El pescador que me da
conversación mientras intenta pescar pulpo en el muelle tiene 61 años y se jubiló
a los 58, porque la gente de la pesca tiene cupos para juntar años y
prejubilarse antes. Se aprovechó y no volvería a embarcarse, pero le ha quedado
el tirón del mar. Y se acerca al muelle cada mañana. No coge mucho, pero
suficiente para llevarle a la mujer la comida.
-Y a veces también la
cena.
Se ríe y se rasca bajo la
gorra que le defiende del sol. Me habla de la playa de Monte Gordo y dice que
allí hay caravanas, así que lo apunto. Se trata de salir por el puente Infanta
Cristina y tomar camino a Portugal. En la frontera antigua se apiñan coches que
no deben saber cómo circular por Portugal o no tienen la fórmula prevista. Y
miras el rio desde el Ponte Internacional do Guadiana, un espectáculo desde la
furgo. Dos orillas, el mismo ambiente, dos países, dos maneras de cuidar la
tierra. Tengo la sensación de que toda la raya entre España y Portugal repite
el paradigma, en aquel lado están las cosas cuidadas y en este no. Quizá haya
matices y circunstancias y contextos, y excepciones, pero la primera vista aquí
es descuido y allí empeño. Ayamonte y Vila Real do Santo Antonio comparten el
Guadiana, cada una en una orilla del rio. La disposición, ordenamiento, cuidado
de una y de otra repiten la tesis ambigua y con todas las excepciones que he
ido observando a lo largo de toda la frontera, desde el Miño al Guadiana.
La aplicación indica que
no hay áreas en Vila Real do santo Antonio pero que hay un Lidl a las afueras
que dispone de cuatro plazas cómodas y amplias para autocaravanas. Un detalle
comercial y empático. Hay unos eucaliptos altos y viejos a cuya sombra me cobijo, con lo
que ganamos en frescura y evitamos el sol de mediodía, potente, pero además
dejamos libres las plazas para otros caravanistas.
De ahí paseamos la ciudad
cuidadosamente diseñada desde su fundación. Parece que fue concebida en el
siglo XVIII como una muestra del Portugal de la Ilustración. El desarrollo de
una idea de trazado elegante, las calles formando cuadrículas hiladas con
amplias plazas. Un orden amable y cuidado en un entorno ribereño que
proporciona sosiego y distinción. Por la Rua Antonio Vicente Campinas y luego
por la del Conselheriro Federico Ramirez se llega a la Avenida de la República,
paralela al rio, sembrada de palmeras, y al puerto deportivo. Donde espera el
ferry que cruza el Guadiana y va y viene cada hora de España a Portugal y al
contrario.
Y resulta un paseo largo
y placentero. Las calles llenas de tiendas tan cuidadosamente diseñadas como la
ciudad donde se desarrollan. Apacibles, originales, y sus escaparates y sus
negocios abiertos de par en par y las casas encaladas o pintadas de colores
suaves, pastel, indican que puede existir un turismo ajeno al bullicio, al
caos. La Praca Marques de Pondal es el centro neurálgico, pavimentada, rayas
blancas grises y blancas, concéntricas hacia el templete del centro. Rodeada de
naranjos. Vila Real de Santo Antonio es una ciudad tranquila, luminosa que
invita a pasear despacio.
El calor aprieta y el mar
está cerca, de modo que se presta buscarlo y llegar a comer en una playa. El
siguiente destino es Monte Gordo. La referencia es la del pescador de Isla
Cristina que ha visto autocaravanas y la aplicación de Park4nigh indica que no
hay áreas, solo apunta un cierto aparcamiento al final de la playa. Al fondo de
la calle principal de un lugar turístico que se extiende a lo largo de una
playa ancha y amplia, la avenida Infante Dom Enrique. Buscando el aparcamiento que
señala el teléfono nos encontramos con un solar limpio, rodeado en sus cuatro
lados por autocaravanas y camper perfectamente alineadas. Así que no llegamos a
él. Hay un hueco entre dos y ahí colocamos la furgo.
Es un sitio con piso de
tierra apelmazado, de albero, no tiene servicios ni está señalizado, seguramente
ni autorizado, pero si permitido por la ley de hechos consumado. Es muy cómodo
y está al lado de la playa de arena ten fina. Así que decidimos parar, comer y
darnos un baño. Luego veremos si continuamos o nos quedamos. El baño es grato,
el agua no está fría a pesar de que sea octubre y Atlántico. Hay poca gente en
la playa de modo que su inmensa superficie nos hace sentir como habitantes
únicos. Hay una chica amable vestida de rojo y amarillo, en la esquina de un
tinglado de hamacas y sombrajos de paja, una vigilante de la playa, quizá una
socorrista bajo su sombrilla rojigualda. Como toda la playa esta desierta,
colocamos nuestras toallas donde nos parece y ella, afable, nos dice que no
debemos ponernos delante de las hamacas y sombrillas del hotel, que la ley
portuguesa así lo indica. Parece ridículo, aunque ella no tiene la culpa, o sí,
pero nos ponemos un par de metros más allá fuera del campo de influencia
privado. Largo baño y al fondo unas casetas azules que funcionan con monedas 50
de céntimos. La ducha es corta pero suficiente para quitar sal y arena y volver
a la furgo sin esos engorros.
La vuelta por el pueblo muestras un lugar esencialmente turístico, un par de calles peatonales atestadas de chiringuitos que están muy poblados y no quiero imaginar lo que será esto en julio o agosto. Bares y restaurantes con pantallas gigantes dando el partido correspondiente del Real Madrid, pero también de los grandes de la liga inglesa. Va entrando la tarde así que decidimos quedarnos en este solar ocupado por las autocaravanas, un lujo de sitio seguramente provisional, hasta que señalen el plan urbanístico y construyan un gran edificio de apartamentos. Dormir en un espacio amplio, abrigado, limpio y teniendo por vecinos a unas docenas de autocaravanistas de otros tantos países da cierta seguridad solidaria. Puede que sea un lugar sin autorización para pernoctar, que ya se ha ido viendo en el poco tiempo de llevamos en Portugal que no hay muchas áreas y además abundan los carteles de rechazo, cuando no de prohibición de estos vehículos. Quizá la mala praxis, la falta de cuidado de los viajeros con sus residuos y limpiezas haya provocado esa cierta animadversión que se va palpando.
El caso es que resulta noche silenciosa, a lo lejos, puede que poco
más de cien metros, el rumor del mar, el eco de las olas, la cercanía de gente
a la que no conoces pero con la que se comparte una cierta forma de viajar, de
ver el mundo. Al lado una pareja de personas mayores con su perrita y sus
bicicletas, al otro una familia que parece bien avenida, al otro lado,
junto a la pared de enfrente, una pareja joven con sus tablas de surf apiladas
en el interior de la furgoneta que tiene un mecanismo para levantarse y
componer en el techo el lugar de dormir.
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