miércoles, 7 de enero de 2026

6. Ría Formosa

Se trata de un laberinto de agua y arena, La Ría Formosa es un parque natural protegido, un ecosistema lagunar único de 60 km con islas barrera, marismas y canales. Entre las Playas de Garrão y Manta Rota, un canal mágico que corre en paralelo al Atlántico, se ensancha o se adelgaza y forma ese enredo marino que merece la pena recorrer. Para ir a sus islas hay que tomar un barco. Y el sitio donde cogerlo queda muy cerca del descampado donde dormimos plácidamente así que con los billetes ya reservados nos acercamos al embarcadero del ferry.



Hay muchas opciones para acercarse al paraíso que resulta ser la Ria Formosa, para acercase a los canales secundarios, a las islas desiertas o pobladas, los bancos de arena en esa serpiente de agua tan larga. La pesca, la extracción de sal y la recolección de mariscos dicen las guías que son las actividades tradicionales de las poblaciones de la Ría. Pero a primera vista lo que parece ocupar a portugueses y trabajadores asentados en  la zona es el turismo, la lista de lugares de islas que ocupan la Ría Formosa es amplia y cada sitio compite por ser más singular que el vecino.

 De Este a Oeste están las islas de Tavira, Armona, Culatra, isla del Farol y de la Barreta, Illa Deserta, con playas extensas poco frecuentadas. El paseo marítimo de Olhao está sembrado de tenderetes como pequeños kioscos que ofrecen viajes en ferry o en barcos. Unas cinco horas visitando Armona Culatra y Farol, sobre 80 euros. Desechamos el tour turístico y optamos por coger el ferry a las once de la mañana. Va lleno. La idea es ir a la isla de Farol y de ahí a las 12,45 a Culatra en otro ferry, combinado los horarios. Pero el barco para primero en Culatra, así que decidimos de pronto quedarnos, ya iríamos a nuestro aire, caminando por la playa a Farol.



Se trata de una isla barrera de siete kilómetros que separa el Atlántico de la ria Formosa. De modo que el pueblo está en la parte de la ría, donde atracan los barcos y la larga playa de arena blanca esta al otro lado, se llega a ella caminando por una pasarela de madera por encima de los manglares con la idea de respetar flora y fauna. La zona donde preparan sus aperos los pescadores es digna de ver y de fotografíar. Pequeñas casetas individuales atestadas de trastos, cestas, ruedas, redes, palos, alambres, cosas que se llevaría con gusto un chatarrero pero que ellos parecen guardar con cariño y ánimo de reutilizar. Muchos están sentados delante de su cuchitril arreglando hilos o construyendo trampas para criar ostras. Ellos mismos cuentan cuando se les observa con curiosidad que las ostras “crecen aquí más y más deprisa que en Francia”. No hay carreteras ni vehículos a motor salvo los tractores para remolcar las barcas, así que las calles son de arena. Casitas pequeñas, algunas convertidas en restaurante, calles estrechas, la sensación de provisionalidad permanente. Plantitas en equilibrio de encontrar alguna humedad entre tanta arena, pequeñas terrazas a ras de suelo.



La senda de madera va acompañada en paralelo por un tubo grueso que llega a mitad de camino de la playa, ahí una casita de madera preparada para servir de aseo y servicio. Y la playa es larga y espectacular, la arena, el color del agua... Cierto que el oleaje es fuerte y trae algas de esas invasoras que no es lo más apetecible en un mar de limpio. Así que hay que saltar la invasión, regatear las olas que rompen y luego dejarte llevar unos metros más allá. Hay que tener cuidado al regresar a la orilla, que no te revuelquen las olas pendencieras.



Decidimos caminar hasta Farol, decían que una hora de camino, pero en poco más de media hora estamos al otro lado de la isla. Es una pequeña comunidad llena de casitas singulares, de colores pastel, con su jardín y sus plantas a pesar de la arena y la sequedad del terreno. En esa parte de la isla las olas son igual de inmisericordes, pero parece que dan un poco más de tregua para entrar o salir de ellas. Y las algas invasoras que las revuelven y ensucian son un poco más escasas, de modo que el baño en más placentero. En la misma playa frente al mar inmensos y cerca del faro reponemos fueras a base de frutos secos, mandarinas y manzanas. Los ferrys cruzan la ría llenos, tanto en la zona de Culatra como aquí se ve gente, pero no agobia y se tiene la sensación de caminar por un territorio libre, por un paraíso del que pocos saben. Pero a tenor del trajín de barcos por la ría sí que saben muchos. Y en julio y en agosto presiento que será más agobiante..



Dejamos el ferry, entre el barullo de tantos viajeres perdiéndose por el paseo marítimo, Nosotros al tranquilo solar para recoger la furgo y emprender camino a Faro. Es momento de cambiar aguas, de reponer y en el Intermarche se puede hacerlo y también pernoctar. Dos euros cincuenta litros. Un aparcamiento generoso y una zona ancha especialmente preparada para autocaravanas facilita las cosas de una zona preciosa, irrepetible, pero pacata en los servicios a viajeros con la casa puesta. Cierto que queda a más de media hora del centro, así que tras una noche placida y silenciosa acercamos la furgo a una calle del centro, fuera de las zonas de estacionamiento reservado. Una calle algo estrecha y un poco inclinada, pero sirve para iniciar el recorrido turístico de la ciudad, con primera parada en la Capilla de los huesos. Una iglesia pequeña. Pagar dos euros, recorrerla, salir a un pequeño jardín y voila. Un pequeño habitáculo construido a base de huesos cruzados y calaveras supuestamente de frailes. Una sensación rara. Entre algo ingenioso, no sé si curioso, y un toque repulsivo. Mitad original mitad macabra... ¿A quién se le ocurre forrar una pared con huesos humanos? Alguna explicación debió encontrar a tenor de la cantidad de curiosos que entramos a ver tal cosa.



De ahí a la catedral pasando por la puerta de la villa que da acceso a las antiguas murallas musulmanas, era la entrada de la ciudad para quien accedía a ella por el mar. El interior de las murallas, la ciudade vela, desde el Arco da Vila, incluye las antiguas calles estrechas, la catedral con el atrezo de los invitados a una boda, los arcos de las otras entradas, el museo municipal, tabernas y restaurantes. Uno de estos, lujoso, con mucha cristalería un magnífico mirador a la ría Formosa, tiene un amplio patio y en él unos limpios y cómodos servicios. Creo que utilizados por muchos paseantes ante la mirada disgustada del dueño. Cada vez que un viajero entraba en el patio, pasaba al servicio y volvía a la calle sin mirar su restaurante, él hacía aspavientos con las manos, como si lo llevaran los demonios.



Los alrededores de la muralla están sembrados de chiringuitos, de puestos para excursiones en barco por la Ria Formosa, de restaurantes, te tabernas. Un hervidero de viajeros que buscan en la capital del Algarve las esencias de una tierra tranquila y privilegiada. El problema es que siendo tantos en octubre, imaginemos los que serán en agosto.

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