Por la carretera de la
costa, Cuarteira, Olhos de Agua. El destino del navegador es el Lidl, como en
Vila Real de Santo Antonio, indica la aplicación que la cadena ofrece
graciosamente cuatro plazas perfectamente señaladas y pintadas para
autocaravanas. Es aparcamiento amplio, aunque enseguida entendemos que estará
un poco alejado del centro de la ciudad. Buscar el lugar ideal para dejar la
fugo no es fácil porque hay que conciliar intereses a veces contrapuestos: comodidad,
seguridad, ruido, cercanía, sombras, qué tipo de vecindad. No siempre coinciden
en positivo todos los condicionantes. Los baños de estos sitios suelen estar
limpios así que suponen un alivio para los potis que deben descansar y
reservarse.
Así que bajamos caminando
por la avenida Dos Descubrimientos para continuar por la Da Libertad y a medida
que nos acercamos al centro aumentas las tiendas, las mesas de los restaurantes
en las calles, los chiringuitos. Es Albufeira pero podría ser también Benidorm
o Salou o Torremolinos, la misma música, los mismos tenderetes atestados, los
mismos colores, incluso los mismos excursionistas. El estereotipo del turismo
de playa elevado a la enésima expresión apenas cambia el nombre del souvenir
barato, cada uno como el de la localidad. A medida que nos acercamos a la plaza
aumenta el jolgorio, el nivel de la música, el número de turistas por metro
cuadrado. Hay un túnel que lleva a la playa y a su paseo marítimo, a la derecha
Praia do Peneco, a la izquierda, más allá, Praia dos Pescadores. El paseo
atestado de heladerías, la playa de arena suelta, agua limpia y olas mansas. El
camarero del sitio, que igual sirve comidas que helados que cafés o que
refrescos o que se convierte en sitio de recreativos, es argentino y está
encantado de su trabajo, de ver mundo, de viajar por Europa y con los
portugueses que son educados. También con los turistas, claro, porque le da la
oportunidad de platicar en varios idiomas.
Un baño reparador en una
playa inmensa, popular, aunque no tanto como la de los pescadores, algo más
allá. Las olas calmadas permiten entrar y alejarse para nadar en un agua de
azul transparente y afortunadamente huérfana de las algas invasoras que traen
de cabeza a las autoridades y a la industria turística. La ducha no funciona, así
que hay secarse y quitarse la arena en las escaleras que suben al paseo, junto
al chiringuito multiusos que gobierna el camarero argentino.
La paya del Peneco se
abre a la derecha hasta un mirador del mismo nombre que se muestra monte y
tiene pasarela que se adentra en el abismo para dar la oportunidad de
contemplar una costa inmensa, a la izquierda hasta Faro a la derecha hasta
Lagos. De la calle atestada, la Rua Nova, se puede pasar el túnel e ingresar en
la playa, pero también subir unas escaleras a la derecha y recorrer la Rua da
Batería, y elevarse paso a paso para ver a ojo de pájaro la playa, la gran roca
clavada en el medio de la arena, producto de la erosión, pero la imagen parece
un cohete caído del cielo, el resto de un desgaste de siglos o la protuberancia
enhiesta de algún dios duende, la Rocha de Peneco.
Cerca, pero también en la
misma playa de ese nombre hay un chiringuito lujoso, restaurante, sala de
fiestas y sitio In que se llama precisamente Roca Beach Bar & Restaurante.
Y ofrece, en lugar tan incomparable, el sumun del viajero turista, la vista
espectacular, la comida singular, el buen servicio y luego el no va más, subida
a la azotea, dicen rooftp, y buena música, tragos y copas y de nevo buenas
vistas en la noche, con la luna y el mar como regalo especial del lugar. La
roca y el establecimiento se ven desde arriba de la calle como dos iconos del
negocio turístico.
Al mirador se accede
desde la propia calle o desde la arena en un elevador. Una pasarela de madera y
metacrilato que se asoma al precipicio. En los lados bancos para descanso y observación
y al final una escultura hecha con arandelas de las que abundan por todo el
Algarve. No sé si son del mismo escultor, porque están por todas las ciudades y
paseos, la mayoría torsos desnudos de jóvenes mujeres en poses relajadas o en
escorzo. La del mirador es un jugador de golf a punto de dar un golpe largo.
La calle sigue subiendo
hasta el faro y la nueva marina de Albufeira. Un largo camino que pasa por
casas de pescadores, seguramente la zona más verdadera de este conjunto de
dispositivos turísticos de la ciudad. Abajo el puerto junto al faro y los miles
de casas en construcción. Por la Rua Corredo Aguas se baja al puerto tras subir
tanto, y salen las nuevas casas como setas, Como si una fiebre constructora
fuera repoblando los alrededores del puerto y los cerros que a él bajan. Pero
la paradoja es que, en lo alto, en el camino hacia esas construcciones, se ven
los restos, los esqueletos de varias promociones de viviendas que se han
quedado paradas y ahora enseñan su abandono. La vuelta ya es de noche y los
alrededores de la playa, y la calle Nova, y las paralelas y las que la cruzan están
atestadas de luces, de voces, de olor a fritos, de gente celebrando algo. Filas
para esperar sentarse a una mesa de un restaurante lleno, cola para pasar entre
las sillas. Cada negocio apura a sus camareros para que llamen a quien pasea,
que los cacen, y todos enseñan en la calle sus pantallas gigantes ofreciendo
partidos de futbol de la liga inglesa, española o francesa. Muchos de ellos a
la vez.
Albufeira muestra todas
sus posibilidades, y contradicciones turísticas, tanto que no parece octubre.
Calles atestadas, colas para comer, souvenires, sol y playa.
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