No arranca la furgo. Se ve que me dejé puestas las llaves, al encender el contacto para bajar las ventanillas, y se ha agotado la batería. Es la segunda vez que me pasa. Un olvido que debo tener en cuenta. Al estar en el aparcamiento del Ldl no me preocupo, seguro que aquí es más fácil obtener ayuda que en otro sitio solitario. Se la pido primero a otra furgo con dos chicos de unos 30 años y dicen que no pueden que van a trabajar, otra me explica que su coche su coche es eléctrico, una señora que acelera al acercarme. Por fin un francés me permite poner las pinzas y arrancar. Gente enrollada encuentras en todas las partes. Y otra que no.
Y a pesar del incidente salimos pronto hacia Benigil. El navegador de Google indica que hay un aparcamiento suficiente y cerca, siempre y cuando lleguemos pronto. Y llegamos pronto, pero la carretera está sembrada de carteles y señales de prohibido el paso de las autocaravanas, su paso, su aparcamiento y se todo. Quiero pensar que no se refieren a mi furgo, Carlinhas, dicen en Portugal. Pero me temo que no hay excepciones en esos rechazos. Así que, ante la prohibición, con multitud de coches aparcados en los bordes de la carretera de acceso, evitamos las dos opciones, y optamos por buscar otro aparcamiento, en realidad la tercera opción dando un considerable rodeo. Y el mismo atasco de vehículos, el apartamiento lleno, el siguiente de kayak también lleno y el encargado nos avisa de que en todo caso no podríamos aparcar la furgo, aunque hubiera sitio. Está prohibido. Y nos indica que bajemos una pronunciada cuesta, subiéramos al otro lado y allí sí que podríamos dejar el vehículo. En realidad resultó ser la primera opción que habíamos rechazado, y se puede porque se trata de un descampado de arena cerrado y cobra cinco euros por pasar allí el día, en el caso de que quisiéramos dormir serían otros cinco. Y allí la dejamos y bajamos la inclinada calle que lleva a la playa de Benagil, llena de gente como una romería, todos van a alquilar kayak o barco para visitar las cuevas de la playa. Nosotros también y pagamos el billete, como cuarenta euros cada uno por dos horas de paseo en barco de ocho.
Mientras esperamos el turno para subir a la barca que recorrerá las cuevas, paseamos por los 130 metros de playa de arena fina, con olas apuradas, con las algas invasoras arruinando la orilla este. Gente subiendo y bajando por la rampa, chocando su kajak con otra, en el agua remeros inexpertos siguiendo al guía, ida y venida de los barcos que salen y que entrar, una pareja joven lleva un bebe y pretende montarse en una tabla. Lo logran primero ella con el niño y luego él que se pone a remar como un gondolero. Se ve gente pululando por arriba, por los acantilados, esos seis kilometros que permiten ver desde arriba, a vista de pájaro, este magnífico paraje.
Un conductor del barco lleva en silencio el timón y un guía simpático introduce la información de todas las cuevas que vamos a visitar, y nos acompañan ocho polacos grandes, tripones y ruidosos. El motor fuera borda esquiva con habilidad el resto de las embarcaciones y tablas, lanchas y kayaks, y se dirige a la derecha. La idea es ira a Algar, la cueva más conocida de Benagil, pero entra y sale de las demás a veces esperando a que salgan los barcos que están dentro en este lio tan poco ecologista. El mar ha ido lamiendo a veces mordiendo esa roca caliza y ha ido esculpiendo formaciones caprichosas, cuevas, riscos, huecos, pozos, hasta conformar el paisaje singular de esta parte del mundo. Un panorama que igual atrae a fotógrafos en busca de la instantánea que le compre Google o una gran publicación que curiosos bañistas o borrachos polacos celebrando algo.

El tiempo, la erosión, la sal del agua, los vientos han ido laminando las rocas, excavándolas, y el resultado son figuras imposibles que los paisanos han ido bautizando con nombres parecidos a su apariencia, una puede que recuerde a un elefante, o se vea una suerte de cocodrilo desde su interior o una calavera con sus dos ojos desnudos y su boca. La lancha baila sobre las aguas y se acerca a cada cueva, de las veinte que visita, se mete en ella hasta el fondo y sale o hace maniobra para mostrar un detalle de la roca, o espera a que hagamos la foto. Los polacos brindan los tragos de las cervezas que portan, se asombran de las imágenes que ven y vuelven a beber.
El guía repite con paciencia sus indicaciones primero en inglés y luego en castellano. La cueva de Zorreira es tan impresionante como la llamada del Capitán, a esta se entra si se dan las condiciones marítimas, si la marea es muy baja incluso aparece en ella una pequeña playa. Buscar figuras en las formaciones rocosas es ocupación de guías y turistas, pero las transparentes aguas azules que se vuelven verdes cristalinos en el interior y el asombro de las oquedades dejan un sabor incómodo. Es un paraíso atestado, una lancha que hace maniobras para no chocar con otra o con el barco de recreo que llega o con los cientos de palistas que pululan entre los huecos. Tal aglomeración, en temporada baja de una idea del horror que debe causar en julio o agosto.
La más espectacular quizá sea la de Benagil, por el tamaño, por la apertura circular en su techo por donde se cuela en cielo limpio, una suerte de cuadro surrealista. Tan fotografiada que fue seleccionada por Windows para una de sus pantallas. La sensación es ambidiestra, por un lado, la belleza y por otro el convencimiento de que tanto visitante no puede ser bueno para ninguna de las cuevas marinas.
Tras dejar a los polacos empezamos a recorrer la Ruta de los siete valles colgantes, seguramente más bello en portugués, el Percurso dos sete vales suspensos. Un paseo por los acantilados que guardas las cuevas marinas, señalizado con balizas de madera supone un vuelo por encima de cada cueva, guardada por las empalizadas para que los curiosos no se acerquen demasiado. Un sendero de mediana dificultad de seis kilómetros, el doble si se hace ida y vuelta. A la derecha, mirando hacia el mar se recorren las principales cuevas desde arriba y se llega a otro paraíso la emblemática Praia da Marinha, dicen las grandes guías que se trata de una de las diez playas más bonitas de Europa. Arena blanca y fina, como harina, y aguas cristalinas asaltadas por olas preñadas de algas invasoras, recoleta, protegida por unos acantilados inmensos, apretada entre ellos y el mar. Un lugar secreto que todos conocen.
La vuelta a Benagil, al descampado donde dejamos por cinco euros la furgo es más accidentada porque buscamos caminos más cómodos y más rectos para ganar tiempo y resulta que los senderos de los acantilados se bifurcan, se multiplican y se comprueba que no hay atajo sin trabajo. Y como el sol es de justicia pues no facilita, aunque las vistas de pájaro sobre el mar en calma, sobre los huecos de las cuevas abiertas al cielo siguen siendo impresionantes. Y desde ahí arriba no fastidian tanto los barcos entrando y saliendo, soltando gasolina, molestando con el ruido de sus motores a la fauna de la zona.
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