Por la mañana, al despertar, una de las autocarvanas ya se ha ido, otra ha venido y descubrimos que otra ha encontrado su hueco debajo de un gran eucaliptus que le da sombra todo el día. Ha encontrado su acomodo ideal y parece que lleva varios día en ese sitio. El descampado autorizado para vehículos grandes viajeros se encuentra justo a la entrada del pueblo, donde se cruzan la rua Joaquin Soares y la avenida Engeniero Duarte Pacheco, que hace además de paseo marítimo recorriendo la vera de la ria Formosa. Al final el paseo lleva a las casetas de los pescadores, unos compartimentos personales y atestados de pertrechos de pesca y se les ve reponiendo, recosiendo, limpiado redes y cebos. Hay una taberna que tiene un inmenso pulpo, polvo en portugués, en el tejado como si amenazara con tragarla con sus tentáculos. Ahí encaramado impresiona, no se sabe bien si como atracción o guardián. Desayunamos en otro por si acaso, junto a las casetas de pescadores. Las dos calles que se acaban cruzando, aunque caminan un buen trecho en paralelo cruzan acumulan las mayoría de los habitantes del pueblo y las casas de huéspedes. Al sur tienes un tesoro de nombre bonito como muchos sitios de Portugal, la Praia de Terra Estreita. Un ferry atraviesa la ría, y une el pueblo con una lengua de arena fina que se estrecha.
Y nos encaminamos hacia
Olhao, pasando de nuevo por Peras de el Rei, y Luz y Fuseta. La guías dicen que
Olhao es el centro del Algarve, que es el secreto mejor guardado, que es una
visita imprescindible si se va al sur de Portugal. Lo que ocurre es que eso
dicen más o menos de todos los lugares, singulares, indispensables de esa parte
de la península. Así que optamos por no hacer mucho caso e intentar descubrirlo
según nos lleven los paseos y los sitios donde se pueda aparcar y dormir.
El puerto pesquero, el
antiguo barrio de pescadores, la nueva marina y los caminos de las leyendas son
solo un puñado de referentes que pensamos tener en cuenta. Hay una parte de la
ciudad que mira al mar y otra ruidosa llena de actividad mercantil, con tráfico
intenso y pocas muestras de poder dejar la furgo sin entrar en la almendra de
pago obligatorio. El aparcamiento señalado por la aplicación está atestado, es
media mañana y la ciudad no para, así que toca callejear por ella, salir del
centro y buscar donde dejar nuestra casa rodante. Es preciso evitar multas,
aparcamientos regulados y demasiada distancia, pero las ciudades no se conocen
hasta que no se patean, de modo que dejamos nuestro vehículo en un solar cutre,
lleno de moscas y de desperdicios. Lo elijo como una opción provisional, hay
cerca un restaurante que parece de comida popular, al lado de la rua Calouste
Gulbenkian. Evidentemente no se nos olvida enviarnos la ubicación.
Resulta Olhao una ciudad singular. La parte ruidosa,
de tráfico intenso, con edificios de ciudad grande, con palacetes e iglesias
tan deteriorados que solo cabe el derribo por ruina o su conversión en inmensos
lienzos de arte callejero. La parte en que mira al puerto, a la ría y al
turismo, está cuidada, pintadoras sus fachados con colores suaves. El centro apiñado
de calles estrechas, empinadas, y fachadas diseñadas con gusto. De colores
pastel, verdes, azules, o cubiertas de azulejos. Terrazas en los tejados y
patios ocultos, no hay tejas, hay azoteas que miran a la ría, calles que no
parecen ir a ningún sitio, pero que pueden descubrir secretos. Calles tan apuradas
que dos personas solo pueden pasarlas si lo hacen abrazadas. Un laberinto y una
propuesta municipal, más o menos señalizada, para revelar el casco antiguo de
otra manera, buscando leyendas. Una invitación particular y sorprendente, Rota
das Lendas, Ruta de las Leyendas.
Todas están numeradas y
localizadas, de modo que si alguien se pierde puede encontrarse fácilmente.
Jugar a perderse por el entramado del centro y que te guie la búsqueda de una
historia es una idea sugerente. Hay un cartel frente al mercado que propone
cinco paradas donde aparecerán otras tantas historias entre el mito y la
fábula. No hay por qué seguir un orden, solamente es necesario para no perderse
ninguna, pero se pueden encontrar por sorpresa o caminar al tuntún y
encontrarlas. Suelen estar en recodos, plazas recoletas. Sí, un poco
escondidas. Muchas están relacionadas con la presencia musulmana en estas
tierras del sur.
La Lenda de Arraul está
representada por la escultura inmensa de un gigante de lata. Parece que era el
hijo de uno de los guardianes de las columnas de Hércules, que sobrevivió a la
desaparición de la Atlántida porque una ballena se lo tragó y luego lo devolvió
vivo en el lugar donde comenzó a formarse Olhão. El joven se enamora de este lugar y decide
protegerlo de las tempestades a través de una enorme barrera de arena que va
transportando de los cerros cercanos. Tal barrera es la que dio lugar a uno de los
lugares más bellos de todo Portugal: la Ría Formosa y sus islas desde Cacela
Velha hasta Faro.
Cerca de él está la del Menino
de Olhos Grandes. Se decía que había un niño encantado que no paraba de llorar
en la noche. La gente no salía por miedo al embrujo, ya que aseveraban que el
llanto del niño podía hasta matar a una persona. Los marineros, que juraban
haberlo visto, lo cogían en brazos para consolarlo, pero el llanto y su peso
aumentaban y cuando lo soltaban en el suelo el niño desaparecía. Se ve una
escultura metálica con un niño más enrabietado que lloroso con los brazos
cruzados, como enfurruñado.
La del Moro Encantado
cuenta la historia de un joven pescador, Manuel, que jugaba en la calle a la
pelota con sus amigos cuando un extraño joven se quiso unir a ellos. El recién
llegado no era ducho en el juego y pidió a Manuel jugar en otro lugar, en el
que levantó una trampilla y lo llevó a un palacio repleto de riquezas. Manuel
quiso volver con su familia, pero el joven, de manera invisible, siempre le
acompañaba. El encanto, que según la tradición provenía de un moro encantado,
desapareció cuando el joven fue a misa y comulgó.
En la Praça Patrão
Joaquim Lopes, está la escultura de Floripes, la imagen de una hermosa mujer. Una
historia que parte de las apariciones nocturnas de una atractiva mujer vestida
de blanco en una casa del Molino Mareal del Sobrado. Un joven de la localidad,
Julião, fue testigo una noche de la presencia del fantasma. La mujer, con los
pies descalzos y una flor en sus cabellos, le confesó ser una mora encantada,
de nombre Floripes, que esperaba el regreso de su padre huido a su país tras la
llegada de los cristianos. La dama contaba que el padre tuvo que salir
ante la persecución cristiana sin poder avisarla y su amado volvió a buscarla,
pero su barco fue a la deriva y acabó ahogándose. Parece que el padre,
ante la imposibilidad de que su hija regresara, la dejó aquí encantada. La
tradición popular asegura que la joven se aparece por las noches a los hombres,
desafiándolos a cruzar la ría con una vela encendida a cambio de su amor, su
matrimonio y su reino. Y los que lo intentan acaban debajo de las aguas.
Floripes quizá sea lo más fotografiados de la ciudad.
La Lenda do Marim habla
de un rico señor árabe que construyó aquí en Olhao su castillo. Tenía una hija
bellísima pretendida por muchos, pero nunca concedía su mano a los numerosos
pretendientes. Uno de ellos, un joven rico y con grandes cualidades poéticas y
musicales, acudía todas las noches debajo de la ventana de tan bella dama, a la
que enamoró con sus canciones y versos. El padre no veía con buenos ojos
aquella relación y llamó al pretendiente, al que le propuso, a cambio de la
mano de su hija, que trajese a sus campos, faltos de agua, la Fuente del Canal,
creyendo que se libraría de él. Sin embargo, la siguiente noche lo volvió a oír
cantar bajo la ventana de su hija y, al asomarse, vio un gran abismo de agua
bajo su castillo para regar toda la propiedad. Al darse cuenta de que tenía que
cumplir su promesa y otorgar la mano de su hija, se dirigió al dormitorio de
ésta y, en un ataque de ira, la arrojó por la ventana. El joven perdió el
equilibrio y cayó con ella, pero no se ahogaron, cuenta la leyenda que siguen
saliendo muchas noches del agua y se dan la mano para pasear por la isla de
Armona.
Los barrios antiguos, como
el de los pescadores, son lugares obligados, tanto como el mercado municipal.
Dos grandes edificios de ladrillo rojo con tejados de metal, ambos situados
frente al paseo marítimo, junto al puerto y son el centro de la vida de
Olhão. Uno de ellos está dedicado a carne, fruta y verduras y en el otro se
vende pescado y marisco fresco. Entre ambos, a la orilla de la ría, y en la
plaza frente a ellos, se concentran gran cantidad de restaurantes y terrazas,
pero ellos cierran a las dos. Y a pocos pasos del mercado se encuentra el paseo
marítimo, un lugar perfecto para pasear con vistas a la Ría Formosa.
El puerto pesquero está
repleto de barcos de pesaca tradicionales, conocidos como luzzu, de
colores vivos, que forman parte del día a día de los habitantes de Olhão, así
como los ferris que parten hacia las islas de Ría Formosa. Es cuestión de
ajustar las horas para poder visitarlas y disfrutarlas. Y siguiendo el paseo
marítimo se alcanza la nueva marina, la zona nueva en desarrollo con grandes
edificios de oficinas. Ahí las calles son anchas y también podría ser una
oportunidad de discreta pernocta. A lo largo del paseo aparecen a la izquierda
las marismas, con pescadores que las cruzan y a lo lejos las islas. Enfrente una posibilidad de genial puesta de
sol. El paseo se vuelve dorado y los caminantes van llegando para sentir como
el sol se oculta despacio.
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