sábado, 17 de enero de 2026

11. Sagres


Noche plácida en el camping. A primera hora de la mañana empieza el movimiento de suelta de aguas negras y carga de las limpias. Nos lo tomamos con calma para hacer lo propio, limpiando la Ducato y haciendo uso de los baños que se mantienes limpios. Entregar la tarjeta del camping y salir camino de Sagres. Por la Praia da Luz y por Vila do Bispo para enfilar la recta que lleva a la villa que los portugueses nombran por su intenso olor a amar.

Nos encaminamos antes de nada hasta la punta San Vicente, el punto más al oeste, el fin de la tierra. Hay una larga y estrecha carretera que lleva al Farol de la villa de Sagres, toda su cuneta llena de coches aparcados, de autocaravanas, de furgonetas. Ahí la dejamos también. Si ponen multa por aparcar en el arcén se van a forrar.



El panorama que se observa desde esa carretera recta que lleva al faro proporciona, a derecha y a izquierda, Cambiantes ambientes, aquí mesetas, allí dunas, barrancos. Una imagen lunar, piedras, polvo y plantas de flora reseca, protegidas, adaptadas al medio. La lista de plantas, de matorrales, de pastos, que se ven y se hulen es larga, rica: el árbol del lentisco, la jara ládano, la hierba de las dunas, romero, tomillo, enebro, lavandera mauritanica,  la jara, lentisco, cambronera, brezos, hinojo marino, lavanda marina, armeria, hierva de las dunas, alisos, solo por poner unos cuantos conocidos o preguntados.



Y se ve gente caminar entre todas esas plantas sin cuidado alguno. Al final de la pista, frente al farol, hay puestos de comida y bebida y de mantas y toallas y jerséis portugueses. A derecha e izquierda se extienden los acantilados del fin del mundo. Hay que elegir una u otra mano para acercarse a los acantilados de vértigo, si bien con el convencimiento de que habrá que volver para iniciar el paseo por la no elegida. Ambas proponen precipicios vertiginosos, con alturas y formas imposibles, caprichosas.



El camino de los acantilados abismales de la derecha, según se mira al faro, es sinuoso como sus crestas, entra y sale por senderos inexistentes, creados por caminantes sin respeto. La sensación es que se trata de sitio protegido está siento pisado y maltratado por todos los turistas que buscan la fotografía más impresionante, más original, más personal. Hay parejas, senderistas, grupos familiares, viajes organizados, entrando y saliendo del borde de las paredes verticales, asomándose, arriesgándose. Porque el viento es potente y caminar por las piedras sueltas al borde del abismo no parece propuesta segura. Lo hacíamos todos, el vértigo, la atracción del precipicio, las olas rompiendo allí abajo tan abajo. Una chica se hace selfis y se acerca peligrosamente a la cresta de piedra. La Pedra das Gaviotas es una isla de bolsillo, un pedrusco incrustado a cien metros del precipicio, un islote solitario al que golpean las olas y envuelven en lenguas de espuma. Inalcanzable como un barco de piedra que aparece o desaparece según el lugar desde eel que se mira. Desde el faro se ve, desde otros miradores es como si hubiera desaparecido, como si se la hubiera tragado el mar tenebroso.



Pulular por esa meseta elevada sobre el mar hipnotiza y los cabos y los golfos de piedra se suceden hasta llegar a playas recóndita o playas inverosímiles o inalcanzables. No hay carteles para proteger las plantas, ni siquiera de prohibido transitar, aunque estemos en un parque natural. Asi que en lugar de desandar lo andado la gente atraviesa hasta la carretera. El otro lado, el de la izquierda según se mira el faro. Es igual de árido, parecidos acantilados sinuosos, asomados al mar bravo, pero parece el sur más plano, mas erosionado, menos salvaje que el oeste. Como si el océano hubiera trabajado antes y más en un lado que en otro. Y de pronto descubres una cueva que ves desde lo algo y acercas con el teleobjetivo. Interpretas lo que pasa porque lo que se ve es que cada tres o cuatro segundos la cueva vomita humo. De modo que entra la ola, golpea al fondo de la cueva y vuelve una nube de espuma. Fascinante. Así que volvemos a la Ducato procurando respetar los caminitos, abrimos puertas y ventanas y comimos en la borde de esa carretera que parte en dos la península que parece la barca de piedra que vio Saramago. Una embarcación barrida por los vientos y mostrando ahí mismo el abismo, al alcance de la mano, el océano tenebroso. Lo bueno de la furgo es que puede ir equipada con viandas y buen vino portugués, de modo que, en cualquier alto en el camino, en un escenario imprevisto puede lograrse una comida deliciosa.



Como muchos puntos del Algarve hay aparcamientos que sirven durante el día, pero el permiso termina a las ocho o las nueve de la noche. Desde esa hora es perseguible y multable la estancia en uno de los parquímetros, como para pensar en pernoctar. Así que nos vamos directos a buscar el Intermarche que efectivamente tiene cuatro plazas dispuestas para autocaravanas. Solo que en este caso no es tan atractivo ni tan cómodo, está en la parte de atrás del centro comercial, en la zona de carga y descarga. Luego comprobamos que, aunque abundan las prohibiciones, la ciudad, sobre todo en octubre, es ancha y plana y hay muchas calles al norte que están vacías y son cómodas y parecen seguras para pasar la noche. Eso lo entendimos después de pasearlas y tras oír el tejemaneje de cargas y descargas a la mañana siguiente en hiper mercado. Cuando decides quedarte en un sitio y no en otro en estos movimientos ruteros, a veces aciertas y a veces no.



Vamos a la peculiar fortaleza, en realidad todo es peculiar por estos lares, frente al mar, guardando el fin del mundo, protegida por una fuerte muralla y tres acantilados naturales. Parece que fue construido en el siglo XV, una esplanada inmensa a la que se llega por una recta y estrecha carretera entre rocas. Otro de los secretos tan bien guardados que todo el mundo conoce. Se supone que el infante don Enrique, conocido por Enrique el Navegante, estableció ahí su escuela de navegación, un centro fundamental para la Era de los Descubrimiento. Afirman que Vasco de Gama, Cristóbal Colon o Fernando de Magallanes se formaron en esta fortaleza de Sagres.  Desde luego lugar estratégico es, como punto de partida para expediciones que abrirían nuevas rutas marítimas. Dicen que el complejo incluía no sólo las fortificaciones defensivas, sino también instalaciones para la instrucción y entrenamiento de los marineros: en tan poco casual localización podían observar las estrellas y estudiar los vientos y las corrientes. Conocimientos cruciales para la navegación de la época.



No entramos porque quedaba poco tiempo para su cierre y se necesita un mínimo de una hora para ver museo, encontrar la rosa de los vientos y recorrer las murallas. Caminamos bordeando el acantilado de enfrente para toparnos con la visión de la Praia, amplia, abierta el oeste lamida y golpeada por olas corredoras que la barren hacia los acantilados. La espuma de las olas y el azul hiriente del agua conforman un paraíso de surfistas, dando la vuelta a los promontorios se accede a la playa del Tonel por una calle que baja casi en vertical a las escaleras que llevan al chiringuito de la derecha primero y luego a la arena. El mar esta bravo y solo entran algunas tablas de surf. El paseo bordeando los enormes peñascos que rodean esta concha de arena fina, acompañados por el ruido de las olas bravas es muy recomendable.



Luego el paseo por el pueblo, solitario, desnudo en octubre. Amplio en sus calles, en sus aparcamientos que los visitantes de las playas deben abandonar cuando se acaba el día. A la derecha, otra bajada para alcanzar la playa Mareta, más protegida de olas suaves, orientada hacia el este. Así que las sombras van cubriendo la arena. Pero es más acogedora que su hermana brava del otro lado, así que aprovecho para darme un baño. Lo hago solo, sin otro bañista en el horizonte y probablemente es el baño más placentero del viaje. El agua está un poco fría pero clama y limpia, sin rastro de algas ni de gasoil.

Un pueblo poco turístico a pesar de estar en esa esquina de Portugal, sin anuncios de hoteles ni de restaurantes, pocos chiringuitos, sin tiendas. Calles lisas y amplias para aparcarla autocaravana que no puede hacerlo en los aparcamientos municipales. Un lugar para volver y recomendar.

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