miércoles, 28 de enero de 2026

12. Silves

 Como ya he dicho fue una equivocación ir al intermarche.  Una mala elección por las cargas y descargas, los ruidos desde primera hora, el encierro en la parte de atrás del hiper. Cuando había tanto sitio en las calles de Sagres. Pero el baño y sobre todo las tartitas de nata para desayunar compensan el error.


Sale el día nublado y con temperaturas que desdicen este octubre veraniego, así que desandamos el camino hacia Vila do Vispo y seguimos hacia Lagos para dirigirnos a Silves. El castillo de ladrillo rojo se ve desde lo lejos señoreando la ciudad. Anuncia una historia larga, la de una ciudad rica y sofisticada que fue capital morisca durante cinco siglos, centro político y cultural. El castillo de piedra arenisca es el rastro de aquella importancia con sus inmensos muros y torres. La puerta portificada lo une con el casco antiguo que desciende por la ladera en estrechas calles y casas encaladas. Una estatua inmensa del rey Sancho I, de bronce, la espada en una mano, y una suerte pliego en la otra, parece guardar la fortaleza.


Este monumental castillo de color rojizo fue erigido por los árabes en el siglo XI y es, en la actualidad, uno de los castillos mejor conservados de Portugal. Es visitable y se puede caminar por sus anchas murallas y asomarse a las almenas y a los puestos de guardia, mirar desde arriba las excavaciones que ven recuperando lo que queda del pasado esplendor. Tiene once torres y fuertes murallas para rodear una superficie de 12.000 metros cuadrados.

Cuenta con un profundo foso, unos dicen que de 60 metros, otros que 18, y dos y medio de diámetro, y una cisterna de color rosa con 5 metros de profundidad que recuerdan la ocupación mora. Dentro, las cuatro bóvedas de la cisterna descansan sobre diez columnas. Bajar a tan inmenso depósito de agua da la idea de las dimensiones, la población y la importancia del lugar.


En la muralla norte puede verse la puerta de la traición (Porta da Traição), una vía de escape por la que los traidores dejaban escapar a sus enemigos. De las tres líneas de murallas que partían del castillo abrazando la población se conservan varios lienzos; el más importante se halla en el torreão da Porta da Cidade. Recorrer las murallas por sus cuatro lados supone hacerse una idea de lo que los excavadores y estudiosos han ido interpretando, desde los aposentos del emir que pudo construir la fortaleza a las posiciones de sus defensores o de sus conquistadores. También se observa desde las almenas cómo un tractor baña de polvo desinfectante la plantación de naranjos del norte de la ciudad. Junto a los hallazgos arquitectónicos, en el centro de la fortificación, una construcción de metacrilato ofrece un tentempié en mitad de la calorina de octubre.



La ciudad está cuidada y además de historia tiene buenos presupuestos, se nota por el complejo deportivo de las piscinas municipales junto al rio, por el gran aparcamiento para que los vehículos se alejen del centro histórico o por el concierto que preparan, los días 10 y 11 de octubre por el festival Silves Urban Music, con artistas como Dino D'Santiago, Mão Morta y Bizarra Locomotiva, Mordaça, DJs y escuelas de baile. En el inmenso parquin municipal. Por eso cuando llegamos estaba ocupado, con un cierto caos circulatorio, sin apenas espacio para meter un coche, menos una furgoneta como la que nos está llevando por el Algarve. El guarda de seguridad del recinto ayuda a aparcar indicando con paciencia e incluso nos sugiere un lugar en la esquina para que la parte trasera pueda volar sobre la acera. Queda bien, pero con el concierto venidero y el gentío quizá es momento de buscar otro lugar. El propio agente nos indica uno a unos quinientos metros, junto a las piscinas. Alli hay un área de pago, un poco inhóspita porque está recién montada y parece un secarral con árboles raquíticos que algún día serán adultos y proporcionarán sombra. Justo fuera del área, en los aparcamientos del parque, hay sitios estupendos y tranquilos y sombreados para aparcar y pasar la noche. Y alejados de los preparativos del concierto.



La vocación de servicio del municipio, y su desahogado presupuesto, se muestra en los parques cuidados y sembrados de esculturas, en las instalaciones deportivas, en los aparcamientos, en los conciertos de entrada gratuita, en la limpieza de sus calles. El festival de música incluye eventos de fado y jazz con grupos como la Orquesta de jazz del Algarve, toda la zona ribereña consagrada a la música. Zona que baña el rio Arade.



Un rio que parece agostado, con alguna barca a la deriva, más bien enterrada en el lodo, como olvidada y cuya presencia significa una anomalía. Pero eso puede ocurrir por la mañana, quizá por la tarde cambie por completo el panorama y aparezca un rio lleno de agua, hasta los bordes, y lógicamente navegables para las barcas que parecían varadas y olvidadas. Desemboca el Arade en Portinao, lo que supone más de quince kilómetros, entre Silves y Portinao. De modo que esa marea, que sube y baja cada día para sorprender a los viajeros que ora ven un rio prácticamente seco y un rato más tarde una ría caudalosa, recorre mucho espacio y no se espera que la marea vaya subiendo desde Portinao hasta llegar al puente romano de Silves, y más arriba. Ese puente es el que une la ciudad con la costa y anda en reformas, forrado de andamios y plásticos. Cuando está la marea baja no lo parece pero durante siglos, barcos venidos del Atlantico y del Maditerraneo subieron y bajaron por este rio. Mas abajo parece que hay restos de torres de vigilancia medieval y huellas de la presencia de los romanos. Hay noticia de que en ese tramo del rio atracaron los barcos de los cruzados que conquistaron Silves por primera vez y también, antes, una flota de barcos vikingos que fueron a saquear.



No es fácil encontrar la oficina de turismo: al lado de las piscinas, al otro lado del parque, junto al rio, antes de llegar al puente… tras mucho preguntar vimos que estaba al lado de un búrguer, a un lado del gran parque, donde la carretera que lo bordea y se pone en paralelo con el río, efectivamente antes del puente medieval. La encargada no es tan meticulosa como el de Lagos, ni parece que le guste dibujar sobre el plano. Señala con poca gracia el castillo, el precio de la entrada, 3.90 euros y el resto de muralla que se conservan en el casco histórico, los bordes de la antigua ciudad morisca. Pero eso ya viene subrayado en el mapa que nos da. Así que tomamos el plano de la ciudad y apuntamos al margen lo que deberíamos no perdernos. La llamada Cruz de Portugal queda un poco lejos del parque fluvial y de la ciudad, así que pensamos en olvidarla, como se ha hecho con iglesias y museos en este viaje.


Pero a la mañana siguiente, tras placida dormida y rico desayuno, al salir por la carretera hacia Evola, la vimos. En mitad de un parque, pero lo que nos llama la atención no es el monumento sino el hecho de que cuatro o cinco obreros la rodearan, con un camión de aperos de construcción o de restauración. Luego ya se vio, con la especie de pérgola, cuatro columnas de piedra, techo de teja sobre vigas de maderos, a cuatro aguas que protege de la lluvia y del sol. No del viento. Debajo, la famosa cruz de piedra, del siglo XV, un curioso monumento nacional. Tallada en piedra caliza, muestra un cristo crucificado por un lado y por otro la Piedad, cristo y la virgen maría en el descendimiento. Enredados detalles de flores y cuerdas y adornas, propios de un escultor creativo y meticuloso. Preguntamos a los obreros y uno de ellos, de Oporto, se muestra dicharachero y simpático, sobre la cruz, su pueblo, Silves. Cuando le preguntamos qué estaban haciendo, si reparando, si restaurando, si saneando, miró al que se vio claramente que era el jefe. El único que no había respondido a nuestro saludo y a quién parecía incomodar nuestra presencia. Que tiene la escultura tres metros de altura y conmemora la reconquista cristiana de Silves. Hace un gesto como de, vale ya, a trabajar. Y los dejamos en el templete sin saber, que el jefe pone mala cara, si arreglan, si sanean o si trasladan. Volvemos a la furgo y nos encaminamos a Evora.

sábado, 17 de enero de 2026

11. Sagres


Noche plácida en el camping. A primera hora de la mañana empieza el movimiento de suelta de aguas negras y carga de las limpias. Nos lo tomamos con calma para hacer lo propio, limpiando la Ducato y haciendo uso de los baños que se mantienes limpios. Entregar la tarjeta del camping y salir camino de Sagres. Por la Praia da Luz y por Vila do Bispo para enfilar la recta que lleva a la villa que los portugueses nombran por su intenso olor a amar.

Nos encaminamos antes de nada hasta la punta San Vicente, el punto más al oeste, el fin de la tierra. Hay una larga y estrecha carretera que lleva al Farol de la villa de Sagres, toda su cuneta llena de coches aparcados, de autocaravanas, de furgonetas. Ahí la dejamos también. Si ponen multa por aparcar en el arcén se van a forrar.



El panorama que se observa desde esa carretera recta que lleva al faro proporciona, a derecha y a izquierda, Cambiantes ambientes, aquí mesetas, allí dunas, barrancos. Una imagen lunar, piedras, polvo y plantas de flora reseca, protegidas, adaptadas al medio. La lista de plantas, de matorrales, de pastos, que se ven y se hulen es larga, rica: el árbol del lentisco, la jara ládano, la hierba de las dunas, romero, tomillo, enebro, lavandera mauritanica,  la jara, lentisco, cambronera, brezos, hinojo marino, lavanda marina, armeria, hierva de las dunas, alisos, solo por poner unos cuantos conocidos o preguntados.



Y se ve gente caminar entre todas esas plantas sin cuidado alguno. Al final de la pista, frente al farol, hay puestos de comida y bebida y de mantas y toallas y jerséis portugueses. A derecha e izquierda se extienden los acantilados del fin del mundo. Hay que elegir una u otra mano para acercarse a los acantilados de vértigo, si bien con el convencimiento de que habrá que volver para iniciar el paseo por la no elegida. Ambas proponen precipicios vertiginosos, con alturas y formas imposibles, caprichosas.



El camino de los acantilados abismales de la derecha, según se mira al faro, es sinuoso como sus crestas, entra y sale por senderos inexistentes, creados por caminantes sin respeto. La sensación es que se trata de sitio protegido está siento pisado y maltratado por todos los turistas que buscan la fotografía más impresionante, más original, más personal. Hay parejas, senderistas, grupos familiares, viajes organizados, entrando y saliendo del borde de las paredes verticales, asomándose, arriesgándose. Porque el viento es potente y caminar por las piedras sueltas al borde del abismo no parece propuesta segura. Lo hacíamos todos, el vértigo, la atracción del precipicio, las olas rompiendo allí abajo tan abajo. Una chica se hace selfis y se acerca peligrosamente a la cresta de piedra. La Pedra das Gaviotas es una isla de bolsillo, un pedrusco incrustado a cien metros del precipicio, un islote solitario al que golpean las olas y envuelven en lenguas de espuma. Inalcanzable como un barco de piedra que aparece o desaparece según el lugar desde eel que se mira. Desde el faro se ve, desde otros miradores es como si hubiera desaparecido, como si se la hubiera tragado el mar tenebroso.



Pulular por esa meseta elevada sobre el mar hipnotiza y los cabos y los golfos de piedra se suceden hasta llegar a playas recóndita o playas inverosímiles o inalcanzables. No hay carteles para proteger las plantas, ni siquiera de prohibido transitar, aunque estemos en un parque natural. Asi que en lugar de desandar lo andado la gente atraviesa hasta la carretera. El otro lado, el de la izquierda según se mira el faro. Es igual de árido, parecidos acantilados sinuosos, asomados al mar bravo, pero parece el sur más plano, mas erosionado, menos salvaje que el oeste. Como si el océano hubiera trabajado antes y más en un lado que en otro. Y de pronto descubres una cueva que ves desde lo algo y acercas con el teleobjetivo. Interpretas lo que pasa porque lo que se ve es que cada tres o cuatro segundos la cueva vomita humo. De modo que entra la ola, golpea al fondo de la cueva y vuelve una nube de espuma. Fascinante. Así que volvemos a la Ducato procurando respetar los caminitos, abrimos puertas y ventanas y comimos en la borde de esa carretera que parte en dos la península que parece la barca de piedra que vio Saramago. Una embarcación barrida por los vientos y mostrando ahí mismo el abismo, al alcance de la mano, el océano tenebroso. Lo bueno de la furgo es que puede ir equipada con viandas y buen vino portugués, de modo que, en cualquier alto en el camino, en un escenario imprevisto puede lograrse una comida deliciosa.



Como muchos puntos del Algarve hay aparcamientos que sirven durante el día, pero el permiso termina a las ocho o las nueve de la noche. Desde esa hora es perseguible y multable la estancia en uno de los parquímetros, como para pensar en pernoctar. Así que nos vamos directos a buscar el Intermarche que efectivamente tiene cuatro plazas dispuestas para autocaravanas. Solo que en este caso no es tan atractivo ni tan cómodo, está en la parte de atrás del centro comercial, en la zona de carga y descarga. Luego comprobamos que, aunque abundan las prohibiciones, la ciudad, sobre todo en octubre, es ancha y plana y hay muchas calles al norte que están vacías y son cómodas y parecen seguras para pasar la noche. Eso lo entendimos después de pasearlas y tras oír el tejemaneje de cargas y descargas a la mañana siguiente en hiper mercado. Cuando decides quedarte en un sitio y no en otro en estos movimientos ruteros, a veces aciertas y a veces no.



Vamos a la peculiar fortaleza, en realidad todo es peculiar por estos lares, frente al mar, guardando el fin del mundo, protegida por una fuerte muralla y tres acantilados naturales. Parece que fue construido en el siglo XV, una esplanada inmensa a la que se llega por una recta y estrecha carretera entre rocas. Otro de los secretos tan bien guardados que todo el mundo conoce. Se supone que el infante don Enrique, conocido por Enrique el Navegante, estableció ahí su escuela de navegación, un centro fundamental para la Era de los Descubrimiento. Afirman que Vasco de Gama, Cristóbal Colon o Fernando de Magallanes se formaron en esta fortaleza de Sagres.  Desde luego lugar estratégico es, como punto de partida para expediciones que abrirían nuevas rutas marítimas. Dicen que el complejo incluía no sólo las fortificaciones defensivas, sino también instalaciones para la instrucción y entrenamiento de los marineros: en tan poco casual localización podían observar las estrellas y estudiar los vientos y las corrientes. Conocimientos cruciales para la navegación de la época.



No entramos porque quedaba poco tiempo para su cierre y se necesita un mínimo de una hora para ver museo, encontrar la rosa de los vientos y recorrer las murallas. Caminamos bordeando el acantilado de enfrente para toparnos con la visión de la Praia, amplia, abierta el oeste lamida y golpeada por olas corredoras que la barren hacia los acantilados. La espuma de las olas y el azul hiriente del agua conforman un paraíso de surfistas, dando la vuelta a los promontorios se accede a la playa del Tonel por una calle que baja casi en vertical a las escaleras que llevan al chiringuito de la derecha primero y luego a la arena. El mar esta bravo y solo entran algunas tablas de surf. El paseo bordeando los enormes peñascos que rodean esta concha de arena fina, acompañados por el ruido de las olas bravas es muy recomendable.



Luego el paseo por el pueblo, solitario, desnudo en octubre. Amplio en sus calles, en sus aparcamientos que los visitantes de las playas deben abandonar cuando se acaba el día. A la derecha, otra bajada para alcanzar la playa Mareta, más protegida de olas suaves, orientada hacia el este. Así que las sombras van cubriendo la arena. Pero es más acogedora que su hermana brava del otro lado, así que aprovecho para darme un baño. Lo hago solo, sin otro bañista en el horizonte y probablemente es el baño más placentero del viaje. El agua está un poco fría pero clama y limpia, sin rastro de algas ni de gasoil.

Un pueblo poco turístico a pesar de estar en esa esquina de Portugal, sin anuncios de hoteles ni de restaurantes, pocos chiringuitos, sin tiendas. Calles lisas y amplias para aparcarla autocaravana que no puede hacerlo en los aparcamientos municipales. Un lugar para volver y recomendar.

lunes, 12 de enero de 2026

10. Ponta de Piedade

 

Y nos encaminamos a Lagos, la capital del Algarve. Una ciudad importante, grande, también con rio que termina en estuario y puerto. Ya algo cansados de los espacios difíciles y de las superficies comerciales pues hicimos un descanso en camping céntrico, el Trindade. Un respiro para llenar y vaciar aguas, para ducharnos con más comodidad y amplitud. A él nos llevó la aplicación, y llegamos con cierta prevención, ya que tanto la descripción del sitio como algún comentario no era muy halagüeños. La ubicación explica que está muy cerca de las playas y del centro de la ciudad, junto a los bomberos. Eso es la parte positiva que indican. Pero añaden en la descripción que, en un suelo de tierra compactadas, que hay poco sol debajo de los árboles, que el personal no habla idiomas, que no se pueden hacer reservas, que la electricidad no siempre está disponible Los comentarios de otros viajeros que han pasado por ese camping hablan de que está cerca de una playa pero que la gente no es amable, cuentan de los acampados peculiares del sitio, gente rara y descuidada, con una indisimulado rechazo,  y también que los baños no están muy limpios.



Lo cierto es que el conserje que recibe no es muy hablador, pero es amable, diligente y sí que habla idiomas y explica las condiciones del camping y lo que se le preguntes de la ciudad o de las playas. Las parcelas son amplias y se puede buscar la sombra de este verano de octubre entre los inmensos eucaliptos. Las duchas están limpias y se ve que las limpian cada poco. Cierto que el lugar es algo antiguo y quizá un poco decadente y las instalaciones merecerían un aseado. Pero el sitio es amplio y muy bien ubicado y sobre todo muy cómodo, tranquilo y seguro. Y los acampados peculiares son gente agradable, asentados desde hace tiempo, de modo que tienes su jardín cuidado, con su valle alrededor de su caravana, con una aspiración de parcelita particular. Además, tienen un cierto aire de cultura hippie de libertad y estilo veraniego. No entiendo que eso sea motivo de incomodidad.  Dudamos entre varias parcelas y dejamos la furgo en la que nos pareció más llana, con más espacio de sombra y con más sitio para sacar el toldo.



Salimos por el parque de bomberos a la avenida dos Descubrimientos y nos asomamos a la Praia Cardeira, la de los Estudiantes, la playa Batata. La de los estudiantes se llama así porque solía ser un lugar popular entre los estudiantes, tanto para pasar el rato y socializar como para manifestarse. Tiene un puente romano que la conecta con otras playas. Sus cuevas y curiosas formaciones rocosas la rodean y la limitan dos grandes peñascos rocosos, debajo de los cuales está el mar. Otro túnel, y por unas escaleras empinadas se llega a esta playa, solo una de las muchas que ofrece la ciudad de Lago.



Caminamos hasta la oficina de turismo, un lugar que da muchas posibilidades, no solo por la información que necesitas, también por los personajes que te encuentras en ellas, quizá otra manera entender el país. Como en todos los funcionarios los hay simpáticos, aplicados, amables, colaboradores, secos, impertinentes, colaboradores, profesionales. Los de turismo son peculiares, algo hay que los asemeja. El de Lagos es amable y se explica bien en castellano, solo que le gusta escribir en los planos. Dice estamos aquí, y con su bolígrafo azul señala, rotula, redondea, destaca, completa, delinea el círculo. Aprieta con fuerza, con la intención de que no quede ni una milésima de milímetro sin pintar. Y si anota playas o iglesias o museos o restaurantes o lugares de interés, pues igual. De modo que el plano queda rotulado a conciencia. Señalados el mercado municipal, los puentes, las playas y evidentemente el camino de tres kilómetros hasta la Ponta de Piedade.



Así que pasamos por el castillo, por la iglesia de San Antonio y, enfrente, en el gran canal que acompaña a la ciudad nos encontramos con un espectáculo imprevisto: las maniobras de un espectacular velero de dos mástiles y bandera francesa. Parece antiguo, construido en madera, con el casco color negro y una llamativa y gruesa raya amarilla en su mitad. Sus velas arriadas y la tripulación uniformada informalmente ejecutan maniobras de acercamiento y viraje que dan la oportunidad de recolectar un buen puñado de buenas fotografías. Tiene el nombre en la popa y resulta que es un famoso e histórico bergantín que se construyó en Dinamarca, en 1929. Esto lo sé por Google que busqué el nombre y comparé las fotografías. Parece que primero fue barco de carga para el Báltico y luego una goleta misionera evangélica. A los veinte años de su construcción se retiró de la función misionera y volvió a hacer cargas, pero su sala de máquinas sufrió muchos daños por un incendio. También lo han usado para muchas películas y series marinas. Hoy lo alquilan para trabajos de cine o para vacaciones.



Varios dueños y diferentes transformaciones lo han convertido en el elegante barco histórico que llama la atención. En 1991, fue transformado a imagen de la carabela Santa María del siglo XV para la película de Ridley Scott, ‘1492: La conquista del paraíso’. Fue conocida como Santa María hasta que, en 1996, debido a la creciente demanda de barcos de aparejo cuadrado de época, se convirtió en un bergantín de dos mástiles y recuperó su nombre original, Phoenix of Dell Quay.

Como digo de todo eso me enteré luego, comparando las fotografías que le saqué. Estaba no ante un velero antiguo, sino ante una estrella del cine y del recreo. ‘En el corazón del mar’, ‘Poldark’, ’1492: La conquista del paraíso’. La serie ´’Hornblower’, ‘Capitán Dientes de Sable’, ‘Viaje de descubrimiento’, ‘Moll Flanders’, ‘Frenchman's Creek’, ‘La Pimpinela Escarlata’ y ‘Las Crónicas de Narnia: La travesía del Viajero del Alba’.



 Una larga lista de títulos. Desde 2017, Le Phoenix ha aparecido en ‘En el corazón del mar’, ‘Poldark’ (todas las temporadas), ‘Tabú’, ‘Frontera’, ‘Outlander’ y ‘Napoleón’.

Nos damos prisa en llegar al mercado municipal antes de que cierre. Como todos los mercados portugueses, limpios, cuidado el diseño y la presentación. Productos de la zona, vinos, souvenirs. A lo largo del paseo marítimo hay puestos con mantas y toallas y mantelerías. Y compro una colcha liviana que hace tiempo que tengo pensada para la playa, una superficie amplia para evitar la arena. Las calles de Lagos, estrechas y empinadas están llenas de terrazas, tienen muchos turistas dado el verano de octubre, pero están cuidadas y no están enfollonadas como otros sitios, como Albufeira por ejemplo.



Hay dos caminos hasta Ponta de Piedade: una carretera, Estrada da Piedade, que sale de la N125, frente al parque de bomberos. O seguir la senda de la costa, una pasarela de madera que recorre la cresta de los acantilados, va mostrando las playas recoletas, a las que se accede por imposibles escaleras, y llega al faro.

Tras la Playa de los Estudiantes la primera que ofrece la pasarela de madera es la de Pinhao, una concha estrecha de arena fina y aguas limpias debajo de inmensos peñascos que la guardan. La siguiente es la Praia dona Ana. Cada una es diferente, una personalidad distinta, aunque compartan el estar encajonadas entre grandes acantilados, que sean recoletas y que haya que bajar a ellas en una empinada escalera de madera con mil peldaños. La de dona Ana tiene, a media altura del acantilado, una puerta que comunica con la entrada al hotel, directamente sobre la playa, en todo lo alto, con una piscina en la azotea. Luego otra bajada a Mariy, también chiquita y recoleta, otro secreto que todo el mundo conoce, así que se llena.



Y luego viene una joya de la corona, la Praia de Camilo. Se ve más al fondo de los riscos que las otras, una bajada casi vertical que supondrá una subida igual. Así que bajo sin cámara con la idea de curiosear y darme un baño rápido. Son doscientos escalones de madera algo mareantes. A medida que desciendes se ve la playa un poco decepcionante, está ya bajo la sombra del acantilado y se observa una plaga de algas meciéndose junto a la arena. El agua se ve cristalina más allá de las plantas acuáticas, pero no resulta muy apetecible el baño. Así que mirando los escalones que me quedan hacia arriba y los que restan hasta abajo, entran unas dudas metódicas. Pero puede la curiosidad: ya que estoy.



Me arrepentí de no haber bajado la cámara, esa playa pequeña, umbría y sucia por las algas tiene un chiringuito cerrado a la derecha y a la izquierda, en el fondo de la pared temible hay un hueco que resulta un túnel que comunica con la otra playa, curiosamente limpia de algas, más amplia, menos umbría porque el sol tarda más en ponerse al estar un poco orientada al oeste. Un paraíso escondido tras el pasadizo, otro secreto del Algarve conocido por muchos. Pero un verdadero paraíso, quizá para que encabece la lista de las mejore playas del Algarve.





La subida es engorrosa para los pulmones, pero merece la pena la curiosidad de encontrar lo que es la playa de Camilo al otro lado del túnel, Y se empieza a ver el faro de la punta de la Piedad, pero antes de legar a él hay otra bajada de vértigo por escaleras hechas en las piedras de los acantilados que lleva a o Elefante, la erosión le ha dado esa forma a las piedras y hay una playa mínima para contemplar tales formaciones rocosas. Se ve desde lo algo a una chica solitaria haciéndose selfis en tan original lugar. 



Los miradores del camino de madera proporcionan un paseo cómodo recompensado con las vistas que compiten entre sí por ser la más impresionantes. Y para coronar tal borrachera de contemplaciones interesante, está la Ponta de la Piedade. Desde ella se ve ese conglomerado de riscos, grutas, cuevas que apuntan al océano Atlántico. Y como es la hora de la puesta de sol, el espectáculo verdadero está en observar la espalda de tanta gente que intentan captar con sus cámaras el instante en que el sol cae como una moneda al mar. Una línea a contraluz de figuras expectantes.



9. Praia Carvalho

  El percurso dos sete vales suspensos recorre los acantilados desde Benagil a la playa de la Marina por un lado y desde el otro a Praia Vale de Centeanes, pasando por la Praia do Carvalho y farol Alfanzina. Si los miradores de un lado son espectaculares y pueden llevar a playas secretas que todo el mundo sabe, los del otro no van a la zaga. La orografía es un tobogán continuo de acantilados de caídas imposible, de formas caprichosas, bajadas vertiginosos a las playas recoletas.

Dudamos en si dormir en Benagil por otros cinco euros más, en el parquin milagroso en medio de tantas zonas de prohibición, igual para acampar como para pernoctar. Pero es desangelado, encerrado entre muros, en suelo polvoriento, en breve vendría la noche y no es apetecible quedarte ahí con la cadena de la entrada candada.  Miramos por el pueblo y continúan las prohibiciones, seguimos por el camino de los acantilados y hay sitios que podrían ser aparcamientos, de hecho hay otras autocaravanas ahí puestas, un lugar magnifico con las vistas al mar para despertarse por la mañana de esa manera. Pero es parque natural y no está permitido según dicen guías y lugareños, que indican que la policía está atenta y las multas no son pequeñas.



Dormir se convierte en una lotería, a veces no convence el lugar que sugiere la aplicación, en ocasiones el aspecto, el filin o su falta, no te da seguridad. La vista desde los acantilados es soberbia y larga. Delante hay una pronunciada bajada a la playa do Carvalho y como una uve estrecha se ve una escalera igual de empinada que lleva a unas casas en lo alto, incluso se adivina a lo lejos una furgoneta aparcada. Así que hacemos el recorrido, duro en la bajada y en la subida. Lo que veíamos desde el acantilado es una comunidad, el Algarve Club Atlantico, formado por unas cuarenta mansiones con piscina y amplio jardín encaramadas en una parcela del acantilado, sobre la cueva larga que también se visita desde los barcos.



Hay un puesto de frutas y bebidas que atiende una señora amable que nos dice que la policía suele pasar por la noche para multar o expulsar a las autocaravanas que se paran en ese parquin de la urbanización, pero que ella piensa que las carliñas, así llama a la furgo, suelen pasar más desapercibidas, o al menos las persiguen menos. En ese batiburrillo de dudas para decidir un lugar para dormir nos convence el lugar y las palabras de la tendera. Así que apuntamos la ubicación, bajamos las escaleras, subimos al acantilado y sacamos la furgo del descampado que ya está vacío y con las puertas de entrada entornadas, la cadena a nunto de cerrarse.



Nos despierta pronto los ruidos de los coches, su cerrar y abrir puertas, que llegan con kayak dispuestos a pasar un largo día de navegación por las cuevas. Tenía razón la señora del puesto de frutas y bebidas, ningún susto, sin problema alguno en dormir en ese aparcamiento de la comunidad, lo peor es la llegada de regatistas. Así que bajamos por las escaleras a la playa, cargados con sillas y un tinglado de parasol con bolsas de arena. La escalera y el camino lleva a túnel abierto, excavado en el acantilado, que comunica con la playa escondida, es la muestra de que en Portugal, dicen guías y lugareños, no hay playas privadas. Sorprende la bajada de la escalera y la presencia del túnel de granito, estrecho, bajo y largo, sus diez o doce metros ya tiene. Y se abre a un ventanal y a una puerta sin puerta que propone unos escalones, desiguales y resbaladizos, que se abren a la playa, una concha cuadrada y estrecha aprisionada entre los altos acantilados. Al ser estos tan altos, poco después de medio día se empieza a estirar la sombra de la derecha, la de poniente, con lo cual conviene ponerse a la izquierda y así se conseguirán más rato de sol por las tardes. Y en frente, en el medio, una roca como un menhir vigilante. Otro secreto del Algarve que seguramente todo el mundo conoce. Evidentemente no hay ni vigilancia ni puesto de socorrismo y aparecen algunos letreros que indican que no se arrime la gente a las paredes por el riesgo de desprendimientos evidente.



Hay al inicio una piedra lisa que sobresale, una especie de mesa amplia y al frente las olas del azul cristalino que vienen manchando las algas invasoras que tantos dolores de cabeza a los gestores del turismo portugués. Si se atraviesa la red de algas al otro lado se encuentra uno con el mar limpio, pero ese cruce es engorroso.

La ola entra por su derecha, a nuestro lado izquierdo según la miramos, Rebota en las rocas y rebaña lo que se encuentra, toallas, bolsas y chanclas de turistas que corren desesperados a intentar salvar sus pertenencias. La ola va creciendo y en cada envestida lo hace con más fuerza. Así que nos subimos con nuestras sillas a la suerte de mesa de piedra que nos eleva y salva de la envestida cada vez más ansiosa. Y desde ese púlpito asistimos a las carreras de los bañistas, ya no los que tienen su tenderete de toallas a la orilla izquierda, sino de todo el frente que va conquistando la ola.



Sorprende la voracidad de la ola y su ritmo porque los bañistas o están al otro lado de las algas o están embelesadas observando el clavadismo de acantilado que practican un puñado de jóvenes. En el lado derecho hay un caminito horadado a la montaña, hasta una puerta cerrada, y hasta allí se encaraman media docena de muchachos que ensayan sus cabriolas. Rompe la ola con estrépito y ellos saltan. A ratos impresiona.

La Praia do Carvalho puede ser también el centro desde el que recorrer el cielo de los acantilados, mirar el mundo desde arriba. Caminar hacia el oeste a lo largo de los acantilados hasta Carvoeiro o parar en la Praia de Vale Centeanes para visitar una playa diferente o ver el faro de Alfanzina. Y al otro lado, hacia el este, podrá llegar hasta Praia de Benagil y la famosa Cueva de Benagil y la secreta Praia de la Marinha..



Recorrimos los doce kilómetros caminando y merece la pena el calor y los senderos que se pierden en continúas subidas y bajadas. Asomarse a las calas, a las cuevas abiertas por el cielo, a los miradores, es un regalo de esta parte del mundo. Luego llegar a la furgo con este calor portugués de octubre que parece julio, sacar la manguera del grifo de la cocina por la ventana y quitar la arena y la sal.

Y dejar la exclusiva colonia de mansiones cara y buscar donde comer, en dirección a Carvoeiro. Otra playa magnífica, otro pueblo singular, otras calles estrechas y empinadas por las que parece que no va a pasar la furgo. Ya van unos cuantos golpes tontos a la chapa, así que hay que circular con cuidado. Paramos en el único aparcamiento que propone la aplicación un lugar municipal arriba del todo que proporciona una buena vista y un restaurante donde tomar café a la sombra. No sentamos y el camarero sugiere que pasemos al otro lado del local, hacia el oeste, donde hay varias mesas libres y pega el sol de justicia. Evidentemente rehusamos y buscamos otro lugar para tomar el café.



Portimao será el próximo destino, una ciudad portuaria con dos almas, la playera y la ciudad antigua, casi de espaldas una de la otra. Un barrio histórico alrededor de los jardines de la plaza de la Republica. Las siete calles estrechas, casi paralelas entre la Rua Direitia y la plaza, tiene tabernas y restaurantes tranquilos, como de pueblo interior. Lo contrario es el bullicio de la zona de la playa da Rocha. Allí el museo, el puerto, lo administrativo, las iglesias Nuestra Señora de Conciensao y la del Colegio. Las cigüeñas anidando en una grúa gigante, la escultura de las esforzadas pescadoras. El rio Arade se hace estuario al llegar a Portimao y se convierte en puerto, pero tiene la particularidad de subir hasta más arriba de Silves, porque viene del pantano. Pero digo que sube porque a su paso por Silves a una hora determinada se ve un rio casi vacío y a otra un rio que llena todo el cauce. La marea lo llena y lo vacía.



La aplicación nos lleva a las cuatro plazas grandes que tiene el Lidl junto al aparcamiento. Lo que es un recurso a veces se convierte en una mala idea porque es un sitio de mucho trajín, de mercancías, pero también del cruce de dos carreteras y su correspondiente rotonda.

viernes, 9 de enero de 2026

8. Benagil, las cuevas del mar

 

No arranca la furgo. Se ve que me dejé puestas las llaves, al encender el contacto para bajar las ventanillas, y se ha agotado la batería. Es la segunda vez que me pasa. Un olvido que debo tener en cuenta. Al estar en el aparcamiento del Ldl no me preocupo, seguro que aquí es más fácil obtener ayuda que en otro sitio solitario. Se la pido primero a otra furgo con dos chicos de unos 30 años y dicen que no pueden que van a trabajar, otra me explica que su coche su coche es eléctrico, una señora que acelera al acercarme. Por fin un francés me permite poner las pinzas y arrancar. Gente enrollada encuentras en todas las partes. Y otra que no.



Y a pesar del incidente salimos pronto hacia Benagil. El navegador de Google indica que hay un aparcamiento suficiente y cerca, siempre y cuando lleguemos pronto. Y llegamos pronto, pero la carretera está sembrada de carteles y señales de prohibido el paso de las autocaravanas, su paso, su aparcamiento y se todo. Quiero pensar que no se refieren a mi furgo, Carlinhas, dicen en Portugal. Pero me temo que no hay excepciones en esos rechazos. Así que, ante la prohibición, con multitud de coches aparcados en los bordes de la carretera de acceso, evitamos las dos opciones, y optamos por buscar otro aparcamiento, en realidad la tercera opción dando un considerable rodeo. Y el mismo atasco de vehículos, el apartamiento lleno, el siguiente de kayak también lleno y el encargado nos avisa de que en todo caso no podríamos aparcar la furgo, aunque hubiera sitio. Está prohibido. Y nos indica que bajemos una pronunciada cuesta, subiéramos al otro lado y allí sí que podríamos dejar el vehículo. En realidad resultó ser la primera opción que habíamos rechazado, y se puede porque se trata de un descampado de arena cerrado y cobra cinco euros por pasar allí el día, en el caso de que quisiéramos dormir serían otros cinco. Y allí la dejamos y bajamos la inclinada calle que lleva a la playa de Benagil, llena de gente como una romería, todos van a alquilar kayak o barco para visitar las cuevas de la playa. Nosotros también y pagamos el billete, como cuarenta euros cada uno por dos horas de paseo en barco de ocho.



Mientras esperamos el turno para subir a la barca que recorrerá las cuevas, paseamos por los 130 metros de playa de arena fina, con olas apuradas, con las algas invasoras arruinando la orilla este. Gente subiendo y bajando por la rampa, chocando su kajak con otra, en el agua remeros inexpertos siguiendo al guía, ida y venida de los barcos que salen y que entrar, una pareja joven lleva un bebe y pretende montarse en una tabla. Lo logran primero ella con el niño y luego él que se pone a remar como un gondolero. Se ve gente pululando por arriba, por los acantilados, esos seis kilometros que permiten ver desde arriba, a vista de pájaro, este magnífico paraje.



Un conductor del barco lleva en silencio el timón y un guía simpático introduce la información de todas las cuevas que vamos a visitar, y nos acompañan ocho polacos grandes, tripones y ruidosos. El motor fuera borda esquiva con habilidad el resto de las embarcaciones y tablas, lanchas y kayaks, y se dirige a la derecha. La idea es ira a Algar, la cueva más conocida de Benagil, pero entra y sale de las demás a veces esperando a que salgan los barcos que están dentro en este lio tan poco ecologista. El mar ha ido lamiendo a veces mordiendo esa roca caliza y ha ido esculpiendo formaciones caprichosas, cuevas, riscos, huecos, pozos, hasta conformar el paisaje singular de esta parte del mundo. Un panorama que igual atrae a fotógrafos en busca de la instantánea que le compre Google o una gran publicación que curiosos bañistas o borrachos polacos celebrando algo.




El tiempo, la erosión, la sal del agua, los vientos han ido laminando las rocas, excavándolas, y el resultado son figuras imposibles que los paisanos han ido bautizando con nombres parecidos a su apariencia, una puede que  recuerde a un elefante, o se vea una suerte de cocodrilo desde su interior o una calavera con sus dos ojos desnudos y su boca. La lancha baila sobre las aguas y se acerca a cada cueva, de las veinte que visita, se mete en ella hasta el fondo y sale o hace maniobra para mostrar un detalle de la roca, o espera a que hagamos la foto. Los polacos brindan los tragos de las cervezas que portan, se asombran de las imágenes que ven y vuelven a beber.



El guía repite con paciencia sus indicaciones primero en inglés y luego en castellano. La cueva de Zorreira es tan impresionante como la llamada del Capitán, a esta se entra si se dan las condiciones marítimas, si la marea es muy baja incluso aparece en ella una pequeña playa. Buscar figuras en las formaciones rocosas es ocupación de guías y turistas, pero las transparentes aguas azules que se vuelven verdes cristalinos en el interior y el asombro de las oquedades dejan un sabor incómodo. Es un paraíso atestado, una lancha que hace maniobras para no chocar con otra o con el barco de recreo que llega o con los cientos de palistas que pululan entre los huecos. Tal aglomeración, en temporada baja de una idea del horror que debe causar en julio o agosto.

La más espectacular quizá sea la de Benagil, por el tamaño, por la apertura circular en su techo por donde se cuela en cielo limpio, una suerte de cuadro surrealista. Tan fotografiada que fue seleccionada por Windows para una de sus pantallas. La sensación es ambidiestra, por un lado, la belleza y por otro el convencimiento de que tanto visitante no puede ser bueno para ninguna de las cuevas marinas.



Tras dejar a los polacos empezamos a recorrer la Ruta de los siete valles colgantes, seguramente más bello en portugués, el Percurso dos sete vales suspensos. Un paseo por los acantilados que guardas las cuevas marinas, señalizado con balizas de madera supone un vuelo por encima de cada cueva, guardada por las empalizadas para que los curiosos no se acerquen demasiado. Un sendero de mediana dificultad de seis kilómetros, el doble si se hace ida y vuelta. A la derecha, mirando hacia el mar se recorren las principales cuevas desde arriba y se llega a otro paraíso la emblemática Praia da Marinha, dicen las grandes guías que se trata de una de las diez playas más bonitas de Europa. Arena blanca y fina, como harina, y aguas cristalinas asaltadas por olas preñadas de algas invasoras, recoleta, protegida por unos acantilados inmensos, apretada entre ellos y el mar. Un lugar secreto que todos conocen.



La vuelta a Benagil, al descampado donde dejamos por cinco euros la furgo es más accidentada porque buscamos caminos más cómodos y más rectos para ganar tiempo y resulta que los senderos de los acantilados se bifurcan, se multiplican y se comprueba que no hay atajo sin trabajo. Y como el sol es de justicia pues no facilita, aunque las vistas de pájaro sobre el mar en calma, sobre los huecos de las cuevas abiertas al cielo siguen siendo impresionantes. Y desde ahí arriba no fastidian tanto los barcos entrando y saliendo, soltando gasolina, molestando con el ruido de sus motores a la fauna de la zona.