Se trata de un laberinto de agua y arena, La Ría Formosa es un parque natural protegido, un ecosistema lagunar único de 60 km con islas barrera, marismas y canales. Entre las Playas de Garrão y Manta Rota, un canal mágico que corre en paralelo al Atlántico, se ensancha o se adelgaza y forma ese enredo marino que merece la pena recorrer. Para ir a sus islas hay que tomar un barco. Y el sitio donde cogerlo queda muy cerca del descampado donde dormimos plácidamente así que con los billetes ya reservados nos acercamos al embarcadero del ferry.
Hay muchas opciones para
acercarse al paraíso que resulta ser la Ria Formosa, para acercase a los
canales secundarios, a las islas desiertas o pobladas, los bancos de arena en
esa serpiente de agua tan larga. La pesca, la extracción de sal y la
recolección de mariscos dicen las guías que son las actividades tradicionales
de las poblaciones de la Ría. Pero a primera vista lo que parece ocupar a
portugueses y trabajadores asentados en la zona es el turismo, la lista de lugares de
islas que ocupan la Ría Formosa es amplia y cada sitio compite por ser más
singular que el vecino.
De Este a Oeste están las islas de Tavira,
Armona, Culatra, isla del Farol y de la Barreta, Illa Deserta, con playas
extensas poco frecuentadas. El paseo marítimo de Olhao está sembrado de
tenderetes como pequeños kioscos que ofrecen viajes en ferry o en barcos. Unas
cinco horas visitando Armona Culatra y Farol, sobre 80 euros. Desechamos el
tour turístico y optamos por coger el ferry a las once de la mañana. Va lleno.
La idea es ir a la isla de Farol y de ahí a las 12,45 a Culatra en otro ferry,
combinado los horarios. Pero el barco para primero en Culatra, así que
decidimos de pronto quedarnos, ya iríamos a nuestro aire, caminando por la
playa a Farol.
Se trata de una isla
barrera de siete kilómetros que separa el Atlántico de la ria Formosa. De modo
que el pueblo está en la parte de la ría, donde atracan los barcos y la larga
playa de arena blanca esta al otro lado, se llega a ella caminando por una
pasarela de madera por encima de los manglares con la idea de respetar flora y
fauna. La zona donde preparan sus aperos los pescadores es digna de ver y de
fotografíar. Pequeñas casetas individuales atestadas de trastos, cestas, ruedas,
redes, palos, alambres, cosas que se llevaría con gusto un chatarrero pero que
ellos parecen guardar con cariño y ánimo de reutilizar. Muchos están sentados
delante de su cuchitril arreglando hilos o construyendo trampas para criar
ostras. Ellos mismos cuentan cuando se les observa con curiosidad que las ostras “crecen
aquí más y más deprisa que en Francia”. No hay carreteras ni vehículos a motor
salvo los tractores para remolcar las barcas, así que las calles son de arena.
Casitas pequeñas, algunas convertidas en restaurante, calles estrechas, la
sensación de provisionalidad permanente. Plantitas en equilibrio de encontrar
alguna humedad entre tanta arena, pequeñas terrazas a ras de suelo.
La senda de madera va
acompañada en paralelo por un tubo grueso que llega a mitad de camino de la
playa, ahí una casita de madera preparada para servir de aseo y servicio. Y la
playa es larga y espectacular, la arena, el color del agua... Cierto que el
oleaje es fuerte y trae algas de esas invasoras que no es lo más apetecible en
un mar de limpio. Así que hay que saltar la invasión, regatear las olas que
rompen y luego dejarte llevar unos metros más allá. Hay que tener cuidado al
regresar a la orilla, que no te revuelquen las olas pendencieras.
Decidimos caminar hasta
Farol, decían que una hora de camino, pero en poco más de media hora estamos al
otro lado de la isla. Es una pequeña comunidad llena de casitas singulares, de
colores pastel, con su jardín y sus plantas a pesar de la arena y la sequedad
del terreno. En esa parte de la isla las olas son igual de inmisericordes, pero
parece que dan un poco más de tregua para entrar o salir de ellas. Y las algas
invasoras que las revuelven y ensucian son un poco más escasas, de modo que el
baño en más placentero. En la misma playa frente al mar inmensos y cerca del
faro reponemos fueras a base de frutos secos, mandarinas y manzanas. Los ferrys
cruzan la ría llenos, tanto en la zona de Culatra como aquí se ve gente, pero
no agobia y se tiene la sensación de caminar por un territorio libre, por un
paraíso del que pocos saben. Pero a tenor del trajín de barcos por la ría sí
que saben muchos. Y en julio y en agosto presiento que será más agobiante..
Dejamos el ferry, entre el
barullo de tantos viajeres perdiéndose por el paseo marítimo, Nosotros al
tranquilo solar para recoger la furgo y emprender camino a Faro. Es momento de
cambiar aguas, de reponer y en el Intermarche se puede hacerlo y también
pernoctar. Dos euros cincuenta litros. Un aparcamiento generoso y una zona
ancha especialmente preparada para autocaravanas facilita las cosas de una zona
preciosa, irrepetible, pero pacata en los servicios a viajeros con la casa
puesta. Cierto que queda a más de media hora del centro, así que tras una noche
placida y silenciosa acercamos la furgo a una calle del centro, fuera de las
zonas de estacionamiento reservado. Una calle algo estrecha y un poco inclinada,
pero sirve para iniciar el recorrido turístico de la ciudad, con primera parada
en la Capilla de los huesos. Una iglesia pequeña. Pagar dos euros, recorrerla,
salir a un pequeño jardín y voila. Un pequeño habitáculo construido a base de
huesos cruzados y calaveras supuestamente de frailes. Una sensación rara. Entre
algo ingenioso, no sé si curioso, y un toque repulsivo. Mitad original mitad macabra...
¿A quién se le ocurre forrar una pared con huesos humanos? Alguna explicación
debió encontrar a tenor de la cantidad de curiosos que entramos a ver tal cosa.
De ahí a la catedral
pasando por la puerta de la villa que da acceso a las antiguas murallas
musulmanas, era la entrada de la ciudad para quien accedía a ella por el mar. El
interior de las murallas, la ciudade vela, desde el Arco da Vila, incluye las
antiguas calles estrechas, la catedral con el atrezo de los invitados a una
boda, los arcos de las otras entradas, el museo municipal, tabernas y
restaurantes. Uno de estos, lujoso, con mucha cristalería un magnífico mirador
a la ría Formosa, tiene un amplio patio y en él unos limpios y cómodos
servicios. Creo que utilizados por muchos paseantes ante la mirada disgustada
del dueño. Cada vez que un viajero entraba en el patio, pasaba al servicio y
volvía a la calle sin mirar su restaurante, él hacía aspavientos con las manos,
como si lo llevaran los demonios.
Los alrededores de la
muralla están sembrados de chiringuitos, de puestos para excursiones en barco
por la Ria Formosa, de restaurantes, te tabernas. Un hervidero de viajeros que
buscan en la capital del Algarve las esencias de una tierra tranquila y
privilegiada. El problema es que siendo tantos en octubre, imaginemos los que
serán en agosto.
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