llegue al Palacio de la Moncloa torciendo a la izquierda por la calle Profesor Aranguren y luego otra vez a la izquierda por la calle Eduardo Saavedra.
Vuelan helicópteros, llegan más lecheras, se agrupan los policías, el lado oeste de la ciudad universitaria esta acordonada. Han ido constriyendo un embudo que cierran dos lecheras de la policía nacional. Allí han decidido que termina la marcha, al principio de la calle Eduardo Saavedra, a quinientos metros largos del palacio de la Moncloa. A ese portillo va llegando el rio de la marea, imposible desembocar por tan estrecho pasillo de un metro. “Estas son nuestras armas”, corean levantando las manos lo que llegan y los que se agolpan ante los vehículos, junto a la fila que forman fornidos policías.



Honorio, con Betty pegada a él y el zapatero a unos metros, se acerca a un policía serio bajo su casco, alto como armario, de barba rubia. El jubilado con sus eternas chanclas y los calcetines desparejados quiere saber por qué no los dejan pasar. El policía se encoje de hombros como si no tuviera información, aunque explica que son 200 el cupo establecido, que ya han pasado y que no puede pasar nadie más.
-Establecido por quien. Pregunta, Betty
-Eso no lo sé, señora. Solo cumplo mi trabajo.
-Vaya un trabajo.
-Es lo que hay. Dice el policía con cierta displicencia.
-Anda que no hay sitios donde meterse. Sin pensarlo mucho le decía ahora una docena de trabajos, antes que policía. Asegura Honorio
Una señora se anima a participar en la tertulia, aprovechando que el policía parece aproximadamente dialogante.
-Es una vergüenza, defienden a los que nos recortar hasta las medicinas.
Pero al policía aparentemente conversador le sale una vena poco diplomática
-Señora, yo no tengo la culpa de sus problemas. Ni yo le cuento a usted los míos.
Ahí Honorio se enfrenta con el policía sin importarle ni la diferencia de envergadura ni la situación.
-Parece mentira. Estáis defendiendo un sistema corrupto y encima se pone chulo. Señor mío que esta señora y yo, y esta, somos los que le pagamos el sueldo.
-Pues cuando venga otro sistema tendremos que defenderlo igual. Es nuestro trabajo.
A la charla se une entonces otro espontáneo, más joven que Honorio y la señora pero menos que el policía.
-Pues vaya trabajo de mierda que tienes, majete.
Ante lo que se observa la reacción de otro policía que aparta a Honorio
-Cuidado, sin tocar.
-Caballero le digo por las buenas que se aparte.
-Cómo que por las buenas. Y por qué me tocas. Y por qué me tengo que apartar.
El policía primero, el que ya había parlamentado algo, hace un gesto a su colega, como diciendo, yo me encargo, y vuelve a explicar que es cosa de la organización, que son 200 los que ya han entrado y por eso el compañero le invita a que se vaya. Cosa que no convence a Honorio, que dice que tiene derecho a protestar por lo que está haciendo este gobierno con la sanidad en general y con los enfermos de hepatitis C en particular y que tenía que darle vergüenza a su compañero venir encima empujando.
Llega la sábana blanca y los que la portan cantan, “oee oee, oe oa, al señor presidente le queremos preguntar, cuantos Sovaldi se podrán comprar con los recortes de la Sanidad”. Son del comité organizador y afirman que no hay ningún acuerdo de 200, que es una manifestación pacífica. A lo que el policía más cercano responde: “estoy haciendo mi trabajo, me dicen que no pase nadie y no pasa nadie”.
Las dos lecheras están paradas y en marcha, sus tubos de escape además de impedir el paso están atufando la cabecera de la manifestación. Así que Betty pregunta si no pueden apagar esos coches.
Un policía contesta con un lacónico, “no”. Y otro añade que si lo apaga tendrá que comparar una nueva batería.
-Pero si la pagamos nosotros, gilipollas, todos los que estamos aquí manifestándonos. Se oye decir a otro manifestante.

El espontaneo asiste a los diálogos con policías y no deja pasar ocasión de participar. Observa que el cronista los está apuntando y que el policía preocupado por la batería, está mirando lo que escribe. Así que lo avisa
-Te está leyendo.
-¿Está leyendo lo que escribo? Es privado
-No, no lo estoy leyendo. ¿Qué pasa? ¿tiene algún problema?.
-No. ¿Y usted?
El espontáneo ha tomado claro partido y le dice al policía
-Ves, él te habla con educación y tú ya estas contestando agresivo.
Honorio también apoya:
-Este hace lo que le mandan, pero le gusta lo que le mandan: putear a los trabajadores.
El policía resopla. El cronista sigue tomando notas. Pero se coloca de manera que aquél no pueda leer lo que escribe.

martes, 23 de diciembre de 2014

Cuento de Navidad

En el bar de Betty están contentos porque ha tocado el reintegro. El zapatero había entrado riendo, dando palmas y con el décimo en la mano.
-Lo que yo dije, el siete.
Se miraron todos asombrados y entre dudas, como si desconocieran algo importante, como si les faltara alguna clave. Betty, la hija, Honorio, el taxista, Paqui, la Pelirroja, el portero y la chica de la ORA.
Cuando comprobaron que la felicidad del zapatero jubilado era medio de broma medio porque su número favorito es el siete, compartieron la alegría. Lo que no falta nunca en ese bar son las ganas de alegrarse.
Y fue como a Honorio se le ocurrió que podían montar una fiesta y hacer creer a las televisiones que eran ricos y felices.
-Como vengan las televisiones, también vienen los bancos. Dijo el portero precavido.
-A esos quería ver yo.
Fue como la chica de la ORA contó entonces lo que le había pasado a un amigo con el banco. El amigo es un novio peruano que se ha echado, pero esa historia romántica no viene a cuento de esta crónica postátil. El peruano pretendía mandar dinero a su familia en Lima y quiso preguntar en la  sucursal cuanto le costaba la operación. Le dijeron que un 0,35 por ciento de lo que enviara, con un mínimo de 35 euros. O sea, que dependía de la cantidad. Y que en todo caso le convenía enviar una suma importante, que...
-Lo que mi amigo iba a mandar son 100 euros y le cobraban 35.
-Cabrones.
Y la expresión de Honorio fue suscrita por los clientes de Betty. Los presentes y los ausentes.
Así fue como la denuncia de la chica dela ORA y la broma del zapatero pusieron en marcha la comedia. Betty sacó cava maluco y medio caducado que hicieron estallar en cuanto apareció la primera reportera de una TDT. Entre paréntesis hay que decir que se apiadaron de ella porque llegó con la cámara a cuestas, y el blog de notas, y el android, y un micrófono. Y pudieron oír cómo le echaba la bronca de su jefe, injusta, insensible, machista y acosadora, sólo  porque no había logrado una imagen con el número premiado.
Los del bar de Betty consiguieron un jolgorio considerable, al que acudieron vecinos, mirones, curiosos y televisiones. Entre el gentío se pudo ver a un tipo sonriente con corbata que Liliana, la chica de la ORA, reconoció como el director de la sucursal bancaria donde su amigo había pedido información para enviar unos euros a Perú.
-Ese es. Dijo a Honorio.
Y el jubilado de las chanclas y los calcetines desparejados se encargó de la gestión.
Nadie sabe qué artes desplegó, si su simpatía, si su arrojo, pero lo cierto es que se presentó como portavoz del grupo agraciado. Al hombre trajeado tomó por banda y le puso una condición para poder negociar en exclusiva. Sí, sólo una. Un día antes un cliente de su banco pretendió enviar a Lima cien euros.
El bancario aseguró que se interesaría por ese caso.
-No me ha entendido. La condición única es que lo resuelva ahora.
Liliana llamó a su amigo, éste se presentó en el bar de Betty y los cien euros cruzaron el Atlántico para llegar a su destino sin dejarse en el camino comisión alguna. El director de la sucursal no dudó en abrir la oficina para hacerlo posible.