1. Elegir donde se pasa la noche con la furgo es sencillo en principio, pero al final no lo es tanto. Uno se queda donde le da la gana. Solo que para decidir el lugar entran en juego distintas variantes. Donde guste, donde se sienta uno cómodo, donde no haya problema de multas o prohibiciones. Para eso ayuda las aplicaciones como la que usamos, que indican donde hay un área preparada o un aparcamiento posible, y se completa con comentarios de otros viajeros que han pasado por ahí o han decidió buscar otro asiento. Luego uno tiene sensaciones y a pesar de las recomendaciones y opiniones, pues quizá acaben por no convencer. En Tavira tampoco hay áreas, y ya se ve que por el Algarve hay pocas y abundan las prohibiciones de acampar e incluso de aparcar para autocaravanas. En la aplicación hay una propuesta de aparcamiento gratuito y sacamos otra de un blog. La primera parece que está muy lejos del centro, la otra está algo menos, pero resulta un descampado descuidado, junto al canal que conforma el rio Gilao que atraviesa la ciudad, al final de la Rua Borda d´Agua Aguiar. Dejamos la furgo en otro solar algo menos descuidado, pero con el convencimiento de la provisionalidad. De que sería por un rato, y caminamos hasta el Puente de las Fuerzas Armadas, y cruzamos el rio hasta la Plaza de la Republica.
Esta y la calle de la
Libertad son los referentes de esta ciudad antigua, cuidada y distinguida.
Muchas guías lo consideran el pueblo más bonito del Algarve, por su encanto, su
puente romano y su acceso a la Isla de Tavira. Esta también la forma del Gilao,
que trascurre un montón de kilómetros paralelo al mar y conforma una extensa
playa de arena y salinas que atraen a una rica fauna de flamencos, espátulas y más
aves zancudas. Un paraíso entre marismas. La señora que atiende en la oficina
de turismo es amable, va indicando sitios que debemos visitar, va pintando
sobre el mapa. No nos entendemos cuando preguntamos por el cementerio, que no
es de muertos sino de anclas. Aclarado el malentendido empezamos a caminar por
alguno de los sitios que nos ha recomendado la funcionaria.
Pretendemos subir por el
Largo do Misericordia, pero un par de docenas de turistas se agolpaban tras su
guía, así que optamos por subir al castillo por la paralela, la Calzada dona
Ana. Es octubre y el Algarve está lleno de viajeros, no quiero pensar lo que
debe ser julio o agosto. Ir sin el grupo supone que los encontraremos después,
pero podemos pasar entes, y solos, por la Iglesia Santa María do Castelo y la
de Santiago de Tavira. Y además tomar desde arriba la Calzada Dos Sete
Cavaleiros. Una leyenda dice que siete caballeros cristianos fueron emboscados
y asesinados por la guarnición árabe de la ciudad durante una tregua de paz. También
se cuenta que iban cazando. El caso es que se organizó, como venganza, un
ataque cristiano en el que se recuperó la ciudad. Estamos hablando de 1242 y la
iglesia de Santa María do Catello se construiría justo en el lugar de la celada
y dentro estarían las tumbas de los siete caballeros vengados. Y por esa
calzada empinada llegamos a las ruinas de lo que fue un espléndido castillo.
Hoy es un jardín público muy bien cuidado, armonioso en su diseño, rico en sus
variedades de plantas y con unas vistas magnificas sobre la ciudad, el rio y
las marismas. Además, su entrada es gratuita y cuenta con baños de grata
visita, de modo que merece la pena la subida a pleno sol.
Este octubre está siendo
muy caluroso y las indicaciones de la señora de la oficina de turismo invitan a
acercarnos a una playa y comer y bañarnos, o al contrario. Fuseta, Homen Un,
Barril, Praia Estreita, Ila de Tavira, son los nombres pintados por ella en el
plano. Elegimos Barril y el aparcamiento más cercano esta hasta arriba, en realidad
pintado sobre el arcén, en línea a lo largo de toda la carretera. Pero ni un
hueco, menos para la furgo. Seguimos hasta el final y frente al campo de
futbol, al otro lado de la carretera hay una bajada con la que es preciso tener
cuidado, baja, empinada e irregular la entrada, y está en una suerte de solar
seco, en el claro de un cañaveral, con algunos coche y hueco para nosotros. Tan
estupendo que contemplamos la posibilidad de dormir ahí.
Comer algo en la propia
furgo y encaminarnos a la playa Barril. Hay que recorrer la carretera con el arcén
atestado y pasar por una pasarela de madera por encima de los manglares de las
marismas. Hay un tren antiguo que por dos euros acerca a la playa, un tren
cremallera que se encuentra a mitad del camino con su contrario y van y vienen
cada media hora. La verdad es que si te pones a caminar y no vas muy cargado da
tiempo a llegar andando, antes que el vehículo de hierro, a una comunidad de
restaurantes y servicios que dan vida a la playa larga, extensa de arenas finas
y agua cristalina. Nada fría para estar en octubre y tratarse del océano
Atlántico. también hay unos socorristas con pantalón rojo y camiseta amarilla
sentados a la vera de donde termina el sembrado de hamacas y sombrillas
privados que indican que se pongan las toallas a un lado y no delante de ese
cuadrado. Y con el baño placentero, descubrimos el cementerio de anclas, las
pasarelas de madera la bordean, respetan la marisma y aparecen alineadas como
un ejército abandonado, como un panel funesto de barcos olvidados que muestran
clavadas en la arena el alma de sus áncoras. Como un esqueleto lleno de
historias enganchado al suelo por uno de sus brazos mientras el otro clama por
una foto inolvidable.
Justo en ese momento, con
la arena sembrada anclas que peina el viento, la necrópolis impensable, se me
acaba la batería de la cámara. Una maldición que igual impone enterramiento tan
singular. Un disgusto per queda siempre el recurso del móvil.
Luego las duchas de playa
Barril funcionan con un euro, así que dejas allí arena y sal para volver
pasarelas adelante al aparcamiento casual de la furgo. En ese debate diario
considero que ese lugar solitario, metido un hueco entre manglares y
cañaverales, igual no es seguro para pasar la noche o puede que llame a la
multa por aparcar en un parque natural, dados los avisos de guías y carteles.
Pero el arcén hecho aparcamiento en la acera de la carretera, ahora vacía de
todos los coches de bañistas, también parece solitario y expuesto.
Pedras de Rei es una
suerte de resort, casas con amplio jardín que comparten piscina, centro social,
servicios de lujo. Tiene un aparcamiento que es como si fuera la plaza del
pueblo, porque está en la misma carretera que cruza el sitio y a él van todas
las salidas de las cuidadas viviendas. Hay un guardia de seguridad al que
preguntamos y dice que por él no hay problemas que si nos vamos relativamente
pronto por la mañana el ni ve ni dice nada. Le decimos que a las once o así ya
nos habríamos ido.
Las plazas son de
diferente tamaño, pero hay un par de ellas que son largas, seguramente para
autobuses. Ahí nos plantamos. Y al rato llega el conserje con su jefe. Que no
se había dado cuenta de que la furgo es grande, que no podemos dormir aquí, que
lo siente, que es privado. Desde la amabilidad nos indica que en Santa Lucía sí
que hay un sitio, que allí se puede. Así que nos ponemos en camino con la idea
certificada de que las furgos y las autocaravanas no son bienvenidas en esta
parte ce Portugal.
Llegamos a Santa Lucía, a diez minutos de Pedras de Rei, ya con noche cerrada. No se ven indicaciones ni almas a las que preguntar, pero a la entrada del pueblo, pasado el campo de futbol, hay esplanada plana y amplia. Se ve que hay dos autocaravanas aparcadas, pernoctando, así que buscamos un espacio llano y dejamos una cierta distancia de privacidad con los otros viajeros para aposentarnos.