miércoles, 12 de junio de 2024

4. Pingar el mayo

 

Tras el descubrimiento de Covaleda y el jolgorio de las mujeres preparando sus papeles para representar la tragedia del incendio, vuelta al Torreblanca como observatorio. El dueño y regente estuvo en Madrid, estudiando y trabajando, pero decidió volver al pueblo. La España vaciada encuentra algún caso así, emigraron, buscaron, y años después vuelven. Pero estos son pocos. Con la emigración de los años duros del pasado siglo si que algunos volvían con lo ahorrado tras muchos años de esfuerzos y privaciones: compraban un terreno o hacán una casita en su pueblo. El caso de Miguel es distinto, tenía donde poner el negocio de hostelería y no cambia Duruelo por nada. No echa de menos una gran ciudad, aquí lo tiene todo. Abre su restaurante solo los fines de semana y en las fiestas. Dice que no nos podemos perder la pingada e indica cómo llegar al mirador de Cabeza Alta, una esplanada sobre el mar de pinares, la cima más alta de la sierra de Resomo, 1.500 metros, justo enfrente del mirador de Castroviejo. No es difícil llegar porque una pista sale a la izquierda de la carretera que une Duruelo y Regumiel Corona una estructura de hierro y madera, acristalada en la cúspide, desde la que miran los guardas forestales, torre de vigilancia contra el fuego. En su base, sobre un pedestal de piedra, un monumento: una escultura de madera de más de cuatro metros de altura. El artista Abel de Vicente, con su motosierra, esculpió la figura de un leñador, con su gran serrón apoyado en su hombro izquierdo. La panorámica es extraordinaria, delante una buena parte del Sistema Ibérico, la sierra de Urbión y la sierra Cebollera; debajo, en el valle metidos entre los pinos, a vista de pájaro, se pueden identificar Duruelo y Covaleda. Un punto de observación impresionante, un espectáculo verde que promete sendas, paseos, misterio y descubrimientos.


La pingada del mayo es el punto de inicio de las fiestas y parece que ese alzamiento del gran pino que se repite en varios pueblos de la comarca. El mayo no es el mes, es el pino albar sano y frondoso. La plaza de la panadería está poblada de colores desde primera hora. Amarillos, rosas, azules, verdes, rojos, las identificaciones de las diferentes peñas que llenan la espaciosa plaza sin hacer mucho caso a la charanga. Su atención está puesta en la llegada de un ejemplar de 23 metros, despojado de ramas salvo el mechón de la punta, que piensan clavar en el centro. Es trabajo delicado, colaborativo y festivo. Hay un hueco cuadro hecho hace mucho, adecuado, en el suelo, donde tendrá que clavarse el pino. Con una motosierra quitan los laterales de la base para lograr una cuadratura apropiad del tronco hermoso. Largos palos, atados a pares en forma de tijera, como percha, de palanca, sujetados por mozos y mozas van elevando el mayo despacio, golpe a golpe.  Conseguir la verticalidad es complejo, hay que servirse de maromas, horquillas, cuñas, a veces escaleras. Un empeño colectivo tiene que ser organizado, dirigido con experiencia. De eso se encarga un grupo de Vinuesa. Son especialistas y los llaman de todos los pueblos para que lo hagan, incluido el suyo, claro. Van todos con camiseta amarilla, comandados por un hombre flaco y moreno que suda para manejar la motosierra, para dirigir y medir la fuerza de los jóvenes y para calcular los empujes de las vigas que levantan. Es Juan, y una mujer callada, atenta, la ofrece de vez en cuando una botella de agua fresca. El echa un trago o se la tira por cabeza y cuello. Es su esposa. Atenta a lo que hace, a lo que necesita, ajena a lo que está dirigiendo. La plaza llena de gente, la charanga callada, expectante, y los aplausos rompen a cada empellón.

“Arriba el mayo”, dice Juan a cada impulso ajustándose su boina. “Viva el mayo”, celebra la plaza atestada. Un tirón y se coloca la pértica un poco más arriba para conseguir otro preciso avanza. Es cuestión de precisión, de fuerza y del tino del director de orquesta que se acerca a las filas de mirones y de ella sale la mano de la mujer para ofrecerle el agua fresca.

El mayo estaba en el suelo, horizontal, largo e inabarcable, y lo van levantando entre los jóvenes, con las indicaciones de Juan hasta dejarlo vertical. En dos horas de trabajo colectivo queda así clavado el pino, entre aplausos y cohetes y los músicos, entonces sí, se arrancan a tocar, señoreando las fiestas, con sus banderas en lo alto de sus 23 metros largos, hasta que estas terminan. Luego se convierte en madera y lo que se saca de su venta se reparte entre las peñas de mozos y mozas, a razón de tres por dos. Tres a los primeros y dos a las segundas. Con eso pagan fiestas y comidas. Antes era todo para ellos, debían pensar que ellas no tenían peñas. Dice un señor mayor que poco a poco se va equiparando.



La tradición es antigua y no exclusiva de la comarca de Pinares. Tiene que ver con la llegada de la primavera, con la fertilidad de la tierra y con las fiestas patronales. En unos sitios pingan el mayo en mayo, otros como Duruelo en septiembre. Siempre se buscó el mayo más alto para sorprender o para asombrar a los forasteros, lo elegían los mozos y lo talaban, ahora al ser donación municipal, lo busca la corporación. También antes bajaban el ejemplar en carretas de bueyes, hoy lo trae un tractor gigante, una de esas maquinas que la tecnología ha inventado como en un viaje al futuro.

La camarera del hotel la Muedra, en Vinuesa, es de Duruelo. Sirve la comida, atiende a la recepción y no se apura de que se haga la tarde. Confía en llegar a la comilona que tiene preparada su peña. La encargan en los restaurantes y la comen en la peña entre risas y música.



martes, 11 de junio de 2024

3. Covaleda arde


El Duero se desboca hacia el sur tras pasar Duruelo y coger caudal de río. Pero se comprueba que el río va y viene, se detiene cuando pudiera parecer que ya ha cogido ritmo de aguas profundas y dirección, como si dudara, como si retomara trayectoria e intenciones. Así que pasa bajo el puente de los Arrieros y tuerce a la izquierda en un meandro imprevisto, como si se acordara de pronto de acercarse a Covaleda. El pueblo soriano está en la ladera de la sierra de Urbión, a más de 1.200 de altitud. Parece que hay noticia de la villa en la Edad Media, incluso de antes, de la Edad de Bronce. Hoy las calles están llenas de carteles anunciadores: Desafío Urbión, la dura carrera de montaña que convoca cada año a deportistas y va ya por la novena edición. Correr por las cuestas y desniveles de 800 metros debe ser especialmente duro: 30 kilómetros, mil participantes y el récord está en tres horas y cuarenta minutos. La particularidad es que además del inhumano reto que supone, que tiene cada año más adeptos, la organización plata dos árboles por cada uno de los corredores que crucen la meta, con lo que la riqueza de los pinares del pueblo y de todos los de la sierra se asegura. Un incentivo más.



Covaleda compite, amigablemente y a veces no tanto, con Duruelo y Vinuesa por ser la capital de la Comarca de Pinares. Presume de la rica masa forestal que cubre su término municipal, en la que el pino albar reina sobre pinos negros, hayas, acebos y robles. Orgullo de sus árboles e ingenio para nombrar los parajes: el mirador de la Machorra, Bocalprado, el paso de Peñoncito.

La carretera parte el pueblo por la mitad. El de arriba y el de abajo. Hay viviendas con señorío, aunque no se ve la arquitectura solariega que se observa en otros pueblos pinariegos, como Salduero, Molinos de Duero o Vinuesa. La explicación está en lo que pasó en 1923. Muchas de las casas están cerradas, lo que sugiere un alto porcentaje de viviendas de fin de semana.

En el Mercado Antiguo anuncian una exposición que parece interesante, ‘Covaleda Arde’. Una muestra, que, explica su hacedor, comisario y fotógrafo, conmemora y recuerda el pavoroso incendio que asoló la localidad en 1923 y se llevó por delante a 90 casas, las dos terceras partes del pueblo. Como 500 personas lo perdieron todo. De modo que apenas se puede encontrar hoy la huella de lo que fue. Eso explica la ausencia de las edificaciones típicas de la comarca. Ocurrió, parece, el 6 de septiembre de 1923. A las siete de la mañana Felisa Tejedor, la tía Perejula, subió al pajar con un candil de aceite encendido. Otra versión dice que el viento avivó las cenizas del rescoldo de día anterior. Otras que iba bebida. En cualquier caso una llama pequeña por la acción del viento se convirtió en una incendio pavoroso.





La exposición organizada por Miguelangel Hernández, con fotos de la época, recortes de periódicos de aquellos días, listas de perjudicados y nombres de niños que fueron llevados fuera del pueblo, historias orales recogidas, conforman una crónica que ilustra los sucesos de hace cien años que forman parte de la memoria de Covaleda. Incluye recortes y crónicas periodísticas.

'Arde Covaleda, Memoria del fuego del 6 de septiembre de 1923', repasa el suceso y muestra el contexto, no solo de la tesis de si La Perejula fue una mujer descuidada o trastornada, también las diferencias políticas y sociales que hubo en Cavaleda en aquellos tiempos por el llamado 'Motín de las sierras'.

La economía de esta comarca de pinares se basaba en la explotación de la madera de los montes comunales. Los duros trabajos pasaban por llevar los troncos a los aserraderos y el conflicto surgió cuando se formó una cooperativa para no depender de las imposiciones de quienes decidían los precios del trabajo y de la producción. La desgracia limó las discrepancias, sobre todo porque impidieron a los cooperativistas tener su propio aserradero.

La muestra del antiguo mercado se completa con un documental con imágenes de hemeroteca y con un corto donde un grupo mujeres del pueblo representan la historia y percance de La Perejula. Recrean con retranca la escena del incendio en el hogar de la ‘tía Perejula’. Dirigidas por el propio Hernández, está muy bien hilvanado,  rodado con gusto, montado con sabiduría e interpretado con mucho oficio tanto el personaje de la pobre pirómana como el resto de los personajes. Los pocos espectadores congregados aplaudieron con ganas. Mientras miguelangel guardaba video y recogía cables y proyector, mostró en la pantalla del ordenador el make in off de la película. Se ve cómo se rodó, cómo se preparó, como se produjo, como se divertían las actrices, la juerga que se traían para componer los diferentes personajes del drama de la Perejula ante la cámara. Si la película tiene interés la intrahistoria del proyecto merece verse.


lunes, 10 de junio de 2024

2. Pico de Urbión. un hilo de agua


1.   El desayuno es copioso, rico, y compensa de alguna manera la elemental habitación del Torreblanca. Acopio de fuerzas necesario porque la subida al Pico de Urbión con la intención de pisar el nacimiento del Duero se las trae. Se debe seguir el mismo camino utilizado para subir al mirador de Castroviejo, esa pista asfaltada entre pinos, solo que, al llegar a la desviación, en lugar de dirigirse al roquedal se tira a la derecha, ya sin asfalto, con piedras sueltas y baches, lo que supone un considerable sufrimiento para los bajos del Insignia. Conduciendo con todo el cuidado posible y sobre todo muy lentamente se llega hasta el abrigo Fuente del Berro, y luego el refugio llamado Bunker o Peñas Blancas. Los pinos albares se juntas, se elevan, se retuercen. Unos van hacia las nubes, como si compitieran unos con otros en llegar más alto, otros se enroscan formando figuras imposibles, sus raíces aguantan agarradas a las rocas, como con una existencia inverosímil. Sin apenas tierra, al aire, sin sujeción, aguantando las inclemencias de los vientos y de las lluvias, así sobreviven los árboles de esa sierra. Es fácil seguir el sendero ascendente buscando las pinturas rojas y blancas que ayudan a no perdernos, pero sobre todo a no despeñarnos.



El bastón ayuda a subir y cada tramo, cada trecho ganado a la subida, por entre las ramas del bosque tan denso se ve el mar de pinos abajo y a lo lejos. Termina el bosque y el sendero, con las señales rojas, se mete entre helechos y retamas y piedras rodadas. Atrás el bosque tupido, de pinos de muchas decenas de años, delante un sendero de fácil pérdida que desciende hacia una profunda vaguada, enfrente una montaña coronada por grandes rocas como si formaran una muralla rocosa. Por esa cañada cruza un riachuelo que a veces desaparece y en ocasiones se despeña formando una cascada de juguete, un hilo entre la hierba, a veces un chorro asomando entre piedras rodadas. Pero nunca torrente verdadero. Es el Duero recién nacido, serpenteando entre riscos para buscar al fondo de la ladera de pinos, para descubrir el primer pueblo, Duruelo. Las señales pintadas en los árboles han desaparecido, pero a cambio hay montoncitos de piedras que indican por donde hacer la difícil subida, sendero de cabras, ascendiendo por piedras desprendidas, por pequeñas praderas. A un lado y a otro del costoso camino hay montañas coronadas por gigantes de granito como vigilantes. Al frente, al fondo, se sabe que aparecerá el pico de Urbión. Las nubes se juntan arriba, corren veloces y amenazan con juntarse y provocar una descarga. A ratos el sol brilla, pero por segundos desaparece por el nublado.

A medida que se va ascendiendo por un camino cada vez más estrecho, endeble, y empinado aumentan las praderas, las piedras rodadas, el hilo del Duero se hace más estrecho, o desaparece, para encontrarlo un poco más arriba como en un brote.

Las nubes tapan de pronto tapan el Urbión con un movimiento no por esperado menos sorprendentes. Y empieza a llover con fuerza. En pocos segundos se desata el diluvio, sin posible refugio, golpeando con fuerza, entre el granizo, hostigando. No cabe arrimarse a los huecos de las rocas, a su brigada, porque chorrea. De modo que se empapan las botas, los chubasqueros, el pantalón, los calcetines y evidentemente las gafas. Entre la cortina de agua, como si el cielo se hubiera desbordado, hay que caminar casi a tientas. Eso o quedarse parado, que tampoco es opción porque los hilos de agua se han vuelto torrentes que arrastran tierra y piedras. Como si se hubiera encabritado la montaña y dijera que no admite intrusos.



Con dificultad hemos llegado hasta el cartel que indica las fuentes del Duero, hasta el pico, hasta la cumbre que lleva, al otro lado, hacia la Laguna Negra. Dos horas de subida y empapados en dos minutos. Tras la cortina de agua furiosa se vislumbra, a los pies del pico un refugio natural, una oquedad de la roca, como un puente, pero ya no merece la pena refugiarse si estamos calados hasta los huesos. Ahí se guareció otra pareja viajera, las únicas dos personas que encontramos en la subida al Urbión. El aguacero hace que mil riachuelos se pongan en marcha montaña abajo y aneguen caminos y peñas y riscos. Hasta un minuto antes la fuente donde nace el Duero era un reclamo, una foto que igual podría estar ahí que diez metros arribo o abajo, tras el aguacero todas las laderas confluían y mostraron cómo se forma un torrente desatado en un instante. Las vistas desde lo alto de la cuerda de montes deben ser espectacular, en la esquina de tres provincias y dos comunidades autónomas, pero con el diluvio rabioso de lluvia y granizo el entendimiento apenas da para aguantar la vertical en una ladera empinada, encharcada y peligrosa. Solo queda volver, pensando en cambiar la ropa.



Y a los diez minutos, bajando, huyendo del aguacero, para retomar el bosque de pinos, sale el sol, como si la furia de las montañas hubiera desatado la tormenta con la intención de expulsar a los intrusos. Abajo, en Duruelo, el Torreblanca se muestra salvador para quitar la ropa mojada. Los riachuelos de arriba, insignificantes, se han convertidos en rio que atraviesa el pueblo, sosegado. Sigue sin haber nadie a quien preguntar. Los mozalbetes ya dieron ayer por concluido su partido de futbol a pelotazos y el resto de los vecinos y visitantes no aparecen por las calles vacías.

viernes, 7 de junio de 2024

1. Duruelo de la sierra, el primer pueblo del Duero

 

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Estaba reservada una noche en el Torreblanca por tener un sitio al que llegar. Y el establecimiento resulta una metáfora de la tierra vacía: está en la carretera principal, hay un cartel grande que lo anuncia, pero nadie recibe. El restaurante solo lo abren sábados y domingos, y es lunes. Un código enviado por correo electrónico abre la puerta del edificio, amplio y blanco, la de la escalera de acceso al alojamiento, estrecha, y la de la habitación correspondiente. Un espacio justito, funcional, con un baño aún más justo y media bañera peligrosa. Nada distinto, esperable, a lo contratado desde la web.

A Duruelo se llega desde Covaleda por la Avenida del Duero, que cambia su nombre por calle Nicolas Asenjo, justo donde está el hostal, y es la vía principal que atraviesa el pueblo y conduce a la plaza Alejandra Soria, donde está la oficina de turismo. Pero está cerrada. Ni en la delegación ni fuera de ella hay a quien preguntar.  Tampoco en el ayuntamiento. Delante de él, en la plaza la Cuarta Puebla, cuatro adolescentes dan patadas a un balón. No se pasan la pelota, aparentemente no hay reglas ni plan. Sí hay una pelota medio inflada a la que golpean con fuerza. Así que quizá el procedimiento sea ver quien la manda más lejos o más alto. Pasa un hombre con un mono azul empujando un carretillo. Trabaja de manera indirecta para el municipio, explica que está en obras el Ayuntamiento y por eso está todo cerrado y nos habla con entusiasmo del mirador de Castroviejo y de la Cueva Serena.   Se encarga con amabilidad de indicar cómo se llega.

Una pista, que bordea el pueblo tras pasar un aserradero y las piscinas municipales, lleva al paraje de rocas imposibles, como gigantes caprichosos reunidos, ensimismados, del mirador Castroviejo. Unos siete kilómetros de subida hasta llegar, por medio del bosque frondoso, hasta un aparcamiento de tierra. Una esplanada grande aparece entre los pinos, se trata de la entrada a una floresta de pedruscos impresionantes. Una pradera verde sembrada de piedras colosales, como sarpullidos enormes que le han salido a la tierra para formar una ciudad rara, encantada, fantástica. Hay mesas para los turistas y viajeros y un mirador de madera que se encarama por encima del bosque rocoso, sobre la ciudad encantada. Muy empinado hasta el vértigo, construido sobre las crestas de los gigantes de granito. Desde ahí arriba se ofrece una panorámica espectacular: por debajo de ese mirador de madera y metal se ve toda la Comarca de Pinares, una sucesión de pinos, praderas y pueblos. Duruelo, Covaleda, Regumiel, Quintanar, Canicosa, Navaleno. Hasta donde alcanza la vista una panorámica rica de pinos y pastizales. Abajo, entre los pedruscos, trascurren pasadizos, riachuelos, cuevas y abismos. Un lugar para mirar, para oír el silencio, para detener el tiempo.





Hay carteles en cada cruce de caminos, que este enclave soriano está bien señalizado, así que empezamos a caminar por una pista de tierra, empinada, frente al aparcamiento de Castroviejo, al otro lado de la carretera que se ensancha para permitir un amplio aparcamiento. La idea de llegar a ver lo que muestra esa curva terminada en cuesta, que no hace más que alejar y llevar a una nueva rampa. emboba. Una rampa lleva con esfuerzo a otra porque estamos en el Sistema Ibérico, entre sierras y repechos. La pista nos lleva al Raso de la Cespedilla. Allí un cruce de sendas indica la opción de volver hacia Castroviejo y otra, menos transitable, a la cueva Serena. Hay pintadas amarillas que van guiando. La bajada es abrupta y no hay camino claro, se cruzan arroyuelos y árboles podridos pero la búsqueda del brochazo amarillo ayuda y cautiva. Y buscando la cueva tropezamos con una cuerda larga que se va elevando desde el suelo hasta la cima de otro gigante de granito. Una suerte de tirolina que forma parte de la Via Ferrata, una propuesta deportiva de este rincón soriano.

Las pinceladas gualdas dejadas en las cortezas de los pinos conducen, no sin esfuerzo en la pronunciada bajada, a la cueva Serena que es más un abrigo profundo que una gruta. Una suave cortina de agua la cierra y tiene magia mirar el bosque desde dentro a través de la cascada, tanto como adivinar el misterio que oculta ese tapiz líquido. El espacio que invita a quedarse y dejarse arrullar por el murmullo de ese chorro tranquilo. La pista asfaltada que lleva al aparcamiento o a Duruelo ya está cerca tras esa bajada pronunciada. La noche se ha ido echando encima con el embrujo de la cueva y los gigantes de piedra. Regresando, se comprueba que por las calles del pueblo hay tanta gente como por el día: nadie. Un par de bares vacíos, el mercado cerrado, un bazar chino abierto como única oportunidad comercial, y el Duero recién nacido como testigo de tanta soledad.



Duruelo no es un pueblo pequeño, tiene unos 1300 habitantes, pero no salen o están fuera trabajando. Se reservan para la fiesta y no falta nadie la mañana de Pingar el Mayo.

martes, 26 de septiembre de 2023

El Duero en dieciocho dias

 Desde el pico de Urbión, un hilo apenas visible, hasta volverse mar en Oporto. Paso a paso, piedra a piedra. 


El plan es recorrer el Duero en 18 días, y 18 noches. Pero pueden ser más, o menos, porque no hay plan. Solo está el Insignia, un pueblo donde empezar, Duruelo de la Sierra, un pico, el Urbión, y la disposición a escuchar, observar y entender lo que trae o lleva o aporta o significa ese río en esa España Vaciada. No hay método ni cálculo ni proyecto, quizá desmentir a Gerardo Diego e indicarle que sí que alguien acompaña y baja con el Duero. Solo por ver qué pasa. Se sabe dónde va, a Oporto, pero no a quien encuentra mientras avanza o qué se deja por el camino. Así que habrá donde comer y en qué sitio dormir con ayuda de internet. El resto será improvisación, seguir al río.