jueves, 8 de enero de 2026

7. Albufeira

 

Por la carretera de la costa, Cuarteira, Olhos de Agua. El destino del navegador es el Lidl, como en Vila Real de Santo Antonio, indica la aplicación que la cadena ofrece graciosamente cuatro plazas perfectamente señaladas y pintadas para autocaravanas. Es aparcamiento amplio, aunque enseguida entendemos que estará un poco alejado del centro de la ciudad. Buscar el lugar ideal para dejar la fugo no es fácil porque hay que conciliar intereses a veces contrapuestos: comodidad, seguridad, ruido, cercanía, sombras, qué tipo de vecindad. No siempre coinciden en positivo todos los condicionantes. Los baños de estos sitios suelen estar limpios así que suponen un alivio para los potis que deben descansar y reservarse.



Así que bajamos caminando por la avenida Dos Descubrimientos para continuar por la Da Libertad y a medida que nos acercamos al centro aumentas las tiendas, las mesas de los restaurantes en las calles, los chiringuitos. Es Albufeira pero podría ser también Benidorm o Salou o Torremolinos, la misma música, los mismos tenderetes atestados, los mismos colores, incluso los mismos excursionistas. El estereotipo del turismo de playa elevado a la enésima expresión apenas cambia el nombre del souvenir barato, cada uno como el de la localidad. A medida que nos acercamos a la plaza aumenta el jolgorio, el nivel de la música, el número de turistas por metro cuadrado. Hay un túnel que lleva a la playa y a su paseo marítimo, a la derecha Praia do Peneco, a la izquierda, más allá, Praia dos Pescadores. El paseo atestado de heladerías, la playa de arena suelta, agua limpia y olas mansas. El camarero del sitio, que igual sirve comidas que helados que cafés o que refrescos o que se convierte en sitio de recreativos, es argentino y está encantado de su trabajo, de ver mundo, de viajar por Europa y con los portugueses que son educados. También con los turistas, claro, porque le da la oportunidad de platicar en varios idiomas.

Un baño reparador en una playa inmensa, popular, aunque no tanto como la de los pescadores, algo más allá. Las olas calmadas permiten entrar y alejarse para nadar en un agua de azul transparente y afortunadamente huérfana de las algas invasoras que traen de cabeza a las autoridades y a la industria turística. La ducha no funciona, así que hay secarse y quitarse la arena en las escaleras que suben al paseo, junto al chiringuito multiusos que gobierna el camarero argentino.



La paya del Peneco se abre a la derecha hasta un mirador del mismo nombre que se muestra monte y tiene pasarela que se adentra en el abismo para dar la oportunidad de contemplar una costa inmensa, a la izquierda hasta Faro a la derecha hasta Lagos. De la calle atestada, la Rua Nova, se puede pasar el túnel e ingresar en la playa, pero también subir unas escaleras a la derecha y recorrer la Rua da Batería, y elevarse paso a paso para ver a ojo de pájaro la playa, la gran roca clavada en el medio de la arena, producto de la erosión, pero la imagen parece un cohete caído del cielo, el resto de un desgaste de siglos o la protuberancia enhiesta de algún dios duende, la Rocha de Peneco.



Cerca, pero también en la misma playa de ese nombre hay un chiringuito lujoso, restaurante, sala de fiestas y sitio In que se llama precisamente Roca Beach Bar & Restaurante. Y ofrece, en lugar tan incomparable, el sumun del viajero turista, la vista espectacular, la comida singular, el buen servicio y luego el no va más, subida a la azotea, dicen rooftp, y buena música, tragos y copas y de nevo buenas vistas en la noche, con la luna y el mar como regalo especial del lugar. La roca y el establecimiento se ven desde arriba de la calle como dos iconos del negocio turístico.

Al mirador se accede desde la propia calle o desde la arena en un elevador. Una pasarela de madera y metacrilato que se asoma al precipicio. En los lados bancos para descanso y observación y al final una escultura hecha con arandelas de las que abundan por todo el Algarve. No sé si son del mismo escultor, porque están por todas las ciudades y paseos, la mayoría torsos desnudos de jóvenes mujeres en poses relajadas o en escorzo. La del mirador es un jugador de golf a punto de dar un golpe largo.



La calle sigue subiendo hasta el faro y la nueva marina de Albufeira. Un largo camino que pasa por casas de pescadores, seguramente la zona más verdadera de este conjunto de dispositivos turísticos de la ciudad. Abajo el puerto junto al faro y los miles de casas en construcción. Por la Rua Corredo Aguas se baja al puerto tras subir tanto, y salen las nuevas casas como setas, Como si una fiebre constructora fuera repoblando los alrededores del puerto y los cerros que a él bajan. Pero la paradoja es que, en lo alto, en el camino hacia esas construcciones, se ven los restos, los esqueletos de varias promociones de viviendas que se han quedado paradas y ahora enseñan su abandono. La vuelta ya es de noche y los alrededores de la playa, y la calle Nova, y las paralelas y las que la cruzan están atestadas de luces, de voces, de olor a fritos, de gente celebrando algo. Filas para esperar sentarse a una mesa de un restaurante lleno, cola para pasar entre las sillas. Cada negocio apura a sus camareros para que llamen a quien pasea, que los cacen, y todos enseñan en la calle sus pantallas gigantes ofreciendo partidos de futbol de la liga inglesa, española o francesa. Muchos de ellos a la vez.



Albufeira muestra todas sus posibilidades, y contradicciones turísticas, tanto que no parece octubre. Calles atestadas, colas para comer, souvenires, sol y playa.



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