Y nos encaminamos a
Lagos, la capital del Algarve. Una ciudad importante, grande, también con rio
que termina en estuario y puerto. Ya algo cansados de los espacios difíciles y
de las superficies comerciales pues hicimos un descanso en camping céntrico, el
Trindade. Un respiro para llenar y vaciar aguas, para ducharnos con más
comodidad y amplitud. A él nos llevó la aplicación, y llegamos con cierta
prevención, ya que tanto la descripción del sitio como algún comentario no era
muy halagüeños. La ubicación explica que está muy cerca de las playas y del
centro de la ciudad, junto a los bomberos. Eso es la parte positiva que
indican. Pero añaden en la descripción que, en un suelo de tierra compactadas,
que hay poco sol debajo de los árboles, que el personal no habla idiomas, que
no se pueden hacer reservas, que la electricidad no siempre está disponible Los
comentarios de otros viajeros que han pasado por ese camping hablan de que está
cerca de una playa pero que la gente no es amable, cuentan de los acampados
peculiares del sitio, gente rara y descuidada, con una indisimulado rechazo, y también que los baños no están muy limpios.
Lo cierto es que el conserje
que recibe no es muy hablador, pero es amable, diligente y sí que habla idiomas
y explica las condiciones del camping y lo que se le preguntes de la ciudad o
de las playas. Las parcelas son amplias y se puede buscar la sombra de este
verano de octubre entre los inmensos eucaliptos. Las duchas están limpias y se
ve que las limpian cada poco. Cierto que el lugar es algo antiguo y quizá un
poco decadente y las instalaciones merecerían un aseado. Pero el sitio es
amplio y muy bien ubicado y sobre todo muy cómodo, tranquilo y seguro. Y los
acampados peculiares son gente agradable, asentados desde hace tiempo, de modo
que tienes su jardín cuidado, con su valle alrededor de su caravana, con una
aspiración de parcelita particular. Además, tienen un cierto aire de cultura
hippie de libertad y estilo veraniego. No entiendo que eso sea motivo de
incomodidad. Dudamos entre varias
parcelas y dejamos la furgo en la que nos pareció más llana, con más espacio de
sombra y con más sitio para sacar el toldo.
Salimos por el parque de
bomberos a la avenida dos Descubrimientos y nos asomamos a la Praia Cardeira,
la de los Estudiantes, la playa Batata. La de los estudiantes se llama
así porque solía ser un lugar popular entre los estudiantes, tanto para
pasar el rato y socializar como para manifestarse. Tiene un puente romano que
la conecta con otras playas. Sus cuevas y curiosas formaciones rocosas la
rodean y la limitan dos grandes peñascos rocosos, debajo de los cuales está el
mar. Otro túnel, y por unas escaleras empinadas se llega a esta playa, solo una
de las muchas que ofrece la ciudad de Lago.
Caminamos hasta la
oficina de turismo, un lugar que da muchas posibilidades, no solo por la
información que necesitas, también por los personajes que te encuentras en
ellas, quizá otra manera entender el país. Como en todos los funcionarios los
hay simpáticos, aplicados, amables, colaboradores, secos, impertinentes,
colaboradores, profesionales. Los de turismo son peculiares, algo hay que los
asemeja. El de Lagos es amable y se explica bien en castellano, solo que le
gusta escribir en los planos. Dice estamos aquí, y con su bolígrafo azul
señala, rotula, redondea, destaca, completa, delinea el círculo. Aprieta con
fuerza, con la intención de que no quede ni una milésima de milímetro sin
pintar. Y si anota playas o iglesias o museos o restaurantes o lugares de
interés, pues igual. De modo que el plano queda rotulado a conciencia.
Señalados el mercado municipal, los puentes, las playas y evidentemente el
camino de tres kilómetros hasta la Ponta de Piedade.
Así que pasamos por el
castillo, por la iglesia de San Antonio y, enfrente, en el gran canal que
acompaña a la ciudad nos encontramos con un espectáculo imprevisto: las
maniobras de un espectacular velero de dos mástiles y bandera francesa. Parece
antiguo, construido en madera, con el casco color negro y una llamativa y
gruesa raya amarilla en su mitad. Sus velas arriadas y la tripulación
uniformada informalmente ejecutan maniobras de acercamiento y viraje que dan la
oportunidad de recolectar un buen puñado de buenas fotografías. Tiene el nombre
en la popa y resulta que es un famoso e histórico bergantín que se construyó en
Dinamarca, en 1929. Esto lo sé por Google que busqué el nombre y comparé las
fotografías. Parece que primero fue barco de carga para el Báltico y luego una
goleta misionera evangélica. A los veinte años de su construcción se retiró de
la función misionera y volvió a hacer cargas, pero su sala de máquinas sufrió muchos
daños por un incendio. También lo han usado para muchas películas y series
marinas. Hoy lo alquilan para trabajos de cine o para vacaciones.
Varios dueños y
diferentes transformaciones lo han convertido en el elegante barco histórico
que llama la atención. En 1991, fue transformado a imagen de la carabela Santa
María del siglo XV para la película de Ridley Scott, ‘1492: La conquista del
paraíso’. Fue conocida como Santa María hasta que, en 1996, debido a la
creciente demanda de barcos de aparejo cuadrado de época, se convirtió en un
bergantín de dos mástiles y recuperó su nombre original, Phoenix of Dell Quay.
Como digo de todo eso me
enteré luego, comparando las fotografías que le saqué. Estaba no ante un velero
antiguo, sino ante una estrella del cine y del recreo. ‘En el corazón del mar’,
‘Poldark’, ’1492: La conquista del paraíso’. La serie ´’Hornblower’, ‘Capitán
Dientes de Sable’, ‘Viaje de descubrimiento’, ‘Moll Flanders’, ‘Frenchman's
Creek’, ‘La Pimpinela Escarlata’ y ‘Las Crónicas de Narnia: La travesía del
Viajero del Alba’.
Una larga lista de títulos. Desde 2017, Le
Phoenix ha aparecido en ‘En el corazón del mar’, ‘Poldark’ (todas las
temporadas), ‘Tabú’, ‘Frontera’, ‘Outlander’ y ‘Napoleón’.
Nos damos prisa en llegar
al mercado municipal antes de que cierre. Como todos los mercados portugueses,
limpios, cuidado el diseño y la presentación. Productos de la zona, vinos,
souvenirs. A lo largo del paseo marítimo hay puestos con mantas y toallas y
mantelerías. Y compro una colcha liviana que hace tiempo que tengo pensada para
la playa, una superficie amplia para evitar la arena. Las calles de Lagos,
estrechas y empinadas están llenas de terrazas, tienen muchos turistas dado el
verano de octubre, pero están cuidadas y no están enfollonadas como otros
sitios, como Albufeira por ejemplo.
Hay dos caminos hasta
Ponta de Piedade: una carretera, Estrada da Piedade, que sale de la N125, frente
al parque de bomberos. O seguir la senda de la costa, una pasarela de madera
que recorre la cresta de los acantilados, va mostrando las playas recoletas, a
las que se accede por imposibles escaleras, y llega al faro.
Tras la Playa de los
Estudiantes la primera que ofrece la pasarela de madera es la de Pinhao, una
concha estrecha de arena fina y aguas limpias debajo de inmensos peñascos que
la guardan. La siguiente es la Praia dona Ana. Cada una es diferente, una
personalidad distinta, aunque compartan el estar encajonadas entre grandes
acantilados, que sean recoletas y que haya que bajar a ellas en una empinada
escalera de madera con mil peldaños. La de dona Ana tiene, a media altura del
acantilado, una puerta que comunica con la entrada al hotel, directamente sobre
la playa, en todo lo alto, con una piscina en la azotea. Luego otra bajada a
Mariy, también chiquita y recoleta, otro secreto que todo el mundo conoce, así
que se llena.
Y luego viene una joya de
la corona, la Praia de Camilo. Se ve más al fondo de los riscos que las otras,
una bajada casi vertical que supondrá una subida igual. Así que bajo sin cámara
con la idea de curiosear y darme un baño rápido. Son doscientos escalones de
madera algo mareantes. A medida que desciendes se ve la playa un poco
decepcionante, está ya bajo la sombra del acantilado y se observa una plaga de
algas meciéndose junto a la arena. El agua se ve cristalina más allá de las
plantas acuáticas, pero no resulta muy apetecible el baño. Así que mirando los
escalones que me quedan hacia arriba y los que restan hasta abajo, entran unas
dudas metódicas. Pero puede la curiosidad: ya que estoy.
Me arrepentí de no haber
bajado la cámara, esa playa pequeña, umbría y sucia por las algas tiene un
chiringuito cerrado a la derecha y a la izquierda, en el fondo de la pared
temible hay un hueco que resulta un túnel que comunica con la otra playa, curiosamente
limpia de algas, más amplia, menos umbría porque el sol tarda más en ponerse al
estar un poco orientada al oeste. Un paraíso escondido tras el pasadizo, otro
secreto del Algarve conocido por muchos. Pero un verdadero paraíso, quizá para
que encabece la lista de las mejore playas del Algarve.
La subida es engorrosa
para los pulmones, pero merece la pena la curiosidad de encontrar lo que es la
playa de Camilo al otro lado del túnel, Y se empieza a ver el faro de la punta
de la Piedad, pero antes de legar a él hay otra bajada de vértigo por escaleras
hechas en las piedras de los acantilados que lleva a o Elefante, la erosión le
ha dado esa forma a las piedras y hay una playa mínima para contemplar tales
formaciones rocosas. Se ve desde lo algo a una chica solitaria haciéndose
selfis en tan original lugar.
Los miradores del camino
de madera proporcionan un paseo cómodo recompensado con las vistas que compiten
entre sí por ser la más impresionantes. Y para coronar tal borrachera de
contemplaciones interesante, está la Ponta de la Piedade. Desde ella se ve ese
conglomerado de riscos, grutas, cuevas que apuntan al océano Atlántico. Y como
es la hora de la puesta de sol, el espectáculo verdadero está en observar la
espalda de tanta gente que intentan captar con sus cámaras el instante en que
el sol cae como una moneda al mar. Una línea a contraluz de figuras
expectantes.
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