lunes, 5 de enero de 2026

4. Playa Barril

1.    Elegir donde se pasa la noche con la furgo es sencillo en principio, pero al final no lo es tanto. Uno se queda donde le da la gana. Solo que para decidir el lugar entran en juego distintas variantes.  Donde guste, donde se sienta uno cómodo, donde no haya problema de multas o prohibiciones. Para eso ayuda las aplicaciones como la que usamos, que indican donde hay un área preparada o un aparcamiento posible, y se completa con comentarios de otros viajeros que han pasado por ahí o han decidió buscar otro asiento. Luego uno tiene sensaciones y a pesar de las recomendaciones y opiniones, pues quizá acaben por no convencer. En Tavira tampoco hay áreas, y ya se ve que por el Algarve hay pocas y abundan las prohibiciones de acampar e incluso de aparcar para autocaravanas. En la aplicación hay una propuesta de aparcamiento gratuito y sacamos otra de un blog. La primera parece que está muy lejos del centro, la otra está algo menos, pero resulta un descampado descuidado, junto al canal que conforma el rio Gilao que atraviesa la ciudad, al final de la Rua Borda d´Agua Aguiar. Dejamos la furgo en otro solar algo menos descuidado, pero con el convencimiento de la provisionalidad. De que sería por un rato, y caminamos hasta el Puente de las Fuerzas Armadas, y cruzamos el rio hasta la Plaza de la Republica.




Esta y la calle de la Libertad son los referentes de esta ciudad antigua, cuidada y distinguida. Muchas guías lo consideran el pueblo más bonito del Algarve, por su encanto, su puente romano y su acceso a la Isla de Tavira. Esta también la forma del Gilao, que trascurre un montón de kilómetros paralelo al mar y conforma una extensa playa de arena y salinas que atraen a una rica fauna de flamencos, espátulas y más aves zancudas. Un paraíso entre marismas. La señora que atiende en la oficina de turismo es amable, va indicando sitios que debemos visitar, va pintando sobre el mapa. No nos entendemos cuando preguntamos por el cementerio, que no es de muertos sino de anclas. Aclarado el malentendido empezamos a caminar por alguno de los sitios que nos ha recomendado la funcionaria.



Pretendemos subir por el Largo do Misericordia, pero un par de docenas de turistas se agolpaban tras su guía, así que optamos por subir al castillo por la paralela, la Calzada dona Ana. Es octubre y el Algarve está lleno de viajeros, no quiero pensar lo que debe ser julio o agosto. Ir sin el grupo supone que los encontraremos después, pero podemos pasar entes, y solos, por la Iglesia Santa María do Castelo y la de Santiago de Tavira. Y además tomar desde arriba la Calzada Dos Sete Cavaleiros. Una leyenda dice que siete caballeros cristianos fueron emboscados y asesinados por la guarnición árabe de la ciudad durante una tregua de paz. También se cuenta que iban cazando. El caso es que se organizó, como venganza, un ataque cristiano en el que se recuperó la ciudad. Estamos hablando de 1242 y la iglesia de Santa María do Catello se construiría justo en el lugar de la celada y dentro estarían las tumbas de los siete caballeros vengados. Y por esa calzada empinada llegamos a las ruinas de lo que fue un espléndido castillo. Hoy es un jardín público muy bien cuidado, armonioso en su diseño, rico en sus variedades de plantas y con unas vistas magnificas sobre la ciudad, el rio y las marismas. Además, su entrada es gratuita y cuenta con baños de grata visita, de modo que merece la pena la subida a pleno sol.



Este octubre está siendo muy caluroso y las indicaciones de la señora de la oficina de turismo invitan a acercarnos a una playa y comer y bañarnos, o al contrario. Fuseta, Homen Un, Barril, Praia Estreita, Ila de Tavira, son los nombres pintados por ella en el plano. Elegimos Barril y el aparcamiento más cercano esta hasta arriba, en realidad pintado sobre el arcén, en línea a lo largo de toda la carretera. Pero ni un hueco, menos para la furgo. Seguimos hasta el final y frente al campo de futbol, al otro lado de la carretera hay una bajada con la que es preciso tener cuidado, baja, empinada e irregular la entrada, y está en una suerte de solar seco, en el claro de un cañaveral, con algunos coche y hueco para nosotros. Tan estupendo que contemplamos la posibilidad de dormir ahí.



Comer algo en la propia furgo y encaminarnos a la playa Barril. Hay que recorrer la carretera con el arcén atestado y pasar por una pasarela de madera por encima de los manglares de las marismas. Hay un tren antiguo que por dos euros acerca a la playa, un tren cremallera que se encuentra a mitad del camino con su contrario y van y vienen cada media hora. La verdad es que si te pones a caminar y no vas muy cargado da tiempo a llegar andando, antes que el vehículo de hierro, a una comunidad de restaurantes y servicios que dan vida a la playa larga, extensa de arenas finas y agua cristalina. Nada fría para estar en octubre y tratarse del océano Atlántico. también hay unos socorristas con pantalón rojo y camiseta amarilla sentados a la vera de donde termina el sembrado de hamacas y sombrillas privados que indican que se pongan las toallas a un lado y no delante de ese cuadrado. Y con el baño placentero, descubrimos el cementerio de anclas, las pasarelas de madera la bordean, respetan la marisma y aparecen alineadas como un ejército abandonado, como un panel funesto de barcos olvidados que muestran clavadas en la arena el alma de sus áncoras. Como un esqueleto lleno de historias enganchado al suelo por uno de sus brazos mientras el otro clama por una foto inolvidable.

Justo en ese momento, con la arena sembrada anclas que peina el viento, la necrópolis impensable, se me acaba la batería de la cámara. Una maldición que igual impone enterramiento tan singular. Un disgusto per queda siempre el recurso del móvil.



Luego las duchas de playa Barril funcionan con un euro, así que dejas allí arena y sal para volver pasarelas adelante al aparcamiento casual de la furgo. En ese debate diario considero que ese lugar solitario, metido un hueco entre manglares y cañaverales, igual no es seguro para pasar la noche o puede que llame a la multa por aparcar en un parque natural, dados los avisos de guías y carteles. Pero el arcén hecho aparcamiento en la acera de la carretera, ahora vacía de todos los coches de bañistas, también parece solitario y expuesto.

Pedras de Rei es una suerte de resort, casas con amplio jardín que comparten piscina, centro social, servicios de lujo. Tiene un aparcamiento que es como si fuera la plaza del pueblo, porque está en la misma carretera que cruza el sitio y a él van todas las salidas de las cuidadas viviendas. Hay un guardia de seguridad al que preguntamos y dice que por él no hay problemas que si nos vamos relativamente pronto por la mañana el ni ve ni dice nada. Le decimos que a las once o así ya nos habríamos ido.

Las plazas son de diferente tamaño, pero hay un par de ellas que son largas, seguramente para autobuses. Ahí nos plantamos. Y al rato llega el conserje con su jefe. Que no se había dado cuenta de que la furgo es grande, que no podemos dormir aquí, que lo siente, que es privado. Desde la amabilidad nos indica que en Santa Lucía sí que hay un sitio, que allí se puede. Así que nos ponemos en camino con la idea certificada de que las furgos y las autocaravanas no son bienvenidas en esta parte ce Portugal.

Llegamos a Santa Lucía, a diez minutos de Pedras de Rei, ya con noche cerrada. No se ven indicaciones ni almas a las que preguntar, pero a la entrada del pueblo, pasado el campo de futbol, hay esplanada plana y amplia. Se ve que hay dos autocaravanas aparcadas, pernoctando, así que buscamos un espacio llano y dejamos una cierta distancia de privacidad con los otros viajeros para aposentarnos. 

jueves, 1 de enero de 2026

3. Monte Gordo

 


El pescador que me da conversación mientras intenta pescar pulpo en el muelle tiene 61 años y se jubiló a los 58, porque la gente de la pesca tiene cupos para juntar años y prejubilarse antes. Se aprovechó y no volvería a embarcarse, pero le ha quedado el tirón del mar. Y se acerca al muelle cada mañana. No coge mucho, pero suficiente para llevarle a la mujer la comida.

-Y a veces también la cena.

Se ríe y se rasca bajo la gorra que le defiende del sol. Me habla de la playa de Monte Gordo y dice que allí hay caravanas, así que lo apunto. Se trata de salir por el puente Infanta Cristina y tomar camino a Portugal. En la frontera antigua se apiñan coches que no deben saber cómo circular por Portugal o no tienen la fórmula prevista. Y miras el rio desde el Ponte Internacional do Guadiana, un espectáculo desde la furgo. Dos orillas, el mismo ambiente, dos países, dos maneras de cuidar la tierra. Tengo la sensación de que toda la raya entre España y Portugal repite el paradigma, en aquel lado están las cosas cuidadas y en este no. Quizá haya matices y circunstancias y contextos, y excepciones, pero la primera vista aquí es descuido y allí empeño. Ayamonte y Vila Real do Santo Antonio comparten el Guadiana, cada una en una orilla del rio. La disposición, ordenamiento, cuidado de una y de otra repiten la tesis ambigua y con todas las excepciones que he ido observando a lo largo de toda la frontera, desde el Miño al Guadiana.

La aplicación indica que no hay áreas en Vila Real do santo Antonio pero que hay un Lidl a las afueras que dispone de cuatro plazas cómodas y amplias para autocaravanas. Un detalle comercial y empático. Hay unos eucaliptos  altos y viejos a cuya sombra me cobijo, con lo que ganamos en frescura y evitamos el sol de mediodía, potente, pero además dejamos libres las plazas para otros caravanistas.

De ahí paseamos la ciudad cuidadosamente diseñada desde su fundación. Parece que fue concebida en el siglo XVIII como una muestra del Portugal de la Ilustración. El desarrollo de una idea de trazado elegante, las calles formando cuadrículas hiladas con amplias plazas. Un orden amable y cuidado en un entorno ribereño que proporciona sosiego y distinción. Por la Rua Antonio Vicente Campinas y luego por la del Conselheriro Federico Ramirez se llega a la Avenida de la República, paralela al rio, sembrada de palmeras, y al puerto deportivo. Donde espera el ferry que cruza el Guadiana y va y viene cada hora de España a Portugal y al contrario.



Y resulta un paseo largo y placentero. Las calles llenas de tiendas tan cuidadosamente diseñadas como la ciudad donde se desarrollan. Apacibles, originales, y sus escaparates y sus negocios abiertos de par en par y las casas encaladas o pintadas de colores suaves, pastel, indican que puede existir un turismo ajeno al bullicio, al caos. La Praca Marques de Pondal es el centro neurálgico, pavimentada, rayas blancas grises y blancas, concéntricas hacia el templete del centro. Rodeada de naranjos. Vila Real de Santo Antonio es una ciudad tranquila, luminosa que invita a pasear despacio.



El calor aprieta y el mar está cerca, de modo que se presta buscarlo y llegar a comer en una playa. El siguiente destino es Monte Gordo. La referencia es la del pescador de Isla Cristina que ha visto autocaravanas y la aplicación de Park4nigh indica que no hay áreas, solo apunta un cierto aparcamiento al final de la playa. Al fondo de la calle principal de un lugar turístico que se extiende a lo largo de una playa ancha y amplia, la avenida Infante Dom Enrique. Buscando el aparcamiento que señala el teléfono nos encontramos con un solar limpio, rodeado en sus cuatro lados por autocaravanas y camper perfectamente alineadas. Así que no llegamos a él. Hay un hueco entre dos y ahí colocamos la furgo.

Es un sitio con piso de tierra apelmazado, de albero, no tiene servicios ni está señalizado, seguramente ni autorizado, pero si permitido por la ley de hechos consumado. Es muy cómodo y está al lado de la playa de arena ten fina. Así que decidimos parar, comer y darnos un baño. Luego veremos si continuamos o nos quedamos. El baño es grato, el agua no está fría a pesar de que sea octubre y Atlántico. Hay poca gente en la playa de modo que su inmensa superficie nos hace sentir como habitantes únicos. Hay una chica amable vestida de rojo y amarillo, en la esquina de un tinglado de hamacas y sombrajos de paja, una vigilante de la playa, quizá una socorrista bajo su sombrilla rojigualda. Como toda la playa esta desierta, colocamos nuestras toallas donde nos parece y ella, afable, nos dice que no debemos ponernos delante de las hamacas y sombrillas del hotel, que la ley portuguesa así lo indica. Parece ridículo, aunque ella no tiene la culpa, o sí, pero nos ponemos un par de metros más allá fuera del campo de influencia privado. Largo baño y al fondo unas casetas azules que funcionan con monedas 50 de céntimos. La ducha es corta pero suficiente para quitar sal y arena y volver a la furgo sin esos engorros.



La vuelta por el pueblo muestras un lugar esencialmente turístico, un par de calles peatonales atestadas de chiringuitos que están muy poblados y no quiero imaginar lo que será esto en julio o agosto. Bares y restaurantes con pantallas gigantes dando el partido correspondiente del Real Madrid, pero también de los grandes de la liga inglesa. Va entrando la tarde así que decidimos quedarnos en este solar ocupado por las autocaravanas, un lujo de sitio seguramente provisional, hasta que señalen el plan urbanístico y construyan un gran edificio de apartamentos. Dormir en un espacio amplio, abrigado, limpio y teniendo por vecinos a unas docenas de autocaravanistas de otros tantos países da cierta seguridad solidaria. Puede que sea un lugar sin autorización para pernoctar, que ya se ha ido viendo en el poco tiempo de llevamos en Portugal que no hay muchas áreas y además abundan los carteles de rechazo, cuando no de prohibición de estos vehículos. Quizá la mala praxis, la falta de cuidado de los viajeros con sus residuos y limpiezas haya provocado esa cierta animadversión que se va palpando. 

El caso es que resulta noche silenciosa, a lo lejos, puede que poco más de cien metros, el rumor del mar, el eco de las olas, la cercanía de gente a la que no conoces pero con la que se comparte una cierta forma de viajar, de ver el mundo. Al lado una pareja de personas mayores con su perrita y sus bicicletas, al otro una familia que parece bien avenida, al otro lado, junto a la pared de enfrente, una pareja joven con sus tablas de surf apiladas en el interior de la furgoneta que tiene un mecanismo para levantarse y componer en el techo el lugar de dormir.