miércoles, 4 de julio de 2012

La hora de Paqui


Montoro se metió en un lío aquella tarde. No porque De Guindos le tuviera comida la moral y el hombre no supiera qué hacer para ganar su espacio. No porque en su intento de llegar a la España real se pusiera a prometer cosas imposibles. No porque se le pusiera la cara colorada por los comentarios que debía de escuchar en cuanto se bajaba del coche oficial a cuenta de los defraudadores.

Algo de todo eso se extendió por la atmósfera del bar de Betty en cuanto el ministro apareció. Pero es que se dieron algunas circunstancias nuevas, ciertos hechos inesperados. Puede que todo contribuyera.

Lo primero es que apareció por la tarde, pasadas las nueve y el ambiente del bar estaba más denso que de costumbre.

Lo segundo que llegó con el nudo de la corbata aflojado, como acalorado, harto o cansado.
Lo tercero que mezcló la Mirinda con un lambrusco y no está investigado lo que puede salir de esa combinación.

Lo pidió así, mi Mirinda y un lambrusco, por favor.

Betty, ni se inmutó. Estaba acostumbrada a peores combinaciones, a peticiones mucho más estrambóticas. Como tampoco le produjo extrañeza el hecho de que liquidara las dos bebidas de un trago y pidiera, lo mismo.

-Joder, y pide Lambrusco. No tenemos vinos aquí. Este es un pan pringado. Tanto traje y tanto rizo en el cogote y pide Lambrusco. No me jodas.
Lo dijo Honorio, el de las chanclas, que ya había dado muestras de que no sentía demasiada simpatía por el personaje.

Lo cuarto es que era la hora Paqui y encima estaba presente el taxista, mirando el fondo de su vaso vacío.

Aquella tarde después de las nueve estaban en el bar, la propia Betty, Honorio, el portero, Paqui y el taxista. Los testigos y los protagonistas.

Paqui tenía un cliente fijo por la mañana antes de comer y otro a la hora de la siesta. Eran ocupaciones cotidianas, pero por lo poco que se sabía eran visitas más piadosas que  rentables. El de la mañana era impedido y el de la tarde pasaba de los ochenta. Se decía que se trataba de antiguos clientes que ya no le pagaban nada, ni demandaban ningún favor, pero que por alguna razón Paqui se sentía obligada.

El caso es que el trabajo de Paqui empezaba a partir de la nueve y podía no acabar hasta cuando volvía a abrir el metro por la mañana. Las más de las veces sin ningún resultado.

Así que Montoro mezcló y la mujer debió entender que por qué no iba a ser su noche. El tipo parecía panoli pero dinero tenía que tener. De modo que se acercó a él. Y él vio la oportunidad de llegar por fin a la España real. Y se puso rumboso: pidió para él otra Mirinda y otro lambrusco y para los señores presentes, lo que estén tomando.

Nadie quiso nada. El portero, que ya se iba, que gracias. Honorio que a él no hacía falta que lo invitara por mucho ministro que fuera. El taxista ni dijo nada.

Y Paqui se acercó a la barra y dijo:

-¿Donde me vas a llevar luego?

A lo que el hombre contestó, un poco por educación, mitad por política, medio por la mezcla de bebidas:

-A donde usted quiera, señorita

 Lo que sentía el taxista por Paqui nunca lo había dicho. En principio era la causante inocente de su tragedia. Sólo se sabía que la mujer del taxista lo había dejado por creer que tenía con la prostituta lo que no tenía, cuando  lo único que había hecho era recogerla como un buen samaritano. Pero tanto agradecimiento mudo por parte de la mujer y tanta injusticia mascullada por parte del hombre habían formado un engrudo sentimental difícil de digerir.

Así que el taxista salió del su marasmo, lo que indicaba que aunque mirara obsesivamente el fondo del vaso vacío, se enteraba de cuanto ocurría a su alrededor. Y sin decir nada tomó el tercer envase vacío de Mirinda y lo estampó en la cabeza de Montoro.

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