jueves, 8 de septiembre de 2016

Monólogo de Rafahernando

En el bar de Betty los parroquianos están tan golpeados por la ola de calor como en el resto del país. La hija vaporiza el ambiente cada rato, pero no consigue sino aumentar el sudor y que Honorio le diga con sorna que no lo moje más. Los ventiladores que han colocado en las cuatro esquinas apenas mantienen una barrera que se derriba en cuando alguien abre la puerta metálica de la calle.
En esto que quien entra es Rafahernando. Los presentes bastante tienen con el calor de ese septiembre como para alterarse por el recién llegado. Además, no son gente fácilmente impresionable. Llega realmente acalorado, pide un sol y sombra con hielo, lo engulle sin que apenas haya hecho efecto el hielo, se limpia la boca con el dorso de la mano y se encara con el portero.
Los brazos de la camisa arremangados como un chulo de barrio rico, o como el comercial aguerrido que sale cada mañana a la jungla de las calles. Cerca del codo, perfectamente dobladas las mangas, la corbata suelta como uno que vuelve de juerga, sudando la gota gorda de esta calorina de septiembre. Sorprendido del poco efecto causado, grandes manchas en los sobacos, le apunta con el dedo.
Le habla directamente, salpicándolo con una lluvia de saliva como esputos. Y habla el portavoz, con tono de mitin, aunque en realidad esté ensayando un monologo, de que Podemos  “tiene las manos manchadas de dólares de regímenes tiranicidas y liberticidas". Y sin apenas pausa, añade que Pedro Sánchez está haciendo el ridículo, ”vaya uno al país que vaya de la UE no entienden lo que está haciendo el PSOE”. Y le digo una cosa, “cada vez estamos más cerca de que se rompa definitivamente España”.
-Que es lo que quieren algunos. Un sol y sombra con hielo, por favor.
Si no fuera porque apunta de manera agresiva con el dedo y salpica con su boca con espuma en las comisuras, pudiera parecer que está ensayando un discurso, un argumentario o un mantra.
La chaqueta al hombro, los brazos remangados, la corbata descorbatada, un palillo en la mano que pone entre los dientes cuando quiere liberar el dedo que apunta al portero. Es como si quisiera adaptarse a un paisaje que por otro lado demuestra desconocer por completo. Quizá hace tiempo que no pisa la calle, desde luego en el bar de Betty es como un extraterrestre, con y sin palillo, arremangado y sin arremangar.
El viajero observa en silencio, en la esquina, junto a la pelirroja que ha cerrado su lectura pero tampoco escucha a Rafahernando. El amigo de Honorio se mete la cara y el pecho, no siempre en ese orden, en el ventilador colocado en el centro de la barra. Dos que trabajan en la línea 1 del Metro, miraron un segundo de reojo al recién llegado, pero siguen a los suyo. El zapatero lleva ya rato con la tarea inútil de abanicarse a sí mismo con la mano. Los del bar de Betty no dejan deslumbrar fácilmente, y menos con Rafahernando. Bastante tienen con pedir que suban el aire.
-¡Que está a tope¡ pesado.
El taxista no pide nada, sigue mirando al fondo del vaso vacío. Mucho menos le interesa lo que haga o diga el político faltón. Paqui está a su lado, en silencio. De acuerdo con él también en esto. La hija de Betty está en la cocina. Se asomó un segundo a la puerta, vaporizó una vez más, pero no ha vuelto a salir.
Rafahernando pide otro sol y sombra con hielo, que también engulle antes de que hielo empiece a hacer su efecto. Se echa la chaqueta al hombro, como si fuera a marchar tras la cabra de la legión. Y habla de Venezuela, esta vez también salpicando e igualmente señalando con el dedo, como si fuera una pistola, al pecho del portero.
Éste, acostumbrado a adoptar una actitud de cierta docilidad, como darle la razón a todos los vecinos, defiendan lo que defienda, acusen a quien acusen, se encoje de hombros. No es que se achante, pero dado el brío del portavoz, podría parecerlo. El que toma partido y la palabra, es Honorio, no se sabe si por echar una mano solidaria al portero o porque le tiene ganas al portavoz del partido, el guardaespaldas del presidente del Gobierno en funciones.
-¡Pero a él qué le dice¡.
No le falta razón al jubilado de las chanclas, hoy sin calcetines dada la ola de calor. Y le hace ver que no entiende cómo se dirige, con semejantes de maneras de matón, como si estuviera advirtiendo a Rivera en el Congreso, al pobre portero.
-Perdóneme usted.
Eso dice, y sigue apuntando con el dedo, no se sabe bien ahora si a Honorio o al portero. Lo que viene a explicar Rafahernando, más o menos, que sigue pareciendo un chulo de barrio venido a más, es que no tiene nada contra el portero, que es su manera de señalar, de expresarse, quizá algo vehemente; que con quien sí tiene es con los bolivarianos de Podemos y con los irresponsables del PSOE.
Betty sirve en silencio los sol y sombras con hielo que va pidiendo y mira con sonrisa cómplice a la pelirroja, al viajero, a Honorio, al taxista, que le devuelven el entendimiento. Bueno, el taxista, no devuelve.
Honorio entonces da la espalda ostentosamente al portavoz-guardaespaldas y le hace a la dueña del bar, en voz alta, una pregunta retórica.
-Y el exministro Soria, bien, y el PP, también ¿No?
Rafahernando se cree que es su turno, y se lanza, que ese señor “ha tenido una carrera amplia en la Administración y reunía todos los requisitos para el puesto". Nadie le presta atención, pero el sigue diciendo que “les pediría a algunas personas más respeto".
-Parece un vendedor cabreado, porque no le compran sus productos de mala calidad. Dice el zapatero, a quien cae igual Rafahernado que Montoro.
-Joder, por lo menos Floriano dudaba.  

La pelirroja se ríe con la comparación de Honorio.

miércoles, 27 de julio de 2016

Grándola


El viajero le cuenta a veces y Betty, después en el bar, comparte con los que medio escuchan o medio parlotean. Luego Honorio o el portero, o el zapatero o el amigo de Honorio repiten lo oído, y la historia, y los hechos, se van deshilando, transformando, de manera que puede ocurrir que se mejore el relato o se acabe tergiversando los hechos.
Lo que entendió Betty fue que el Alentejo portugués es un paraíso por descubrir y encima tan cerca, al lado; que tiene playas interminables de arena fina y limpia, que también tiene acantilados impresionantes que guardan playas recoletas. Y que la gente es encantadora. Luego también aseguró haber oído algo de unos palafitos como fantasmas en el barro, de unos lagos separados del mar por una duna respetada, de las espectaculares puestas de sol, del compromiso cívico de los gobernantes portugueses para con sus costas, y que todo eso pasa en unos kilómetros al sur de Lisboa, a la altura de Grandola, la vila morena que cantó José Afonso, aunque ahora tiene poco que ver como ciudad.



El zapatero, a quien nunca gustaron los portugueses hasta que llegó el que para él es el mejor futbolista que ha visto en los campos de hierba,  mezcló lo que le oyó a Betty con su cosecha, ésta sacada  de sus convencimientos estéticos y morales y de la reciente Eurocopa, siempre alrededor del fútbol. Así que aclaró que el mejor futbolista que había visto es portugués, pero no se llama Ronaldo, sino Joao Alves y jugaba en la UD Salamanca con guantes negros. Proclamó que los portugueses son melosos por naturaleza, aunque al ganar la Eurocopa se han vuelto locos y que Grandola, el pueblo de la canción, se ha muerto. Y añadió por su cuenta que si a él no le gustaban los portugueses es porque los conocía bien, aunque era conocedor de su importancia en la historia, el mismo Magallanes nació en el Alentejo portugués.
Nadie corrigió al zapatero ni le aclaró que Magallanes era portugués, pero no del Alentejo, que era del norte.  Quien sí nació en Sines fue Núñez de Balboa.
Así se entera la gente de las cosas. Lo que contó el viajero fue lo de la chica simpática que trabaja en la oficina de turismo de Alcacer do Sal, una de las ciudades más antiguas de Europa, cruzada por el estuario del rio Sado. La chica portuguesa llenó al viajero de mapas y de direcciones y le confesó que vivía en Grandola. No lo dijo con entusiasmo, pero eso no evitó que al viajero le parecía algo mágico y de presumir. Pues no, no solo no le decía nada a la muchacha, ni la historia ni el paisaje, sino que por ella no volvería.
-Allí no hay vida ni nada que hacer.
El viajero buscaba una foto tanto como pisar una tierra de leyenda, la vila morena que inmortalizó José Afonso con su canción, la segunda señal de que la Revolución del 25 de abril iba adelante. Hizo la foto, la de un lugar que hoy sestea olvidado. Hay un muro conmemorativo en el centro del pueblo, en el que está escrita la letra de la canción: una pared que nadie lee, conquistada por los jóvenes del monopatín.
Los clientes del bar de Betty tampoco tienen en la cabeza ninguna magia con Grámdola. Solo Honorio se acordó de que la canción fue prohibida porque el régimen de Salazar decía que era una música del partido comunista de Moscú  y se convirtió luego en símbolo no solo de la revolución de los claveles sino de la democracia en Portugal.

Y el viajero no habló nada de la Eurocopa, tan solo que se veía a los portugueses agolpados en los bares y terrazas. Pero si dijo de la playa de Comporta, o la de Santo Andres, o de la península de Troia; o de los palafitos fantasmas de Carrasqueira, esos paseos de madera a punto de caerse, sujetos por palos y postes en imposible equilibrio, sobre un barrizal donde quedan varadas las barcas: hasta que sube la marea y los pescadores salen de faena al estuario de Setúbal.  Y contó del payaso de Porto Covo y de la playa dulce y salada de Vila Nova das Mil Fontes; del efecto imponente que consiguen las catedrales de piedra, en Zambujeira, o de la puesta de sol en la praia Fonte del Cortizo. Acercamientos imprescindibles.

Lo que entendió Betty, y lo que más le interesó, fue oír hablar del paraíso alentejano, de su descubrimiento. Con Honorio compartió el aplauso por el cuidado de las playas, lo cívico, por la idea de no explotar los recursos; los aparcamientos suficientes y fuera ellas. Y la limpieza.
-Vamos, como las del Mediterráneo.

La dueña del bar sabía de lo que hablaba por había estado allí. No de vacaciones, no. Y dijo que tuvo un novio portugués, justo de Grándola, anda que, y del que no quiso decir más. Pero aprovechó para señalar que los españoles tenían que aprender mucho de los portugueses en muchas cosas. Ahí introdujo el zapatero el nombre de Joao Alves.
Honorio no reparó, ni en el novio ni en el futbolista: estaba haciendo un discurso que solo escuchaba Betty.
-Los portugueses son más trabajadores que los españoles y tienen más visión de futuro. Señor mío: si haces una autovía, pues incluye área de descanso, unos servicios; si tienes una playa pues cuídala, no mates la gallina de los huevos de oro. Hay que aprender de los portugueses.
El zapatero preguntó si los portugueses se acordaban de Joao Alves, y también si Cristiano Ronaldo es un héroe y si Portugal se paralizó el día de la final de la Eurocopa.
El viajero quiso saber en qué tiempo estuvo Betty con el novio de Grandola, si le cantó la canción, si estuvo cerca de la alegría de los claveles.

Pero Betty desapareció por la puerta de la cocina. Dejó a Honorio con la palabra en la boca y al viajero sin cuento.

lunes, 6 de junio de 2016

Feria del Libro: El youtuber, el niño filósofo y Vaquerizo

Y se fueron en grupo al Retiro, a la Feria del Libro, como a una escapada cultural, empática y solidaria. La excursión la planteó la hija de Betty y cuando ésta puso cara de a qué viene eso, la hija le recordó qué ella había organizado algo parecido cinco años atrás y arrastró a todo el mundo (véase la referencia pasada en este blog o en algún antecedente perdido en las nebulosa de la red) Ante lo cual la dueña del bar no sólo dejó de poner objeciones sino que contribuyó a animar.



Honorio y su amigo íntimo excepto a la hora de jugar al mus se pusieron zapatillas de deporte, gorra y mochila con botellita de agua. Betty, con ellos. La hija de Betty y la chica de la ORA amanecieron juntas, también con calzado deportivo. El zapatero  había pasado a recoger al portero, ambos aparecieron dispuestos y con las manos en los bolsillos. Los de telefónica, al ser domingo, no aparecieron por el bar. El taxista, tampoco. Ni Paqui. Nadie especuló si estaría con él o con otro, en función de lo que hubiera exigido el oficio.
Ahí estaban todos con Betty, cuando decía: 
-Eso, allá ellos.
La pelirroja, que había vuelto a leer en silencio sobre el taburete en la esquina de siempre a pesar de la reforma, se apuntó al oír la convocatoria. Se presentó con los patines al hombro. Que así aprovechaba, dijo sin que nadie le preguntara nada, pero por si las miradas de sorpresa.
Fueron todos en grupo, pero pronto se separaron. Cada uno se paraba ante una caseta, cada cual ojeaba una portada, cada quien volvía la cabeza ante un famoso, o seguía de largo. Así no habían avanzado ni veinte metros por el Paseo de Coches y el grupo se había disgregado. Ni el amigo de Honorio lo seguía. El gentío, el calor sofocante, la falta de agua salvo los previsores, las terrazas, los puestos de refrescos…. Nada contribuyó a que el grupo permaneciera unido. No fue una desbandada, se fue deshaciendo como un azucarillo en la aglomeración de la Feria una mañana de domingo. Como no habían previsto tal fuga, tampoco quedaron para reunirse al final, ni para tomar un aperitivo ni para volver al barrio.
Aparecieron todos en el bar a la mañana siguiente para reprocharse no haberse organizado mejor. Y cada uno contó su aventura, consistente básicamente en deambular sin objetivo y sediento por entre las casetas y entre el masa de curiosos. La pelirroja, la hija de Betty y Honorio, habían comprado un libro cada uno, el resto, no. Todos habían visto a quien firmaba. Una misión en teoría imposible si se tiene en cuenta,  que esa  mañana de domingo, entre las 12,30 y las tres, había 277 autores firmando.
Se ve que a la mayoría les llamo la atención las mismas caras mediáticas convertidas en  autores firmando libros. Cada cola suponía un reclamo, así que veían una y se acercaban: Un famoso poniendo la firma, un editor embobado con su descubrimiento. Aglomeración que veía la banda desbanda del bar de Betty, allá que iban, a ver quién era. Apenas repararon en los escritores que esperaban, pacientes y solitarios, a que alguien se apiadara de ellos.
En el bar de Betty se resumió la inmersión cultural de la Feria del Libro en apenas cuatro nombres, los más buscas del domingo, los que concentraron ante su caseta las colas más nutridas bajo el sol de justicia: un yotuber, un niño filósofo y Mario Vaquerizo.

-También estaba Risto Mejide, Mónica Carrillo, Miguel Ángel Revilla, Maxim Huerta, Nieves Herrero, Irene Villa....- Repasó la chica de la ORA
-Sí, también la vi yo. Dijo el cartero.
-Yo no- Aportó el portero.
-También había escritores. -Apuntó con intención la pelirroja.
-Pero esos no son famosos- Aclaró con no menos intención Honorio.
‘Ser inteligente no es un delito. Aventuras y desventuras de un joven pensador’, es la obra que firmaba Álvaro Caba Ciudad, en la caseta 196, el talaverano de 13 años que lleva ya tres escribiendo un blog y colabora en diferentes medios. Los paseantes volvían asombrados y dudaban si pedirle una dedicatoria o invitarlo a un refresco.
Algunos años más tiene el barcelonés Raúl Álvarez Genes, 27, más conocido como AuronPlay, youtuber deslenguado y torrencial, parece que con millones de seguidores, que ha escrito un libro sobre su vida. Se titula ‘Auronplay, el libro’, y se explica en capítulos como: El nacimiento de La Bestia, La forja del héroe, Mis amigas, las hormonas, Te ganarás el pan con el sudor de tus coj…, Celebridad descerebrada,  10 años después. Es decir, desde la vida sin Internet, su primer troleo a un profe, su primera borrachera, su primera novia, las primeras  pajillas, los colegas... Y cómo, de repente, todo cambió el día que colgó su primer vídeo y descubrió que a la gente le gustaba.
No lo conocía nadie del grupo del Bar de Betty, pero todos vieron que era el que más gente tenía esperando, que firmaba sin parar bajo sus gafas negras.  “Por favor, abrid el libro por la página que queréis que os firme y tened preparados los teléfonos para hacer fotos”,  decía uno de los los responsables de la caseta intentando organizar el tumulto,  como había hecho el día anterior.
-“¡Papa graba, papa graba!”, oyó la hija de Betty que gritaba una fan emocionada cuando llegaba su turno.

Parecido poder de convocatoria, el de Mario Vaquerizo, que en la caseta 296 firmaba ejemplares de su libro, 'Vaquerizismos', parece que sobre pensamientos y dichos suyos.
La pelirroja apuntó que ella compró un libro de Martín Caparrós y se fue a patinar.

-¿Ese quién es?

viernes, 15 de abril de 2016

Hacienda offshore


Honorio llegó indignado al bar de Betty. Se le notó nada más entrar porque lo hizo empujando con estrépito la puerta y prepinando además un portazo para cerrarla.
-Eh, que la puerta no tiene la culpa-. Reprendió la hija de Betty
El jubilado pidió un café para recuperar el aliento y la tranquilidad
-¿Qué te pasa?- Preguntó Mariano, su amigo íntimo, salvo para el mus.
-Calla, no me hables.
El amigo calló, sabía cuándo no debía decir nada y conocía bien que sería el propio Honorio quien hablara en cuanto tomara aliento. Y Honorio inició su  monólogo, apenas interrumpido para dar sorbos cortos a su café que se iba quedando frío con la pasión del hombre indignado.
Se puso a contar lo que le había pasado en la delegación de Hacienda del barrio. Y se vio pronto que llegaba irritado por lo que le había ocurrido y por la coincidencia: era el mismo día en que se supo que Aznar hizo trampas con Hacienda.

Antes dijo, y fue aplaudido por el zapatero, que le parecía alucinante que ningún periódico, ni El País, ni El Mundo, ni el ABC, ni La Razón se hubiera hecho eco en la portada de la noticia.
-Son todos iguales, ya no se distinguen-. Aseguró la hija de Betty.
Y su amiga, la chica de la ORA, aprovechó para hacer comparaciones:
-O sea que si es Monedero lo crucifican todos y en los telediarios, igual. ¿Y lo de Aznar no es noticia?, qué vergüenza.
-Qué vergüenza de Aznar y del periodismo-. Añadió el zapatero.

El taxista ensimismado no parecía enterarse de lo que se hablaba y  Honorio se limitó a asentir con la cabeza porque ya estaba con su propia peripecia.

Que fue a entregar un papel al registro: una cosa que consiste en que te pongan un sello para que conste que lo has entregado. Punto. Pues sacó número... Bueno, no lo sacó él, que hay un funcionario junto a la máquina de los números y pulsa él, para qué coño sirve la maquina si tiene que tener a un tío al lado. Pues para esa gestión del registro le tocó el número 25, iban por el 12 y esperó a que le tocara una hora.
Y a Honorio le dio tiempo a observar a la gente, en la sala de espera atestada. Como no había llevado nada para leer y no le apetecía darle conversación a la señora que se empeñaba en hablarle a su lado, se estuvo fijando y cabreando.

El tipo de la máquina de dar los números no estaba solo, había otra mujer a su lado, ésta sentada en una mesa que traducía a los usuarios lo que decía el de la maquina o lo que indicaba otra funcionaria que estaba tras un mostrador, a unos metros, la cual había dicho a un hombre latinoamericano, que llegaba con su cita previa, que no obstante pasara a sacar número. Ahí se liaron un poco el hombre de la máquina y la mujer sentada a su lado, pero si ya viene con el número.
El  hombre sudamericano, tranquilo, colaborador y algo sumiso, se acercó a la máquina. El funcionario se encogió de hombros y su compañera, sentada en la mesa, las piernas cruzadas, se erigió en intérprete: miró a su compañero de los hombros encogidos y a su compañera del mostrador.  y le dijo por su cuenta al hombre paciente que ya tenía número de la cita previa, que sí pero que se lo han dado para otra cosa.
-Y que tenía que pedirlo de nuevo.
Y el  sudamericano paciente se atreva musitar lentamente, pero si lo saqué hace una semana, ¿debo esperar otra?
-Y los tres funcionarios se encogieron de hombros.
La sala amplia estaba atiborrada de gente mirando a la pantalla, P1, 19, mesa 1, C43, mesa 2.
Y llegó la chica de seguridad,  con sus cartucheras y su porra y sus esposas colgando, que los que tengan número para la planta 2 suban a la planta dos, aquí solo los de la planta 1.
La señora sentada junto a Honorio le volvió a sonreír, le intentó contar que a ella, otro día le pasó lo mismo, que estaba esperando en la planta uno y era en la dos.

Y de pronto la pantalla se quedó parada
Así que ni C2 ni N2, ni P4. Desde los mostradores iban cantando los números, pero sin que nadie se aclarase, por el griterío, por la cantidad de gente, porque unos eran de cita previa y otros del hombre que custodiaba la máquina expendedora de números.
Una  funcionaria salió del mostrador a encararse con la sala, a decir que si no guardaban silencio nadie se iba a enterar, y como viera el murmullos de hartazgo se defendió asegurando que a ella no le hacía ninguna gracia salir a decir los nombres, que ella no tenía la culpa de que se hubiera caído el sistema.
-La tenderemos nosotros-, parece que dijo Honorio,  que  recibió inmediatamente el apoyo de la señora que intentaba entablar conversación.

Al otro lado de la señora había tres miembros de una misma familia: la madre y la pareja, a
Honorio no le quedó claro de quien era la madre si de la una o si del otro, solo oyó lo que decía:
“A esta te juro que la voy a tirar de los pelos. Me ha hecho venir tres veces la hija puta. Mira que cara de mal follá tienes. Ya el otro día me quedé con ganas de mandarla a tomar por culo. Hoy como no me acepte el papel le meto”. Los hijos la intentaban tranquilizar.
A Honorio no le sorprendió ni el lenguaje ni las intenciones violentas de la  mujer ni los valoró, porque iba cargando su propia  indignación y gastando su despensa de paciencia; tanto por la espera exagerada como por la señora que insistía en conversar.

Desde la 9,15 que llegó hasta las 10. 30 que salió de la oficina, acumuló todo el cabreo que llevó puesto al bar de Betty. Eso para entregar en registro un papel.
Bueno pues tenía el número 25, en el 20 volvió a funcionar la megafonía y la pantalla que mantenía atentos a todos los usuarios cargados de paciencia y perdiendo su tiempo. Así que puesta en marcha, se puso a llamar al 14, al 15…hasta que se reconpuso.
Cuando  se fue el 24 y Honorio pensaba que llegaba por fin, se puso a hablar la funcionaria con quien parecía ser su jefe. Le planteó un problema interno de organización, de horario, de otra compañera que se puso mala. El jefecillo no tenía prisa y la auxiliar, su peloteo fue como lo definió Honorio, tampoco. Y esos cinco minutos fueron los que hicieron estallar a Honorio. Pero como se contuvo y esperó,  apretada la mandíbula sin mover un músculo, a que pusieran el sello a su papel, lo pagó con la puerta del bar de Betty.
Cuando acabó de contarlo, el café se la había quedado frio. Pero parecía calmado, aunque se volvió a indignar con lo de Aznar, y lo del ministro Soria,  y lo de Bertín Osborne.

-A esos no le da número el de la maquinita de la oficina, ni sacan cita previa-. Se solidarizó el zapatero
-El día que vuelva Montoro le preguntas, por qué- apuntó Betty.

-A ver si tiene cojones de volver por aquí.

viernes, 4 de marzo de 2016

El humor, dudoso, de Felipe González


Al viejo Honorio no le gustó nada lo que contó la hija de Betty. Y a Betty, tampoco. En realidad quien lo contó fue Jeny, la chica de la ORA, pero como ya se ha dicho aquí desde hace un tiempo la hija de la dueña del bar y la colombiana son íntimas, no se separan y donde va una va la otra. El zapatero dijo un día que parecían novias y el portero le dio un codazo.
El caso es que las dos habían asistido a un homenaje que se daba en el Instituto Cervantes a Gabriel García Márquez y volvían para contarlo.  Moderaba el omnipresente Juan Cruz y conversaban Daso Zaldivar y Felipe González, uno en calidad de biógrafo y el otro por ser amigo del Nobel. Fue Jeny quien insistió en ir. Su primera sorpresa, la de las dos, fue comprobar que en el atestado auditorio se encontraba Pedro Sánchez.
-Coño.
El respingo lo dio Honorio, que desde hace tiempo soporta mal el nombre, las declaraciones y las acciones del ex presidente socialista. Lo vieron Betty, las dos chicas narradoras, el zapatero, el amigo de Honorio, un vecino que trabaja en el matadero, otro que está parado hace cinco año y Paqui, que se retocaba los labios rojos. Del taxista no se sabe si vio o simplemente oyó, o ninguna de las dos cosas, ya que permaneció inmóvil, contemplando con la obsesión ya conocida el fondo de su vaso vacío.
Pedro Sánchez se sentaba en la primera fila, entre el presidente del  Cervantes, Víctor García de la Concha, y la diputada Micaela Navarro. Detrás de ellos estaba la también diputada por Madrid Meritxell Batet.
-Vaya panda, todos juntitos.


-Escucha, Honorio. Apaciguó Betty que ya veía que el jubilado se disparaba y anunciaba un acalorado mitin sobre la traición a la izquierda.
El relato lo iba haciendo Jeny y su amiga lo iba completando añadiendo comas, detalles, nombres y ambientes.  En el escenario se sucedían el homenaje, los recuerdos y las anécdotas. Tanto Cruz como Zaldivar como González parece que habían tratado mucho al novelista y periodista caribeño y recordaban momentos vividos que los ponían contentos a ellos y llenaban de sorpresa y admiración al público que llenaba el salón.
De los tres el que más alargaba los cuentos y quien más se escuchaba a sí mismo era el ex presidente. A veces le preguntaba el moderador algo concreto y él se daba un paseo por las ramas o contestaba otra cosa. Así que contó que en 1982, cuando ganó las elecciones, lo llamó por teléfono García Márquez y él lo invitó a visitarlo en la Moncloa. Gabo prometió hacerlo con su familia, pero puso una condición: que le pusiera para comer papas con bacalao y amarillo. Felipe dijo que sí y parece que resultó una comida grata la del bacalao. Ahí justo fue cuando se puso a hacer una gracia de gusto dudoso. O sea que hizo un chiste malo. Se dirigió al público como el actor que mete una morcilla en su papel, como el que hace un aparte, y dijo que eso del bacalao lo podía decir ahora, cuando el delito ya ha prescrito, porque no entraba en el presupuesto. De modo que podía denunciarse. Buena parte del auditorio se rió mucho con eso.
-¿De eso se rio Sánchez?
A la pregunta de Honorio tanto Jeny como la hija de Betty respondieron que no sabían, que no lo pudieron ver, pero que mucha gente sí se rió con el chascarrillo. Y también contaron que unas señoras mayores, sentadas tras de ellas, dijeron que vaya gracia.  
Luego Felipe González contó más anécdotas de Gabo o con Gabo, lo llamaba El Gabo. En todas estaba también él. Una de ellas trató de lo que le dijo una vez el general Omar Torrijos a Pinochet, “de dictador a dictador”, parece que le espetó con motivo del intento de liberación de un preso político. A eso añadió, González, alguna reflexión sobre sí mismo y los que llamó abajo firmantes, para referirse al hecho de sumarse a diferentes peticiones de liberación, y lo dijo así: “que si a Leopoldo López, que si a otro”. Recordó luego que en Moncloa había dos cosas que funcionaban muy bien, y le parecía que seguían funcionando: el servicio de comunicación y la cocina. Y ahí dijo que por eso montó lo de las papas. Se vió que la gracia le había parecido un hallazgo, explicó la hija de Betty.
Jeny interrumpió el relato de los hechos vistos y vividos junto a su amiga para hacer una reflexión particular:
-Con lo que sabemos que han robado, con la corrupción, con el poco respeto que tienen algunos políticos por los dineros públicos, ¿cabe hacer un chiste con eso del presupuesto?
-Os lo tengo dicho: en qué se ha convertido Felipe González…
Y Betty, con el dedo en los labios indicó al jubilado que dejara que acabaran las chicas de contar.
Casi se atropellan, entre las risas y la confirmación de lo que indicaba Honorio, al mostrar que cuando el moderador preguntó cómo se relacionaba con el poder, González contestó con otra pregunta: ¿“El Gabo o yo”? 

Más tarde hablaría de otro café tomado en el palacio de la Moncloa, en esa ocasión con el propio García Márquez y el también escritor colombiano Álvaro Mutis. Y mirando al tendido, buscando la complicidad dijo Felipe:
-Esta vez sí que dentro del presupuesto.

viernes, 18 de diciembre de 2015

Del "Es usted un Ruiz" al puñetazo


En el bar de Betty ha habido un verdadero debate y una auténtica tertulia. Al menos tan reales, tan argumentados y tan apasionados como los que se han producido en radios, televisiones, periódicos, redes y medios afines al Gobierno.
El verdadero debate del bar de Betty se celebró el martes por la mañana, es decir, al día siguiente del de la tele y no había ni cámaras ni fotógrafos ni paraguas, ni tertulianos explicándolo. Por no estar no estaba ni Betty.
En el remozado bar estaban a las diez de la mañana Honorio y su amigo íntimo salvo para el mus. Los dos solos, mano a mano. Betty puso ante ellos sendos cafés con porras, bajó el volumen de la tele y salió a sacar la basura.
Así que quedó el televisor mudo con imágenes de la Sexta, el bar vacío y los dos jubilados apoyados en la barra dando cuenta de las porras
Y la tertulia fue el viernes, pero más tarde, a la hora de los aperitivos, con cañas y vinos y los pinchos de bacalao que sigue haciendo Betty aunque haya remozado el bar, y con los que todos se chupan los dedos. Se hizo  no porque fuera la víspera del día de la reflexión, sino porque en el bar de Betty se habla sin parar, se dicen cosas al tuntún, se interrumpe, casi no se escucha, se eleva la voz, se insulta a veces también a los presentes, pero se reflexiona mucho. En ambos casos, debate y tertulia, llevó la voz cantante, como casi siempre Honorio.
El debate se centró en el presunto insulto de Sánchez a Rajoy, eso de la decencia. Y la tertulia giró en torno al puñetazo que el sobrino de la mujer de Rajoy propinó con su mano izquierda. El zapatero es ocurrente y dijo que quizá por eso dicen algunos medios que fue un izquierdista. Pero el comentario no tuvo mucho recorrido. Todos en el bar estuvieron de acuerdo en que eso no se hace, sea quien sea el presidente del gobierno. Y dicho eso, se habló mucho de la torticera utilización mediática y política del asunto.
El debate lo inició Mariano. Hablamos del debate del lunes, en el que el que Pedro Sánchez dijo a Rajoy: “el presidente del gobierno tiene que ser una persona decente y usted, señor Rajoy, no lo es”. Decimos que empezó Mariano porque así se llama el amigo íntimo, salvo en el mus, de Honorio. Dijo que se equivocó gravemente, que el socialista tenía razón en todo lo que iba diciendo, que llevaba ganado el debate y que ahí se pasó. Que no se puede insultar a la gente, que se pierde la razón si se hace.  Que ahí embarró el debate porque el otro le dijo lo de “hasta aquí hemos llegado” y luego lo de “Ruiz,  mezquino y miserable”.
Honorio utilizó la táctica que suele. A saber, mira fijamente a su interlocutor como si quisiera convencerlo de que escucha con atención e incluso que lo que está diciendo tiene interés. Para decir, cono dijo a Mariano, su amigo, que no sabía lo que estaba diciendo. Y enumeró, también como suele hacer: primero, no dijo más que una verdad, lo que ha venido haciendo Rajoy, con la Gurtel, que le paga las vacaciones, con Bárcenas, que le dice aguanta Luis, con el Partido, que rompe a martillazos lo ordenadores…. Eso no es decente. Y hay que decirlo así. Su amigo intentó colocar en ese punto, algo así como pero es que insultar…pero Honorio no dejó terminar la frase, y la tapó con un rápido pero es que los debates están para decir las cosas, más insultó luego Rajoy. Y ya no hay un segundo punto, ni un tercero, aunque cambie de objeto. Y tras defender de nuevo el buen uso del concepto de decencia, pasó Honorio a exponer que lo que más le llamó la atención del debate de la tele fue comprobar cómo los emergentes Iglesias y Rivera habían hecho pinza para atacar el viejo bipartidismo, como si quisieran a cambiarlo por un nuevo bipartidismo, que para ese viaje no hacían falta alforjas. Y que le había hecho más gracia todavía esa especie de troika de la limpieza verbal que habían emprendido Ciudadanos, Podemos y el PP, como si ellos no se hubieran pasado la campaña insultando. De modo que en un inesperado salto, y sin dejar meter baza a su amigo, Honorio aseguró que al que merece la pena votar es al olvidado de la campaña, al que no han hecho ni puto caso ni en radios, televisiones, periódicos, redes ni, lógicamente, en medios afines al Gobierno: Alberto Garzón.
En la tertulia del viernes volvió a decirlo, si bien, aunque suele salirse con la suya desde que se jubiló y se convenció a sí mismo que no tenía edad para gilipolleces, sus palabras no fueron escuchadas como lo hace Mariano: en silencio y sin encontrar nunca una pausa para interrumpirlo. Dijo lo de votar a Garzón después de que todos coincidieran, él el primero, en que no se puede dar un puñetazo así a nadie, ni al presidente del Gobierno ni a un guardia ni a un jefe ni a nadie. Qué precisamente ahí estuvo sensato Rajoy cuando pidió, con el pómulo hinchado, que nadie sacara conclusiones políticas. Ahí ya la tertulia perdió todo concierto y fue imposible seguir un cierto turno ni orden. Por lo que lo de Garzón ni se escuchó. Pero no porque no hubiera moderador, sino porque las tertulias del bar de Betty son así cuando hay un tema potente y no están ni el taxista que mira el fondo del vaso ensimismado ni Paqui cuando lo acompaña ni la pelirroja que leía en la esquina de la barra y no ha vuelto desde antes de la remodelación.

Pero cuando están Honorio y su amigo, y el cartero, y el zapatero, el portero, y la propia Betty y su hija y la chica de la ORA, incluso la de la farmacia, es otra cosa. Y si hay un hecho violento, curioso, candente, televisivo, como el baile de Soraya en el Hormiguero, o la colleja de Rajoy a su hijo en la radio, o cómo Bertin Osborne no sabe encender la cocina o el puñetazo… Entonces las palabras arden y todos tienen algo que decir, aunque no se escuchen unos a otros. Pero mientras en los otros casos hubo chanza y risas, en lo del guantazo hubo unanimidad: que eso no se hace y que no tiene nombre que se utilice. Ahí se le vio el plumero sociata al zapatero cuando se preguntó a ver si iban a querer sacar votos haciendo víctima a Rajoy. Y fue cuando añadió sin mucha fortuna lo de la teoría izquierdista. 


martes, 1 de diciembre de 2015

Empate a tres


-Anda, traidor, que eres un traidor.- Espeta Betty a Honorio medio en broma medio en serio nada más entrar por la puerta del remozado bar.
-Pero qué lujo es este.-Dice el jubilado sin hacer caso del reproche.
Es el primer día de los de Betty, tras la profunda trasformación que ha experimentado el local. La mujer dijo que necesitaba una manita de pintura. Se puso a ello y el arreglo ha durado más de tres meses. Desde mediados de septiembre. Es verdad que ya en faena, el lavado de cara se transformó en una reforma de arriba abajo. Un chaperón en el que la mujer se embarcó y ha transformado radicalmente el sitio, pero que casi le ha costado la vida. A disgustos.
Se encargaron unos conocidos de los de la fibra óptica de telefónica. En principio eran de fiar, habían hecho trabajos con los operarios e incluso habían estado con ellos en el bar de Betty. Ahí se los presentaron. Un presupuesto aceptable y sí, un proyecto fácil que iba a modernizar el bar. Y ya de puestos, pues meter máquinas nuevas, que todas, los frigoríficos, plancha, tenían lo suyo. Vaciaron el local, la trastienda, la cocina, el trastero, dejaron los papeles de las paredes colgando, amontonaron en el centro del lugar aperos de albañilería, cobraron lo acordado, y desaparecieron.
Ni rastro de ellos.  Así que Betty se quedó sin operarios y sin dinero. Anda en juicios y por eso se ha retrasado tanto lo que parecía un paréntesis de unas semanas. También dejaron una hormigonera como prueba de su paso hampón.
Durante ese tiempo los parroquianos se quedaron sin lugar de referencia, sin sitio donde verse, sin destino al salir o volver de casa. El bar más cercano es el de Juani, la enemiga mortal de Betty, justo enfrente, al otro lado de la plaza, como ya se ha dicho en estas crónicas postátiles. Era el lugar ideal como sustituto, para esperar, desde su ventana podrían contemplar la marcha de la reforma. Pero todos temían ofender a Betty. Casi todos sabían parte de la historia: una vez fueron como hermanas Juani y Betty, uña y carne. Pero de eso hace mucho tiempo, ahora no se pueden ni ver. Pocos conocen la razón de la ruptura inmisericorde, pero todos temen la ofensa y la ira de Betty si tuvieran tratos con “esa”. Así se refiere a su antigua alma gemela.
A ninguno de los parroquianos se le ocurrió ser infiel, así que fueron a otros bares del barrio, pero ni coincidían. Se acercaban todos, como si hicieran turno de guardia, a ver cómo iban las obras, se quedaban un rato mirando desde el centro de la plaza y luego se iban. Y el café o la cerveza, más rápidos, como de prestado, los tomaban en otros sitios. Nunca enfrente.
Solo Honorio pasó por ese bar enemigo. Quizá para controlar quien iba de los de Betty. Ninguno. Quizá por eso lo llama traidor Betty. Pero en el tono hay más simpatía que reproche.
No hay fiesta de inauguración, que Betty dice que con lo que tiene encima, con la estafa de los conocidos de los de la fibra óptica y lo que le debe al banco no está para fiestas. Aunque su hija dice que claro que habrá fiesta.
-Eso el sábado.
Así que abre Betty el bar, totalmente cambiado, transformado como si fuera otro sitio, y los habituales entran y se quedan como si no hubiera pasado nada. No está la chica pelirroja, de modo que falta la imagen de la lectora en la esquina de la barra. Pero está Paqui, cerca del taxista sin estar con él, y éste mira el fondo del vaso vacío casi antes de vaciarlo. Honorio y su amigo. El zapatero. La chica de la ORA hablando con la hija de Betty, íntimas. El portero no se ha ido a su casa y ha entrado con dos vecinos y con su hijo. La señora que probaba suerte en la máquina tragaperras ha entrado con una moneda en la mano, ha mirado, ha pensado que estaba en otro sitio y se ha dado la vuelta sin decir nada.
Todos miran el debate como si se hubieran juntado para eso. Lo ven en la 13.
-Manda cojones venir aquí a ver la tele de los obispos.-Dice Honorio
-En el fondo te va la marcha.- Se ríe la hija de Betty.
Se concentran en ver el debate a tres. Antes de que empiece, el zapatero, y Betty, y Honorio, y la chica de la ORA, hablan mucho de Rajoy.
-Ha dicho que llega donde llega. Nos ha jodido. Y que este tipo sea presidente de este país.
-Dice que no puede debatir con todos.
-Fijate, yo creo que no es que le de miedo, que también, es que es un vago.
Luego se concentran en mirar, en reír, en olvidarse del debate, en hablar de lo bien que ha quedado el bar de Betty, en señalar lo nervioso que esta Rivera, en cómo atacan Rivera e Iglesias a Sánchez, en que Iglesias se pone en plan moderador, en que Sánchez está flojo, en que Iglesias le pasa la mano por el lomo a Sánchez y luego de da un zasca, en que Sánchez es bastante más alto.
Para Honorio está claro que ha ganado Iglesias. Al zapatero se le ve el plumero sociata y dice que quien mejor ha estado es Sánchez. Y entonces Paqui, tras mirar al taxista ensimismado, dice que a ella le parece que el es Rivera.

-Lo que nos faltaba Paqui con Ciudadanos.