El percurso dos sete vales suspensos recorre los acantilados desde Benagil a la playa de la Marina por un lado y desde el otro a Praia Vale de Centeanes, pasando por la Praia do Carvalho y farol Alfanzina. Si los miradores de un lado son espectaculares y pueden llevar a playas secretas que todo el mundo sabe, los del otro no van a la zaga. La orografía es un tobogán continuo de acantilados de caídas imposible, de formas caprichosas, bajadas vertiginosos a las playas recoletas.
Dudamos en si dormir en Benagil por otros cinco euros más, en el parquin milagroso en medio de tantas zonas de prohibición, igual para acampar como para pernoctar. Pero es desangelado, encerrado entre muros, en suelo polvoriento, en breve vendría la noche y no es apetecible quedarte ahí con la cadena de la entrada candada. Miramos por el pueblo y continúan las prohibiciones, seguimos por el camino de los acantilados y hay sitios que podrían ser aparcamientos, de hecho hay otras autocaravanas ahí puestas, un lugar magnifico con las vistas al mar para despertarse por la mañana de esa manera. Pero es parque natural y no está permitido según dicen guías y lugareños, que indican que la policía está atenta y las multas no son pequeñas.
Dormir se convierte en una lotería, a veces no convence el lugar que sugiere la aplicación, en ocasiones el aspecto, el filin o su falta, no te da seguridad. La vista desde los acantilados es soberbia y larga. Delante hay una pronunciada bajada a la playa do Carvalho y como una uve estrecha se ve una escalera igual de empinada que lleva a unas casas en lo alto, incluso se adivina a lo lejos una furgoneta aparcada. Así que hacemos el recorrido, duro en la bajada y en la subida. Lo que veíamos desde el acantilado es una comunidad, el Algarve Club Atlantico, formado por unas cuarenta mansiones con piscina y amplio jardín encaramadas en una parcela del acantilado, sobre la cueva larga que también se visita desde los barcos.
Hay un puesto de frutas y bebidas que atiende una señora amable que nos dice que la policía suele pasar por la noche para multar o expulsar a las autocaravanas que se paran en ese parquin de la urbanización, pero que ella piensa que las carliñas, así llama a la furgo, suelen pasar más desapercibidas, o al menos las persiguen menos. En ese batiburrillo de dudas para decidir un lugar para dormir nos convence el lugar y las palabras de la tendera. Así que apuntamos la ubicación, bajamos las escaleras, subimos al acantilado y sacamos la furgo del descampado que ya está vacío y con las puertas de entrada entornadas, la cadena a nunto de cerrarse.
Nos despierta pronto los ruidos de los coches, su cerrar y abrir puertas, que llegan con kayak dispuestos a pasar un largo día de navegación por las cuevas. Tenía razón la señora del puesto de frutas y bebidas, ningún susto, sin problema alguno en dormir en ese aparcamiento de la comunidad, lo peor es la llegada de regatistas. Así que bajamos por las escaleras a la playa, cargados con sillas y un tinglado de parasol con bolsas de arena. La escalera y el camino lleva a túnel abierto, excavado en el acantilado, que comunica con la playa escondida, es la muestra de que en Portugal, dicen guías y lugareños, no hay playas privadas. Sorprende la bajada de la escalera y la presencia del túnel de granito, estrecho, bajo y largo, sus diez o doce metros ya tiene. Y se abre a un ventanal y a una puerta sin puerta que propone unos escalones, desiguales y resbaladizos, que se abren a la playa, una concha cuadrada y estrecha aprisionada entre los altos acantilados. Al ser estos tan altos, poco después de medio día se empieza a estirar la sombra de la derecha, la de poniente, con lo cual conviene ponerse a la izquierda y así se conseguirán más rato de sol por las tardes. Y en frente, en el medio, una roca como un menhir vigilante. Otro secreto del Algarve que seguramente todo el mundo conoce. Evidentemente no hay ni vigilancia ni puesto de socorrismo y aparecen algunos letreros que indican que no se arrime la gente a las paredes por el riesgo de desprendimientos evidente.
Hay al inicio una piedra lisa que sobresale, una especie de mesa amplia y al frente las olas del azul cristalino que vienen manchando las algas invasoras que tantos dolores de cabeza a los gestores del turismo portugués. Si se atraviesa la red de algas al otro lado se encuentra uno con el mar limpio, pero ese cruce es engorroso.
La ola entra por su derecha, a nuestro lado izquierdo según la miramos, Rebota en las rocas y rebaña lo que se encuentra, toallas, bolsas y chanclas de turistas que corren desesperados a intentar salvar sus pertenencias. La ola va creciendo y en cada envestida lo hace con más fuerza. Así que nos subimos con nuestras sillas a la suerte de mesa de piedra que nos eleva y salva de la envestida cada vez más ansiosa. Y desde ese púlpito asistimos a las carreras de los bañistas, ya no los que tienen su tenderete de toallas a la orilla izquierda, sino de todo el frente que va conquistando la ola.
Sorprende la voracidad de la ola y su ritmo porque los bañistas o están al otro lado de las algas o están embelesadas observando el clavadismo de acantilado que practican un puñado de jóvenes. En el lado derecho hay un caminito horadado a la montaña, hasta una puerta cerrada, y hasta allí se encaraman media docena de muchachos que ensayan sus cabriolas. Rompe la ola con estrépito y ellos saltan. A ratos impresiona.
La Praia do Carvalho puede ser también el centro desde el que recorrer el cielo de los acantilados, mirar el mundo desde arriba. Caminar hacia el oeste a lo largo de los acantilados hasta Carvoeiro o parar en la Praia de Vale Centeanes para visitar una playa diferente o ver el faro de Alfanzina. Y al otro lado, hacia el este, podrá llegar hasta Praia de Benagil y la famosa Cueva de Benagil y la secreta Praia de la Marinha..
Recorrimos los doce kilómetros caminando y merece la pena el calor y los senderos que se pierden en continúas subidas y bajadas. Asomarse a las calas, a las cuevas abiertas por el cielo, a los miradores, es un regalo de esta parte del mundo. Luego llegar a la furgo con este calor portugués de octubre que parece julio, sacar la manguera del grifo de la cocina por la ventana y quitar la arena y la sal.
Y dejar la exclusiva colonia de mansiones cara y buscar donde comer, en dirección a Carvoeiro. Otra playa magnífica, otro pueblo singular, otras calles estrechas y empinadas por las que parece que no va a pasar la furgo. Ya van unos cuantos golpes tontos a la chapa, así que hay que circular con cuidado. Paramos en el único aparcamiento que propone la aplicación un lugar municipal arriba del todo que proporciona una buena vista y un restaurante donde tomar café a la sombra. No sentamos y el camarero sugiere que pasemos al otro lado del local, hacia el oeste, donde hay varias mesas libres y pega el sol de justicia. Evidentemente rehusamos y buscamos otro lugar para tomar el café.
Portimao será el próximo destino, una ciudad portuaria con dos almas, la playera y la ciudad antigua, casi de espaldas una de la otra. Un barrio histórico alrededor de los jardines de la plaza de la Republica. Las siete calles estrechas, casi paralelas entre la Rua Direitia y la plaza, tiene tabernas y restaurantes tranquilos, como de pueblo interior. Lo contrario es el bullicio de la zona de la playa da Rocha. Allí el museo, el puerto, lo administrativo, las iglesias Nuestra Señora de Conciensao y la del Colegio. Las cigüeñas anidando en una grúa gigante, la escultura de las esforzadas pescadoras. El rio Arade se hace estuario al llegar a Portimao y se convierte en puerto, pero tiene la particularidad de subir hasta más arriba de Silves, porque viene del pantano. Pero digo que sube porque a su paso por Silves a una hora determinada se ve un rio casi vacío y a otra un rio que llena todo el cauce. La marea lo llena y lo vacía.
La aplicación nos lleva a las cuatro plazas grandes que tiene el Lidl junto al aparcamiento. Lo que es un recurso a veces se convierte en una mala idea porque es un sitio de mucho trajín, de mercancías, pero también del cruce de dos carreteras y su correspondiente rotonda.
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