sábado, 15 de junio de 2024

7. Laguna negra.

El desayuno en el hotel la Muedra es copioso. Se termina enseguida la tortilla de patatas y el bollo casero pero lo reponen rápido. Ayuda a empezar con energía la visita a la Laguna Negra. Larga pista en subida tras salir de Vinuesa en dirección a Montenegro de Cameros, hacia el norte. Unos once kilómetros hasta el aparcamiento. En épocas de mucha afluencia se corta el paso, pero nosotros pudimos llegar dos kilometros más cerca, hasta la propia laguna que se muestra como una aparición. Aguas verdes o azules, oscuras, casi negras a veces, depende desde donde se miren, misteriosas siempre, comprimidas en paredes imposibles. Un parque natural en los circos glaciares del Urbión. Un camino cómodo hasta en lago grande, tranquilo, encajado, profundo, casi circular, rodeado de rocas enormes, de pinos, de robles, de acebos. Una pasarela de madera con miradores sembrados en su recorrido lo bordea para pasearlo, para fijar las imágenes que aparecen, y aparece una cara diferente dependiendo del punto en que se mire.

Impresionante lugar, saco de leyendas y de historias Las recogió Antonio Machado en La tierra de Alvargonzalez, y se adivinan en ese paraje amenazador, ese socavón misterioso cerrado por altas paredes donde anidan las rapaces y sobrevuelan amenazadoras. Está a dos mil metros de altura y dicen que tiene una profundidad de entre ocho y diez metros, aunque el aspecto que muestra es que no tiene fondo. De ahí que circule la especie de que en ese no fondo vive una monstruo que se traga a quien osa bañarse. Leyenda que no parece arredrar a algunos bañistas, los que la cruzan en una competición que parece que se celebra en agosto, aunque sí a otros.  El día que pasamos ni se nos ocurrió y tampoco vimos a nadie que lo hiciera.  Machado pone en su poema a los dos hijos miserables que dan muerte a su padre y arrojan el cadáver a la laguna, si bien el remordimiento les hace volver al lugar y también son tragados por el “agua de la laguna sin fondo”. De ella también habló Pio Baroja en ‘El Mayorazgo de Labraz’, donde cuenta que en el fondo de la laguna vive una mujer que mata a quien se acerca a su laguna y a quien mira esa agua siniestra. También dicen que, aparte del monstruo, de ese fondo infinito salen todas las tempestades, o que de ahí emerge una misteriosa y emponzoñada niebla. De esa fascinación salen los mitos y las leyendas que hoy siguen seduciendo y seguimos buscando.



En invierno parece que la superficie suele estar helada. Su belleza va pareja con la fuerza que emana, una suerte de amenaza telúrica. Cuando llegamos a primera hora la luz le daba un tono azulado, según avanzaba el día se iba tornando en una superficie verdosa, cuando se instaló encima unas nubes que se fueron cerrando hasta amenazar lluvia se volvía negra. Bordeándola, cruzando el río que alimenta la laguna por un estrecho puente de madera, una señal indica una subida casi vertical hacia el pico de Urbión. Trabajosa, un zigzag empinado, ayudados por los bastones, temiendo que la vuelta por el mismo sitio, con las piedras mojadas si se confirma la amenaza de lluvia, será peor. No es distancia larga, quizá no llega a trescientos metros, pero es ascensión dura por la pendiente. Sin embargo, a cada vuelta del culebreo del ascenso en piedras sueltas, el pedregoso canal, y tierra apretada aparece un enfoque espectacular, asomando la laguna, entre el vértigo del abismo, brotan los pinos albares, y los negros y las hayas los frutos rojos del enebro. Una subida lenta penosa, dura, si bien compensada por cada mirada a la laguna, en cada recodo, en cada metro de ascensión hasta la línea de los grandes pedruscos que la bordean y la encierran. Por ahí alcanzamos la parte alta, los impresionantes cortados que la envuelven. Se alcanza un punto que proporciona seguramente las mejores vistas de la laguna, las que dan una sensación más oscura y misteriosa.



Es el canal empinado del Portillo de la Laguna Negra, es la puerta a los glaciares de los Picos de Urbión, se dejan atrás los árboles y empieza una cuerda de desniveles y territorio de montaña. Pastos y helechos y turba y regatos. El parte meteorológico anuncia fuertes lluvias sobre las dos de la tarde y las nubes que se juntan y se oscurecen parecen confirmar la previsión. A la salida de la encaramada grieta por la que hemos subido con esfuerzo aparece un sendero que se bifurcará más adelante, uno indica la laguna Larga y otro la Laguna Helada, el primero, el de la derecha, también nos llevará al mismo pico de Urbión, justo por el otro lado al que lo atacamos hasta calarnos hasta los huesos desde Duruelo. Es el que tomamos. Una senda ascendente que cruza un valle con zonas de pasto de montaña y franjas de piedras. Riscos y collados y valles van apareciendo y a los lejos el pico que identificamos con el Urbión, el sitio donde nos calamos. La pendiente va ascendiendo y a media que avanzamos se va endureciendo, a la izquierda un sendero llevará a la Laguna Helada, enfrente el pico Urbión, en el camino la Laguna Larga, una suerte de ibón pirenaico, en la que nace el rio Revinuesa. Alargada, llena de algas, como pajas que la van copando. Dudas de seguir hasta el pico, temor a las lluvias anunciadas. Así que volvemos hacia la Laguna Helada, más pequeña que la larga, también con algas, cómodo sendero que la recorre por toda la orilla. Las vistas, las pendientes, el anfiteatro del glaciar, son espléndidos. Vamos bajando con cierta premura los tres kilómetros que quedan para el punto de partida por el temor a una lluvia que no acaba de aparecer. De modo que el peligroso regreso por el sendero vertical a la Luna Negra es menos penoso, pero se observa que mojado ese carril de barro y piedras sería peligroso, quizá más bajando que subiendo. Así que para celebrar que ni las previsiones ni temores eran fundados, un plátano y una manzana contemplando el espectáculo que forma la laguna recompusieron ánimo y fuerzas.



Dejar la serranía y volver al hotel para recoger maletas y seguir acompañando el Duero. Pero antes de abandonar Vinuesa, cruzamos el puente que lleva a los restos de la construcción romana y tratar de cruzar por una senda, entre calor y moscas de otoño, para llegar a La Muedra, sus torre del campanario en mitad del pantano Cuerda del Pozo, asomando libre por entre las aguas inundadas,  camino de Soria, al hotel Campos de Castilla. Es la tarea de cada día, mirar donde alojarnos al siguiente.



viernes, 14 de junio de 2024

6. Vinuesa

 


Vinuesa, al este de Salduero y Molinos, es villa medieval y el hecho de que sea la cabeza de la comarca de Pinares y sea el núcleo de mayor población, unos ochocientos habitantes, le da un cierto aire de capitalidad, de centro administrativo de estos parajes que visitó Antonio Machado. Las calles, las construcciones, las plazas, hasta el silencio del pueblo tiene un aire señorial. Muestran un pasado de esplendor que se remonta hasta la Edad Media con un esplendoroso comercio de madera y lana. Lo primero se adivina por los bosques que rodean el término. En el siglo XVII Carlos III concedió el título de villa con sus fueros y el símbolo del Rollo juristicional, lo que le otorgó una nobleza que se observa hoy en las calles vacías y da testimonio el crucero que se alza en la plaza Plazuela, una columna de piedra sobre cinco escalones circulares. El monumento indicaba la jurisdicción, el limite territorial y hacia funciones de ajusticiamiento. Eso acabó con las cortes de Cádiz en 1812, pero en aquellos pueblos de Castilla que tenían alcalde podían juzgar y condenar a muerte, aparte de castigar y pagar penas menores como azotar a los delincuentes y exponerlos a pública vergüenza.



Entre Salduero y Molinos empujan al rio a que se acerque a Vinuesa, un hilo gastado tras dejar el ímpetu en los dos pueblos anteriores pero que engorda en cuando pasa al lado el viejo puente romano y anega el antiguo pueblo que se resiste a dejar de mostrar el campanario de su iglesia hundida para convertirse en el gran pantano que hoy es. Se había planeado en 1923, pero el 9 de septiembre de 1941 el embalse de la Cuerda del Pozo se tragó al pueblo de la Muedra. Un pantano que regula el Duero y es la principal fuente de agua potable para ciudades como Soria y Valladolid y una superficie que se convierte en playa inmensa a la vera de los pinos, Playa Pita y las Cabañas, como otra oferta turística y de deportes náuticos de unas tierras privilegiadas, una costa de 65 kilómetros, un mar interior también vacío. Por el borde del rio se mira al puede romano que resiste y pide una restauración y la calzad romana en dirección a Molino.



También se ve poca gente en Vinuesa pero el paseo que lleva al rio, pasando por el campo de futbol se muestra movido, unas cuantas cabezas van y vienen cruzando el gran puede que lleva al romano. Secos y cercados por pareces pequeña, apareces prados verdes que en tiempo de crecida quedarán anegados y si se retira la marea resulta apetitosos sitios para el ganado vacuno y bobino que se observa.

La casa rural la Muedra nos da cobijo y ofreció menú apetitoso, aunque nos quedamos sin probar las patatas con setas que prometía. Debió ser el plato más demandado porque el comedor estaba lleno y la chica de Duruelo no daba abasto. Tras sobremesa en la terraza del establecimiento, un buen mirador sobre los montes que rodean a Vinuesa, se impone paseo de reconocimiento de la villa. Y sus calles vacías de casas cerradas persianas bajadas, hablan de un pasado insigne. Saliendo de la Plazuela, por la calle doña Sofía nos espera la calle Luenga, una larga cuerda que serpentea como su nombre hasta encontrarse con la calle la Peña. En el inicio del recorrido que cruza el pueblo por la mitad, el gótico renacentista de la iglesia de nuestra señora del Pino y su retablo rococó en su interior. Abierta pero vacía, claro, apenas los viajeros como únicos visitantes. Y aparece la Casa de los Ramos, un edificio emblemático y representativo de un pasado de esplendor, de dos plantas con jardín delantero cerrado por valla de piedra trabajada terminada en pico, como un reguero de pequeñas pirámides sembradas enfrente de la casona, guardándola. Una balconada de madera que la recorre en toda su fachada. Justo enfrente. También gran portalón y tres balcones y su escudo tiene el Palacio de don Pedro Neyla, parece que arzobispo de Palermo que levantó tal casona que más tarde sería donada al pueblo para convertirse en la escuela que hoy es. Cada rincón muestra unas piedras bien puestas, gruesas, firmes, que hablan de una arquitectura y una economía potente. Se ve que el comercio de la madera y de la lana dieron buenos rendimientos. Cada calle presenta una sucesión de palacetes, caserones y casonas como mansiones.



El paseo que sale del pueblo a encontrarse con el embalse pasa por el campo de futbol y se acerca al misterio que ofrecen las aguas en función de su nivel, los restos del puede romano, desportillado y milagrosamente en pie aparece y desaparece en función de la subida o bajada de las aguas, como los prados que quedan anegados o húmedos y llenos de hierba. Las caminatas son atractivas, a la calzada romana que aún conserva sus cuatro kilómetros en buen estado, o la Fuente el Salobral, parece que, con propiedades para el cuidado de la piel, a la que se llega por una pista forestal y ubicada en un refugio con un merendero.

jueves, 13 de junio de 2024

5. Entre Salduero y Molinos de Duero

 

 

1.  

Rio y pinares supone una ecuación con mucha magia en esas tierras de Soria vecinas de la Rioja. Al sur de la sierra de Urbión y mirando la Cebollera el Duero se ha hecho adulto y avanza visitando, o quizá formando, pueblos señoriales. Sus casas recias, blasonadas, cuidadas, cerradas, atildadas con escudos nobiliarios, denotan tanta soledad como historia. Pasa en Salduero, en Molinos de Duero, en Vinuesa, tres lugares unidos por la historia, por la administración y por la falta de cura. Ninguno tiene y lo comparten. Tres pueblos ricos en apariencia, en fuentes, en humedales, en bosques, en maderas, en pastos. Pasear por sus calles solitarias lleva a un pasado esplendoroso y a un presente cuidado, con un cierto señorío y el propósito de disfrute de fin de semana. Los pontones bien restaurados que cruzan el rio, las casas con blasones, los restos de un puente romano que sigue en pie, la huella de una calzada romana, los palacios, los soportales, las grandes chimeneas y la profusión de caserones.

Parece, está escrito en carteles conmemorativos, que en Molinos de Duero se llegaron a juntar en algún momento del siglo XVIII cerca de tres mil bueyes y más de ochocientas carretas. Era el centro de la Real Compañía de Carreteros de Burgos-Soria. A la entrada del pueblo tienen el monumento a la carreta. Una inmensa viga tallada y protegida recuerda que allá por el 1753 fue el más importante enclave de la carretería de España.



Claro, las casas y los zaguanes que se encuentran en tan cuidado pueblo, y las solanas y toda esa arquitectura recia y castellana estaban para la presencia en sus calles de tantos animales de carga. Si bien en la actualidad es difícil imaginar esa actividad carretera y vacuna paseando por sus calles anchas, acicaladas, limpias, junto a sus construcciones restauradas. Como la Real Posada de la Mesta, una joya arquitectónica construida en 1929, un caserón imponente que era la casa del presidente de la poderosa asociación de carreteros de Burgos y Soria. Edificio que nos habla de la potestad de tal corporación y de quien la presidía. Y las estancias de los bueyes, de la paja, del grano, de los carros se han convertido en restaurante, cafetería, sala de juegos y hotel. En verano, como todos los pueblos, multiplican por diez, pero fuera de agosto no alcanza los 150 molinarros. Pero debe tener mucho tirón turístico porque hay varias casas rurales y dos hoteles y restaurantes, mucha oferta para pueblo tan pequeño y tan poco habitado.

El marco natural donde se encuentra Molinos, lamido por el Duero, a la sombra de las cumbres y sobre el embalse de la Cuerda del Pozo, es envidiable. Como la historia que se adivina en sus paredes, en su arquitectura, en el trazado de sus calles. Igualmente se le adivina un pasado molinero, tanto por el hombre como por las numerosas piedras de molino que se ven en sus calles desiertas. Cuesta hoy imaginar el trasiego de bueyes y carretas y carpinteros y camineros que debió haber en el siglo XVIII.



Tanto Salduero como Molinos, desde su soledad, muestran con orgullo esa arquitectura pinariega, sus casonas de amplios zaguanes, sus entradas con arco de medio punto, sus blasones, sus balcones corridos de madera, las ventanas forjadas, los patios. Están a un tiro de piedra, comparten bosques y laderas, riqueza maderera, abundancia micológica, miradores y pasado rico. Los dos municipio pinariegos se unen en un paseo de un kilometro que recorre los márgenes del Duero y también comparten la ermita del Santo Cristo que se encuentra a mitad de camino entre los dos.

Salduero es más pequeño pero igual de empedradas sus calles. El rio se remansa y se vuelve playa natural que los del lugar han bautizado con ingenio, el Bañadero. La pasarela de piedras, una treintena iguales y alineadas, para pasar el río merecen ser recorridas, como andar sobre las aguas de un lado a otro.



Cada pueblo de la ribera de este Duero nacido hace apenas veinte kilómetros propone rutas y miradores espectaculares. Montañeros, deportistas exigentes, naturalistas y turistas tienen la oportunidad de subir a los picos de Urbión, pasear por las orillas del Duero y recordar a Gerardo Diego o recorrer los márgenes del embalse de la Cuerda del Pozo: disfrutar la llamada playa de Soria o descubrir lo que queda de las ruinas de un pueblo anegado: La Muedra. Cada caminata está marcada por la cuerda de rocas que se eleva sobre los pinos y los robles, hasta el Portillo de la Campana; pistas forestales que acercan ermitas o llevan a la Piedra Andadera, una roca en particular equilibrio. Como el que propone la fila de pontones que permiten atravesar el rio de una orilla a otra. Hay una frase, “carreteros de Salduero, ingenieros de rutas”, como inscripción paradójica de la fuente pero que quizá define a los dos pueblos.



miércoles, 12 de junio de 2024

4. Pingar el mayo

 

Tras el descubrimiento de Covaleda y el jolgorio de las mujeres preparando sus papeles para representar la tragedia del incendio, vuelta al Torreblanca como observatorio. El dueño y regente estuvo en Madrid, estudiando y trabajando, pero decidió volver al pueblo. La España vaciada encuentra algún caso así, emigraron, buscaron, y años después vuelven. Pero estos son pocos. Con la emigración de los años duros del pasado siglo si que algunos volvían con lo ahorrado tras muchos años de esfuerzos y privaciones: compraban un terreno o hacán una casita en su pueblo. El caso de Miguel es distinto, tenía donde poner el negocio de hostelería y no cambia Duruelo por nada. No echa de menos una gran ciudad, aquí lo tiene todo. Abre su restaurante solo los fines de semana y en las fiestas. Dice que no nos podemos perder la pingada e indica cómo llegar al mirador de Cabeza Alta, una esplanada sobre el mar de pinares, la cima más alta de la sierra de Resomo, 1.500 metros, justo enfrente del mirador de Castroviejo. No es difícil llegar porque una pista sale a la izquierda de la carretera que une Duruelo y Regumiel Corona una estructura de hierro y madera, acristalada en la cúspide, desde la que miran los guardas forestales, torre de vigilancia contra el fuego. En su base, sobre un pedestal de piedra, un monumento: una escultura de madera de más de cuatro metros de altura. El artista Abel de Vicente, con su motosierra, esculpió la figura de un leñador, con su gran serrón apoyado en su hombro izquierdo. La panorámica es extraordinaria, delante una buena parte del Sistema Ibérico, la sierra de Urbión y la sierra Cebollera; debajo, en el valle metidos entre los pinos, a vista de pájaro, se pueden identificar Duruelo y Covaleda. Un punto de observación impresionante, un espectáculo verde que promete sendas, paseos, misterio y descubrimientos.


La pingada del mayo es el punto de inicio de las fiestas y parece que ese alzamiento del gran pino que se repite en varios pueblos de la comarca. El mayo no es el mes, es el pino albar sano y frondoso. La plaza de la panadería está poblada de colores desde primera hora. Amarillos, rosas, azules, verdes, rojos, las identificaciones de las diferentes peñas que llenan la espaciosa plaza sin hacer mucho caso a la charanga. Su atención está puesta en la llegada de un ejemplar de 23 metros, despojado de ramas salvo el mechón de la punta, que piensan clavar en el centro. Es trabajo delicado, colaborativo y festivo. Hay un hueco cuadro hecho hace mucho, adecuado, en el suelo, donde tendrá que clavarse el pino. Con una motosierra quitan los laterales de la base para lograr una cuadratura apropiad del tronco hermoso. Largos palos, atados a pares en forma de tijera, como percha, de palanca, sujetados por mozos y mozas van elevando el mayo despacio, golpe a golpe.  Conseguir la verticalidad es complejo, hay que servirse de maromas, horquillas, cuñas, a veces escaleras. Un empeño colectivo tiene que ser organizado, dirigido con experiencia. De eso se encarga un grupo de Vinuesa. Son especialistas y los llaman de todos los pueblos para que lo hagan, incluido el suyo, claro. Van todos con camiseta amarilla, comandados por un hombre flaco y moreno que suda para manejar la motosierra, para dirigir y medir la fuerza de los jóvenes y para calcular los empujes de las vigas que levantan. Es Juan, y una mujer callada, atenta, la ofrece de vez en cuando una botella de agua fresca. El echa un trago o se la tira por cabeza y cuello. Es su esposa. Atenta a lo que hace, a lo que necesita, ajena a lo que está dirigiendo. La plaza llena de gente, la charanga callada, expectante, y los aplausos rompen a cada empellón.

“Arriba el mayo”, dice Juan a cada impulso ajustándose su boina. “Viva el mayo”, celebra la plaza atestada. Un tirón y se coloca la pértica un poco más arriba para conseguir otro preciso avanza. Es cuestión de precisión, de fuerza y del tino del director de orquesta que se acerca a las filas de mirones y de ella sale la mano de la mujer para ofrecerle el agua fresca.

El mayo estaba en el suelo, horizontal, largo e inabarcable, y lo van levantando entre los jóvenes, con las indicaciones de Juan hasta dejarlo vertical. En dos horas de trabajo colectivo queda así clavado el pino, entre aplausos y cohetes y los músicos, entonces sí, se arrancan a tocar, señoreando las fiestas, con sus banderas en lo alto de sus 23 metros largos, hasta que estas terminan. Luego se convierte en madera y lo que se saca de su venta se reparte entre las peñas de mozos y mozas, a razón de tres por dos. Tres a los primeros y dos a las segundas. Con eso pagan fiestas y comidas. Antes era todo para ellos, debían pensar que ellas no tenían peñas. Dice un señor mayor que poco a poco se va equiparando.



La tradición es antigua y no exclusiva de la comarca de Pinares. Tiene que ver con la llegada de la primavera, con la fertilidad de la tierra y con las fiestas patronales. En unos sitios pingan el mayo en mayo, otros como Duruelo en septiembre. Siempre se buscó el mayo más alto para sorprender o para asombrar a los forasteros, lo elegían los mozos y lo talaban, ahora al ser donación municipal, lo busca la corporación. También antes bajaban el ejemplar en carretas de bueyes, hoy lo trae un tractor gigante, una de esas maquinas que la tecnología ha inventado como en un viaje al futuro.

La camarera del hotel la Muedra, en Vinuesa, es de Duruelo. Sirve la comida, atiende a la recepción y no se apura de que se haga la tarde. Confía en llegar a la comilona que tiene preparada su peña. La encargan en los restaurantes y la comen en la peña entre risas y música.



martes, 11 de junio de 2024

3. Covaleda arde


El Duero se desboca hacia el sur tras pasar Duruelo y coger caudal de río. Pero se comprueba que el río va y viene, se detiene cuando pudiera parecer que ya ha cogido ritmo de aguas profundas y dirección, como si dudara, como si retomara trayectoria e intenciones. Así que pasa bajo el puente de los Arrieros y tuerce a la izquierda en un meandro imprevisto, como si se acordara de pronto de acercarse a Covaleda. El pueblo soriano está en la ladera de la sierra de Urbión, a más de 1.200 de altitud. Parece que hay noticia de la villa en la Edad Media, incluso de antes, de la Edad de Bronce. Hoy las calles están llenas de carteles anunciadores: Desafío Urbión, la dura carrera de montaña que convoca cada año a deportistas y va ya por la novena edición. Correr por las cuestas y desniveles de 800 metros debe ser especialmente duro: 30 kilómetros, mil participantes y el récord está en tres horas y cuarenta minutos. La particularidad es que además del inhumano reto que supone, que tiene cada año más adeptos, la organización plata dos árboles por cada uno de los corredores que crucen la meta, con lo que la riqueza de los pinares del pueblo y de todos los de la sierra se asegura. Un incentivo más.



Covaleda compite, amigablemente y a veces no tanto, con Duruelo y Vinuesa por ser la capital de la Comarca de Pinares. Presume de la rica masa forestal que cubre su término municipal, en la que el pino albar reina sobre pinos negros, hayas, acebos y robles. Orgullo de sus árboles e ingenio para nombrar los parajes: el mirador de la Machorra, Bocalprado, el paso de Peñoncito.

La carretera parte el pueblo por la mitad. El de arriba y el de abajo. Hay viviendas con señorío, aunque no se ve la arquitectura solariega que se observa en otros pueblos pinariegos, como Salduero, Molinos de Duero o Vinuesa. La explicación está en lo que pasó en 1923. Muchas de las casas están cerradas, lo que sugiere un alto porcentaje de viviendas de fin de semana.

En el Mercado Antiguo anuncian una exposición que parece interesante, ‘Covaleda Arde’. Una muestra, que, explica su hacedor, comisario y fotógrafo, conmemora y recuerda el pavoroso incendio que asoló la localidad en 1923 y se llevó por delante a 90 casas, las dos terceras partes del pueblo. Como 500 personas lo perdieron todo. De modo que apenas se puede encontrar hoy la huella de lo que fue. Eso explica la ausencia de las edificaciones típicas de la comarca. Ocurrió, parece, el 6 de septiembre de 1923. A las siete de la mañana Felisa Tejedor, la tía Perejula, subió al pajar con un candil de aceite encendido. Otra versión dice que el viento avivó las cenizas del rescoldo de día anterior. Otras que iba bebida. En cualquier caso una llama pequeña por la acción del viento se convirtió en una incendio pavoroso.





La exposición organizada por Miguelangel Hernández, con fotos de la época, recortes de periódicos de aquellos días, listas de perjudicados y nombres de niños que fueron llevados fuera del pueblo, historias orales recogidas, conforman una crónica que ilustra los sucesos de hace cien años que forman parte de la memoria de Covaleda. Incluye recortes y crónicas periodísticas.

'Arde Covaleda, Memoria del fuego del 6 de septiembre de 1923', repasa el suceso y muestra el contexto, no solo de la tesis de si La Perejula fue una mujer descuidada o trastornada, también las diferencias políticas y sociales que hubo en Cavaleda en aquellos tiempos por el llamado 'Motín de las sierras'.

La economía de esta comarca de pinares se basaba en la explotación de la madera de los montes comunales. Los duros trabajos pasaban por llevar los troncos a los aserraderos y el conflicto surgió cuando se formó una cooperativa para no depender de las imposiciones de quienes decidían los precios del trabajo y de la producción. La desgracia limó las discrepancias, sobre todo porque impidieron a los cooperativistas tener su propio aserradero.

La muestra del antiguo mercado se completa con un documental con imágenes de hemeroteca y con un corto donde un grupo mujeres del pueblo representan la historia y percance de La Perejula. Recrean con retranca la escena del incendio en el hogar de la ‘tía Perejula’. Dirigidas por el propio Hernández, está muy bien hilvanado,  rodado con gusto, montado con sabiduría e interpretado con mucho oficio tanto el personaje de la pobre pirómana como el resto de los personajes. Los pocos espectadores congregados aplaudieron con ganas. Mientras miguelangel guardaba video y recogía cables y proyector, mostró en la pantalla del ordenador el make in off de la película. Se ve cómo se rodó, cómo se preparó, como se produjo, como se divertían las actrices, la juerga que se traían para componer los diferentes personajes del drama de la Perejula ante la cámara. Si la película tiene interés la intrahistoria del proyecto merece verse.


lunes, 10 de junio de 2024

2. Pico de Urbión. un hilo de agua


1.   El desayuno es copioso, rico, y compensa de alguna manera la elemental habitación del Torreblanca. Acopio de fuerzas necesario porque la subida al Pico de Urbión con la intención de pisar el nacimiento del Duero se las trae. Se debe seguir el mismo camino utilizado para subir al mirador de Castroviejo, esa pista asfaltada entre pinos, solo que, al llegar a la desviación, en lugar de dirigirse al roquedal se tira a la derecha, ya sin asfalto, con piedras sueltas y baches, lo que supone un considerable sufrimiento para los bajos del Insignia. Conduciendo con todo el cuidado posible y sobre todo muy lentamente se llega hasta el abrigo Fuente del Berro, y luego el refugio llamado Bunker o Peñas Blancas. Los pinos albares se juntas, se elevan, se retuercen. Unos van hacia las nubes, como si compitieran unos con otros en llegar más alto, otros se enroscan formando figuras imposibles, sus raíces aguantan agarradas a las rocas, como con una existencia inverosímil. Sin apenas tierra, al aire, sin sujeción, aguantando las inclemencias de los vientos y de las lluvias, así sobreviven los árboles de esa sierra. Es fácil seguir el sendero ascendente buscando las pinturas rojas y blancas que ayudan a no perdernos, pero sobre todo a no despeñarnos.



El bastón ayuda a subir y cada tramo, cada trecho ganado a la subida, por entre las ramas del bosque tan denso se ve el mar de pinos abajo y a lo lejos. Termina el bosque y el sendero, con las señales rojas, se mete entre helechos y retamas y piedras rodadas. Atrás el bosque tupido, de pinos de muchas decenas de años, delante un sendero de fácil pérdida que desciende hacia una profunda vaguada, enfrente una montaña coronada por grandes rocas como si formaran una muralla rocosa. Por esa cañada cruza un riachuelo que a veces desaparece y en ocasiones se despeña formando una cascada de juguete, un hilo entre la hierba, a veces un chorro asomando entre piedras rodadas. Pero nunca torrente verdadero. Es el Duero recién nacido, serpenteando entre riscos para buscar al fondo de la ladera de pinos, para descubrir el primer pueblo, Duruelo. Las señales pintadas en los árboles han desaparecido, pero a cambio hay montoncitos de piedras que indican por donde hacer la difícil subida, sendero de cabras, ascendiendo por piedras desprendidas, por pequeñas praderas. A un lado y a otro del costoso camino hay montañas coronadas por gigantes de granito como vigilantes. Al frente, al fondo, se sabe que aparecerá el pico de Urbión. Las nubes se juntan arriba, corren veloces y amenazan con juntarse y provocar una descarga. A ratos el sol brilla, pero por segundos desaparece por el nublado.

A medida que se va ascendiendo por un camino cada vez más estrecho, endeble, y empinado aumentan las praderas, las piedras rodadas, el hilo del Duero se hace más estrecho, o desaparece, para encontrarlo un poco más arriba como en un brote.

Las nubes tapan de pronto tapan el Urbión con un movimiento no por esperado menos sorprendentes. Y empieza a llover con fuerza. En pocos segundos se desata el diluvio, sin posible refugio, golpeando con fuerza, entre el granizo, hostigando. No cabe arrimarse a los huecos de las rocas, a su brigada, porque chorrea. De modo que se empapan las botas, los chubasqueros, el pantalón, los calcetines y evidentemente las gafas. Entre la cortina de agua, como si el cielo se hubiera desbordado, hay que caminar casi a tientas. Eso o quedarse parado, que tampoco es opción porque los hilos de agua se han vuelto torrentes que arrastran tierra y piedras. Como si se hubiera encabritado la montaña y dijera que no admite intrusos.



Con dificultad hemos llegado hasta el cartel que indica las fuentes del Duero, hasta el pico, hasta la cumbre que lleva, al otro lado, hacia la Laguna Negra. Dos horas de subida y empapados en dos minutos. Tras la cortina de agua furiosa se vislumbra, a los pies del pico un refugio natural, una oquedad de la roca, como un puente, pero ya no merece la pena refugiarse si estamos calados hasta los huesos. Ahí se guareció otra pareja viajera, las únicas dos personas que encontramos en la subida al Urbión. El aguacero hace que mil riachuelos se pongan en marcha montaña abajo y aneguen caminos y peñas y riscos. Hasta un minuto antes la fuente donde nace el Duero era un reclamo, una foto que igual podría estar ahí que diez metros arribo o abajo, tras el aguacero todas las laderas confluían y mostraron cómo se forma un torrente desatado en un instante. Las vistas desde lo alto de la cuerda de montes deben ser espectacular, en la esquina de tres provincias y dos comunidades autónomas, pero con el diluvio rabioso de lluvia y granizo el entendimiento apenas da para aguantar la vertical en una ladera empinada, encharcada y peligrosa. Solo queda volver, pensando en cambiar la ropa.



Y a los diez minutos, bajando, huyendo del aguacero, para retomar el bosque de pinos, sale el sol, como si la furia de las montañas hubiera desatado la tormenta con la intención de expulsar a los intrusos. Abajo, en Duruelo, el Torreblanca se muestra salvador para quitar la ropa mojada. Los riachuelos de arriba, insignificantes, se han convertidos en rio que atraviesa el pueblo, sosegado. Sigue sin haber nadie a quien preguntar. Los mozalbetes ya dieron ayer por concluido su partido de futbol a pelotazos y el resto de los vecinos y visitantes no aparecen por las calles vacías.

viernes, 7 de junio de 2024

1. Duruelo de la sierra, el primer pueblo del Duero

 

1

Estaba reservada una noche en el Torreblanca por tener un sitio al que llegar. Y el establecimiento resulta una metáfora de la tierra vacía: está en la carretera principal, hay un cartel grande que lo anuncia, pero nadie recibe. El restaurante solo lo abren sábados y domingos, y es lunes. Un código enviado por correo electrónico abre la puerta del edificio, amplio y blanco, la de la escalera de acceso al alojamiento, estrecha, y la de la habitación correspondiente. Un espacio justito, funcional, con un baño aún más justo y media bañera peligrosa. Nada distinto, esperable, a lo contratado desde la web.

A Duruelo se llega desde Covaleda por la Avenida del Duero, que cambia su nombre por calle Nicolas Asenjo, justo donde está el hostal, y es la vía principal que atraviesa el pueblo y conduce a la plaza Alejandra Soria, donde está la oficina de turismo. Pero está cerrada. Ni en la delegación ni fuera de ella hay a quien preguntar.  Tampoco en el ayuntamiento. Delante de él, en la plaza la Cuarta Puebla, cuatro adolescentes dan patadas a un balón. No se pasan la pelota, aparentemente no hay reglas ni plan. Sí hay una pelota medio inflada a la que golpean con fuerza. Así que quizá el procedimiento sea ver quien la manda más lejos o más alto. Pasa un hombre con un mono azul empujando un carretillo. Trabaja de manera indirecta para el municipio, explica que está en obras el Ayuntamiento y por eso está todo cerrado y nos habla con entusiasmo del mirador de Castroviejo y de la Cueva Serena.   Se encarga con amabilidad de indicar cómo se llega.

Una pista, que bordea el pueblo tras pasar un aserradero y las piscinas municipales, lleva al paraje de rocas imposibles, como gigantes caprichosos reunidos, ensimismados, del mirador Castroviejo. Unos siete kilómetros de subida hasta llegar, por medio del bosque frondoso, hasta un aparcamiento de tierra. Una esplanada grande aparece entre los pinos, se trata de la entrada a una floresta de pedruscos impresionantes. Una pradera verde sembrada de piedras colosales, como sarpullidos enormes que le han salido a la tierra para formar una ciudad rara, encantada, fantástica. Hay mesas para los turistas y viajeros y un mirador de madera que se encarama por encima del bosque rocoso, sobre la ciudad encantada. Muy empinado hasta el vértigo, construido sobre las crestas de los gigantes de granito. Desde ahí arriba se ofrece una panorámica espectacular: por debajo de ese mirador de madera y metal se ve toda la Comarca de Pinares, una sucesión de pinos, praderas y pueblos. Duruelo, Covaleda, Regumiel, Quintanar, Canicosa, Navaleno. Hasta donde alcanza la vista una panorámica rica de pinos y pastizales. Abajo, entre los pedruscos, trascurren pasadizos, riachuelos, cuevas y abismos. Un lugar para mirar, para oír el silencio, para detener el tiempo.





Hay carteles en cada cruce de caminos, que este enclave soriano está bien señalizado, así que empezamos a caminar por una pista de tierra, empinada, frente al aparcamiento de Castroviejo, al otro lado de la carretera que se ensancha para permitir un amplio aparcamiento. La idea de llegar a ver lo que muestra esa curva terminada en cuesta, que no hace más que alejar y llevar a una nueva rampa. emboba. Una rampa lleva con esfuerzo a otra porque estamos en el Sistema Ibérico, entre sierras y repechos. La pista nos lleva al Raso de la Cespedilla. Allí un cruce de sendas indica la opción de volver hacia Castroviejo y otra, menos transitable, a la cueva Serena. Hay pintadas amarillas que van guiando. La bajada es abrupta y no hay camino claro, se cruzan arroyuelos y árboles podridos pero la búsqueda del brochazo amarillo ayuda y cautiva. Y buscando la cueva tropezamos con una cuerda larga que se va elevando desde el suelo hasta la cima de otro gigante de granito. Una suerte de tirolina que forma parte de la Via Ferrata, una propuesta deportiva de este rincón soriano.

Las pinceladas gualdas dejadas en las cortezas de los pinos conducen, no sin esfuerzo en la pronunciada bajada, a la cueva Serena que es más un abrigo profundo que una gruta. Una suave cortina de agua la cierra y tiene magia mirar el bosque desde dentro a través de la cascada, tanto como adivinar el misterio que oculta ese tapiz líquido. El espacio que invita a quedarse y dejarse arrullar por el murmullo de ese chorro tranquilo. La pista asfaltada que lleva al aparcamiento o a Duruelo ya está cerca tras esa bajada pronunciada. La noche se ha ido echando encima con el embrujo de la cueva y los gigantes de piedra. Regresando, se comprueba que por las calles del pueblo hay tanta gente como por el día: nadie. Un par de bares vacíos, el mercado cerrado, un bazar chino abierto como única oportunidad comercial, y el Duero recién nacido como testigo de tanta soledad.



Duruelo no es un pueblo pequeño, tiene unos 1300 habitantes, pero no salen o están fuera trabajando. Se reservan para la fiesta y no falta nadie la mañana de Pingar el Mayo.